Ella miraba sin moverse y eso me excitó más que nada
Esa noche empezó igual que todas las anteriores: cervezas frías, palomitas en un bowl de plástico y algo en Netflix que nadie terminaba de ver. El departamento de Marcos olía a ambientador de pino y frituras, y la luz del televisor parpadeaba sobre las tres personas que llevábamos dos horas tiradas en ese sofá demasiado pequeño para tanta tensión acumulada.
Nadia llegó primero que yo. Cuando entré y la vi sentada con las piernas cruzadas y ese gesto suyo de evaluarlo todo, algo en mi pecho se tensó sin razón aparente. Me saludó con una sonrisa corta, de esas que no llegan a los ojos, y volvió a clavar la vista en la pantalla. Marcos me dio un beso en la mejilla y me ofreció una cerveza.
Durante la primera hora, Nadia y yo intercambiamos pocas palabras. Ella hablaba con Marcos de gente que yo no conocía, de planes que no me incluían. No es que me molestara exactamente, pero sí me hacía sentir como intrusa en una historia que llevaba más capítulos que los míos. Cuando ella fue al baño, aproveché para preguntarle a Marcos en voz baja si había algo raro entre los dos.
—Nada —dijo él, encogiéndose de hombros—. Hace años intenté algo y me rechazó. Desde entonces somos amigos, punto. Tiene novio.
Lo dijo sin rencor, pero yo noté algo en su voz. No era tristeza. Era resignación. Y eso me irritó más que cualquier otra cosa: que ella hubiera tenido la posibilidad y lo hubiera dejado ahí, esperando, mientras ahora miraba a cualquier chica que se acercara a él como si fuera una amenaza a su territorio emocional que no quería reclamar.
Cuando Nadia volvió del baño, algo había cambiado en mí.
No tomé ninguna decisión consciente. Solo me corrí un poco más hacia Marcos en el sofá y apoyé la cabeza en su hombro. Él no se movió. Su cuerpo estaba rígido por la sorpresa durante un segundo, y luego se relajó y me rodeó con el brazo como si fuera lo más natural del mundo.
Nadia frunció el ceño apenas perceptiblemente. Siguió mirando la pantalla.
Empecé a pasarle los dedos por el pecho, despacio. Sin urgencia. Como si estuviera distraída y mi mano actuara sola. Sentí cómo su respiración cambiaba de ritmo, cómo el músculo bajo mi palma se contraía levemente. El calor de su cuerpo atravesaba la tela de la camiseta.
Nadia no dijo nada.
Eso, en lugar de frenarme, me encendió. Había algo en su silencio tenso, en esa mandíbula apretada y esa mirada demasiado fija en el televisor, que me resultó más estimulante que cualquier otra cosa que hubiera sentido esa noche. Seguí subiendo la mano, rozando su cuello, enredando los dedos en el borde de su camiseta.
Marcos giró la cabeza hacia mí. Sus ojos preguntaban y confirmaban al mismo tiempo.
Lo besé.
Primero suave, como una pregunta. Luego él respondió, y la respuesta fue clara: sus labios se abrieron, su mano subió a mi nuca y el beso se volvió largo, húmedo, con una urgencia que los dos habíamos estado guardando sin saberlo. El alcohol me zumbaba en las sienes. El sofá crujió cuando me giré más hacia él.
Sentí la mirada de Nadia como se siente el sol en la espalda: sin necesidad de verlo para saber que está ahí.
Marcos separó los labios del beso y bajó la boca a mi cuello. Mordió despacio, con cuidado, encontrando el punto exacto donde la piel es más sensible. Solté el aire de golpe. Sus manos buscaron el dobladillo de mi top y lo subieron sin preguntar.
—Espera —dije.
Pero no era para detenerlo. Era solo para mirar.
Giré la cabeza hacia Nadia. Seguía en su extremo del sofá, con las rodillas juntas y los brazos cruzados. Pero sus mejillas habían cambiado de color. Ya no eran el tono neutro de antes. Eran rojas, levemente, en la curva donde la mandíbula se une al cuello. Y sus ojos no estaban en la pantalla. Estaban en nosotros.
No en mi cara. En mis manos. En las manos de Marcos. En el espacio entre nuestros cuerpos.
Está mirando.
Y ese pensamiento me atravesó de arriba abajo como una corriente eléctrica.
—Sigue —le dije a Marcos.
Él levantó el top y lo dejó en el suelo sin más ceremonias. El aire del departamento era fresco pero yo no sentía frío. Sus manos me recorrieron la espalda, encontraron el cierre del sostén y lo soltaron con una sola presión. Cuando sus dedos rodearon mis pechos, cerré los ojos un segundo y solté un sonido que no intenté controlar.
Escuché a Nadia moverse en el sofá. Un roce de tela. Un reajuste de posición.
No me molesté en mirarla esta vez. Ya sabía lo que encontraría.
Marcos bajó la boca hasta mis pezones y yo hundí los dedos en su pelo. Había algo completamente diferente en ese momento respecto a cualquier otra vez que me habían tocado: la conciencia nítida de que alguien más lo presenciaba. No como espectadora accidental. Como alguien que había elegido quedarse.
