Empecé a desear al portero de mi edificio
Mi nombre es Lorena. Tengo treinta y cuatro años y desde hace tres vivo sola en el sexto piso de un edificio de ladrillo en Chapinero, Bogotá. Antes compartía apartamento con dos amigas en Palermo, pero llegó el momento en que el sueldo lo permitió y decidí dar el salto. Habitar un espacio propio, donde el ruido es el que uno elige y el desorden lo reconoce uno mismo, tiene un lujo silencioso que nadie te explica hasta que lo vives.
Trabajo en una firma de consultoría, paso ocho horas frente a pantallas y el resto del tiempo intento que mi vida tenga algo de textura. Voy al gimnasio martes y jueves. Los viernes salgo con mis amigas a algún bar del norte. Los domingos cocino demasiado para una sola persona.
De mi cuerpo diré lo que es relevante para esta historia: cuido lo que como, hago ejercicio sin fanatismo, y el resultado es una figura que no escondo. Tengo curvas donde deben estar, cintura marcada, tetas firmes de copa C que se mantienen paradas sin sostén, un culo redondo y alto que ha rellenado más de un pantalón hasta hacerlo sudar. La postura de una mujer que sabe exactamente quién es. No lo digo con arrogancia. Lo digo porque importa para entender cómo me miraba don Ernesto.
Don Ernesto lleva más de diez años en el edificio. Tiene alrededor de cincuenta y cinco años, aunque nunca se lo he preguntado. Es un hombre fornido, de esos que cargan peso toda la vida y no lo mencionan, con el cabello corto y canoso en las sienes y una calma en el cuerpo que tardé en reconocer como atractiva. Uniforme azul oscuro, siempre limpio. Manos gruesas, útiles. Una voz ronca que usa con moderación.
Los primeros meses viviendo allí lo veía como parte del edificio, como el buzón o el extintor del pasillo. Buenos días, doctora. Buenas tardes, doctora. La caja llegó ayer, doctora. Así era todo, y así estaba bien.
***
Todo empezó en octubre, un jueves de llovizna fina y tráfico denso. Llegué del trabajo tarde, con las bolsas del supermercado en una mano, el maletín al hombro y los tacones ya pesados a esa hora. Al entrar al lobby vi el cartelito pegado con cinta de enmascarar en la puerta del ascensor: «Fuera de servicio. Disculpe las molestias».
Seis pisos. Con las bolsas y el maletín.
—Don Ernesto —llamé.
Él asomó la cabeza desde su cuarto, esa habitación pequeña junto a la entrada que huele a café espeso y a impermeabilizante.
—El técnico viene mañana, doctora —dijo antes de que yo preguntara.
—Mañana —repetí, mirando las escaleras.
—Le ayudo con eso.
Ya tenía las bolsas en la mano antes de que yo respondiera. Subimos los seis pisos sin mucho diálogo. Él iba delante con las bolsas más pesadas; yo iba detrás, los tacones golpeando el concreto, la vista inevitablemente en su espalda ancha, en cómo la camisa del uniforme se tensaba en los hombros con cada escalón. No fue un pensamiento elaborado ni premeditado. Fue solo una observación que hice y guardé.
Al llegar a mi puerta saqué la cartera para darle algo.
—No hace falta, doctora.
—Insisto, don Ernesto. No sea terco.
Extendí el billete hacia su bolsillo y en ese movimiento nuestras manos se rozaron. Fue un segundo, literalmente un segundo, el roce más ordinario del mundo. Pero algo cambió en su cara. No fue lujuria, fue más discreto que eso: fue la expresión de alguien que acaba de notar algo que no esperaba notar.
Bajó la mirada y se fue.
Yo me quedé en el umbral con el billete en la mano y algo incómodo y agradable instalado en el pecho.
***
Los días siguientes, don Ernesto dejó de mirarme a los ojos. Antes lo hacía con una naturalidad tranquila, directa. Ahora miraba el piso, el cuaderno de registro, la pared detrás de mí. Era un cambio minúsculo que no tendría por qué importarme. Pero me importó.
Y a partir de ese momento empecé a hacer cosas que no debería haber hecho.
Bajaba a revisar el buzón a las nueve de la noche, cuando no esperaba ningún correo. Preguntaba por paquetes que sabía que no habían llegado. Elegía, cuando salía, el vestido que más me favorecía. Me inclinaba más de lo necesario para firmar el cuaderno de visitas, dejando que el escote se abriera lo suficiente para que se le viera el nacimiento de las tetas, y me quedaba un segundo más de lo necesario cuando él me abría la puerta. Nada grosero, nada que se pudiera señalar con el dedo. Solo mensajes pequeños que los dos sabíamos leer y ninguno verbalizaba.
