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Relatos Ardientes

Sofía me confesó lo que pasó esa noche en Punta del Este

Sofía volvió de Punta del Este con una sonrisa que yo no le conocía. Era distinta a su sonrisa habitual: más tranquila, un poco socarrona, como la de alguien que guarda un secreto demasiado bueno para soltarlo de golpe.

Pasó un mes. Después dos. Nos vimos varias veces, tomamos café, fuimos al cine, y ella no dijo nada. Hasta que un viernes de julio, encerradas en mi departamento con una botella de Chardonnay y el frío afuera, lo soltó.

—Caro, nunca te conté todo lo que pasó en Punta del Este. Lo que realmente pasó.

Apagué el televisor.

—Entonces contame todo. Sin saltear nada.

Se rio, se tapó la cara con el almohadón un segundo y arrancó.

***

Fue en enero, justo después de fin de año. Sofía y su madre, Graciela, viajaron en auto desde Rosario: dos días de ruta, paradas en estaciones de servicio, medialunas frías y música de los ochenta que su mamá ponía sin negociar. Llegaron el dos de enero a José Ignacio, donde alquilaron una cabaña pequeña a tres cuadras del mar.

Graciela tenía cuarenta y seis años y el tipo de belleza discreta que impacta más que la belleza obvia: piel clara, pelo oscuro cortado a la altura de los hombros, siempre bien arreglada sin parecer que se esforzaba. Sofía tenía diecinueve, cuerpo curvilíneo que ella misma describía con una mezcla de orgullo y fastidio, y una tendencia a compararse con su madre que le arruinaba los mejores momentos.

—En la playa, los tipos miraban a mi mamá y a mí me ignoraban —me dijo—. No los tipos ordinarios. Los buenos. Ella caminaba con un bikini cualquiera y le sonreían, le hablaban, le preguntaban de dónde era. Yo iba al lado con todo afuera y nada. Me hervía la sangre. Pero me ponía más el escote y seguía caminando igual.

Una tarde, en Playa Brava, conoció a los tres.

Estaban jugando paleta cerca de la orilla: Diego, veintitrés años, argentino, cordobés, morocho, con los hombros anchos y una forma de reírse que ocupaba espacio. Andrés, veintidós, rubio, porteño, más callado pero con los ojos claros que seguían todo. Y Máximo, uruguayo, veinticuatro, pelo rizado, piel morena, que hablaba con ese acento que mezcla las eses suaves con algo que suena a música.

Empezaron hablando de nada. Sofía les preguntó por una parada de ómnibus, ellos dijeron que no sabían pero que la acompañaban igual. Terminaron tomando cerveza en un quiosco frente al mar, riéndose de cosas sin importancia, y cuando se hizo de noche nadie quiso irse.

—Diego me gustó desde el principio —me dijo Sofía—. Me hablaba bajito, como si lo que decía fuera solo para mí. Y yo sabía que le gustaba. Lo notaba en cómo me miraba cuando creía que no me daba cuenta.

Al tercer día, Diego la invitó a la casa que alquilaban en La Barra. «Solo a tomar algo», dijo. Graciela estaba cansada y la dejó ir sin preguntar mucho. Sofía llegó a las nueve de la noche con una botella de vino rosado.

***

La casa era sencilla: sala con sofá viejo, cocina abierta, dos habitaciones al fondo. Pusieron música baja, abrieron el vino y empezaron a hablar. Al rato, Máximo propuso jugar al Yo Nunca.

—Arrancó inocente —me contó Sofía—. Pero duró poco.

«Yo nunca tuve sexo en la playa», dijo Andrés. Los tres tomaron. Sofía también.

«Yo nunca participé en un trío», dijo Diego mirándola directamente. Sofía tomó. Los tres se miraron entre ellos.

«Yo nunca hice algo que no debería haber hecho en vacaciones», dijo Máximo. Todos tomaron, incluida Sofía, que se rio sola sin explicar por qué.

El juego pasó a Verdad o Consecuencia. Sofía eligió consecuencia cuando le tocó. Diego dijo que tenía que besarlo un minuto entero. Lo hizo. Fue un beso largo, con las manos de él en su cara, y cuando terminaron los otros dos aplaudieron con sarcasmo.

—Después de ese beso —me dijo—, ya sabía cómo iba a terminar la noche. Y no me importó.

Andrés propuso la última ronda: consecuencia para Sofía era quedarse con los tres esa noche. Ella se quedó callada un segundo. Miró a Diego. Él no dijo nada, solo esperó.

—Bueno —dijo Sofía—. Pero con forro. No se hagan los distraídos.

***

Empezaron despacio, todo torpe al principio como siempre que hay más personas que espacio. La cama del cuarto principal era de dos plazas justas, y entre cuatro era un ejercicio de geometría complicado.

Diego la besó primero mientras ella todavía estaba sentada al borde de la cama. Le sacó el vestido con calma, sin apuro. Le recorrió el cuello con la boca, bajó por el hombro. Sofía cerró los ojos y se dejó llevar.

—Me chupó despacio —me dijo, y se tapó la cara con las manos un segundo—. Muy despacio. Hasta que yo no podía más.

Después se puso el preservativo y la penetró. La cama crujía. Los otros dos miraban desde el sofá del cuarto, tocándose, esperando su turno sin apuro aparente.

Fue Sofía la que los llamó.

—Vengan —dijo, y no repitió.