Sus labios subieron de nuevo a mi cuello y fue ahí donde algo en mí se desprendió del todo.
—Quiero que me cojas —le susurré al oído—. Aquí. Ahora.
Lo sentí sonreír contra mi piel.
Se puso de pie para bajarse el pantalón y aprovechó para sacar un condón del bolsillo trasero, cosa que en ese momento me hizo reír por lo bajo porque claramente había llegado preparado para algo. Me quitó el pantalón corto y la ropa interior de un solo movimiento, rápido, sin pausa para contemplaciones. Me recostó en el sofá y se colocó entre mis rodillas.
Giré la cabeza hacia Nadia.
Había dejado de cruzar los brazos. Tenía las manos sobre los muslos y las piernas ligeramente separadas. Su respiración era visible. Sus ojos pasaban de mí a él y de él a mí, sin decidirse por ninguno.
No parecía indignada.
Parecía completamente atrapada.
Marcos entró despacio, midiendo. Yo estaba muy mojada y aun así la primera embestida me hizo aferrarme al cojín con los dedos. Era la mezcla del alcohol, del calor acumulado, de esa mirada que sentía sobre mi cuerpo desnudo como algo físico y concreto.
Empezó a moverse con un ritmo lento pero con fondo en cada golpe, como si quisiera que yo sintiera cada centímetro. Gemí sin inhibición. No había razón para hacerlo de otra manera. Nadia ya lo estaba viendo todo.
La miré directamente durante un momento. Ella sostuvo la mirada, desafiante o paralizada, no supe distinguirlo. Luego bajó los ojos hacia donde nuestros cuerpos se encontraban y no los volvió a subir.
Bien.
Marcos aceleró. Sus manos me sujetaron las caderas con firmeza, clavando los dedos en la piel, y el sonido que hacíamos llenó el departamento por encima del murmullo del televisor. Llegué al primer orgasmo con los dientes apretados y los talones empujando contra su espalda.
Después de un momento, continuó.
El segundo fue más intenso que el primero. Para entonces yo ya no pensaba en nada con coherencia, solo en el peso de su cuerpo sobre el mío y en esa presencia silenciosa en el otro extremo del sofá que seguía sin marcharse.
Escuché que Nadia cambiaba de posición otra vez. Un pequeño sonido, casi inaudible, que no era exactamente indiferencia.
En el tercer orgasmo, Marcos perdió el ritmo controlado. Sus movimientos se volvieron rápidos e irregulares durante unos segundos hasta que se clavó profundo y se quedó quieto, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración convertida en un gruñido largo y bajo.
***
Nos quedamos así un momento, inmóviles. El televisor seguía hablando solo. Fuera del departamento, alguien cerró una puerta en el pasillo.
Marcos levantó la cabeza y fue entonces cuando pareció recordar que no estábamos solos. Se giró hacia Nadia con una expresión que mezclaba satisfacción con algo parecido a la vergüenza. Se cubrió rápidamente con el pantalón que tenía a los pies.
—Lo siento —dijo—. Debimos haber ido a…
—No te disculpes —lo interrumpió ella.
Su voz era tranquila. Demasiado tranquila para alguien cuyas mejillas seguían rojas y cuyas manos aún no habían encontrado dónde ponerse.
—Fue interesante verlos —añadió, con una sonrisa que no era exactamente la de siempre.
Me senté en el sofá y busqué mi ropa sin mirarla demasiado. Sentía las piernas flojas y una especie de zumbido detrás de los oídos que no era solo el alcohol. Me vestí despacio, fui al baño a limpiarme y cuando volví, los tres intercambiamos unas pocas palabras sobre nada en particular, como si hubiera que rellenar el espacio con algo mundano antes de despedirnos.
Nadia se fue primero. En la puerta se detuvo un segundo, me miró, y dijo simplemente:
—Cuídate.
No sé exactamente qué quiso decir con eso.
Marcos me acompañó hasta el ascensor. Antes de que se cerrara la puerta, me dijo que le había gustado la noche. Lo dijo sin énfasis, como quien constata un hecho.
—A mí también —respondí.
Y era verdad, aunque no de la manera que él probablemente pensaba. Lo que me había gustado no era solo él. Era esa tensión extraña y nueva de sentirme observada, de saber que alguien que no debía mirar miraba de todas formas y no se iba.
***
Esa noche, tumbada en mi cama con la luz apagada, la escena volvía en bucle. No el cuerpo de Marcos sobre el mío, sino los ojos de Nadia. La curva tensa de su boca al principio y esa sonrisa final que no supe descifrar. Las manos que se fueron relajando sobre sus muslos a medida que avanzaba la noche.
Me pregunté si ella lo recordaría igual. Si también se quedaría despierta pensando en eso.
Me pregunté si la próxima vez que Marcos me invitara, ella volvería a estar ahí.
Y me di cuenta de que la respuesta a esa pregunta me importaba más de lo que debería.