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Relatos Ardientes

Mi confesión: perdimos al strip póker y ganamos todo

Hacía cuatro meses que me había separado de Damián cuando Julieta me convenció de salir. «Necesitás aire nuevo», me dijo por teléfono. «Conozco a dos pibes que se están muriendo de aburrimiento en un boliche del centro y no piensan irse a la cama solos.» Yo me reí. No tenía ganas de nada, mucho menos de fingir interés por dos desconocidos. Pero al final acepté, porque hacía seis meses que mi vida cabía dentro de un departamento de cuarenta metros cuadrados y empezaba a hablarles a las plantas.

Me pasaron a buscar a las once. Cuando bajé a la vereda, vi una camioneta roja recién encerada y, sentado en el asiento del acompañante, un tipo de camisa blanca de seda que le iluminaba la cara como si tuviera un foco propio. Manejaba otro, más alto, de risa fácil. Después supe que eran oficiales de una brigada especial. Esa noche, cuando ya no había vuelta atrás.

—Subí, Camila —dijo el del volante, abriéndome la puerta trasera—. Esta noche la vamos a recordar.

Se llamaba Sebastián. El de la camisa blanca, Mateo. Tenía razón Sebastián, aunque no por las razones que él imaginaba.

***

Julieta nos esperaba en una esquina del centro. Llevaba un vestido bordó que le quedaba demasiado corto y un pelo rojo que parecía pintado con fuego. Cuando se subió al auto, el perfume nos noqueó a los cuatro.

—¿Adónde nos llevan, oficiales? —preguntó ella, mordiéndose la sonrisa.

—A un boliche donde no hay fila para nosotros —contestó Mateo.

Y así fue. Sebastián mostró algo —una placa, supongo— y el patovica nos abrió paso como si fuéramos invitados de honor. Adentro, la música retumbaba en el pecho. Pedimos cuatro tragos fuertes y nos refugiamos en una mesa alta, cerca de la pista.

Mateo me miraba con una intensidad que me incomodaba y me halagaba a partes iguales. No era guapo de revista; era guapo de calle, de los que no necesitan posar. Sebastián, en cambio, era puro chamuyo: una mano en la cintura de Julieta antes del segundo trago, una sonrisa permanente y un olor a colonia cara que entraba por todos lados.

—¿Hace cuánto que no te divertís de verdad? —me preguntó Mateo, acercándose para que lo escuchara sobre la música.

—Demasiado —contesté.

Y le sostuve la mirada más de lo que correspondía.

Lo que pasó después tuvo que ver con eso. Con esa mirada.

***

A las dos de la mañana yo estaba bailando con Mateo en el centro de la pista, riéndome de cómo intentaba seguir el ritmo de una cumbia un policía obsesionado con el orden. Julieta se besaba con Sebastián contra la barra, sin disimular nada. Hubiera podido seguir así toda la noche. Pero entonces apareció Damián.

Mi ex sabía que yo iba a estar ahí. Después me enteré: una de mis primas tenía la boca grande. Se acercó a la mesa con la camisa manchada de cerveza y los ojos inyectados en sangre. Insultó a Julieta primero. Me agarró del brazo después. Sebastián se interpuso en dos pasos, midió la situación con la frialdad que solo da el oficio y le habló con una voz tan baja que daba más miedo que cualquier grito.

—Sacá la mano y andate.

Damián sacó una navaja.

Lo que pasó después duró cuatro segundos. Mateo, que estaba conmigo en la pista, apareció detrás de mi ex, le agarró el brazo y se lo retorció hacia la espalda con una técnica que yo había visto en las películas y nunca en la vida real. La navaja cayó al piso con un ruido metálico. Después llegaron los patovicas. Damián salió escoltado, balbuceando amenazas que se perdieron en la música. La gente del boliche aplaudió como si fuera teatro.

Yo no aplaudí. Estaba temblando. Pero no del susto.

—¿Estás bien? —me preguntó Mateo, con la mano todavía en mi cintura.

—Mejor que en seis meses.

Le sostuve la mirada otra vez. Y esta vez fue distinto.

