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Relatos Ardientes

Lo que mi abogada hizo cuando nos dejaron solos

Nunca creí que terminaría en una celda por algo que ni siquiera era mío. Un viejo conocido del barrio me ofreció dos mil dólares por guardarle unos paquetes durante una semana en mi garaje. Llevaba dos meses sin trabajo, mi novia Camila no llegaba a fin de mes con el sueldo de la peluquería y las cuotas del coche se acumulaban en el cajón de la mesada. Acepté sin preguntar qué había adentro.

A las cuatro de la mañana de un jueves, la puerta de casa se abrió con un golpe seco. Cuatro policías entraron con chalecos antibalas y metralletas. A Camila la sacaron en camisón a los gritos. A mí me tiraron al piso boca abajo y un tipo gordo con bigote me apretó los testículos hasta que se me nubló la vista. El otro, calvo y musculoso, le tocó la cara a mi novia y le dijo algo al oído que ella nunca me quiso repetir.

Cuatro kilos de cocaína dentro del bolso del garaje. Entre ocho y quince años, según el código.

***

Cecilia Aramburu llegó a la comisaría treinta y cinco minutos después de que el fiscal Iván Berenstein le pasara mi caso. La conocía solo por las vallas publicitarias del estudio jurídico que se veían desde la avenida: cabello cobrizo recogido en un rodete bajo, traje sastre, esa fama de ganar juicios que parecían perdidos.

Entró a la sala de interrogatorio con una pollera tubo negra que le terminaba un palmo por encima de la rodilla y una camisa blanca de seda con dos botones desprendidos. Olía a un perfume caro que no supe identificar. Me extendió la mano sin titubear.

—Soy Cecilia. A partir de ahora, entre vos y yo no puede haber un solo secreto. ¿Estamos?

Asentí. Tenía ojos color miel y una manera de mirar que te obligaba a contestar la verdad antes de que terminara la pregunta. Le conté todo: el conocido, los paquetes, la deuda, Camila. Ella anotaba sin levantar la vista, mordiéndose el labio inferior cuando algo no le cerraba.

—Te van a trasladar al penal de Mansilla mañana por la tarde —dijo al final, cerrando la libreta—. Aguantá una semana. Voy a buscar una salida.

Le creí. No sé por qué, pero le creí.

***

El penal era exactamente como me lo había imaginado, multiplicado por tres. Patios grises, olor a humedad y a sudor rancio, gritos que rebotaban entre las paredes a cualquier hora del día. Mis compañeros de celda me cayeron mejor de lo que esperaba: uno, calvo y enorme, estaba adentro por homicidio en defensa de su madre; el otro, un chico de Guayaquil al que decían el Negro, por una serie de robos a joyerías. Cuando les conté que mi abogada era Cecilia Aramburu, los dos silbaron al mismo tiempo.

—Esa rubia está buenísima, hermano. Ojo con el director Vázquez, le mete los dientes a todo lo que entra acá con tetas.

—Mi defensora es seria —respondí.

Ellos se rieron como si yo hubiera contado el chiste del año.

Cecilia me visitó tres veces esa primera semana. Cada vez la veía más decidida, como si el caso la hubiera atrapado tanto como me había atrapado a mí. La cuarta vez vino con noticias que cambiaron todo.

—Atraparon a tu conocido —me dijo en la sala de visitas, sin rodeos—. El juez aceptó el acuerdo. Vas a salir con prisión domiciliaria mientras dura la causa.

Sentí que se me aflojaban las rodillas debajo de la mesa. Me incliné y, sin pensarlo demasiado, le tomé las manos por encima de los papeles.

—Gracias, Cecilia.

Ella no retiró las manos. Tampoco las apretó. Se quedó mirándome con esos ojos de miel un segundo más de lo profesional, y después dos segundos más, y después uno más todavía.

—Hay un trámite que terminar antes de la salida —dijo, y la voz le bajó medio tono—. Vuelvo el viernes a primera hora.

***

El viernes hubo una pelea en el patio. Dos pendejos del pabellón B me empujaron al pasar y, sin pensarlo, le pegué una piña al más grande. Cinco minutos después estaba aislado en una celda al final del corredor, esposado a la cama, con el director Vázquez explicándole a mi abogada por el portero eléctrico que no era buena idea verme en ese estado.

Cecilia entró igual.

Llevaba un vestido cruzado, color rojo vino, ajustado en la cintura. Sandalias negras de taco fino. El pelo suelto sobre los hombros por primera vez. Detrás de ella, un guardia trancó la reja, le entregó un botón antipánico y se alejó por el pasillo silbando como si no quisiera enterarse de nada.

—Cinco minutos —dijo el guardia desde lejos, sin convicción.

Quedamos solos.

Ella miró la cama de chapa, el lavabo descascarado, la lamparita pelada del techo. Después me miró a mí, sentado en el catre con la camisa abierta y el labio partido por el golpe de la mañana.

—¿Lastimaste mucho a alguien? —preguntó.

—Solo el orgullo del pibe.

Sonrió. Dio dos pasos. Yo me levanté del catre y me apoyé contra la pared, todavía sin entender del todo qué estaba pasando. Ella se acomodó un mechón detrás de la oreja con un gesto que no era para mí, era para sí misma, como si necesitara confirmarse algo en silencio.

—Tomás —dijo, y era la primera vez que me llamaba por el nombre—, lo que voy a hacer no se lo cuentes a nadie. Nunca.

—No entiendo.

—Sí entendés.

