La oferta del millonario que mi marido me dejó aceptar
Carolina Méndez se ajustó el auricular detrás de la oreja antes de la pausa publicitaria. Las luces del estudio le quemaban la nuca como cada noche desde hacía siete años. Era la cara del noticiero de las once en uno de los canales más vistos del país, y nadie en la redacción sabía que esa misma tarde había roto a llorar en el baño sin saber muy bien por qué.
—Carola, en treinta segundos volvemos —dijo la voz del realizador en su oído.
Asintió sin mirar a cámara. Una asistente nueva, con el pelo recogido en un moño tirante, se acercó por el lateral del decorado con un sobre color marfil en la mano.
—Lo dejaron en recepción a tu nombre —susurró—. Dijeron que era personal y urgente.
Carolina lo deslizó dentro del cuaderno donde apuntaba los nombres de los invitados. No tenía remitente. Su nombre estaba escrito en una caligrafía oscura, con plumín, casi negra. El estómago se le cerró un instante. Logró sostener la sonrisa hasta que sonó la sintonía de cierre y se apagaron los focos principales.
En la soledad de su camerino, partió el sello de cera roja. El papel era sedoso, caro. La nota apenas tenía cuatro líneas.
«Señora Méndez, mi hijo lleva meses obsesionado con usted. Le ofrezco una noche con él. La compensación será suficiente para cambiar la vida de su familia. Discreción absoluta. Atentamente, Eduardo Solano.»
El nombre le golpeó como un puñetazo en el esternón. Eduardo Solano era el dueño de medio centro de la ciudad, el promotor que había levantado los rascacielos del distrito financiero. Su hijo, Andrés, salía cada dos meses en las revistas: jovencísimo, escandaloso, con la sonrisa torcida de quien nunca ha tenido que decir que no a nada. Carolina apretó el papel hasta arrugar las esquinas. No era la primera proposición indecorosa que le hacían en su carrera, pero esta tenía algo distinto: la firma, la cifra implícita, el atrevimiento de no esconderse detrás de un intermediario.
Guardó la nota en el bolso. El trayecto a casa lo hizo en silencio, con la radio apagada y los semáforos rojos eternizándose. Cuando entró en el chalet, Mateo estaba en el salón con una copa de vino y un libro abierto en el regazo. Levantó la vista al oír sus tacones.
—Hoy llegas tarde —dijo, sin reproche.
Carolina no respondió. Caminó hasta el sofá, se sentó muy cerca de él y le tendió el sobre. Mateo lo abrió despacio. Lo leyó dos veces. La luz amarilla de la lámpara le dibujaba la mandíbula y un pequeño tic en la sien.
Esperó la furia. Esperó al menos una pregunta cortante, algo que le diera la oportunidad de romper la nota y olvidarse del asunto. Lo que vio fue otra cosa. Mateo dejó el papel sobre la mesa de cristal con la calma de quien acaba de cerrar un buen trato.
—Eduardo Solano no regatea cuando algo le interesa —dijo. La voz le había bajado un tono.
—¿Eso es todo lo que se te ocurre? —preguntó ella, y odió que la voz le saliera ronca.
Mateo giró el cuerpo entero hacia ella. Le puso la mano sobre el muslo, encima de la tela del pantalón. Apretó con esa firmeza tranquila que tenía siempre, la misma que la había hecho enamorarse hacía catorce años.
—Llevo mucho tiempo pensando que te aburres conmigo —murmuró—. No me digas que no, porque te conozco. Y este chico… no te lo voy a prohibir. Es más, quiero que vayas.
Carolina sintió cómo el aire se le quedaba enredado en la garganta.
—¿Por el dinero?
—El dinero ayuda —admitió él, casi sonriendo—. Pero no es por eso. Quiero que vayas, que lo disfrutes y que vuelvas a contármelo. Quiero saber cada detalle. Quiero ver qué cara pones cuando me lo cuentes.
