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Relatos Ardientes

La noche que un desconocido me lo enseñó todo

Cuando Nicolás se fue a estudiar a otra ciudad, yo tenía veintitrés años y dos años de relación acumulados en el cuerpo. Dos años de encuentros casi diarios, de no poder estar solos en una habitación más de veinte minutos sin acabar enredados, de orgasmos en cadena que ninguno de los dos quería interrumpir. Cuando se fue, lo que me quedó no fue solo la nostalgia de él como persona. Fue una especie de hambre muy concreta, muy física, que no sabía muy bien cómo gestionar.

Los primeros meses lo intenté sola. Me tocaba cada noche, cerraba los ojos y buscaba el mismo resultado. El orgasmo llegaba, claro que sí, pero era plano. Funcional, como presionar un botón. No era lo mismo y yo lo sabía, y cuanto más lo intentaba más me frustraba reconocer esa diferencia.

Cuando instalé la app en el móvil, me dije que solo iba a curiosear.

***

Me llamó la atención su perfil porque no hacía lo que hacían los demás. Ninguna foto sin camiseta, ninguna frase forzada. Solo una imagen tranquila tomada en exteriores y dos líneas en la descripción: «Sé exactamente lo que busco. Tú también lo sabes.» Tenía cuarenta y cuatro años. Le di a me gusta sin pensarlo mucho.

Escribió al día siguiente. Directo: que buscaba algo sin complicaciones, que su agenda no le dejaba margen para más, que si yo estaba en la misma situación podíamos encontrarnos. Le respondí con la misma claridad. Había algo liberador en que los dos lo dijéramos abiertamente, sin necesidad de fingir otra cosa.

Los primeros días hablamos de cosas neutras. Trabajo, rutinas, la ciudad. Pero una noche, tarde, empezó a hacerme preguntas distintas. Qué me gustaba. Qué recordaba del último orgasmo bueno que había tenido. Qué pensaba cuando me tocaba sola.

Me tomé un momento antes de responder. Luego lo hice con honestidad, porque la manera en que preguntaba lo pedía. La conversación se extendió. En algún punto metí la mano bajo las sábanas y empecé a tocarme mientras seguía escribiendo. Grabé un vídeo corto, sin mostrar la cara, y se lo mandé. Respondió con tres palabras: «Exactamente lo que imaginaba.»

Quedamos para el jueves siguiente en su casa.

***

Me preparé con calma. Me duché despacio, elegí la ropa con atención: falda corta, blusa sencilla, lencería de encaje negro que llevaba tiempo sin estrenar. Mientras me ponía los zapatos delante del espejo, ya notaba la anticipación instalada en algún punto entre el estómago y más abajo. No eran nervios. Era el cuerpo reconociendo lo que se avecinaba y respondiendo por adelantado.

Vivía en un séptimo piso sin ascensor. Subí andando y llegué al rellano con las piernas ya tensas. Llamé al timbre.

Abrió con pantalones de chándal oscuros y una camiseta gris. Tenía el pelo corto con algunas canas en las sienes, la espalda ancha, y una manera de mirarme directamente a los ojos que hacía difícil mantener el contacto visual. Me hizo un gesto para que entrara.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó desde la cocina.

—No —dije.

Se giró. Me miró un segundo. Luego cerró el armario que había abierto.

Hablamos cinco minutos. Después yo estaba en el salón, arrodillada entre sus piernas mientras él se sentaba en el sofá, y no había sido exactamente una decisión. Era como si el cuerpo hubiera llegado con su propio plan.

Le bajé el pantalón despacio. Pasé la lengua desde la base hasta arriba, sin prisa, memorizando el recorrido. Luego tomé la iniciativa con ganas, sin parar, con las manos apoyadas en sus muslos. Él enredó los dedos en mi pelo y guió el ritmo sin forzar. Cuando noté que estaba cerca, retiré la boca.

—Todavía no —dije.

Me miró desde arriba con una expresión que no supe descifrar del todo. Luego sonrió ligeramente.

—Ven —dijo, y me puso de pie.

***

Me quitó la blusa, la falda. Me dejó solo la lencería. Me acostó en la cama y tiró de mis tobillos hacia el borde inferior. Se arrodilló en el suelo delante de mí y empezó a pasar la lengua sobre la tela de la ropa interior.

Sin contacto directo. Solo tela y calor.

Me retorcí sin decir nada.

Continuó exactamente así durante lo que parecieron minutos enteros. Sin moverse más abajo, sin quitarme nada, solo esa presión indirecta que era suficiente para que yo quisiera gritar pero insuficiente para cualquier otra cosa. Cuando ya no aguantaba más le empujé la cabeza con la mano, y él apartó la tela y por fin sentí su lengua directamente sobre mí.

No era solo técnica, aunque la tenía. Era atención. Prestaba una atención completa a cómo respondía mi cuerpo y ajustaba en consecuencia, sin que yo tuviera que decirle nada. Cuando me movía hacia él, aumentaba la presión. Cuando me tensaba del todo, reducía el ritmo y volvía a empezar desde el principio. Introdujo dos dedos y no paró.