***

A las tres dejamos el boliche. Julieta y yo subimos a la camioneta sin pensarlo demasiado. Sebastián manejaba con una mano y con la otra le acariciaba el muslo a mi amiga. Mateo, en el asiento de atrás conmigo, no me tocaba. Esperaba. Y esa espera, esa cabeza milimétrica que se contenía a sí misma, me ponía peor que cualquier mano apurada.

—Mi departamento está cerca —dijo Mateo, mirándome por el espejo retrovisor—. Puedo invitar otra ronda. Si no quieren quedarse, las llevo a su casa después.

Julieta y yo nos miramos. No nos dijimos nada. No hacía falta.

Sé qué estás pensando, y yo también, decía esa mirada.

***

El departamento de Mateo era un templo. Lo digo en serio. Cada libro tenía su milímetro asignado en la repisa. La alfombra estaba aspirada con tanto cuidado que parecía dibujada. La camisa blanca que llevaba puesta seguramente había sido planchada con regla. Cuando entramos, pensé: este pibe no va a soportar nada de lo que está por pasar acá adentro.

Sebastián vio una caja de cartas sobre la mesa baja y se le iluminó la cara como a un nene en Navidad.

—Strip póker —dijo, tirando el mazo entre nosotros—. La que pierde, se saca algo.

Yo me reí. Julieta me miró arqueando una ceja, esa que pone cuando está por hacer una locura y quiere que yo le dé permiso.

—Vamos —contestó ella—. Pero si pierden ustedes, salen los dos a correr en pelotas hasta la avenida y vuelven.

Mateo abrió los ojos. Sebastián soltó una carcajada que retumbó contra los cuadros perfectamente alineados.

—Trato hecho —dijo él.

Los dos hicieron chocar las copas. Yo terminé la mía de un sorbo.

***

La primera mano la perdió Julieta. Se sacó los zapatos con una lentitud calculada, mirando a Sebastián a los ojos. La segunda la perdió Sebastián. Se sacó la remera y dejó ver un torso trabajado al detalle. La tercera la perdí yo: me deshice del pantalón de cuero negro despacio, sentada en el sillón, mientras Mateo se mordía el labio inferior y trataba de no mirarme y miraba igual.

A la quinta mano, Mateo estaba en bóxer. Sebastián también. Julieta y yo, en ropa interior. La calefacción del departamento nunca había hecho tanto frío y tanto calor a la vez. Tenía los pezones marcados contra el corpiño rojo y no era por el aire acondicionado.

—Última mano —anunció Sebastián, barajando con esos dedos largos que ya empezaban a temblarle—. La que pierde se queda sin nada. Sin nada de nada.

Julieta me agarró del brazo y me arrastró al balcón con la excusa de fumar.

***

Hacía frío afuera. El viento me erizaba la piel donde Mateo todavía no había puesto las manos.

—¿Vos qué pensás? —me preguntó Julieta, abrazándose contra mí.

—Que hace seis meses que no me toca nadie.

—Yo hace tres.

—Y a vos te gusta la idea.

—¿A vos no?

No le contesté. No hizo falta. Mi amiga me conoce desde los quince años, me conoció antes de que existiera Damián, y sabe leer las cosas que yo no me animo a decir.

—Si perdemos —dijo ella—, perdemos juntas. ¿Sí?

—Juntas.

Volvimos al living. Repartimos. Y perdimos.

***

Lo que pasó después no lo voy a contar como si fuera una película. No fue una película. Fue real. Mateo me llevó al sillón con esa misma calma con la que había desarmado a Damián. Me besó despacio, como si yo fuera la primera mujer del mundo, y después dejó de ser despacio. Me sacó el corpiño con los dientes. Cuando entró, lo hizo mirándome, sin acelerar, hasta que me obligó a cerrar los ojos y agarrarme del respaldo de cuero con las dos manos.

Julieta gemía a tres metros de mí. Sebastián la tenía contra el brazo del sillón, agarrándola del pelo rojo con una mano y de la cintura con la otra. Cuando yo abrí los ojos un segundo, la encontré sonriéndome. Esa sonrisa cómplice que tenemos desde adolescentes. Una sonrisa que decía: «¿Vos también?».

