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Relatos Ardientes

Lo que mi marido vio desde el otro lado

Fue Javier quien lo dijo primero. Estábamos tumbados en la oscuridad, su pecho todavía agitado bajo la luz anaranjada que se filtraba desde la calle a través de las persianas. Yo tenía la cabeza apoyada en su hombro y dibujaba círculos lentos sobre su abdomen cuando rompió el silencio con la única frase que podía detenernos en seco.

—No dejo de pensar en Rubén.

Levanté la cabeza y lo miré. Desde la famosa noche de junio, ese nombre era un tabú implícito en nuestra cama. Habíamos acordado que aquello fue una concesión única, un experimento que no se repetiría. Y Rubén, hay que reconocerlo, había cumplido su parte: en cada cena familiar se comportaba como el cuñado perfecto. Ni una mirada fuera de lugar, ni un intento de estar a solas conmigo.

—Se ha portado muy bien últimamente —murmuré, con cautela.

—Para el resto del mundo, sí —respondió Javier, girando la cabeza hacia mí—. Pero yo sé exactamente dónde buscar cuando quiero verlo de verdad. He visto cómo te devora con los ojos cuando cree que nadie lo mira. Aquella noche no lo curó. Solo le enseñó a qué sabías.

Sentí un latigazo en el estómago. Mi marido tenía razón, por supuesto. Pero lo que Javier ignoraba era que yo no necesitaba imaginar nada. Sabía exactamente lo que hacía su hermano cuando él no miraba. Sabía cómo se había deshecho a mis pies aquella tarde frente al ordenador, cómo había temblado la mañana de su vasectomía cuando me arrodillé a su lado con la excusa de ayudarlo y empecé a hacerle una felación en la habitación de invitados, aprovechando que Javier había salido al pasillo. Lo había dejado temblando y sin terminar, y me había marchado como si no hubiera pasado nada. Esos secretos me pesaban cada vez más.

—¿Qué es lo que quieres, Javier? —pregunté despacio.

—Quiero verlo a solas contigo. Sin que yo marque los límites. Quiero ver cómo rompe su propia máscara cuando crea que no corre ningún peligro.

No respondí de inmediato. Pero mientras él hablaba, algo tomaba forma en mi cabeza con una claridad que me asustó un poco. Si accedía, si diseñaba el escenario correcto, no solo le daría a Javier su fantasía. Rubén terminaría diciendo en voz alta todo lo que yo le había ocultado a mi marido. La confesión sería de él, no mía. Javier escucharía la verdad sin que yo tuviera que pronunciarla.

Era el filo de una navaja. Pero también era mi única salida limpia.

Me deslicé hacia abajo bajo las sábanas y lo envolví con mi boca sin darle tiempo a seguir hablando. Lo mantuve al borde durante minutos interminables, saboreando su desesperación, hasta que se corrió y se quedó con los ojos cerrados y los brazos muertos a los costados. Entonces me levanté, recogí mi camisón de la silla y me lo puse despacio.

—Le di mi palabra a Rubén —dije con calma desde el borde de la cama—. No voy a romper mi promesa simplemente porque a mi marido le apetezca jugar a los espías.

Lo dejé allí, encendido y sin respuesta. La semilla ya estaba plantada.

***

Cuatro días después, esperé a que el silencio de la noche se asentara entre nosotros en el salón antes de tirar la primera piedra.

—¿Te has dado cuenta de qué fecha es este viernes? —pregunté de repente, con un tono casi melancólico.

Javier levantó la vista del portátil, parpadeó, y al ver mi sonrisa se le relajó la cara por completo.

—Quince años desde nuestro primer beso.

—Quiero celebrarlo como nos merecemos —susurré, acercándome hasta sentarme a horcajadas sobre sus muslos y rodeando su cuello con los brazos—. He alquilado un apartamento precioso en la costa para el fin de semana. Tranquilo, bonito, solo para nosotros dos.

Me dio un beso casto y suave en los labios.

—Me parece un plan perfecto.

—Lo es —ronroneé, inyectándole al tono una gota de veneno dulce—. Sobre todo porque el apartamento tiene una particularidad arquitectónica que te va a fascinar. El tabique lateral del salón no es de ladrillo. Es un espejo espía. Un cristal enorme de una sola cara que oculta una habitación pequeña detrás.

