Mi profesor cedió cuando crucé las piernas
Me llamo Renata, tenía diecinueve años y ese año cursaba el último tramo de la preparatoria. Mido un metro cincuenta y tres, tengo el pecho más grande de lo que me conviene para mi altura y una cintura que siempre terminaba llamando la atención aunque yo no quisiera. Con el uniforme usaba una trampa muy pequeña: la falda no iba ni corta ni larga, pero la llevaba suelta a propósito, con el elástico aflojado. Así, cuando me sentaba y cruzaba las piernas, la tela se deslizaba un par de dedos sobre el muslo sin que pareciera cosa mía.
Ese semestre llegó un profesor nuevo de literatura. Le calculé unos treinta y tantos. Tenía las manos grandes, la costumbre de arremangarse la camisa hasta el codo y una voz pausada que obligaba a prestar atención para no perderse el final de la frase. No era guapo en el sentido clásico. Tenía algo más difícil de nombrar: seguridad. Se movía por el aula sin apuro, como si el tiempo le perteneciera.
Hasta ese martes, yo no le había prestado atención.
***
Empezó con una tontería. Estábamos haciendo un ejercicio de comentario de texto y yo crucé las piernas como siempre. Al descruzarlas, me di cuenta de que él no había movido la mirada. Estaba de pie junto al ventanal, con un libro en la mano, y me miraba sin disimular demasiado.
Yo esperaba que desviara la vista. No lo hizo.
Volví a cruzar las piernas, esta vez más despacio. Un segundo. Dos. Él tragó saliva y bajó los ojos al libro como si buscara un párrafo urgente. Pero los volvió a levantar. Le sostuve la mirada medio segundo más de lo debido y le sonreí apenas.
—Renata —dijo de pronto—. ¿Podrías acercarte un momento al escritorio?
Me acerqué. La clase siguió murmurando.
—Estás distrayendo a tus compañeros —dijo en voz baja, sin levantar la vista del cuaderno donde fingía anotar algo.
—¿A mis compañeros? —pregunté yo también bajito.
Él levantó los ojos un segundo. Solo uno. Después me pidió que volviera a mi sitio.
Volví. Me senté. Y crucé las piernas otra vez.
Esa tarde noté algo que me puso el pulso en la garganta: él se había quedado atrás del escritorio durante el resto de la clase. No se levantó ni una sola vez más. Cuando sonó el timbre, se acomodó la camisa por encima del cinturón antes de ponerse de pie, como si se arreglara algo que yo no tenía que ver.
Me fui a casa pensando en eso. Me encerré en mi cuarto y me toqué sin poder parar. Me lo imaginaba a él, en su departamento, haciéndose lo mismo que yo me estaba haciendo en ese momento.
***
Al día siguiente volvía a tener su clase. Me levanté una hora antes de lo habitual solo para elegir la ropa interior. Al final me decidí por una tanga negra, muy fina, nueva. Me puse la falda más aflojada que el día anterior.
Entró, saludó, pasó lista, empezó la clase. Yo esperé a que estuviera cerca de mi fila. Cuando se apoyó en la ventana, justo al lado de mi lugar, abrí las piernas un par de centímetros. Nada obvio. Lo justo para que, si miraba, viera la tanga.
Miró.
No movió ni un músculo de la cara, pero sé que miró. Siguió explicando como si nada, pero se quedó más tiempo del necesario en ese lado del aula.
Diez minutos después, me llamó otra vez al escritorio.
—Renata —dijo en voz baja—, no juegues así.
—¿Jugar a qué? —pregunté.
—Sabes a qué. Después no te voy a aguantar.
Le sostuve la mirada.
—¿Puedo ir al baño? —le dije.
Asintió sin hablar.
Fui al baño. Me encerré en un cubículo, me bajé la tanga y la guardé en el bolsillo del suéter. Me subí un poco más la falda y regresé al aula. Me senté. Cuando él giró la cabeza hacia mi fila, volví a abrir las piernas. Esta vez, no había nada debajo.
Él apretó la mandíbula. Lo vi hacerlo.
Al final de la clase, cuando todos salían, me volvió a llamar.
—Si no vas a usar ropa interior —me dijo muy bajo—, al menos dámela a mí.
Lo miré a los ojos. Le sonreí.
—Me la regalaron —mentí.
—Préstamela. Te la devuelvo en la próxima clase. Con una sorpresa.
Saqué la tanga del bolsillo, muy despacio, y la apoyé sobre su escritorio sin decir una palabra. Él la cogió, la guardó en su portafolio y siguió ordenando los libros como si nada hubiera pasado.
Salí del aula con las piernas temblándome un poco y una sonrisa que no pude controlar en todo el pasillo.
***
Pasaron dos días. El viernes volvía a tocar su clase.
Esa mañana no me puse ropa interior de entrada. Directamente. Me subí al transporte así, con la falda suelta y nada debajo. Durante todo el trayecto pensé en lo que él me iba a devolver.
Entró, saludó, empezó a pasar lista. Cuando llegó a mi nombre, se acercó a mi pupitre y, sin decir nada, me dejó encima un sobre blanco, cerrado.
—Dentro hay algo tuyo —dijo—. Ve al baño y póntelo.
Me levanté. Caminé hasta el baño apretando el sobre contra el pecho. Me encerré. Lo abrí.
Era mi tanga. Pero olía distinto.
