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Relatos Ardientes

Diez años esperando terminar lo que empezamos

2015

Ese martes llegué al instituto arrastrando los pies. Me había costado un esfuerzo sobrehumano levantarme, ponerme unos vaqueros rotos y una camiseta de Iron Maiden, y recorrer las tres manzanas que separaban mi casa del edificio gris que odiaba con toda el alma. Lo único que hacía ese lugar tolerable era mi grupo de amigos, que estaban todos en la rama de ciencias mientras yo había elegido letras. Coincidíamos en tres asignaturas: Educación Física, Filosofía e Historia.

Ese martes, en Historia, don Héctor entró con cara de quien va a dar una mala noticia.

—Chicos, no me va a dar tiempo a explicar el Franquismo antes del examen. Tendréis que hacer un trabajo en parejas, pero yo elijo las parejas, que os conozco. Por orden de lista. Tres días.

Puse los ojos en blanco. Por orden de lista me tocaba con Bruno, un chico con el que apenas había cruzado diez palabras y que semanas atrás se había reído de mí con otro compañero cuando los escuché burlarse de que estudiara Latín. Me cayó fatal desde ese momento.

Me acerqué a su mesa con la mejor de mis caras de fastidio.

—Nos ha tocado juntos. Yo también lo siento.

Bruno levantó la cabeza. Tenía gafas de montura fina, el pelo oscuro un poco largo, y se sonrojó levemente. Su compañero de mesa soltó una risita por lo bajo.

—¿Quieres que le pidamos a alguien que cambie? —dijo Bruno rascándose la nuca.

—No hace falta. Quedamos en mi casa esta tarde. ¿A las cinco?

—Vale.

***

Llegó puntual. Su madre le trajo en coche. Yo lo recibí en pijama porque había llegado del instituto, me había cambiado sin pensar, y no había anticipado que aquello importara. Un pantalón corto y un top de tirantes negro. Sin sujetador. Sí importó. Lo noté en cómo Bruno evitaba mirarme directamente.

Pusimos música —él también escuchaba rock, lo que me sorprendió más de lo que debería— y empezamos con el trabajo. Era fácil hablar con él. Más de lo esperado. Teníamos los mismos grupos, las mismas referencias, el mismo sentido del humor seco. Cuando se fue, dos horas después, me quedé mirando la puerta cerrada con una sensación rara en el estómago.

Al día siguiente en clase fue diferente. Me saludó. Intercambiamos palabras. Lo miré más de lo que había mirado a nadie en ese instituto.

Esa tarde volvió. Esta vez yo llevaba una camiseta oversize pero unas bragas de encaje debajo. Cuando me levanté a por refrescos noté que me miraba, y me gustó. Me puse cachonda sabiéndome observada.

Terminamos el trabajo en tiempo récord.

—Me da pena haber acabado —dijo él.

—¿Por qué?

—Porque ya no tengo excusa para venir.

Hubo un silencio. Y entonces soltó, casi sin querer, que no había besado a nadie nunca. Ni un beso. Me lo dijo con esa honestidad torpe de los diecisiete años que te descoloca más que cualquier piropo estudiado.

No sé qué me pasó. Fue algo físico, algo que tomó la decisión por mí.

—¿Me dejas ser yo la primera?

Sus ojos se abrieron. No dijo nada durante tres segundos.

—Valeria, te dejaría hacer lo que quisieras.

Me acerqué despacio. Le puse la mano en la mejilla. Le besé. Sus labios estaban entreabiertos y calientes. Empecé a sentarme encima de él y noté su erección inmediatamente. Me excité más. Le cogí del pelo. Él puso las manos en mi espalda, torpe pero ansioso, y fue subiendo por debajo de la camiseta buscando el cierre de un sujetador que no llevaba.

Cuando lo descubrió se quedó paralizado un segundo.

—¿Puedo…?

—Sí.

Nunca hubiera imaginado que alguien que no había besado a nadie pudiera hacer lo que hizo después. Fue despacio. Me miraba a los ojos mientras pasaba los labios por mi cuello, mientras llegaba a mi pecho y lo tomaba en su boca con una paciencia que no esperaba. Yo me estaba derritiendo. Estaba a punto de decirle que quería más cuando oí el ruido inconfundible de unas llaves en la cerradura de la puerta de entrada.

Mi padre.

Me bajé de encima de Bruno de un salto. Él agarró el primer cojín que encontró y se cubrió. Yo corrí al baño a por un pantalón de pijama. Cuando mi padre entró al salón, estábamos sentados con el portátil abierto y cara de no haber roto un plato.

—¿Estudiando, chicos?

—Sí, papá.

***

Al día siguiente entregamos el trabajo. Don Héctor nos felicitó a los dos. En Educación Física, Bruno se colocó detrás de mí mientras corríamos alrededor de la pista.