***
Tres noches después, Carolina se miraba al espejo del vestidor. Había elegido un vestido negro de seda que le abrazaba las caderas y le subía el pecho, y debajo un conjunto de encaje rojo que se había comprado esa misma mañana en una tienda donde nunca había entrado antes. Las medias de liguero le marcaban la línea del muslo. Se pintó los labios de un rojo seco, casi marrón, y se observó como si fuera otra mujer.
Mateo apareció detrás de ella, en el reflejo. Le besó la nuca sin tocarle el peinado.
—Estás increíble —dijo en voz baja—. Vuelve cuando puedas. Yo voy a estar despierto.
El hotel quedaba en el barrio nuevo, uno de esos edificios de cristal y mármol con olor a azucenas en el vestíbulo. Un botones la guió hasta el último piso sin hacerle preguntas. Cuando la puerta de la suite se abrió, Carolina supo que ya no había vuelta atrás.
Andrés Solano era más joven de lo que parecía en las fotos. No tendría más de veinticinco. Llevaba una camisa blanca medio desabrochada y los pies descalzos sobre la alfombra. Tenía esa belleza grosera de quien sabe exactamente cuánto vale.
—Pasa, por favor —dijo, apartándose para dejarle sitio.
La mirada de Andrés la recorrió sin disimulo, desde los tacones hasta el escote. Carolina sintió que se le tensaba la piel del estómago.
—Mi padre debe quererte mucho —comentó él, cerrando la puerta—. Pagar tanto por una noche es lo más cerca que ha estado de hacerme un regalo decente en años.
—No estoy aquí por tu padre —respondió ella, con una calma que no sabía de dónde le salía.
Andrés sonrió. Se acercó hasta ponerle la mano en la cintura, muy cerca, sin todavía besarla.
—Llevo dos años viéndote por la tele a las once. ¿Sabes la cantidad de veces que me he masturbado pensando en lo que hay debajo de tus chaquetas? —dijo, con la boca pegada a su oído—. Esto, para mí, no es una transacción.
***
El primer beso no tuvo nada de delicado. Andrés le mordió el labio inferior y la apretó contra la puerta. Olía a colonia cítrica y a algo más viejo, como a cuero. Carolina le dejó hacer al principio, midiéndolo, comparándolo en silencio con Mateo. Después dejó de comparar.
Le dio la vuelta y fue ella quien lo empujó hasta el sofá de cuero del salón. La ventana panorámica mostraba la ciudad como un mapa de luces. Andrés se dejó caer y la miró con la lengua mojándole los labios.
—¿Qué pretendes? —preguntó él, divertido.
—Que te tomes lo que has pagado —contestó Carolina.
Se quitó los tacones uno por uno. Bajó las tiras del vestido y dejó que la seda se deslizara hasta el suelo. Quedó de pie frente a él, con el conjunto rojo, las medias y nada más. Andrés soltó una palabrota entre dientes y le agarró las caderas con las dos manos.
La acercó a su boca. Le retiró el encaje a un lado con un dedo y la lamió despacio, como quien prueba algo prohibido. Carolina apoyó las manos en el respaldo del sofá, encima de su cabeza, y separó un poco más las piernas. Le hundió los dedos en el pelo. Las luces de la ciudad parpadearon a lo lejos.
Andrés sabía lo que hacía. No era como esos chicos que aprenden con prisa: tenía paciencia, ritmo, una atención de quien ha estado escuchando lo que pide cada cuerpo. Le rodeó con la lengua donde más le hacía falta y le metió un dedo despacio, doblándolo apenas. Carolina cerró los ojos. Mateo está despierto, esperando, y eso me enciende todavía más.
—Voy a… —murmuró.
—Hazlo —le respondió él contra la piel.
El primer orgasmo le llegó de pie, agarrada al respaldo, con las rodillas temblándole. Andrés no la soltó hasta que ella tuvo que apartarle la cabeza con suavidad, demasiado sensible.
***
Después la llevó a la cama. La habitación estaba a oscuras, salvo por una lámpara de pie en una esquina. Andrés se quitó la camisa, los pantalones. Era exactamente lo que Carolina había imaginado: un cuerpo joven, marcado, sin cicatrices todavía. Se tumbó encima de ella con cuidado y la miró un segundo largo antes de entrar.