Las manos de Javier se detuvieron en seco sobre mis caderas. La sonrisa romántica se le congeló en la cara mientras su cerebro procesaba el choque entre la nostalgia del aniversario y la perversión de lo que yo acababa de colocar encima de la mesa. Sus pupilas se dilataron.

—Tú llegarás primero —continué, acariciando su nuca con la yema de los dedos—. Te encerrarás a oscuras en esa habitación. Y desde allí me verás preparar la cena. Me verás abrir el vino. Y verás a tu hermano y a mí.

Javier se quedó sin palabras. El silencio duró varios segundos. Luego, con la voz de quien recibe un golpe y no sabe si tiene que caer o dar las gracias:

—¿Estás hablando en serio?

Asentí despacio, sin apartar mis ojos de los suyos, antes de bajarme de su regazo para coger el teléfono de la mesa. Marqué el número de Rubén con el altavoz activado y lo dejé sobre el cristal, a la vista de los dos. Javier se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, devorando el teléfono con la mirada.

Al tercer tono, descolgó.

—¿Sara? —su voz grave y tranquila resonó en el salón.

Transformé mi expresión al instante. Soné agobiada, nerviosa, casi al borde del colapso.

—Rubén, por favor, dime que mañana por la tarde tienes un hueco libre. Necesito que me salves la vida. Quería darle una sorpresa a Javier por nuestro aniversario: he alquilado un apartamento en la costa para el fin de semana, pero la amiga que iba a ayudarme a prepararlo todo me acaba de llamar con una urgencia familiar y me ha dejado tirada.

—Vaya... lo siento mucho —dijo él.

—Estoy desesperada, Rubén. Yo sola no llego a tiempo para montar todo lo que tengo en la cabeza. Te juro que no te llamaría si no estuviera con el agua al cuello. No tengo a nadie más a quien pedírselo sin que tu hermano se acabe enterando y se arruine la sorpresa.

Hubo un par de segundos de silencio al otro lado de la línea. Luego:

—No te preocupes, Sara. Claro que te ayudo. Dime a qué hora y pásame la ubicación por mensaje. Voy para allá.

Le di las gracias con una calidez tan genuina que hasta yo misma me la creí. Corté la llamada. El pitido final resonó en el salón. Levanté la vista hacia Javier. Tenía los ojos brillantes, la respiración completamente desbocada, y una sonrisa confusa curvándole los labios.

El cebo estaba puesto. Rubén se acababa de tragar el anzuelo hasta el fondo.

***

Llegué al apartamento antes que ninguno de los dos. Era un estudio diáfano y moderno: cocina delimitada por una barra de cuarzo blanco, mesa de cristal al centro, cama al fondo junto a un ventanal con terraza. Y justo enfrente de la puerta del baño, cubriendo el tabique lateral de pared a pared desde el rodapié hasta el techo, el espejo.

Busqué la hendidura oculta en el marco de madera que el propietario me había indicado en las instrucciones, presioné el pestillo y tiré con suavidad. El pesado panel se deslizó sobre un riel silencioso, revelando la pequeña sala oscura contigua. Javier ya estaba allí, vestido completamente de negro, de pie en la penumbra como si su instinto le hubiera dictado el camuflaje perfecto para fundirse con las sombras.

Nada más abrir, me agarró por la cintura y tiró de mi cuerpo hacia el interior. Nuestros labios chocaron con una urgencia eléctrica, como el beso de dos adolescentes a punto de cometer algo terrible y con el miedo latiendo en la garganta por si los pillaban.

Me separé de él apenas unos centímetros, apoyando mis manos en su pecho.

—Espero que hayas sido cuidadoso al entrar —le susurré—. Que no hayas encendido ninguna luz principal ni dejado nada fuera de sitio. Sabes cómo es tu hermano, se fija en todo.

—Tranquila —respondió, con la voz ronca, acariciándome la mandíbula—. El escenario está inmaculado. Solo tú y él.

—Rubén está a punto de llegar —le advertí, endureciendo el tono—. Pase lo que pase ahí fuera, escuches lo que escuches... no se te ocurra abrir este panel bajo ningún concepto. Ni un solo ruido. ¿Entendido?

La sonrisa que se le dibujó en el rostro en medio de la oscuridad fue la respuesta más elocuente que podría haberme dado.