—He estado todo el rato aquí para verte —me dijo al terminar, mordiéndose el labio.

Pero al salir del instituto no le encontré. No me escribió en toda la tarde. Ni ese día ni el siguiente. El fin de semana, silencio.

Empecé a preocuparme el lunes. Y al caer la tarde me enteré de todo: el padre de Bruno, del que estaba distanciado, había sufrido un accidente y muerto. Su madre, que era de Sevilla, quiso volver allí con su familia. Bruno y su hermano se fueron con ella.

—Lo siento, no sé cuándo volvemos. Me gustaría haber podido quedarme —me escribió desde un número nuevo, días después.

—Lo siento yo. Espero verte pronto.

Pero no ocurrió. Llegó la selectividad. Llegó el verano. En septiembre recibí un mensaje suyo diciéndome que se presentaba a los exámenes desde allí y que le había ido bien. Justo esos días yo estaba de viaje con mis tíos en Portugal. Le respondí que me alegraba. Y nada más.

***

En la universidad conocí gente. Chicas, chicos. Sexo casi todas las semanas, sin compromisos. Pero cuando alguien entraba en mí, pensaba en cómo habría sido tenerle a él. Cuando alguna boca se posaba en mis pezones, pensaba en lo que hizo él con la suya esa tarde en mi sofá.

Era mi cuenta pendiente.

Sentía celos de personas que no conocía. Envidia de fantasmas. También un rencor difuso, aunque reconocía que ninguno de los dos había hecho el esfuerzo real de buscarse. Nos dejamos llevar por la distancia y por esa cobardía cómoda de no querer parecer desesperados.

Pero años después, con veintitrés, con veinticinco, con veintisiete, todavía estaba ahí. Incrustado.

***

2026

El club de Rodrigo estaba a las afueras de la ciudad. Lo conocí una noche que entré con unos amigos por curiosidad: era un espacio para adultos, intercambios de parejas, habitaciones privadas, buena música clásica de rock. Rodrigo era el dueño y se quedó mirándome desde el primer momento. Esa noche terminamos en una de las habitaciones. Cuatro años después nos comprometimos.

Nos queríamos. Nuestra relación no era convencional —a él le gustaba experimentar, a mí me gustaba permitirle sus escapadas esporádicas— pero funcionaba. Teníamos una base sólida hecha de respeto y de afinidad real.

La noche de Año Nuevo organizamos fiesta en el club. Las habitaciones no estaban disponibles para los clientes esa noche. Rodrigo tenía una lista de parejas inscritas. Cenamos con mi familia, tomamos las uvas y nos fuimos.

Yo llevaba un corsé negro que empujaba mis pechos hacia arriba y una falda vaquera corta. Rodrigo me miró cuando me quité el abrigo.

—Querías que te comieran con la mirada, ¿verdad?

—Quizás —dije alargando la palabra.

Empezó a llegar la gente. Me quedé en la barra ayudando a Carmen, la camarera, mientras Rodrigo hacía las veces de portero. Entonces se acercó una pareja. Ella, rubia, con vestido elegante y tacones altos que la hacían parecer más alta de lo que era. Él, de espaldas a mí.

No sé en qué momento dejé de mirar a la rubia y me fijé en esa espalda. Era grande. Trabajada, pero no solo eso: había algo genético ahí, algo que no se compra en el gimnasio. Pelo oscuro largo recogido con una goma. Más de metro noventa. Cuando se giró para decirle algo a su pareja, vi las gafas.

Las mismas gafas.

Mi corazón se detuvo exactamente un segundo y después se disparó.

Era Bruno.

Tenía barba. Era un hombre, no el chico que había conocido. Pero era él. Y cuando se giró del todo y sus ojos se encontraron con los míos, supe que me había reconocido también.

—Me ocupo yo de estas bebidas —le dije a Carmen en un susurro.

—Te ha gustado ese, ¿eh?

—Lo conozco.

Me acerqué con los vasos intentando parecer tranquila.

—¿El vodka para quién y el cubata para quién?

—El vodka para mí, soy la fuerte de la relación —dijo la rubia riendo. Se llamaba Adriana. Era simpática. La odié de inmediato.

Bruno no dijo nada durante un buen rato. Me miraba con una expresión que no supe descifrar. ¿Incredulidad? ¿Algo más?

Rodrigo entró detrás de la barra y saludó a la pareja. Me enteré entonces de que Adriana era la chica de Instagram que le había comprado entradas: el tipo de Rodrigo. La pareja que quería conocer. Para un intercambio.

Cuando Rodrigo mencionó mi nombre, Bruno por fin habló.

—Hola, Valeria. Cuánto tiempo.