—Dime si te hago daño —dijo.
—No te preocupes por eso.
Le hizo el amor con una mezcla rara de avidez y disciplina. La tomaba como si quisiera dejar marca, pero se paraba cada cierto tiempo a buscarle la boca, a decirle al oído cosas absurdas que sin embargo la encendían más. Carolina le clavó las uñas en la espalda. En algún momento se dio cuenta de que estaba diciendo el nombre de Andrés en voz alta, no el de Mateo, y que a las dos partes de sí misma —la mujer de la pantalla y la otra, la que llevaba años dormida— les daba exactamente igual.
El segundo orgasmo le vino encima sin avisar, con él dentro, mientras Andrés le sujetaba las muñecas contra la almohada. Le siguió poco después. Cayó sobre ella, sudoroso, jadeando, y se rio bajito contra su cuello.
—Mañana voy a tener que volver a verte por la tele —dijo—. No sé cómo voy a hacerlo.
—Búscate una distracción —le respondió Carolina, con los ojos cerrados.
Se quedaron quietos un rato largo. Después él le puso una bata y le sirvió agua. La acompañó hasta el ascensor sin hablar mucho, como si ambos entendieran que cualquier promesa sobraba.
***
La luz del amanecer le entraba por la ventanilla del taxi cuando llegó a casa. Pensó en darse una ducha antes de subir al dormitorio, pero algo le decía que Mateo querría olerla así.
Lo encontró despierto, como había prometido. Tenía la lámpara encendida y un vaso de agua a medio terminar en la mesilla. Se incorporó al verla.
—Cuéntame todo —dijo.
Carolina se desnudó delante de él sin prisa. Dejó el conjunto rojo sobre la silla y se metió bajo las sábanas. Lo besó largo, con la misma boca que había besado a Andrés hacía menos de dos horas, y oyó cómo a Mateo se le aceleraba la respiración.
—Fue intenso —susurró—. Más de lo que pensaba.
—¿Cómo te tocó?
—Al principio se quedó mirándome. Como si yo fuera otra cosa, no la mujer del noticiero. Eso fue lo que más me gustó.
—¿Y después?
Carolina se lo contó todo. Le habló del sofá, de la ventana, de la lámpara de pie, de la manera en que Andrés le había sujetado las muñecas. Mateo la escuchaba con la mano metida bajo el camisón, recorriéndola despacio, sin interrumpir. Le acariciaba el muslo, la cintura, los pechos, como quien marca un territorio que ha estado prestado unas horas.
—¿Te corriste con él? —preguntó al final.
—Dos veces.
Mateo soltó el aire despacio. La empujó hasta dejarla de espaldas y se colocó encima. La miró un instante a los ojos, como buscando algo, y al parecer lo encontró. Le hizo el amor con una calma que Carolina no le sentía hacía años, con cada pregunta convertida en gesto, escuchando los detalles que ella le iba devolviendo. Cuando se vino, fue largo, callado, con la frente apoyada en el cuello de su mujer.
Después se quedaron en silencio. Carolina tenía la mirada fija en el techo. Sentía un cansancio limpio, sin culpa, como si le hubieran sacado del pecho un nudo viejo y no supiera todavía qué hacer con el espacio que había quedado.
—¿Lo volverías a hacer? —preguntó él, en voz muy baja.
Carolina lo pensó. Pensó en la cifra del cheque que Eduardo Solano le haría llegar a la mañana siguiente a través de un mensajero discreto. Pensó en la cara de Andrés cuando ella había entrado por la puerta de la suite. Pensó, sobre todo, en cómo Mateo la había mirado al darle el sobre, antes de decidir lo que iban a decidir juntos.
—No lo sé —dijo al fin—. Pregúntamelo otra vez en una semana.
Mateo asintió en la oscuridad. Le pasó el brazo por la cintura y la atrajo hacia él. Carolina cerró los ojos sabiendo que la pregunta seguiría flotando en la casa durante mucho tiempo, y que esa, quizá, era la verdadera frontera que habían cruzado esa noche.