Retrocedí un paso, saliendo de nuevo al apartamento iluminado, y tiré del marco del espejo hasta encajarlo con un leve clic metálico. Ver mi propio reflejo, nítido y perfecto, sabiendo con absoluta certeza que los ojos de mi marido me escrutaban desde el otro lado a escasos centímetros de mi cara, me provocó un vértigo embriagador que no esperaba. Sentí el peso físico de su mirada sobre mi piel.

Fui a la cocina. Encendí la campana extractora al mínimo y puse a calentar la sartén. Había comprado solomillo por el camino y los ingredientes para una reducción de vino tinto. El sonido de la carne chisporroteando contra el aceite caliente empezó a llenar el apartamento, dándole ese toque de domesticidad cálida e inocente que necesitaba como trampa.

Me sequé las manos en un trapo justo en el instante en que el timbre de la puerta rompió el silencio.

Abrí. Rubén traía unos vaqueros oscuros y una camisa remangada hasta los codos, con el aspecto cansado de alguien que viene directo de su propia jornada laboral a echar un cable.

—¡Has llegado! —exclamé, haciéndome a un lado para dejarlo pasar con una sonrisa de alivio—. No sabes lo que me alegra verte.

—Para eso estamos —respondió, echando un vistazo general al apartamento—. Oye, el sitio está muy bien, Sara. Javier se va a quedar de piedra.

Le señalé la bolsa de papel con las guirnaldas de luces cálidas que descansaba sobre la mesa del comedor y le pedí que las colgara cruzando el ventanal de la terraza y por encima del cabecero de la cama para darle un toque íntimo. Le serví una copa del vino que había abierto. Durante los siguientes veinte minutos, el apartamento se llenó de una domesticidad tan pura que casi resultaba cómica dadas las circunstancias. Rubén subía a una silla del comedor para fijar las luces, me contaba anécdotas de cuando Javier y yo éramos novios, se reía de sus propios chistes. Sus defensas estaban completamente bajas; se sentía útil, seguro en su papel de buen hermano cumpliendo un favor familiar.

Y todo el tiempo, mientras removía la salsa en la sartén y reía sus bromas, yo no podía quitarme de la cabeza que Javier estaba a oscuras a escasos metros de nosotros, devorando cada movimiento de su hermano a través del inmenso cristal del espejo.

Cuando las luces quedaron listas, miré el reloj de la campana extractora y suspiré con dramatismo.

—Me he pasado toda la tarde cargando bolsas de un lado a otro y siento que he absorbido todo el olor a chalotas y carne asada. Javier tarda todavía más de una hora. ¿Te importaría quedarte al mando un momento? Solo tiene que seguir a fuego mínimo y dale una vuelta de vez en cuando para que no se pegue al fondo.

—Claro. Dime qué tengo que hacer.

Le entregué la cuchara de madera, le pedí que vigilara el fuego y caminé hasta la cama para sacar mi neceser de la pesada mochila negra que había dejado encima del cobertor. Lo hice con lentitud deliberada, asegurándome de dejar la cremallera abierta de par en par antes de encerrarme en el baño.

El contenido de la mochila era un anzuelo dentro del anzuelo. Arriba del todo, casi inocente, descansaba un delicado conjunto de lencería negra de encaje floral. Pero justo debajo, asomando entre la tela oscura, aguardaba la brutalidad: una réplica de silicona enorme que Rubén conocía perfectamente de una tarde que compartimos frente a un ordenador. Y como golpe de gracia, en el fondo, un masturbador masculino de silicona transparente emparejado con un bote de lubricante de efecto calor. Ver aquel estuche diseñado exclusivamente para el placer del pene le dejaría perfectamente claro que la noche no iba a ser solo de ella.

Abrí el grifo de la ducha. Dejé que el agua corriera y esperé.

***

Cuando salí del baño envuelta en una toalla grande y con el pelo húmedo recogido en un turbante, la cremallera de la mochila estaba perfectamente cerrada.

Sonreí para mis adentros. Había picado.

—¿Cómo va esa reducción? —pregunté con un tono ligero y familiar, caminando descalza sobre la madera.

