Dos amigas, una partida de póker y una noche sin reglas
Hacía más de un año que no salíamos con Bruno como en los viejos tiempos. Los dos trabajábamos en turnos imposibles y, cuando coincidíamos francos, uno terminaba durmiendo como un tronco y el otro con planes familiares. Esa noche de septiembre, sin embargo, él había insistido tres días seguidos. Dos amigas suyas, separadas las dos, con ganas de pasarla bien. Un boliche del centro. Un plan sin complicaciones, según él.
Me ajusté la camisa blanca frente al espejo y me pasé los dedos por el pelo recién cortado. Tenía treinta y un años, algo de cansancio en la mirada y ganas acumuladas de que algo rompiera la rutina. No soy un tipo que salga a levantar. Me cuesta el cuento, me cuesta el chamuyo. Pero Bruno tenía el don, y yo me dejaba llevar.
—Bajá, Mateo, que estoy en la esquina —avisó por teléfono.
—Ya estoy saliendo.
Cuando llegué al portón del edificio, me encontré con una sorpresa. No era el Corsa de siempre. Contra el cordón brillaba una camioneta bordó recién lavada, con las llantas negras pulidas al detalle.
—¿Y esto? —pregunté subiéndome, incrédulo.
—Cuotas a tres años, hermano —se rio él, metiendo primera—. Uno se merece cosas lindas después de tanto trabajar.
—Estás loco. La vas a terminar de pagar cuando te jubiles.
—Es problema del Bruno del futuro. El de ahora está concentrado en otra cosa: en meterle la verga a una de esas dos amigas antes de que salga el sol.
—Sos un animal.
—Soy sincero. Vos también deberías serlo, a ver si esta noche cogés de una buena vez.
***
Las vimos a media cuadra del boliche, paradas bajo un farol como si alguien las hubiera puesto ahí a propósito. Daniela llevaba un pantalón de cuero negro y un top bordó; el pelo, lacio y muy oscuro, le caía por un solo hombro. Camila era distinta: rubia natural, más baja, con un vestido corto color vino y zapatos altos que la obligaban a caminar despacio. Bruno bajó la ventanilla y el perfume entró primero que ellas.
—Tanto misterio para nada, Brunito —dijo Daniela apoyándose contra el marco, sonriendo de costado—. Pero bueno, la camioneta zafa.
—Suban, chicas, que esto recién empieza.
Se acomodaron atrás. En el espejo retrovisor busqué los ojos de Camila y me los encontré esperando. No fue exactamente una mirada coqueta; fue más bien una evaluación, como si estuviera midiendo si yo valía la pena. Bajé la vista al tablero y me concentré en el semáforo.
***
El boliche era uno de esos lugares donde la música se siente antes de entrar. El bajo retumbaba en la vereda y la fila daba la vuelta a la esquina. Bruno pasó directo, con esa naturalidad que yo nunca aprendí, y un patovica de traje le asintió como a un viejo conocido.
Adentro, la pista era un mar de brazos levantados y luces azules. Bruno se clavó en la barra con Daniela y yo me quedé con Camila, más cerca del DJ. Pedimos algo con gin y un poco de limón, y brindamos sin decirnos nada.
—Brunito dice que vos no bailás —me gritó al oído.
—Mentira. Bailo cuando me dan ganas.
—¿Y ahora?
Le agarré la mano y la llevé al medio de la pista. Cambiaron a un ritmo más latino y aproveché para pegarla contra mí, apoyando la palma abierta sobre su espalda. Camila se dejó llevar. Tenía el pelo corto, apenas por encima del hombro, y cuando giraba despedía un aroma a vainilla que me descolocó. En un giro sentí el culo firme contra mi entrepierna y no me molesté en disimular la erección que empezaba a crecerme dentro del pantalón. Ella tampoco se apartó: apretó más las nalgas hacia atrás, buscándome.
—No te tenía tanta fe —admitió, riéndose contra mi cuello.
—Hay muchas cosas que no sabés de mí.
La hice girar, la frené en seco y la tuve contra mí un segundo más del que hacía falta. Ella no se corrió. Bajó la mano hasta rozarme el bulto con el dorso, como sin querer, y me miró a los ojos.
—Alguna cosa sí sé —dijo bajito, y me lamió el lóbulo antes de volver a girar.