Él se ponía rígido. Desviaba la vista. Se ajustaba el cuello del uniforme con el pulgar. Y una vez, cuando me agaché a recoger un lápiz que dejé caer a propósito, le vi de reojo el bulto duro apretado contra la tela del pantalón, marcándose sin disimulo. Le tomó tres segundos girarse para ocultarlo. Yo me mordí el labio y me subí en el ascensor sin decir nada.
Eso, por razones que no sabría explicar del todo, me gustaba más que si me hubiera mirado directamente. Esa noche me metí en la cama, me abrí las piernas y me hice venir dos veces seguidas pensando en el bulto de don Ernesto y en las manos gruesas que se lo apretaban al ajustarse el pantalón.
***
La cosa escaló a mediados de noviembre. Me llegó una estantería que había pedido por internet: una caja enorme que el domiciliario dejó en portería porque no cabía en el ascensor.
—Don Ernesto, ¿me puede ayudar a subirla? Yo sola no puedo con eso.
Subimos. Él cargó la caja los seis pisos sin quejarse una sola vez. Yo iba detrás, mirando sus brazos, la tensión en sus hombros, la solidez sin alardes de alguien que ha trabajado con su cuerpo toda la vida. Cuando llegamos a mi apartamento y él dejó la caja en la sala, se secó la frente con el antebrazo. Le brillaba la piel.
—¿Quiere agua? —le ofrecí—. Se la ganó.
—No se preocupe, doña… —Se detuvo. Había empezado a decir «doña Lorena» pero algo se cortó en la mitad.
—¿Doña? —repetí.
—Lorena —terminó, y se arrepintió al instante. La vergüenza le cruzó la cara como una sombra.
El silencio que vino después tenía peso propio. Se podía palpar.
—¿Y de cuándo acá tan informal, don Ernesto? —pregunté, sonriendo de un lado.
—Disculpe. Se me salió.
Se giraba hacia la puerta. Me moví antes que él y la cerré despacio. El pestillo hizo clic.
—No se disculpe —dije. Mi voz salió más baja de lo que pretendía—. A mí me gusta más así.
Él se quedó inmóvil. Vi cómo le cambiaba la respiración, cómo apretaba los dientes, cómo sus ojos iban de la puerta a mí y volvían.
—Lorena —dijo, y su voz tenía una textura diferente—. Esto no es buena idea.
—Probablemente. —Acerqué un paso—. ¿Y eso qué tiene que ver?
Puse una mano en su antebrazo. Era sólido, cálido, con una tensión que no sabía hacia dónde ir. Él cerró los ojos.
—Llevo semanas mirándola y apartando la vista —murmuró—. Cada vez que baja esas escaleras.
—Lo sé —dije—. Yo también lo he estado mirando a usted. Sé perfectamente cómo se le marca la polla contra el pantalón cuando me agacho delante suyo.
Se le escapó un ruido bajo, entre gemido y suspiro, y cuando abrió los ojos ya no había duda en ellos. Solo había hambre. Y algo más: el alivio de alguien que lleva demasiado tiempo cargando algo y finalmente lo suelta.
Me enganchó de la cintura y me atrajo hacia él con una decisión que no esperaba. Su boca encontró la mía y el beso fue brusco, urgente, nada técnico. Sabía a café negro y a hombre que lleva semanas conteniendo algo. Me metió la lengua entera, sin preguntar, y yo abrí la boca y le chupé la lengua como si me la fuera a tragar. Sus manos me recorrían con torpeza honesta, sin método, solo con necesidad acumulada. Me apretó la cintura, los hombros, la espalda, y después bajó a agarrarme el culo con las dos manos, hundiendo los dedos gruesos en la carne por encima de la falda.
—Qué culo tienes, mi Dios —masculló contra mi cuello, mordiéndome la piel del hombro—. Llevo meses soñando con este culo.
Le agarré la mano y me la subí a la teta. Se la apretó por encima de la blusa, primero suave, después con toda la fuerza de esos dedos callosos, y me pellizcó el pezón por encima de la tela hasta que se me escapó un jadeo.
—No sé qué estoy haciendo —masculló contra mi cuello.
—No pienses —dije, y le bajé la mano hasta el bulto duro del pantalón. Se la apreté encima del uniforme y sentí la polla latiendo contra mi palma. Estaba durísimo, grueso, mucho más grueso de lo que había imaginado—. Cállate y fóllame.