A través de la barra de cuarzo, vi a Rubén aferrado a la cuchara de palo como si fuera un salvavidas, removiendo la salsa con movimientos espasmódicos propios de un autómata. Su nuca estaba rígida y, cuando giró ligeramente la cabeza para responderme con un murmullo ininteligible, vi el rubor violento que le trepaba por el cuello y la mandíbula encajada. Disimulaba fatal. El arsenal que había visto en la mochila le había frito los circuitos por completo.

—Huele de maravilla, pero me estoy asando —continué con total naturalidad, caminando directamente hacia el inmenso espejo del tabique lateral—. El baño se ha convertido en una sauna turca. Imposible peinarse ahí dentro sin derretirse.

Me planté frente al cristal enorme. Sabía que Javier estaba al otro lado, a escasos centímetros de mi piel, devorándome con la mirada desde la oscuridad. Actué con la misma soltura que tendría frente a una amiga íntima. Sin un ápice de sensualidad forzada, dejé caer la toalla que cubría mi cuerpo. Segundos después, deshice el turbante de mi cabeza, liberando el pelo húmedo, y ambas felpas cayeron al suelo junto a mis pies.

Totalmente desnuda, me detuve un instante frente a mi propio reflejo.

—Vaya cabeza la mía —murmuré, chasqueando la lengua con fastidio—. Me he dejado el secador dentro.

No era un despiste, por supuesto. Era una excusa calculada. Me giré sobre mis talones y caminé de vuelta al cuarto de baño, cruzando la habitación sin ninguna prisa, con un balanceo relajado. Aquel trayecto de ida y vuelta era un regalo visual para los dos: la sombra atenta de mi marido al otro lado del cristal y los ojos congestionados de mi cuñado desde la cocina.

Regresé con el secador en la mano, lo enchufé y lo encendí al máximo. El zumbido ensordecedor del motor llenó el apartamento, creando un muro acústico que imposibilitaba cualquier intento de conversación.

Me dediqué a secarme el pelo usando las manos, con movimientos amplios y despreocupados. A través del reflejo, la dinámica era perfecta: yo le lanzaba miradas rápidas y calculadas; él me devoraba con los ojos en cuanto creía que yo estaba concentrada en mis mechones, pero apartaba la vista con pánico cada vez que amenazaba con pillarlo infraganti.

De vez en cuando, dejaba de prestar atención a mi pelo y clavaba las pupilas directamente en la negrura inescrutable del cristal. No podía verlo, pero sabía exactamente dónde estaban los ojos de Javier. Le sostenía esa mirada invisible a través del azogue, ofreciéndole cada milímetro de mi piel desnuda y compartiendo con él, en un silencio de absoluta complicidad, el maravilloso espectáculo de su propio hermano desmoronándose a tres metros de distancia.

Apagué el secador y lo dejé sobre la alfombra. El motor enmudeció de golpe, devolviendo el protagonismo acústico al zumbido constante de la campana extractora.

—Rubén —dije de pronto, con un tono divertido, casi burlón, sin dejar de mirar el reflejo—. Si sigues batiendo esa reducción, vas a conseguir montarla a punto de nieve.

Rubén dio un respingo. La cuchara chocó ruidosamente contra el metal de la sartén.

—Yo... perdona. Solo intentaba que no se pegara al fondo —balbuceó.

Su voz sonaba ronca, ahogada. El apuro le teñía las mejillas y el cuello de un rojo intenso. Estaba completamente superado por la situación, sin saber dónde meter las manos.

Me eché a reír suavemente, una risa cristalina que pretendía restarle importancia a todo. Repartí crema hidratante en mis manos y continué extendiéndola por mis hombros y mi vientre frente al espejo.

—Por favor, Rubén —dije con un tono ligero, casi fraternal—. No me digas que a estas alturas te va a dar vergüenza verme desnuda.

Él tragó saliva. Sus ojos danzaban nerviosos por la cocina, incapaces de sostener el peso de la situación.

—No es eso, Sara. Es solo que... me ha pillado por sorpresa —logró articular, intentando sonar racional.

Detuve las manos sobre mis caderas y lo miré directamente a través del reflejo.

—Oye, si te incomoda, cojo mis cosas y me visto en el baño. No le había dado importancia, pero si te molesta, me voy ahora mismo.

El pánico cruzó la mirada de mi cuñado. La sola idea de que me marchara y le arrebatara aquel espectáculo, justo ahora que le estaba dando permiso casi explícito para mirar sin sentirse juzgado, fue superior a sus fuerzas.