***
El problema apareció al volver a la barra. Bruno tenía a Daniela prácticamente encima, hablándole al oído, cuando un tipo de unos cuarenta años se plantó delante de ellos. Tenía la camisa fuera del pantalón y los ojos vidriosos. Era Fernando, el exmarido de Daniela. Ella me lo había contado en el viaje: separación reciente, muy mala, con denuncia incluida.
—¿Así que acá estás? —le dijo Fernando, arrastrando las palabras—. ¿Y al nene dónde lo dejaste?
Daniela palideció, pero los ojos se le llenaron de algo que no era miedo.
—Fernando, andá a tu casa. Estás pasado y te estás haciendo un papelón.
—No me hables así delante de este payaso.
Bruno se paró con una calma que conozco bien. La voz le bajó dos tonos.
—Flaco, te vas a ir solo o te vas a ir mal. Elegí.
Fernando tiró un manotazo, más torpe que peligroso. Yo venía llegando de la pista con Camila y le enganché el brazo antes de que alcanzara a tocar a Bruno. Se lo torcí apenas, lo suficiente para que se doblara. No quería hacerle daño; quería que entendiera.
—Tranquilo, campeón. Respirá y caminá para afuera.
Dos patovicas ya estaban al lado nuestro. Se lo llevaron sin drama, arrastrándolo del codo. Daniela se quedó mirando el piso, con una mano apretando el borde de la barra.
—Bueno, bueno —dijo Bruno, pasándole un brazo por la cintura—. Ya está. Se acabó el número.
Ella tardó unos segundos. Después levantó la copa, se tomó lo que quedaba de un trago y miró a Bruno como si el episodio hubiera sido el condimento que le faltaba a la noche.
—Gracias —dijo solamente.
***
A las tres de la mañana ya estábamos los cuatro fundidos en la pista, riéndonos sin motivo, pisándonos los pies. Fue Bruno el que lo propuso, con la boca pegada a mi oído y una sonrisa de chico que hizo una macana.
—Cortemos el boliche, vamos a tu departamento.
—¿Al mío? ¿Por qué al mío?
—Porque es el más cerca. Y porque las chicas ya dijeron que sí. Están calientes las dos, boludo, aprovechá.
Las miré. Daniela estaba colgada del cuello de Bruno; Camila me devolvió la mirada con las cejas levantadas, como preguntando. Asentí despacio.
Mi departamento no era un caos, como le dije a Camila en el ascensor. Era todo lo contrario. Vivo solo, soy maniático con el orden, y cada cosa tiene su lugar milimétrico. Camisas por colores, libros alineados, la cocina sin una sola mancha. Mientras subíamos me empezó a preocupar más eso que cualquier otra cosa: el desorden que íbamos a dejar.
—¿Estás nervioso? —me preguntó ella apoyándose contra el espejo del ascensor.
—Nervioso, no. Prolijo.
Se rio y me besó sin aviso. Fue un beso corto, con los labios apenas abiertos, lo justo para que yo probara el gin y ella probara el mío. Después me agarró la mano y se la llevó abajo, entre las piernas, arriba del vestido, y me la apretó ahí.
—Prolijo el martes —murmuró—. Hoy me interesa otra cosa.
Sentí el calor a través de la tela, la humedad ya evidente, y le apreté con dos dedos hasta que soltó un jadeo corto que rebotó en el espejo del ascensor.
***
Serví cuatro vasos en la cocina mientras Bruno prendía la luz baja del living. Daniela se había sacado los zapatos y estaba descalza sobre la alfombra, caminando con esa postura de cansancio que a esa hora vuelve a todo el mundo más lindo. Camila, sentada en el brazo del sillón, jugaba con el hielo de su vaso.
Fue entonces cuando Bruno vio el mazo de cartas sobre la mesa ratona. Lo alzó en el aire como si hubiera encontrado oro.
—Señoritas —dijo, con la sonrisa esa de cuando está por arruinar una noche tranquila—, propongo un juego. Strip póker. El que pierde se saca una prenda.
Las chicas se miraron. Daniela le dio un empujón suave en el hombro.
—Sos un descarado, Brunito.
—Soy un romántico —contestó él—. Pero si no quieren, jugamos al chinchón.
Camila se me acercó por atrás y me habló al oído.
—¿Vos hacés trampa?
—Juego mal, pero limpio.
—Entonces que sea póker.