***

Más tarde, cuando Adriana fue a renovar su copa, empezó a sonar una canción que los dos conocíamos. Me acerqué a él en la pista.

—Me encanta esta —dije.

—Lo sé. Me acuerdo —respondió, y me recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja con una naturalidad que me dejó sin respiración.

—¿Y de mí también te acuerdas?

—Más de lo que crees.

—¿Por qué no volviste a escribirme?

—Porque alguien me dijo que ya tenías a alguien en septiembre. Me dolió mucho y me rendí.

—Era mentira. Sufrí muchísimo que desaparecieras así.

—Entonces sufrimos los dos. No he estado tan enganchado a nadie como lo estuve a ti.

—Te digo lo mismo.

Hubo un silencio. Sus ojos en los míos. Diez años comprimidos en diez segundos.

—Rodrigo quiere acostarse con tu chica —dije.

—Y yo llevo diez años queriendo acabar lo que empezamos contigo —respondió sin apartar la mirada.

Sentí que mis piernas no eran del todo mías.

—No voy a dejar que te escapes por esa puerta sin haber terminado lo de aquel sofá. Ya no.

Sus palabras me helaron y me encendieron al mismo tiempo. Quería lamerle los labios como aquella tarde, pero ahora sabía que si lo hacía no se quedaría tan quieto.

Adriana regresó con su vaso justo a tiempo de interrumpirnos. Le dio un beso a Bruno con una posesividad que no pasó desapercibida. Él correspondió agarrándola del culo y girándola levemente, con los ojos fijos en mí por encima de su hombro. Yo sentí una rabia que no me esperaba.

Rodrigo apareció, saludó a todos, y la noche siguió su curso.

***

No voy a describir en detalle la negociación entre los cuatro. Solo diré que terminamos en las habitaciones privadas. Rodrigo abrió la primera con sus llaves. Yo llevaba las de la segunda en el bolso.

Empezamos todos juntos. Me costó estar en la misma habitación sabiendo que Adriana le tocaba. Me costó disimular. Rodrigo estaba demasiado ocupado con ella para notarlo.

En un momento dado, Bruno me miró desde el otro lado de la cama.

—No aguanto un segundo más compartido —dijo en voz baja.

Cogí las llaves del bolso y me levanté.

—Rodrigo, os dejamos solos.

No esperé a que nadie respondiera.

***

Cerré la puerta de la habitación dos a nuestra espalda. Bruno me besó contra la pared antes de que encendiera la luz. Sabía a whisky y a algo dulce. Le mordí el labio sin querer y él respondió apretándome la espalda con los dedos.

—Diez años —dije entre beso y beso.

—Diez años —repitió.

Me tomó por los muslos y me llevó a la cama. No me dio tiempo a quitarme las medias. Me las rompió con una impaciencia que no esperaba de alguien que siempre hacía todo despacio. Lamió desde mis tobillos hasta llegar a mi ropa interior. Cuando por fin me la quitó, no hubo más esperas.

Fue increíble. Era paciente y brutal a la vez, sabía cuándo acelerar y cuándo detenerse justo en el borde. Cuando llegué al orgasmo ya no me importaba si alguien podía escucharnos desde la habitación de al lado.

Después me puse encima de él. Le miré a los ojos mientras me movía despacio al principio y después más rápido. Él me sujetaba por las caderas con las manos grandes que tenía, esas manos que diez años antes habían intentado torpemente desabrochar mi sujetador y que ahora sabían exactamente dónde apoyarse.

—¿Sabes cuántas veces pensé en esto? —me dijo.

—Las mismas que yo.

Cambiamos de postura. Me penetró desde atrás y no mentía cuando dijo que no iba a dejar de dar. Le dejé. Le empujé hacia él. La habitación olía a sexo y a calor y a algo que no sabría ponerle nombre.

Cuando terminamos, nos quedamos boca arriba mirando el techo. Desnudos. Sin pensar en precauciones ni en consecuencias. Solo en que acababa de ser el mejor polvo de mi vida y en que no podría volver a prescindir de esa sensación.

Puse la cabeza en su pecho.

—No quiero que vuelvas a desaparecer.

—No podría aunque quisiera —dijo, y me besó en la frente y después en la boca, largo y lento.

***

Tocaron a la puerta. Rodrigo y Adriana entraron con albornoces y cara de satisfacción. Todo siguió como si nada: copas en el club, conversación informal, intercambio de números de teléfono. Antes de salir, Bruno metió las llaves de la habitación dos en el bolsillo de su pantalón. Yo lo dejé hacer.

Esa noche, antes de dormir, recibí un mensaje de un número desconocido.

Soy Bruno. Me he llevado sin querer las llaves del local. ¿Paso mañana a dártelas?