—¡No! No hace falta —se apresuró a decir, casi tropezando con las palabras—. Quédate aquí, no pasa nada.

—Menos mal —murmuré, retomando mi tarea. Mientras hablaba, me giré hacia la mochila—. Además, tenía pensado pedirte consejo y no sabía muy bien cómo iba a hacerlo.

Acorté la distancia entre los dos, completamente desnuda, y apagué la vitrocerámica con naturalidad.

—La reducción ya está perfecta —anuncié—. Ven, acompáñame un momento.

Lo tomé de la mano. La suya estaba húmeda por los nervios; la mía, suave y perfumada por la crema recién aplicada. Tiré de él hasta el borde de la cama y le di un suave empujoncito en el pecho para obligarlo a sentarse sobre la colcha.

Me giré hacia la mochila.

—Anda —solté con una risita—. Qué apañado eres cerrando todo. Yo soy un desastre; juraría que la había dejado abierta de par en par al sacar el neceser.

A través del reflejo del armario vi cómo Rubén se quedaba blanco, congelado en el borde de la cama. Le acababa de confirmar que sabía que había estado husmeando, pero con un tono tan inocente que no podía justificarse sin delatarse del todo.

Ignorando su palidez repentina, abrí la mochila y saqué el conjunto de lencería de encaje negro. Me giré hacia él y sostuve las diminutas prendas frente a mi cuerpo desnudo, a la altura exacta donde debían ir.

—Ya sabes cómo es Javier con el negro. Pero lo compré con tanta prisa que ni siquiera llegué a probármelo. ¿Qué te parece? ¿Crees que le gustará o es demasiado atrevido?

Rubén parpadeó un par de veces, intentando mantener los ojos clavados en mi cara y no en la braguita que yo sostenía justo delante de mi sexo.

—Es muy bonito, Sara —logró articular, con la voz un par de octavas más grave de lo normal—. Le encantará.

—¡Genial! —exclamé con una sonrisa—. Voy a ver cómo queda puesto.

Sin ningún tipo de pudor ni prisa, comencé a vestirme allí mismo, frente a él. Me ajusté el sujetador, comprobé cómo el encaje floral enmarcaba mis pechos, y luego deslicé la braguita negra por mis piernas. El diseño carecía por completo de tela en la entrepierna, dejando mis labios expuestos y enmarcados por los bordes festoneados del encaje.

Me alejé un par de pasos hacia el centro del salón para que tuviera mejor perspectiva y di una vuelta lenta sobre mí misma.

—¿Es demasiado directo? Dime la verdad, confío en tu criterio.

—No es vulgar —respondió, con la voz notablemente más grave—. Le va a encantar. Seguro.

—Pues adjudicado. —Le dediqué una sonrisa radiante—. Ahora la segunda duda, que es la que más me preocupa.

Me giré hacia la cama para volver a rebuscar en el interior de la mochila. El masturbador se había quedado atascado en el fondo, debajo de la réplica de silicona enorme. Con un suspiro de impaciencia, agarré el consolador por la base, lo saqué y lo dejé caer sobre la colcha con la misma naturalidad con la que alguien saca unos zapatos al deshacer el equipaje.

Rubén seguía sentado en el borde de la cama, dándome la espalda. En lugar de girarse para ver qué hacía, había clavado los ojos en el inmenso cristal del frente, usándolo de retrovisor. Fue allí, en la superficie del azogue, donde nuestras miradas se cruzaron. Vi cómo su rictus cambiaba por completo. Sus ojos bajaron hacia el reflejo del consolador enorme que descansaba sobre las sábanas y un destello de innegable familiaridad cruzó sus pupilas, mezclado con un rubor repentino y una excitación densa que le tensó la mandíbula.

Conocía perfectamente ese objeto.

—Por cómo te lo has quedado mirando, juraría que acabas de reencontrarte con un viejo conocido —dije, con una risita ligera, atrapando de nuevo su mirada a través del cristal.

Rubén tragó saliva con tanta fuerza que el movimiento de su nuez se reflejó en el espejo. Se removió en el sitio, incapaz de disimular el peso de sus propios recuerdos.

—Es el que tenías en las fotos del ordenador —murmuró, con la voz baja, como si la sola mención de aquello fuera un pecado—. De aquella tarde en el despacho.

