Lo distraje en plena partida sin que nadie lo notara
Estoy sola en la cama, completamente desnuda, con una sábana enredada entre los muslos y un calor que no termina de bajar. La habitación huele a tu colonia, esa que dejaste sobre la cómoda antes de salir. Hace tres horas que te fuiste y la almohada todavía guarda tu olor. Pensé que iba a poder esperarte despierta, mirando una serie cualquiera, pero mis manos tuvieron otros planes.
Llevo más de media hora rozándome los pezones y pensándote, repasando cada detalle de aquella tarde en la que te dejé sin aliento mientras jugabas en línea con tus amigos.
Cierro los ojos y vuelvo allí.
No es la primera vez. Es mi recuerdo favorito, el que guardo para los días en que no estás. Y esta noche, mientras tú juegas a kilómetros de aquí, vuelvo otra vez, con calma, deteniéndome en cada detalle como si fuera la primera.
***
Habías llegado del trabajo con esa cara de cansancio que te conozco tan bien. Te sentaste frente a la computadora con los auriculares puestos, descalzo, todavía en bóxer, y empezaste una de esas partidas cooperativas que te absorben durante horas. Yo te observaba desde el sillón, fingiendo leer una novela en la que ya había perdido la página dos veces.
Te escuchaba renegar.
—Por la izquierda, por la izquierda. No, detrás de ti. Estoy sin munición.
Tu voz llenaba la habitación como si tu compañero del otro lado de la pantalla estuviera sentado con nosotros. Y mientras tu personaje recargaba, yo decidí que esa noche no me iba a quedar en el sillón.
Me levanté en silencio. Me quité la blusa, la falda, el sostén. Lo dejé todo en una pila sobre la alfombra, con el corazón latiendo más fuerte de lo que quería admitir. Me dejé puesta solo la tanga negra, esa que te gusta porque me marca la cadera. El aire acondicionado me erizó los pezones antes incluso de tocarte.
Me detuve a unos pasos detrás de ti. Te miré. La nuca, los hombros tensos, los dedos crispados sobre el mouse. No me habías escuchado. No tenías ni idea. Y eso, no sé por qué, me puso aún más.
Me acerqué descalza, paso a paso, sintiendo cómo la luz azul del monitor me bañaba la piel. Tú seguías ladrando órdenes a tu compañero, ajeno a todo. Apoyé las palmas en el respaldo de tu silla, me incliné por detrás y dejé caer mis pechos sobre tus hombros desnudos.
Sentí cómo se te tensó la espalda. Pero no soltaste el mouse.
—¿Qué...? —murmuraste casi sin abrir la boca.
Pegué mis labios a tu oreja y los moví sin emitir sonido, formando palabras que solo tú podías leer en mi aliento. Después bajé. Mi boca recorrió tu cuello, esa zona detrás de la oreja donde se te eriza la piel, y descendió por tu hombro mientras tu mano izquierda se aferraba al canto de la mesa.
—Aquí, aquí, sí lo tengo —escupiste hacia el micrófono, con una voz tan tensa que yo casi me río contra tu nuca.
Te besé el omóplato, después la columna. Mis manos resbalaron por tus costados hasta tu cintura. Te aparté un poco de la mesa, lo suficiente para colarme entre la silla y el escritorio. Me arrodillé entre tus piernas, mirándote desde abajo con esa sonrisa que tú sabes leer perfectamente.
Estabas duro a medias, atrapado dentro del bóxer, peleando ya en dos frentes. Tu mano derecha seguía intentando apuntar. La izquierda, sin embargo, se aflojó del borde de la mesa y bajó hasta apoyarse en mi nuca.
Tiré del elástico hacia abajo con los dientes.
***
Tu cabeza se fue hacia atrás un segundo, lo justo para soltar un suspiro que silenciaste a tiempo apretando el botón del micrófono. Volviste al juego enseguida, pero tu respiración ya no era la misma. Yo lo aproveché. Lo aproveché todo.
Empecé despacio. Solo con la lengua. Recorriendo el largo, sintiendo cómo se ponía cada vez más duro contra mi mejilla. Después me la metí entera. De golpe, sin previo aviso. Te escuché ahogar un gemido contra los dientes. Tu mano apretó mi pelo. El micrófono volvió a quedar abierto y, juraría, alguien al otro lado preguntó si estabas bien. Tú soltaste una puteada que sonó perfecta, como si te hubieran disparado en el juego.
Me reí por dentro. Volví a meterla entera.
El vaivén era lento al principio. Subía y bajaba sin prisa, dejando que el calor se acumulara entre tus piernas y entre las mías. Porque las mías ya estaban temblando. Sentía la humedad empapando la tanga, la piel ardiendo, una pulsación baja en el vientre que pedía atención. Bajé una mano. Aparté la tela negra y me toqué con la yema de los dedos, despacio, dibujando círculos sobre el clítoris mientras seguía bajándote la garganta.