Rodrigo tenía pádel al día siguiente a las cuatro.

Mañana a las cinco, perfecto, respondí.

***

Bruno llegó a las cinco en punto. Viejas costumbres.

—Las llaves —dijo con una sonrisa lenta—. Y para que sepas que sé perfectamente que tú me las metiste en el bolsillo aposta.

—Quería verte.

—¿No puedes decirle a tu casi marido que quieres verme?

Nos sentamos en el sofá y hablamos. Hablamos de verdad, quizás por primera vez. Le dije lo que sentía: que era mi fantasía más intensa desde hacía diez años, que no había podido borrarlo, que cuando alguien me tocaba pensaba en él. También le dije que tenía una vida construida con Rodrigo y que no podía tirarlo todo por algo que no sabíamos aún qué era.

—Eres lo más pasional que he vivido —le dije—. Pero no eres una pareja todavía. Tenemos el deseo, tenemos la historia, pero no tenemos nada más. Y yo ya tengo algo construido.

—Me tiraría a la piscina aunque estuviera vacía —dijo con la voz rota.

—Lo sé. Y quizás por eso me da miedo.

Le cogí las manos. Una lágrima resbaló por su mejilla. Le besé ahí, en la mejilla húmeda. Le besé el cuello. Y después, sin poder evitarlo, le besé en la boca.

—Llevo un cuarto de hora diciéndote que esto es complicado —dije contra sus labios—, y llevamos un cuarto de hora aquí y ya te estoy besando.

—Escucho lo que me conviene.

El sexo fue diferente esa tarde. Más calmado. Más nuestro. Sin la adrenalina de la noche anterior, sin otras personas en la misma habitación. Solo nosotros y ese sofá y esa cuenta que por fin, después de diez años, estábamos saldando de verdad.

Cuando se fue, en la puerta, le pedí que esperara. Le prometí que buscaría otra excusa para verle. Él me prometió que la aceptaría.

***

2028

Año nuevo, 2028. Fiesta en el club, como nos gustaba.

Carmen llegó con cajas y me pidió ayuda.

—Qué bien te sienta estar casada —dijo mirándome con una sonrisa—. Estás radiante.

—Es que estoy embarazada, Carmen.

—¡Rodrigo! ¡Que le estás poniendo cajas a una embarazada!

Mi marido cruzó la sala y me apartó del peso con una ternura un poco exagerada que me hizo reír. Me tocó la barriga con la palma abierta, ese gesto suyo que hacía ya sin pensar cada vez que pasaba a mi lado.

***

Un poco más tarde, Bruno se acercó a la barra a por algo.

—¿Un refresco?

—Si te beso luego con olor a alcohol se te revuelve el estómago —dijo.

—Cierto. Muy considerado de tu parte.

Nos sonreímos.

Rodrigo sabe quién es Bruno. Se lo conté unos meses después de aquella noche de Año Nuevo, cuando ya no pude seguir guardándolo. Le conté todo: el instituto, la tarde interrumpida por mi padre, los diez años de fantasía. Le dije que le quería a él, que era verdad. Y le dije también lo que sentía por Bruno.

Rodrigo escuchó. No dijo nada durante un rato. Después me preguntó si era feliz. Le dije que sí. Me preguntó si quería seguir con él. Le dije que sí. Y me preguntó, con esa honestidad suya que a veces me descoloca, si podía pedirme que renunciara a Bruno.

No pudo.

Llegamos a un acuerdo. Una vez al mes. Sin mentiras. El resto del tiempo somos una pareja como cualquier otra.

La relación de Bruno con Adriana duró un año más. Ahora vive solo a diez minutos de aquí.

No sé de quién es el bebé. Los dos lo saben. Ninguno de los dos me ha preguntado. Sea de quien sea, Rodrigo será su padre. Eso ya está decidido.

Aunque debo confesar algo: conozco el día exacto en que ovulé ese mes. Y sé con quién estaba ese día.

No fue un accidente.

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Comentarios (7)

NocheDeVinos

Dios mio, que inicio tan poderoso. Se me puso la piel de gallina.

TestigoCba

Diez años... entiendo perfectamente esa sensacion. Bien escrito, se siente autentico.

Cintia_Mx

Por favor que haya segunda parte!!! quede con muchisimas ganas de saber como termino todo esto

RubenMza

tremendo!!! 🔥

Valentina_ok

Me recordo tanto a algo que me paso a mi con un chico del trabajo. Esa mezcla de nervios y emocion cuando lo vi despues de tanto tiempo... increible como lo describis

lektor22

Excelente redaccion, se lee solo. Espero el proximo relato!

Marlena_B

El tiempo hace cosas raras con los sentimientos no? Muy bueno, sigue asi

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