Ahí estaba. Una confesión limpia, directa y de su propia boca, servida en bandeja de plata para que la sombra silenciosa de mi marido, al otro lado del cristal, la devorara.

—El mismo —confirmé con una sonrisa cómplice, soltándolo sin la menor importancia—. Pero a lo que íbamos.

Dejando atrás el consolador, di un par de pasos y me senté a su lado en el borde de la cama con el masturbador en la mano. Se lo tendí.

—Me han jurado que es el mejor del mercado, pero lo veo muy estrecho para el tamaño de Javier. Y como sé que tú tienes bastante más envergadura que él... pensé que a lo mejor podrías probarlo un segundo para decirme si la fricción es cómoda.

Rubén apartó la vista con brusquedad y negó con la cabeza. Su respiración se había vuelto errática, pesada.

—Sara, para —suplicó, con la voz ronca, casi rota por la tensión acumulada—. No puedo hacer esto. No me puedes hacer esto.

Se pasó las manos por la cara, visiblemente superado, luchando por mantener la cordura. Cuando volvió a mirarme, sus ojos estaban cargados de una mezcla de desesperación y un reproche completamente legítimo.

—Me obligaste a prometerte que aquella noche sería la última vez. Y yo lo he cumplido —continuó, con el tono más duro, aferrándose a su frustración—. Pero ahora estás aquí paseándote medio desnuda y me pides que pruebe un juguete para tu marido. ¿Te das cuenta de lo humillante que resulta? Es exactamente igual que la mañana que vine después de la vasectomía.

El corazón me dio un vuelco de pura anticipación. Ahí estaba.

—Aquel día también sabías perfectamente lo que hacías —masculló, incapaz de detener la bilis de sus propios recuerdos—. Te aprovechaste de la confianza ciega de Javier, que se quedó en el salón mientras nos dejaba a solas. Él no podía imaginar que semanas antes ya me habías abierto la puerta de tus secretos en el despacho. Así que vio tus cuidados desde un prisma de inocencia que tú te encargaste de pervertir. Me provocaste una erección solo para poder arrodillarte y capturarme con tu boca, comprobando tus propios límites. Y cuando obtuviste tu confirmación, te marchaste al pasillo relamiéndote los labios. Me dejaste allí reventado de ganas, a escasos metros de mi hermano, y ahora pretendes que vuelva a ser tu banco de pruebas.

Sus palabras resonaron en el salón como una sentencia. Al otro lado del inmenso cristal, Javier acababa de recibir el impacto directo de la realidad: la confesión explícita y cruda de lo que había ocurrido en su propia casa a sus espaldas.

No me puse a la defensiva. Esbocé una sonrisa suave, casi comprensiva, y dejé caer los brazos con una languidez estudiada.

—Tienes razón, Rubén —concedí, con un tono de voz inusualmente tranquilo—. Aquel día fui egoísta, no lo niego. Pero los dos sabemos que mi curiosidad no nació aquella mañana. Venía de antes, de la tarde del despacho. Te pido perdón.

Di un paso lento hacia él, acortando la distancia hasta que mis rodillas rozaron la tela de su pantalón.

—Pero te equivocas en una cosa —continué, clavando mis ojos en los suyos—. Yo no te estoy torturando ahora mismo. Eres tú el que lo hace. Has sido tú quien ha sacado a la luz lo de aquella habitación. Has sido tú quien ha recordado el tacto de mi boca en voz alta mientras me miras el escote.

Me incliné un poco hacia él, invadiendo su espacio vital sin acorralarlo.

—Llevas meses fingiendo ser el cuñado intachable, el caballero perfecto. Y Javier se lo cree. Pero los dos sabemos que esa promesa te está asfixiando. Si de verdad quieres seguir siendo ese caballero, levántate, sal por esa puerta y finge que esto no ha pasado. Pero si no tienes la más mínima intención de marcharte, deja de dar rodeos y ahórrate los reproches. La decisión es tuya.

El silencio que siguió a mi ultimátum fue denso, casi palpable. Durante unos segundos interminables, Rubén mantuvo la mirada clavada en la mía. La tormenta de resentimiento se apagó en sus ojos, siendo sustituida por el brillo oscuro y febril de la rendición.