***
Se suponía que iban a perder ellas. Se suponía, porque Bruno tenía fama de vivo con las cartas y yo tampoco era malo. Perdimos igual. Perdimos feo. En la primera mano Daniela sacó color de espadas y yo entregué la camisa blanca con una sonrisa agria. En la segunda, Camila mostró un full y Bruno se sacó la suya sin quejarse. A la cuarta mano, los dos estábamos en calzoncillos y ellas todavía con todo puesto, riéndose como si el juego fuera una ceremonia religiosa a la que nos habían invitado por error.
—Ustedes hicieron trampa —dije, tirando las cartas al aire.
—Ustedes son pésimos —contestó Daniela—. Pero por respeto, igualamos un poco.
Se puso de pie y se bajó el pantalón de cuero con los dos pulgares, despacio, mirándonos a los ojos. Camila la imitó sacándose el vestido por la cabeza y dejándolo caer sobre el respaldo del sillón con una delicadeza que contrastaba con todo lo anterior. Quedaron las dos en ropa interior: Daniela con un conjunto negro de encaje que apenas le contenía las tetas grandes, los pezones marcándose a través de la tela; Camila con una tanga blanca y un corpiño a juego que le levantaba unos pechos más chicos pero perfectamente redondos. El aire del departamento cambió de una manera que no se puede describir sin mentir. Ya no estábamos jugando.
Daniela se sentó a horcajadas sobre Bruno sin más trámite, le agarró la nuca y le clavó la lengua en la boca. Él le pasó las dos manos por el culo y le arrancó la bombacha de un tirón, literal: escuché el elástico crujir. Ella se rio contra los labios de él sin dejar de besarlo.
—Sos un bruto.
—Y vos una guarra —le contestó Bruno, hundiéndole la cara entre las tetas.
***
Camila se me sentó encima antes de que yo pudiera decir nada. Me agarró la cara con las dos manos y me besó como si hiciera meses que quería hacerlo. Sentí la tela fina del corpiño contra mi pecho y la tibieza de sus muslos apretándome las caderas. Mientras tanto, en el sillón de al lado, Daniela ya le había bajado el bóxer a Bruno y le tenía la verga en la mano, moviéndola despacio, sin dejar de morderle el cuello.
Camila me miró un segundo, siguió mi mirada y sonrió.
—Al cuarto —me dijo al oído—. No soy de show en vivo.
—Al final del pasillo.
Me llevó de la mano, descalzos los dos, dejando la ropa tirada en el living. Alcancé a ver a Daniela arrodillándose entre las piernas de Bruno y metiéndose la verga entera en la boca antes de que Camila cerrara la puerta del cuarto de un empujón.
Camila se sentó en el borde de la cama y me atrajo del resorte del bóxer hasta tenerme parado entre sus piernas. Me miró desde abajo con una calma que tenía poco de tímida.
—No estás acostumbrado a esto, ¿verdad?
—¿A esto qué?
—A que una mina te coma la pija sin pedir permiso.
—No mucho.
—Aprendé.
Me bajó el bóxer de un tirón y me agarró la verga sin rodeos. Sus dedos eran firmes, tibios, y sabían exactamente qué hacer. La sostuvo desde la base, me la miró un segundo con la boca entreabierta, y después pasó la lengua por la punta, lenta, recogiendo la gota que ya se me había formado en el glande. Chasqueó los labios como si estuviera probando algo dulce.
—Rica —dijo, con los ojos fijos en los míos.
Se la metió en la boca de a poco, primero la cabeza, girando la lengua alrededor con una técnica que me obligó a apoyar la mano en la cabecera para no tambalearme. Después bajó más, más, hasta que la sentí golpearle contra el fondo de la garganta. No se atragantó. Se quedó ahí unos segundos, apretando con los labios la base, con los ojos húmedos empezando a lagrimear, y cuando la sacó me dejó un hilo de saliva colgándole del mentón que le limpió con el dorso de la mano.
—Así, Mateo —murmuró, con la verga todavía apoyada contra el cachete—. Tranquilo, no te vengas todavía.
Volvió a chuparla, esta vez con las dos manos, una en la base y la otra masajeándome las bolas con una suavidad que me estaba enloqueciendo. Subía y bajaba con la boca, hacía ruidos húmedos que resonaban en el cuarto silencioso, y cada tanto me miraba desde abajo con una sonrisa medio perversa, chupando solo la punta con los labios apretados y sacando la lengua para pasarla por el frenillo. Sentí que se me tensaban las piernas y le agarré el pelo.