Estabas perdiendo. Lo notaba sin mirar la pantalla. Tu personaje quedaba estático, recibía disparos, y tú murmurabas excusas a tu compañero que ni tú mismo creías.
—Lag, lag, se me trabó el mando. Un segundo, un segundo.
Y en ese segundo yo aceleraba.
Empecé a alternar. Estocadas profundas que me llegaban al fondo y me hacían lagrimear. Después subía despacio, succionando solo la punta, dejando que la saliva corriera por los lados, por mi mentón, hasta caer sobre mis pechos. Una mano te apretaba la base. La otra seguía entre mis piernas, cada vez más rápida.
Mis gemidos se ahogaban contra ti. Vibraban en mi garganta, vibraban en tu carne, y juraría que eso te volvía loco. Porque ya no podías disimular. Tu mano izquierda me agarraba del pelo con firmeza. La derecha había soltado el mouse del todo.
Ya no estás jugando. Estoy ganando yo.
—Voy al baño un segundo —dijiste hacia el micrófono, con esa voz quebrada que se te pone cuando no puedes más—. Ahora vuelvo.
Y silenciaste todo.
***
Lo que vino después fue distinto. Tus dos manos en mi cabeza. Tu cadera tomando el control. Yo me dejé hacer, con los ojos llorosos, la mandíbula floja, sintiéndote moverte a tu ritmo, sin pedir permiso. Y ese fue el momento exacto. Mis dedos encontraron el punto, ese que tú conoces tan bien, y todo se desbordó.
Acabé con la boca llena. El orgasmo me sacudió de pies a cabeza. Mis muslos se cerraron sobre mi mano, mis gemidos quedaron ahogados contra ti, mi tanga se mojó por completo. Un hilo de saliva, mezclado con todo lo demás, bajó por mi mentón hasta el cuello, y de ahí hasta el pecho.
Sentí que tú también estabas al borde. Tu respiración entrecortada, tus manos temblando en mi nuca. Te aparté apenas un instante, solo para poder mirarte desde abajo y volver a tomarte. Quería verlo en tu cara. Quería ese gesto que pones justo antes, ese gesto que solo yo conozco.
Y entonces gruñiste. Un sonido profundo, gutural, que no pudiste contener y que probablemente escuchó algún vecino del piso de abajo. Te corriste con una fuerza que me obligó a tragar de inmediato, y aun así parte se escapó, se deslizó por mi barbilla, cayó sobre mis pechos.
Quedé inmóvil unos segundos, respirando por la nariz, con la frente apoyada en tu cadera. Tú me acariciabas el pelo, despacio, casi pidiendo perdón por la fuerza. Yo levanté la cara y te sonreí con la boca todavía mojada. Limpié todo con la lengua, lentamente, sin prisa, mientras tú me mirabas como si no creyeras lo que acababa de pasar.
Pasé el dedo por mi pecho, recogí lo que se había escapado y me lo llevé a la boca sin dejar de mirarte.
—Vuelve al juego —te susurré—. Tu amigo te está esperando.
Y me quedé sentada en el suelo, frente a tu silla, las piernas abiertas, una mano todavía entre los muslos, jugando conmigo misma mientras tú intentabas, sin éxito, fingir que ganabas la partida.
***
El recuerdo vuelve a llevarme. Otra vez. Mi mano se mueve sola, mis caderas también. Las sábanas están húmedas debajo de mí y yo ya ni intento controlar los gemidos. La habitación entera huele a ti aunque no estés. Llego al borde, me detengo, vuelvo a empezar. Lo estiro porque sé que tú lo harías así, alargándolo hasta que yo te suplicara.
Y entonces, sin previo aviso, exploto. Mis piernas se cierran y se abren sin que yo decida. Mis dedos quedan empapados. La sábana queda empapada. Yo me quedo temblando un par de minutos, con los ojos cerrados, escuchando solo mi propia respiración y el zumbido del aire acondicionado.
Cuando abro los ojos, miro lo que dejé en la cama. La mancha es evidente, oscura sobre la sábana clara. Vas a entrar con la mochila al hombro y esa cara de cansancio que te conozco. Vas a ver la mancha antes incluso de saludarme. Vas a mirarme. Vas a mirar la cama. Y vas a mirarme otra vez, con esa media sonrisa que no termina de ser sonrisa.
No voy a limpiar nada. No pienso esconderlo. Quiero que lo veas. Quiero que lo huelas. Quiero que sepas, sin que yo te diga ni una palabra, en qué he estado pensando toda la tarde.
Y quizás, si tengo suerte, decidas que merezco un castigo.