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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el velero nunca quedará en actas

Nunca pensé que un viaje de empresa pudiera cambiarme de esa manera. Lo cuento ahora, meses después, y todavía me cuesta creer que todo aquello ocurrió de verdad, que no fue un sueño sudoroso que se disuelve al despertar. Fue real. Cada centímetro fue real.

Rodrigo Salas era el tipo de jefe que hace que te preguntes cómo diablos llegó donde llegó y a la vez lo entiendes perfectamente en cuanto lo ves entrar a una sala. Cuarenta y un años, el cabello rubio oscuro recogido en una coleta corta, barba de tres días sin descuidar, espaldas que llenaban cualquier camisa y una manera de hablar que hacía que todo el mundo dejara de hacer lo que estuviera haciendo. Director general de Atlántico Sport Group desde los treinta y ocho. La empresa diseñaba y distribuía equipamiento deportivo de alta gama por media Europa, y él había triplicado la facturación en tres años. No era un hombre que pasara desapercibido.

Yo era Marta Solano, responsable de comunicación corporativa, treinta y dos años recién cumplidos. Llevaba año y medio en la empresa y había aprendido rápido que en Atlántico las líneas entre lo profesional y lo personal eran, cuando menos, porosas. No me quejaba. El ambiente era estimulante, la gente era brillante y físicamente se cuidaban todos mucho. Era parte de la cultura: corres mejor si cuidas el cuerpo, decía Rodrigo, y lo practicaba con una disciplina que daba envidia.

El velero se llamaba Levante. Cuarenta metros de eslora, tres cubiertas y camarotes para doce personas. Rodrigo lo alquilaba cada año para el retiro de directivos: cuatro días navegando entre Mallorca y Menorca con el equipo de confianza. Ese año me incluyeron por primera vez en la lista.

Éramos diez en total. Además de Rodrigo, estaban Claudia Fuentes, la directora financiera, una mujer de cuarenta años con cuerpo de nadadora, pelo castaño cortado a la mandíbula y una frialdad aparente que se fundía en cuanto tomaba el primer gin tonic. Daniel Prats, director de operaciones, treinta y nueve años, moreno, ancho de hombros, de esas personas que cuando cruzan los brazos sobre el pecho parece que van a romper la camisa. Noa Bellido, diseñadora jefe, veintisiete años, pequeña y ágil, con tatuajes en los antebrazos y una sonrisa que prometía problemas en el buen sentido. Iván Torres, responsable de logística, treinta y cuatro, alto y delgado con esa elegancia nerviosa de los hombres que hacen escalada.

Completaban el grupo la camarera del velero, Paula, veinticuatro años y un cuerpo que hacía difícil concentrarse cuando servía los aperitivos; el marinero jefe, Borja, cuarenta y seis, fornido, con manos grandes y piel curtida por el sol y la sal; y otros tres miembros del equipo directivo que por razones que el lector entenderá prefiero mantener en el anonimato.

Zarpamos de Palma de Mallorca un martes por la mañana bajo un cielo despejado. El plan oficial era dos días de trabajo en alta mar —sin móvil, sin correo, solo ideas— y dos de descanso navegando de regreso. El plan real era otro, aunque nadie lo dijera en voz alta.

La primera tarde, anclados frente a una cala al sur de Menorca que Rodrigo conocía de años anteriores, el tono cambió con la misma suavidad con que cambia el color del agua cuando baja el sol. Fue Claudia quien lo inició, con una naturalidad que me descolocó por completo.

Estábamos en la cubierta principal, con las copas a medias y la conversación desvaneciéndose hacia silencios cada vez más largos. Claudia se desabrochó la parte de arriba del bikini sin decir nada, recogió el tejido y lo dejó sobre el asiento con el mismo gesto con el que apartas un papel que ya no necesitas. No había en ello exhibicionismo ni provocación calculada. Solo comodidad. Como si todos lleváramos mucho tiempo esperando que alguien diera ese paso.

Rodrigo la miró con una sonrisa lenta.

—Al fin —dijo.

Y algo se rompió en el aire.

Noa se levantó, fue hasta él y se sentó a su lado en el banco acolchado. Sus dedos tatuados trazaron una línea desde su clavícula hasta el borde del bañador sin ninguna prisa. Rodrigo le cogió la muñeca, la giró y le besó el interior del antebrazo. Yo los miraba sin moverme, con el estómago apretado de una manera que no era incomodidad sino todo lo contrario.

Daniel se acercó a Claudia por detrás y le pasó las manos por los hombros. Ella inclinó la cabeza hacia un lado, dándole espacio al cuello, y él aceptó la invitación con la boca.