No intentó levantarse. No hizo amago alguno de marcharse. Alzó una de sus manos grandes y fuertes, la posó sobre la cara interna de mi muslo, y con una presión firme y deliberada me empujó despacio hacia atrás sobre el colchón. Luego inclinó el cuerpo sobre el mío y hundió el rostro entre mis piernas.

No hubo besos previos. No hubo preámbulos cariñosos. Fue un cunnilingus atropellado, desesperado y voraz: su lengua irrumpiendo contra mi sexo hinchado con un ansia que bordeaba la locura, devorando mi humedad con la sed de quien lleva meses prohibiéndose el agua. Era un hombre muerto de hambre al que por fin le permitían comer.

El sobresalto me hizo reaccionar por instinto. Llevé las manos a su cabeza, enredando los dedos en su pelo, y mis rodillas cedieron al reflejo inútil de cerrarse. Pero la torpeza y la brusquedad de su lengua, movida por pura necesidad y no por técnica, me golpeó con una sacudida de placer eléctrico que borró cualquier intención de apartarlo.

Poco a poco, fui relajando la tensión de mis muslos. Lo dejé hacer. Me abrí para darle acceso total y dejé que mi mano izquierda se hundiera en su cabello, guiando y disfrutando de su devoración ansiosa, mientras la derecha ascendía hasta apretar mi propio pezón al compás de su desesperación.

El hambre inicial de Rubén no tardó en afilarse, transformando la brusquedad de los primeros segundos en una técnica mucho más certera. Se centró exclusivamente en mi clítoris, envolviéndolo con los labios para crear un vacío húmedo y firme mientras la punta de su lengua golpeaba el nervio expuesto con una rapidez frenética. Deslizó dos dedos gruesos por mi hendidura y los hundió en mi interior. El contraste fue demoledor: la succión voraz arriba y el bombeo constante de sus nudillos abriéndose paso por mi conducto, entrando y saliendo sin el menor esfuerzo gracias a la cantidad de flujo que me rebosaba.

La tensión se acumuló en mi bajo vientre a una velocidad vertiginosa. Mis gemidos perdieron cualquier atisbo de decoro. Arqueé la columna con violencia cuando el orgasmo me reventó por dentro, sacudiéndome en una serie de espasmos rítmicos que me dejaron ciega y sin aliento, con las rodillas temblando a los costados de su cabeza.

***

Cuando recuperé la respiración, me incorporé despacio. Tomé su mano y lo guié hasta quedar de pie a escasos centímetros del espejo espía, calculando el ángulo a la perfección para que Javier, al otro lado, tuviera una vista diáfana de su hermano desde el costado. Luego me arrodillé en el suelo frente a él, descansando el peso de mis glúteos sobre mis propios talones.

Lo que vino después fue el control de calidad que le había prometido, ejecutado con una parsimonia clínica y perversa a partes iguales. Tomé el masturbador transparente, lo preparé con lubricante de efecto calor y lo usé sobre él con una lentitud que lo llevó al límite dos veces antes de dejarlo terminar, todo mientras mantenía con él una conversación casi doméstica sobre si la fricción era la adecuada y si el vacío le resultaba demasiado intenso. Rubén respondía con monosílabos jadeantes, completamente entregado, mientras mi marido lo contemplaba todo desde las sombras.

Cuando terminó, recogí el campo de batalla en silencio. Lo acompañé hasta la puerta principal con calma. En el umbral se detuvo, me miró a los ojos con una intensidad desarmante y murmuró un «gracias a ti» que pesaba mucho más de lo que decía. Me incliné hacia delante y lo abracé con fuerza, aplastando mis pechos contra su camisa durante unos segundos que parecieron eternos. Quería que se llevara mi tacto grabado a fuego antes de salir al rellano.

La puerta principal se cerró a mis espaldas. Me apoyé un instante contra la madera, dejando que la adrenalina comenzara a bajar, antes de caminar hacia el falso tabique. Accioné el mecanismo oculto y empujé el panel.

Javier estaba allí, en la penumbra, sentado sobre una banqueta baja que le había servido de improvisada butaca de primera fila. Llevaba puesta la camiseta pero estaba desnudo de cintura para abajo. Su respiración era pesada, y su imponente erección, enrojecida y tensa, delataba que había estado al borde del clímax durante horas sin permitirse llegar.