—Pará, pará. Te toca.
—¿No querés acabarme en la boca?
—Después. Ahora quiero yo.
La empujé para atrás sobre la cama y ella cayó riéndose. Me demoré en sacarle el corpiño. Primero la besé en el cuello, después en la clavícula, bajando hasta que mis dientes engancharon el borde de encaje blanco. Ella arqueó la espalda y se rio bajito cuando el broche cedió y el corpiño cayó al piso. Las tetas eran chicas pero firmes, con los pezones rosados y ya duros. Le agarré uno con los labios y se lo chupé largo, mordiéndolo apenas, y con la mano libre le busqué el otro y se lo pellizqué. Ella soltó un gemido corto y me clavó las uñas en la nuca.
—Sos más paciente de lo que parecés —dijo.
—Me concentro.
Le saqué la tanga despacio, besándole el muslo por dentro, subiendo con la lengua hasta que sentí el olor de su concha caliente. Estaba mojada, empapada de verdad, brillante bajo la luz baja de la mesa de luz. Le abrí las piernas con las dos manos, se las sostuve arriba de la cabecera y me tiré de cabeza. Pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, desde la entrada hasta el clítoris, y le sentí el cuerpo pegar un temblor.
—Ay, la puta madre —susurró.
Me quedé ahí, chupándole el clítoris con los labios, mientras le metía dos dedos y los movía en un ritmo lento, buscándole el punto adentro. Le levanté la mirada un momento y la vi con la cabeza tirada hacia atrás, la boca abierta, una mano apretando la sábana y la otra sobre su propia teta, pellizcándose el pezón. Volví a bajar. Le pasé la lengua alrededor del clítoris en círculos, después lo atrapé entre los labios y lo succioné, y ella empezó a moverme la cabeza con las dos manos, sin dejarme respirar, hasta que sentí las piernas cerrándose alrededor de mi cabeza y un temblor largo recorriéndole todo el cuerpo.
—No pares, no pares, no pares —repitió, con la voz quebrada.
Se corrió así, con mi lengua adentro y mis dedos moviéndose, ahogando un grito contra el dorso de su mano. Cuando aflojó las piernas y me soltó, me subí despacio, besándole el vientre, las tetas, hasta encontrarle la boca. Me besó con su propio gusto en los labios sin ninguna vergüenza.
—Ahora sí. Vení.
Me acomodé entre sus piernas y me agarré la verga con la mano para dirigirla. Le pasé la punta por la concha, arriba y abajo, mojándola bien, tocándole el clítoris con el glande hasta que ella empezó a moverme las caderas para buscarme.
—Metémela, dale, no me hagas esperar.
Entré despacio, mirándola a los ojos. Camila soltó un jadeo sordo y me clavó las uñas en la espalda. Estaba estrecha, caliente, y me apretaba con una fuerza que me hizo apretar los dientes para no acabar en el primer envión. Salí casi entera y volví a entrar, esta vez hasta el fondo, y ella arqueó la espalda y me tiró la cabeza hacia atrás del pelo.
—Así. Fuerte.
No era una chica ruidosa; era de esas que respiran hondo, que aprietan la mandíbula, que acompañan cada movimiento con un temblor que se siente más que se escucha. Pero cuando le hablaba de cerca cambiaba: le encantaba que le dijera cosas.
—¿Te gusta así, puta?
—Sí, sí, más fuerte.
—Decilo.
—Me encanta tu verga. Rompeme.
La agarré de las caderas y empecé a cogérmela de verdad, con embestidas largas y hondas, escuchando el ruido húmedo de cada entrada, el golpeteo de las bolas contra el culo. Ella me subió las piernas al hombro y me abrió más, y yo aproveché para entrar aún más profundo, sintiendo cómo la punta le tocaba algo adentro que la hacía gemir de un modo distinto.
—Date vuelta —le dije.
Salí de ella y la giré. Se puso en cuatro sin discutir, arqueando la espalda, mostrándome el culo blanco y la concha brillante desde atrás. Le pasé la palma por una nalga y se la apreté fuerte, después le di una palmada seca que le dejó la marca roja de mis dedos. Ella soltó una risa ahogada.
—Ay, así me gusta.