Iván se puso de pie, cruzó la cubierta y se sentó frente a mí.

—¿Llevas un rato mirando sin participar? —preguntó.

—Estoy procesando —dije.

Se rió en voz baja.

—¿Y qué conclusión has sacado?

No respondí con palabras. Me incliné hacia él y lo besé, y él tardó exactamente cero segundos en responder.

***

Lo que pasó a continuación es difícil de narrar en orden porque no tenía orden. Era un organismo vivo, con su propio ritmo, que se expandía y se contraía y encontraba nuevas configuraciones con una fluidez que aún me sorprende recordar.

Rodrigo tenía esa manera de moverse que ocupaba el espacio sin invadir, que invitaba sin exigir. Cuando se acercó a mí mientras Iván me besaba el cuello, no hubo torpeza ni negociación incómoda. Solo una mano grande posándose en mi cadera y una pregunta en sus ojos grises que respondí acercándome a él.

Me quitó la parte de arriba del bikini con una calma que me puso la piel de gallina. No con urgencia ni con prisa, sino con la concentración de alguien que tiene todo el tiempo del mundo y piensa aprovecharlo. Sus labios bajaron desde mi clavícula hasta el borde del pecho y yo cerré los ojos.

—Mírame —dijo contra mi piel.

Lo miré.

Tenía la coleta deshecha, el pelo suelto sobre los hombros, y esa expresión de control absoluto que hacía que quererte dejar llevar fuera lo más fácil del mundo.

A mi izquierda, Noa había tumbado a Daniel sobre uno de los sofás de cubierta y lo cabalgaba con los ojos cerrados y la boca entreabierta, sus caderas moviéndose en un ritmo constante que hacía que los demás miráramos sin poder evitarlo. Los tatuajes de sus brazos brillaban con el sudor.

Claudia estaba arrodillada entre las piernas de Iván, con el cabello recogido en un moño improvisado, y sus ojos oscuros miraban hacia arriba con esa concentración serena que tenía para todo lo que hacía. Iván tenía los dedos enredados en su nuca, sin presionar, solo sosteniendo.

Paula, la camarera, había dejado la bandeja en algún momento sin que yo me diera cuenta. La vi de reojo cerca de la barandilla de popa, con Borja detrás de ella, sus manos grandes en las caderas de la chica mientras ella se aferraba al pasamanos con las dos manos y miraba el mar oscuro.

El sonido era lo que más me afectaba. El agua contra el casco, el viento suave, y por encima de todo aquello los sonidos de los cuerpos: respiraciones aceleradas, roces de piel sobre piel, el golpe sordo de las caderas, algún gemido corto que se perdía en la brisa antes de terminar.

***

Rodrigo me llevó hacia la barandilla de proa cuando el sol ya tocaba el horizonte. El agua de la cala era de un turquesa tan intenso que parecía irreal, y los acantilados de la orilla proyectaban sombras largas sobre la superficie. Me apoyé contra la barandilla y él se colocó detrás de mí.

—¿Bien? —preguntó con la boca cerca de mi oído.

—Muy bien —dije.

Sentí su mano bajar por mi espalda, por la cintura, hasta el borde del bikini. Sus dedos se deslizaron despacio, sin saltarse nada, y yo apoyé la cabeza en su hombro y dejé de pensar en cualquier otra cosa.

La penetración fue lenta y profunda, y me aferré a la barandilla con los nudillos blancos mientras él empezaba a moverse con ese ritmo suyo que parecía calculado para mantenerme exactamente en el límite sin cruzarlo. Sus manos me sujetaban por las caderas con una firmeza que contrastaba con la suavidad de sus movimientos.

—No te muevas —murmuró.

No me moví. O lo intenté.

Noa apareció frente a mí por la cubierta. Se arrodilló sin decir nada y empezó a besarme el vientre, bajando despacio. Levanté la cabeza para mirarla y ella me sostuvo la mirada mientras su boca llegaba a donde estaba y su lengua encontraba el punto exacto.

Lo que vino después fue una de esas experiencias que no caben en palabras porque cualquier descripción resulta insuficiente o excesiva. Solo sé que en algún momento entre la sensación de Rodrigo moviéndose dentro de mí y la boca de Noa trabajando sin parar, perdí cualquier referencia de tiempo y espacio y me quedé en ese lugar sin bordes donde solo existe el cuerpo.

Me corrí con un grito que no pude retener y que se fue con el viento hacia ninguna parte, y Rodrigo siguió moviéndose hasta que yo terminé de temblar, y luego se retiró y me giró hacia él y me besó en la boca con una ternura que no esperaba.