Me reí. Adentro de mí, con Mateo todavía moviéndose despacio, me reí. Él me preguntó por qué. No le contesté.

***

En algún momento las cosas se mezclaron. No me acuerdo bien cómo. Sé que terminamos las cuatro manos sobre el sillón de cuero, las dos abrazadas, ellos atrás. Que Julieta y yo nos besamos sin pensarlo, porque era lo único que nos faltaba para entender que esa noche no iba a tener lógica. Que en algún momento Mateo me agarró de la cintura, me dio vuelta, y cuando levanté la cara, los ojos de Sebastián estaban clavados en los míos mientras seguía con ella.

Hubo un momento, no sé en qué orden, en que me corrí. Y después otro. Y después dejé de contar.

Cuando terminamos, el living de Mateo no era el mismo. Las cartas estaban tiradas como hojas en otoño. Una copa se había volcado sobre la alfombra clara y nadie la había levantado. Había ropa por todos lados, incluso en lugares improbables: una media mía colgaba del respaldo de una silla del comedor. Mateo miró el desastre con resignación. Después me miró a mí, con el pelo revuelto y la cara roja todavía.

—Vale la pena —dijo, encogiéndose de hombros.

***

Nos duchamos los cuatro juntos, sin pudor, ya sin urgencia. Solamente agua caliente, jabón y algunas risas tontas. Cuando salí del baño envuelta en una toalla, encontré a Julieta secándose el pelo rojo en el pasillo, con una sonrisa que yo no le veía desde antes de que se casara con un imbécil al que después tardó cinco años en dejar.

—Estás distinta —le dije.

—Vos también.

Sebastián nos llevó a las dos a casa en la camioneta. Yo iba en el asiento de adelante. Julieta atrás, casi dormida contra el vidrio. Cuando me bajé en la puerta de mi edificio, Sebastián me dio un beso en el cachete.

—Cualquier cosa, ya sabés.

No le contesté. Subí a mi departamento sintiendo algo que no había sentido en años: que la noche había sido mía. Que había decidido yo. Que no había necesitado pedirle permiso a nadie, ni siquiera a la versión de mí misma que había salido del matrimonio convencida de que ya no le quedaba nada por sentir.

***

Pasaron tres meses. Mateo me escribió una vez, dos semanas después. Le contesté con un emoji y nunca más. Sebastián salió un par de veces con Julieta y después también se borraron, porque ese tipo de chico tiene fecha de vencimiento incluso en la agenda de mi amiga, que es una experta en cosas pasajeras.

No me importa. No fue eso lo que importó.

Lo que importó fue esa mirada cómplice de mi mejor amiga sobre el sillón impecable de un oficial obsesivo con el orden. Esa noche en que las dos perdimos al póker y, sin embargo, las dos ganamos algo que ninguna de las dos sabía que estaba buscando.

A veces pienso en Damián. En cómo se enteró, después, por algún chisme de mi prima, de que yo había salido con un policía esa noche. Me llamó borracho a las tres de la mañana, gritando que yo era una cualquiera. Le colgué. Me serví un vaso de agua. Volví a la cama.

Algunas confesiones se las guardo a mis amigas. Esta, no. Esta la dejo escrita acá, porque fue la primera vez en muchos años en que perder una mano de cartas fue exactamente lo que necesitaba para volver a saber quién soy.

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Comentarios (7)

MiriamCba

Ay dios mio, que final!!! quede queriendo saber mas

PatricioV

Por favor seguí con esto, no puede quedar acá. Muy bien contado

SantiagoP

jajaja el strip poker tiene su magia, lo saben todos. Muy bueno!

valentina_noc

Me encantó como lo narraste, se nota que pasó de verdad. Esas situaciones que no esperás...

confesor77

Una de las mejores confesiones que leí acá. Se nota que es auténtica por los detalles, no parece inventada. Gracias por animarte a contarlo

Tomas_99

buenísimo!!!

LauraVdT

Y cómo quedó la relación con ella después de esa noche? necesito saber jaja

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