Me la metí de un envión y ella gimió alto, sin cuidarse ya de que se escuchara del otro lado del pasillo, donde igual se oían los golpes secos de Bruno cogiéndose a Daniela contra algo, tal vez el sillón, tal vez la pared. Le agarré el pelo con una mano, se lo enrosqué en el puño y tiré hacia atrás sin dejar de embestirla. Camila se dejó, echando la cabeza para atrás, y me buscó la boca por encima del hombro para un beso torcido y desprolijo.
—Voy a acabar de nuevo —jadeó—. No pares.
Con la otra mano le busqué el clítoris por debajo y se lo froté en círculos, sin cambiar el ritmo de las embestidas, sintiendo cómo la concha se le cerraba alrededor de la verga. Se corrió otra vez, esta vez sí gritando, con la cara aplastada contra la almohada, temblando entera. Y me apretó tan fuerte que ya no aguanté.
—Adentro no.
—Afuera —le prometí.
Salí en el último segundo, me la agarré con la mano y acabé sobre su culo y su espalda, un chorro largo y espeso que le dejó todo salpicado. Ella se rio bajito, sin moverse, dejando que la última gota me cayera sobre la piel.
—Qué desastre —murmuró—. Justo vos, el prolijo.
Fui al baño y volví con una toalla húmeda. La limpié despacio, con una delicadeza que no sé de dónde salió, y ella se dejó hacer con los ojos cerrados y una sonrisa que no le vi durante toda la noche.
***
Nos quedamos un rato mirando el techo, sin hablar, escuchando a través de la pared los ruidos amortiguados que venían del living, donde Bruno y Daniela parecían estar rompiendo todo. Se escuchaban los golpes rítmicos de la cadera de él contra el culo de ella y los gemidos cada vez más agudos de Daniela hasta que estalló en un grito largo que después se apagó de golpe. Camila se rio en voz baja.
—Son unos animales esos dos.
—Siempre fue así Bruno.
—¿Y vos?
—Yo soy el que ordena después.
Me pasó un dedo por el pecho, despacio, dibujándome algo que nunca supe qué era.
—Me gusta que seas así —dijo—. Medio ordenado, medio tímido, medio todo. Y con una verga que no te la vi venir.
—¿Te quedás a dormir?
—Si no me echás.
Se acurrucó contra mi costado, con la teta apretada contra mis costillas y una pierna cruzada sobre las mías, y en dos minutos tenía la respiración pesada de quien ya no está en este mundo. Yo me demoré más. Me quedé escuchando los últimos sonidos del departamento hasta que también del otro lado se hizo el silencio.
***
A las nueve de la mañana me despertó el olor a café. Camila ya no estaba en la cama. La encontré en la cocina, vestida con mi camisa blanca y nada más, calentando agua como si viviera ahí. Bruno y Daniela dormían como dos piedras en el sillón del living, tapados con una manta que ella había encontrado Dios sabe dónde. Desde donde estaba se le veía a Daniela una teta afuera del corpiño y a Bruno una mano descansando sobre el culo desnudo de ella.
—Tenés la cafetera sucia —me retó Camila, dándome un beso en la mejilla.
—Anoche no tuve tiempo.
—Excusas.
Me pasó un mate y se sentó en la mesada, con las piernas cruzadas, como si fuéramos dos que llevan años juntos. La camisa se le abrió y le vi un pezón asomándose. Ella siguió mi mirada, sonrió y no se acomodó.
No hablamos de lo que había pasado ni de lo que podía pasar. No hicieron falta promesas. Cuando Bruno se despertó, quejándose del dolor de cuello, las chicas se vistieron, juntaron los zapatos y él las llevó a sus casas en la camioneta bordó.
Me quedé solo en el departamento, con dos vasos sucios sobre la mesa ratona, las cartas desparramadas por el piso, una bombacha rota tirada abajo del sillón y un leve olor a perfume ajeno y a sexo que iba a tardar días en irse. Ordené todo con una calma que no había sentido nunca. Cuando terminé, busqué el celular. Tenía un mensaje nuevo.
«¿Café el martes? —Camila.»
Tardé dos minutos en contestar que sí. Era demasiado pronto para saber si la noche iba a ser una anécdota o el principio de otra cosa. Pero el desorden que habían dejado en mi departamento —el único desorden que en mi vida agradecí— me decía que valía la pena averiguarlo.