—Bienvenida al retiro —dijo.

Me reí contra su pecho.

***

La noche bajó caliente y sin luna sobre la cala. Alguien encendió las luces de cubierta en su intensidad mínima, esa luz naranja suave que lo vuelve todo más íntimo. Paula sirvió vino frío y nadie se molestó en buscar ropa. Los cuerpos se movían entre ellos con una fluidez que ya no tenía nada de extraña: un beso aquí, una mano allá, una invitación respondida o declinada sin drama.

Estuve con Iván más tarde, cuando todos los demás parecían haberse dispersado hacia diferentes rincones del velero. Era un amante distinto a Rodrigo: más verbal, más atento al detalle, de esos que preguntan todo el rato si estás bien y si te gusta así o prefieres de otra manera, y cuya atención constante resulta en sí misma excitante. Lo monté en uno de los sofás mientras Claudia y Daniel dormitaban entrelazados a pocos metros y la cubierta olía a sal y a sexo y a vino blanco.

Me corrí por segunda vez esa noche mirando el cielo lleno de estrellas.

Rodrigo pasó por detrás en algún momento, nos miró con esa sonrisa suya de director general satisfecho con los resultados del trimestre y siguió de largo hacia la proa con una copa en la mano.

Me gustó eso de él. Que no necesitara ser el centro de todo. Que pudiera mirar sin poseer.

***

Los días siguientes mantuvieron ese equilibrio extraño entre el trabajo real —sí, hubo trabajo real, presentaciones, debates sobre estrategia, decisiones que se tomaron en serio— y los momentos en que todo se disolvía y el Levante volvía a ser ese espacio fuera de las reglas normales.

No fue cada noche. Hubo noches en que todos cenamos, bebimos con moderación y nos fuimos a dormir como personas normales. Hubo una tarde en que Rodrigo y Claudia desaparecieron durante horas en el camarote principal y nadie hizo ningún comentario. Hubo un mediodía en que Noa y Paula tomaron el sol en la proa completamente desnudas mientras el resto trabajábamos en las presentaciones y era imposible no mirarlas de vez en cuando y volver al trabajo un poco más distraído.

En el último día, de vuelta a Palma con viento de popa, Rodrigo reunió a todos en cubierta.

—Este viaje no existió fuera de este velero —dijo, sin solemnidad, con la misma naturalidad con que lo decía todo—. Lo que cada uno quiera recordar, que lo recuerde. Lo que quiera olvidar, que lo olvide. Cuando bajemos del barco, volvemos a ser lo que somos. ¿Alguna objeción?

Nadie objetó.

Claudia levantó su copa.

—Por el Levante —dijo.

Bebimos todos.

***

Han pasado ocho meses. Trabajo todavía en Atlántico Sport Group. Rodrigo sigue siendo Rodrigo, esa presencia que llena los espacios, y nuestro trato en la oficina es exactamente el mismo que antes del viaje: profesional, directo, sin subtexto visible. Con Claudia me llevo mejor que antes, aunque no sé si es consecuencia de aquellas noches o simplemente de haber pasado cuatro días conviviendo intensamente con alguien. Con Noa tomamos café de vez en cuando y nos reímos de cosas que no necesitan explicación.

Iván dejó la empresa en febrero para montar algo propio. Nos cruzamos por la calle un par de veces. Nos saludamos como lo que somos: dos personas que comparten un recuerdo extraordinario y han elegido guardarlo bien.

Lo que ocurrió en el Levante no cambió mi vida. No destruyó nada, no creó dependencias, no abrió heridas. Solo me recordó que el cuerpo es capaz de cosas que la cabeza no siempre se permite imaginar, y que hay momentos en que lo mejor que puedes hacer es apartar el orden del día y dejar que el velero te lleve adonde tenga que llevarte.

No me arrepiento de nada.

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Comentarios (7)

NocheRosa22

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

ToniBA87

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo eso

Viajero_Mar

Me recordo a un verano en el mediterraneo, aunque lo mio no fue tan interesante jajaja. Que envidia sana

LoboGris77

Que bien narrado, se nota que fue real. Tiene ese toque que la ficcion no logra igualar. Sigue escribiendo!

Gonzalo_P77

jaja la parte de la segunda botella me mato, ya se sabia como iba a terminar todo

MarcosD

Tremendo relato. Corto pero te deja con ganas de mas :)

FrankoV

El ambiente que lograste crear es increible, te metes en la escena sin darte cuenta. Esperando el proximo con ansias

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