Y me besó.

***

El primer beso fue corto, casi una pregunta. El segundo no lo fue. Le tomé la cara con las dos manos y ella se pegó a mi cuerpo con una urgencia que no había visto venir. Tenía los labios suaves, calientes, sabor a menta y a algo más caro que no supe nombrar. Le bajé el cierre del vestido por la espalda y la tela cayó hasta la cintura. No llevaba sostén.

Dios.

—No menciones a Dios acá adentro —contestó ella, leyéndome la cara, y se rio bajito en mi boca.

La di vuelta y la apoyé contra los barrotes de la reja interior. Sus pechos quedaron entre los hierros, pesados, con los pezones ya endurecidos por el frío del metal. Le levanté el vestido por detrás. Llevaba una tanga blanca de encaje que corrí con dos dedos. Me arrodillé y le besé la cadera, el muslo por dentro, la curva donde empieza la nalga. Olía a piel limpia y a perfume mezclado con algo más íntimo.

—Tomás —dijo otra vez, y la voz le tembló.

Le pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba, una sola vez. Después otra. A la tercera, ella se aferró a los barrotes y se mordió el dorso de la mano para no gritar. Tenía un cuerpo que no encajaba con la imagen de abogada estricta de las vallas publicitarias: caderas anchas, piel tibia, una sensibilidad que respondía a cada caricia con un temblor minúsculo en los muslos.

Me levanté, la di vuelta otra vez. Le besé el cuello. Le besé los pechos. Tomé un pezón entre los dientes y lo solté despacio, mirándola a los ojos. Ella me desabrochó el pantalón con dedos rápidos, profesionales, y me bajó el bóxer hasta los tobillos.

—No tenemos mucho tiempo —dijo.

—Lo sé.

Se arrodilló sin sacarse el vestido del todo, con la falda enrollada en la cintura, y me tomó con las dos manos. La boca era cálida, decidida, sabía exactamente cuándo presionar y cuándo retroceder. Le hundí los dedos en el pelo cobrizo y me obligué a no cerrar los ojos: quería ver la imagen completa, registrarla, llevarme cada detalle a la celda donde iba a volver en cuanto ella se fuera.

—Pará —murmuré—. Pará o esto se termina antes de empezar.

Se puso de pie. La levanté del piso, le abrí las piernas alrededor de mi cintura y la empujé contra la pared fría de la celda. Entré despacio, mirándola a los ojos. Ella entreabrió la boca y soltó un gemido ahogado, apenas un suspiro largo que terminó en mi cuello.

—Despacio —pidió.

Después: —Más fuerte.

Después no pidió nada más.

El catre crujía contra la pared cada vez que la apoyaba para tomar impulso. Le besé el cuello, los pechos, el hueco de la clavícula donde el perfume era más intenso. Ella me clavaba las uñas en la espalda, en la nuca, en los hombros. En algún momento perdí la noción del tiempo: pude haber sido cinco minutos o veinte. Solo registraba el calor, el olor a sudor mezclado con su perfume y la presión de sus muslos cerrándose alrededor de mi cintura.

Sentí que ella se tensaba primero. Apretó los ojos, hundió los dedos en mi nuca y dejó escapar un gemido largo, contenido, que terminó en mi oído como un susurro entrecortado. Yo aguanté apenas unos segundos más antes de salirme y vaciarme contra su vientre desnudo, contra el inicio del vestido enrollado, contra mi propia camisa abierta.

Quedamos un rato así, ella todavía con las piernas alrededor de mí, la cabeza apoyada en mi hombro, respirando con la boca entreabierta.

—No vuelvas a meterte en líos —me dijo, sin abrir los ojos.

—No prometo nada.

Se rio bajito, una sola vez, y me mordió el lóbulo de la oreja antes de bajarse.

***

Cuando el guardia volvió a abrir la reja, Cecilia estaba otra vez con el vestido perfectamente ajustado, el pelo recogido como si nunca lo hubiera soltado, los labios pintados como si no se hubiera despeinado. Salió sin mirarme. En la mano llevaba el botón antipánico, intacto.

Cuarenta y ocho horas después, firmé la salida con prisión domiciliaria. Camila me esperaba en el portón con los ojos hinchados de llorar y un termo de café que se había enfriado en el camino. La abracé tan fuerte que pensé que iba a romperla.

Cecilia nunca me cobró un peso por el caso. Tampoco volví a verla a solas. Cada tanto, cuando paso por la avenida y veo su cara en la valla publicitaria del estudio, levanto un poco la vista y le sonrío como si la saludara desde lejos.

Ella nunca lo va a saber. Camila tampoco.

Y eso, supongo, era exactamente la condición.

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Comentarios (7)

VeroLectora

Me encantó la premisa. Eso de que cambia el chip de golpe es muy creíble, muy bien logrado. Espero el proximo!

NachoCba

jaja ese detalle de 'se acomodo el cabello' lo dijo todo sin decir nada. Tremendo

Facundo_b

necesito la segunda parte urgente!! no puede quedar asi

PabloNqn

Esto me recordo a una situacion parecida que viví hace años... no llego a tanto pero la tension que describís es identica jaja. Muy bueno

TomasLector

Sabes como construir la tension, eso se nota desde el primer parrafo. El momento en que cierra la puerta es perfecto. Segui escribiendo!

Meli_sur

excelente!! uno de los mejores que leí en esta categoría

MiriamZ

Queda la duda si fue algo planeado de antemano o fue espontaneo... hay segunda parte?

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