Olía a él.
Me la puse. Se me pegó tanto a la piel que los labios de la vulva se me marcaban por encima de la tela. Me miré al espejo un momento, me acomodé la falda y volví al aula.
Cuando me senté, abrí las piernas de nuevo. Él había estado esperando. Desde el escritorio miró, comprobó que llevaba puesta la tanga que me acababa de entregar, y de pronto levantó la voz y dijo:
—Renata es una alumna muy aplicada. Como premio, voy a pedirle que se quede un rato en la biblioteca conmigo al terminar las clases. Tenemos que revisar un trabajo.
Dos compañeras se giraron. Yo asentí, muy seria. Ninguna de ellas imaginó nada.
***
Cuando sonó el timbre de la última clase, él apareció en la puerta de mi aula. Le explicó al profesor de la última hora que me llevaba a la biblioteca, que me trajera todas mis cosas porque tal vez no volvía a entrar. El otro asintió, aburrido. Nadie hizo preguntas.
Caminamos por el pasillo sin hablar. La escuela se estaba vaciando. Cuando llegamos a la biblioteca, él cerró la puerta con llave detrás de nosotros. La biblioteca era grande, con pasillos largos entre estanterías altas. Me llevó hasta el fondo, donde nadie nos vería aunque entrara alguien.
Se me acercó por la espalda. Me puso las manos en los hombros, me los apretó despacio y se me pegó de modo que sentí todo contra la base de la columna.
—Quiero tocar lo que llevo días mirando —me dijo al oído.
—¿Y yo qué gano? —le respondí sin girarme.
—Mejores notas.
—No las necesito.
Hubo un silencio breve. Después él suspiró y sacó la cartera. Me tendió unos billetes, más de los que yo esperaba. Los metí en la mochila sin contarlos.
Entonces me giré y le sonreí.
—Ahora sí.
Me besó el cuello primero. Me desabotonó la blusa uno a uno, sin prisa. Tenía los dedos más calientes de lo que yo me esperaba. Cuando llegó al sostén, lo empujó hacia arriba y me tocó el pecho con las dos manos a la vez. Me mordí el labio para no hacer ruido. La biblioteca devolvía cualquier sonido.
Me empujó, suave, entre dos estanterías. Sacó una colchoneta delgada que alguien había dejado ahí para las actividades de lectura. La desdobló en el suelo y me pidió que me recostara.
Me recosté. Él me abrió las rodillas y me hizo a un lado la tanga. No tuvo prisa. Me besó por dentro de los muslos, me mordió despacio, y cuando llegó al centro, ya no pude seguir en silencio. Me tapé la boca con el dorso de la mano. Se me escapaba un sonido cada vez que él respiraba contra mí.
Después lo aparté. Quería verlo a él también. Me arrodillé sobre la colchoneta y le bajé el pantalón. La tenía ya pulsándole contra la ropa. No era exagerada, pero se le marcaban las venas y la punta estaba roja y brillante.
Se la metí en la boca. Él me puso la mano en la nuca, no apretó, solo me guiaba. Me hundía despacio, me dejaba salir, me volvía a hundir. Una vez me llegó al fondo y me atoré. Él sonrió.
—Tranquila —dijo.
Este hombre lleva toda la semana imaginándome así, pensé. Y me gustó.
Me recostó otra vez. Me penetró con la tanga todavía puesta, solo corrida hacia un lado. Las primeras embestidas fueron lentas. Yo le agarré la espalda con las dos manos y le clavé las uñas. Él me besó la clavícula, el cuello, y empezó a moverse más rápido.
Después me hizo levantar y me apoyó contra una de las estanterías. Los libros me rozaban la espalda. Así, de pie, me volvió a penetrar desde atrás. Yo me sujetaba del borde del estante superior para no caerme.
Sonó el timbre de salida de la escuela. Él no paró. Al contrario, aceleró.
—Dime lo que eres —me murmuró al oído.
—Una alumna muy mala —le contesté.
Me dio una nalgada. No fuerte. Lo justo para que yo apretara todo por dentro y él se riera bajito contra mi pelo.
Me llevó otra vez a la colchoneta. Me puso a cuatro patas. Me quitó la tanga, del todo esta vez, y la tiró a un costado. Embistió más fuerte. Sentía cómo se agarraba de mis caderas, cómo se clavaba hasta el fondo. Yo hacía todo lo posible por no gritar. Terminé antes que él, temblando contra la colchoneta, con la cara apretada contra el brazo doblado.
Él sacó la verga justo a tiempo y me terminó sobre las nalgas. Se quedó un momento ahí, de rodillas, respirando fuerte.
Después me pasó la tanga. Me limpié con ella, me la volví a poner empapada, me acomodé el uniforme y salí antes que él. Crucé el patio con cara de nada, como si saliera de cualquier clase. Mis amigas me esperaban en la puerta. Ninguna notó lo que tenía entre las piernas.
En casa me encerré en el baño. Me quité la tanga, la apreté en el puño un momento y la olí. Pasé la lengua por la tela, solo por curiosidad. Después la guardé, doblada, en un cajón que cierro con llave.
Esa noche, antes de dormir, pensé en el sobre blanco, en la puerta cerrada con llave, en los libros rozándome la espalda. Y en la siguiente clase.
Porque iba a haber una siguiente clase. Eso lo tenía clarísimo.