Tenía las piernas cerradas alrededor de su cabeza y las manos en su pelo y los ojos cerrados. En algún momento dejé de pensar en cualquier otra cosa que no fuera lo que estaba pasando ahí. El orgasmo llegó sin aviso, como una ola que rompe de golpe, con una intensidad que me arrancó un sonido que no reconocí como mío.

Me quedé unos segundos sin poder moverme. Las piernas me temblaban.

—Bien —dijo, levantándose y limpiándose la boca con el dorso de la mano. Lo dijo con la misma calma con que podría haber dicho cualquier otra cosa.

***

Sacó del cajón de la mesilla un vibrador pequeño para el clítoris y otro juguete más estrecho. Abrió también el lubricante y lo dejó sobre la cama. No preguntó nada.

Se colocó entre mis piernas y empujó despacio, midiendo. Encendió el vibrador y lo posó sobre mí mientras seguía moviéndose. Me estremecí. Estaba todavía muy sensible del orgasmo anterior, y la combinación de las dos cosas era más de lo que podía procesar al mismo tiempo.

Una mano subió a mi cuello. La presión fue gradual, como una pregunta. Asentí sin abrir los ojos. Apretó un poco más. El aire llegaba justo, y lo que eso añadía a lo que ya sentía abajo fue suficiente para que dejara de poder pensar con claridad. Me quedé en blanco durante varios segundos.

Luego paró de golpe. Salió de mí, retiró el vibrador.

—Date la vuelta.

Me puse a cuatro patas. Noté sus manos en mis caderas mientras abría el lubricante. Me habló en voz baja mientras colocaba el juguete estrecho contra mi culo, con instrucciones breves, sin prisa. Entró despacio, con paciencia. Al principio solo presencia y algo de ardor, luego más, luego encendió la vibración y sentí que se propagaba hacia dentro en ondas que no esperaba.

Entonces me penetró de nuevo, por delante.

La sensación de los dos simultáneos era algo que no había experimentado antes. Cada movimiento suyo resonaba el doble, multiplicado, sin que supiera exactamente de dónde venía qué. Empecé a gemir sin medir el volumen, agarrada a las sábanas. Enredó la mano en mi pelo y tiró hacia atrás. Con la otra mano me golpeó dos veces en el culo, fuerte, en el mismo punto exacto.

El orgasmo que llegó en ese momento fue diferente a todo lo anterior. Empezó en las piernas y subió hasta los hombros y durante unos segundos no pude hacer nada más que quedarme quieta, temblando, sin poder hablar.

Él siguió moviéndose despacio mientras yo intentaba recuperarme. Sacó el juguete, tomó el lubricante de nuevo.

—Hay una cosa más —dijo.

***

Lo que vino después no lo recuerdo en orden exacto. Recuerdo que noté su cuerpo ahí atrás, donde había estado el juguete, entrando despacio con ayuda del lubricante. Recuerdo el vibrador que colocó dentro de mí mientras avanzaba, y la combinación de esas dos sensaciones simultáneas fue algo para lo que no tenía ningún punto de referencia. Recuerdo el vibrador de clítoris que añadió poco después, que yo sujeté con una mano mientras la otra intentaba mantener el equilibrio sobre las sábanas.

En algún punto caí hacia delante. Las sábanas estaban húmedas contra mi mejilla.

Él terminó dentro de mí con un gemido contenido y se tumbó a mi lado. No dijo nada. Me pasó una mano por la espalda con calma, trazando líneas que no iban a ningún sitio en particular. Yo tampoco hablé. No hacía falta.

Tardé más de diez minutos en poder sentarme sin que me fallaran las piernas.

Me llevó al baño y abrió la ducha. Reguló la temperatura sin preguntarme. Me lavó el pelo, me limpió la espalda. Yo apoyada contra los azulejos con las piernas todavía flojas, dejándome hacer, sin voluntad de otra cosa.

—¿Estás bien? —preguntó en algún momento.

—Muy bien —dije. Era la respuesta más honesta que había dado en meses.

***

Nos vimos tres veces más en las semanas siguientes. Siempre en su apartamento, siempre de noche, siempre con la misma dinámica sin complicaciones. Sin cenas, sin conversaciones largas después, sin mensajes entre encuentros salvo para coordinar la siguiente vez.

Era exactamente lo que los dos habíamos pedido.

Terminó de forma natural. Su agenda cambió. Nicolás me escribió desde lejos diciendo que estaba pensando en volver antes de lo previsto. No hubo conversación de cierre con el hombre de la app. Simplemente dejamos de coordinar, sin explicaciones y sin drama.

Fue una experiencia limpia, de esas que no te complican la vida pero que tampoco olvidas del todo.

Solo te dejan con una certeza: que hay cosas que no se aprenden solas, por mucho tiempo que les dediques.

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Comentarios (7)

CuriosaLectora

increible!!! lo lei dos veces seguidas

Fer_84

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues

MiriamBCN

Me encanto como lo contaste, se siente autentico sin ser exagerado. Sigue compartiendo!

ValentinaGBA

buenisimo, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

pampero_73

Las confesiones son mi genero favorito y este no decepciona para nada. Gracias

NadiaSol77

Y despues que paso?? Hubo algun segundo encuentro con ese desconocido o fue solo esa noche?

Rodri_SF

Corto pero te deja pensando, eso es lo mejor que puede hacer un relato. Muy bueno

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