Me quedé de pie en el umbral, observándolo. Esperaba encontrar devastación o furia por las revelaciones que había escuchado. Pero lo que vi en sus ojos fue una mezcla extraña de vulnerabilidad y resignación.

—Supongo que en el fondo me lo imaginaba —rompió el silencio, con la voz ronca—. Había cosas que no me cuadraban. El distanciamiento de Rubén, que empezó casi de la nada justo después de la mañana de su vasectomía. Siempre me pareció demasiada coincidencia.

Tragó saliva antes de seguir.

—Me hubiera gustado enterarme de otra manera, Sara. Creo que siempre te he dado la confianza suficiente para no tener que ocultarme nada, por muy grave que te pudiera parecer.

Sus palabras carecían de reproche cruel. Eran la confesión de un hombre que se sentía excluido de la confianza de su mujer. Aquella vulnerabilidad me encogió el corazón y, al mismo tiempo, me encendió de una manera instintiva y posesiva.

Aprovechando la altura del taburete, me acerqué a él a paso lento y me situé entre sus piernas abiertas. Acuné su rostro con las manos y lo besé. Fue un beso dulce, pausado, cargado de un arrepentimiento que no necesitaba palabras para ser real.

—Lo siento —susurré contra sus labios—. Aquella mañana el morbo pudo más que el raciocinio. Me dejé llevar. Quise decírtelo en cuanto cruzaste la puerta, pero cuanto más pensaba en lo que había hecho, más miedo me daba perderte. Preferí convencerme de que era lo mejor no remover nada.

Volví a besarlo, esta vez con más urgencia, moviendo sutilmente las caderas para que nuestra anatomía se frotara. Javier gimió en mi boca y sus manos cobraron vida, agarrándose a mi cintura con una fuerza posesiva que me hizo tragar saliva.

Se separó apenas un milímetro, respirando con dificultad, con los ojos oscurecidos por el deseo y la necesidad de saber que no había más fantasmas entre nosotros.

—¿Te gustó lo que viste? —le pregunté en un susurro.

—Me volvía loco —confesó, con la voz rota y arrastrando las palabras—. Escuchar el sonido del vacío... verte a ti con el juguete en la mano... Casi me corro solo con mirarlo.

Sonreí en la penumbra. Era la respuesta perfecta.

Lo tomé de la mano, lo hice bajar de la banqueta y lo guié hasta el borde de la misma cama donde su hermano había estado sentado unos minutos antes. Me arrodillé frente a él en el suelo. Y con el mismo tubo de silicona transparente que aún guardaba el calor y los rastros del orgasmo de Rubén, le di a Javier exactamente lo que llevaba horas esperando al otro lado del cristal.

Lo mantuve al borde durante mucho tiempo, con movimientos lentos y deliberados, susurrándole al oído que así era exactamente como su hermano me había pedido que lo hiciera. Que con esta velocidad y este ritmo, en esta dirección precisa. Cuando por fin se corrió, el sonido que le desgarró la garganta llenó el apartamento como si lo hubiera estado guardando desde el principio de la noche.

Me tumbé a su lado después, dejando que la respiración de los dos se acompasara en el silencio. Por encima del cabecero, las guirnaldas de luces cálidas que Rubén había colgado con tanta paciencia seguían encendidas, bañando la habitación en un resplandor íntimo y absurdamente doméstico.

—Feliz aniversario —murmuré, apoyando la cabeza en su hombro.

Javier dejó escapar una carcajada baja y gutural y me rodeó con el brazo, apretándome contra él.

—Definitivamente el regalo de aniversario más perverso de nuestra vida —respondió.

No le di la razón. Pero tampoco se la quité.

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Comentarios (7)

Naty_09

increible!!! me quede pegada hasta el final

ValentinaR_

Que final tan inesperado... me dejo con la boca abierta

SantiRosario22

La tension que va construyendo desde el principio es perfecta. Uno ya sospecha algo pero no sabe que. Muy bien escrito!

RoxanaGDL

Por favor segunda parte!!! como reacciono el marido despues, me muero de curiosidad jajaja

ClaraMdz

Se siente tan real, eso es lo que mas me gusta. Sigue asi!

Marito77

Ay dios que situacion... tremendo relato, muy bien narrado todo

AnaLuzReads

El detalle del cristal lo hace perfecto, muy original la idea

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