Máximo se acomodó detrás de ella. Pidió el aceite de cocina que había en la mesita de noche —Diego lo había dejado ahí de antes, como si lo hubiera planeado—, y entró despacio por atrás mientras ella apretaba los dientes y soltaba el aire en pequeñas ráfagas.

—Dolía un poco al principio —me confesó—. Pero era un dolor que quería. Que pedí yo.

Andrés se paró frente a ella. Sofía lo tomó con la mano primero, después con la boca. Lo fue haciendo más profundo mientras Diego y Máximo encontraban el ritmo entre los tres. La cama hacía un ruido horrible. En algún momento los tres se rieron al mismo tiempo de lo ridículo del sonido, y eso rompió la tensión de golpe.

—Ahí me relajé del todo —dijo Sofía—. Cuando nos reímos. Dejó de ser algo importante y pasó a ser algo divertido y muy caliente al mismo tiempo.

Cambiaron de posición varias veces. Sofía encima de Máximo, Diego por atrás, Andrés de rodillas cerca de su cara. Después ella de costado, encadenando uno al otro. Cada cambio era un momento de risa, de ajuste, de «esperá, así no», de cuerpos encontrando su lugar a tientas.

Duró casi una hora y media.

Al final se arrodilló en el piso. Los tres se quitaron los preservativos. Sofía los miró desde abajo, tranquila, segura. Los tres acabaron sobre ella: Diego y Máximo en la boca, Andrés en el pecho. Ella no apartó la vista en ningún momento.

—Estaba destruida —me dijo—. Transpirada, con todo encima. Y feliz. Genuinamente feliz. No sé explicarlo mejor que así.

Antes de ducharse, agarró el celular y les pidió fotos. Se sacaron veinte. Sofía sonriendo, lengua afuera, rodeada de ellos. Una sola, ella sola, mirando a cámara.

—Todavía las tengo —me dijo, y tomó un sorbo largo de vino.

***

Al día siguiente volvió a la casa de ellos. Esta vez sola con Diego.

Máximo y Andrés habían salido a alquilar tablas de surf. Diego la recibió en la puerta con una sonrisa diferente a la de la noche anterior: más íntima, menos puesta.

—«Hoy es distinto», me dijo. Y lo fue.

Se quedaron en la cama toda la tarde. Sin apuro, sin juegos, sin nadie mirando. Diego le recorrió la espalda con los dedos durante un rato largo antes de tocarla en serio. Le habló bajito al oído. Le preguntó qué quería. Hicieron el amor —esa es la palabra que usó Sofía, y la usó con cuidado— tres veces entre la tarde y el atardecer.

—Me dijo que era hermosa —me contó—. Y le creí. Por primera vez en mucho tiempo, le creí a alguien que me lo decía.

Después se quedaron hablando tirados en la cama, mirando el techo con el ventilador girando despacio. Él le habló de su trabajo, de su familia en Córdoba, de un viaje que quería hacer a Colombia. Ella le habló de la facultad, de sus amigas, de las cosas que le daban miedo. Encontraron un montón de cosas en común, esas coincidencias absurdas que te hacen creer que el mundo es pequeño o que hay algo más.

Antes de que Sofía se fuera, Diego le pidió el número.

—«Cuando volvamos a Buenos Aires, te busco», me dijo. Yo le creí eso también.

***

Sofía terminó de contar, tomó el último sorbo de vino y me miró con esa sonrisa de antes, la que trajo de vuelta del viaje.

—¿Y Diego? —le pregunté.

—Nunca escribió. —Se encogió de hombros—. Al principio me dolió. Después pensé que capaz era mejor así. Lo que pasó ahí quedó ahí, completo. No necesitaba una continuación para ser lo que fue.

Hubo un silencio. Afuera el viento movía algo contra la ventana.

—¿Y tu mamá? —le pregunté—. ¿Nunca se enteró de nada?

Sofía se rio de verdad, la primera risa grande de la noche.

—Mi mamá pasó esas vacaciones cenando con un contador de Montevideo que conoció en el hotel el segundo día. Le llevaba flores, la llevaba a ver el amanecer en el faro, le abría las puertas del auto. Volvió a Rosario hablando de él como si fuera una película. Quedaron en verse. Creo que todavía se escriben.

Hizo una pausa.

—Ella no abrió las piernas ni una vez en todo el viaje y volvió flotando. Yo me acosté con tres hombres en una noche y con uno más tres veces después, y nadie me mandó un mensaje cuando volvimos. —Levantó el vaso vacío—. No sé qué lección sacar de eso. Capaz ninguna.

Brindamos con el vino que quedaba en el fondo de la botella.

—¿Querés ver las fotos? —me preguntó.

Le dije que sí antes de que terminara la pregunta.

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Comentarios (8)

GabyBaires

No puedo creer lo que acabo de leer, increible!!!

NocheLectora22

Y como quedaron despues de esa charla? Espero que haya una segunda parte porque quede con mil preguntas

CuriosoBA

Me recordo a una conversacion parecida que tuve con una amiga hace años. Esas confesiones de madrugada siempre guardan algo que te deja pensando dias enteros.

Valentina_ok

Lo del vino y la confesion... eso pasa mas seguido de lo que la gente cree jaja

MarisolDC

Me engancho desde la primera linea, se siente muy real. Segui escribiendo por favor!

SebaBsAs

La manera en que esta contado te mete de lleno en la escena. No me esperaba ese giro para nada, muy bien logrado

lectora_pampa

que final!!! me dejo con la boca abierta

Lautaro22

Por favor continua la historia, quede con ganas de saber todo lo que paso esa noche

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