Le desabroché el cinturón con dedos apurados y le bajé el pantalón hasta las rodillas. La polla saltó afuera, oscura y venosa, con la punta ya mojada, colgándole gruesa entre los muslos. Un poco curvada hacia arriba, con un glande grueso que brillaba de líquido preseminal. Le pasé la mano y le apreté la base con fuerza, sacándole otro gemido bajo.
—Joder, Lorena, no puedo…
Me dio media vuelta y me apoyó contra la pared. Me subió la falda de un tirón hasta la cintura y me arrancó las bragas de un lado, rompiéndolas contra la cadera con un tirón seco. Sentí su mano callosa metiéndose entre mis piernas, buscando, y cuando dos de sus dedos gruesos se hundieron en mi coño de golpe encontraron un charco. Estaba empapada. Los sacó y los volvió a meter, curvándolos, y yo empujé el culo hacia atrás para pedir más.
—Mírate cómo estás —dijo, y su voz ronca junto a mi oreja me erizó la nuca—. Toda mojada. Toda mía.
—Métemela ya, don Ernesto. Ya.
Me aferré al marco de un cuadro colgado en la pared. Él se situó detrás de mí, se agarró la polla con la mano y me la pasó por la raja del coño, empapándose la punta, restregándomela por el clítoris. Yo apreté los dientes. Después la posicionó en la entrada y me penetró de un solo empujón brutal que me sacó el aire de golpe. Se hundió entera, hasta el fondo, hasta que sentí los huevos golpeándome el clítoris.
—¡Ah, joder! —se me escapó.
—Qué coño tan apretado tienes —gruñó contra mi nuca, quedándose quieto un segundo—. Qué apretado, mierda.
No hubo suavidad, y yo no la quería. Lo que había entre nosotros no era suave: era acumulado, urgente, con semanas de tensión encima. Empezó a moverse. Me sacaba casi toda la polla y me la volvía a meter de golpe, profundo, hasta el fondo. Cada empujón me subía en puntas de pie. Marcaba un ritmo profundo y pausado que me hacía clavar los dedos en la pared, la yema blanca de tanto presionar.
—Así, don Ernesto —jadeé—. Fóllame así. Duro. Rómpeme.
—Cállate que me matas —gruñó, y me agarró del pelo, torciéndome la cabeza hacia atrás lo suficiente para morderme el cuello—. Cállate o me corro ya.
Me subió el ritmo. Emitía sonidos bajos, involuntarios, contra mi hombro, y cada uno de esos gruñidos me apretaba más el coño alrededor de su polla. Sus caderas golpeaban las mías con una regularidad que me hacía perder la noción de otras cosas. El sonido del choque de nuestras pieles llenaba la sala, obsceno y húmedo. Me metió una mano por delante y encontró el clítoris con el pulgar, frotándolo mientras me seguía embistiendo desde atrás.
—Me voy a correr —le avisé, apretando los dientes—. Me voy a correr, don Ernesto…
—Córrete —me susurró contra la oreja—. Córrete en mi polla.
Le escuché decir mi nombre una sola vez, en voz muy baja, como si no se diera cuenta de que lo estaba diciendo, y esa fue la que me acabó. El orgasmo me subió por las piernas y me estalló en el vientre. Se me contrajo el coño alrededor de su polla en oleadas y yo grité contra la pared, mordiéndome el antebrazo para no gritar más fuerte.
Él aguantó dos, tres embestidas más, cada vez más torpes, hasta que se hundió hasta el fondo y se corrió con un sonido ahogado que le salió del pecho. Sentí los chorros calientes disparándose dentro de mí, uno tras otro, mientras su polla latía adentro y él temblaba contra mi espalda. Yo con la frente apoyada en la pared, sintiendo cómo se me escurría su corrida por los muslos cuando por fin la sacó.
Cuando nos separamos el apartamento estaba en silencio total. Don Ernesto se subió el pantalón y se arregló el uniforme sin mirarme. La vergüenza se instalaba de nuevo en sus rasgos como una cortina que baja.
—Me voy —dijo, y se fue antes de que yo encontrara qué decir.
Me quedé apoyada contra la pared, con la falda todavía enrollada en la cintura y su semen resbalándome por la cara interna del muslo hasta la media.
***
La semana que siguió fue incómoda. Él volvió al «buenos días, doctora» de siempre, pero con una formalidad exagerada que era peor que el silencio previo. Una cortesía construida sobre la incomodidad, rígida, artificial. Yo lo dejé estar. Le di tiempo.
Al cabo de diez días bajé a buscarlo.
Era tarde, pasadas las diez de la noche. El lobby estaba vacío y desde la pequeña ventana de su cuarto se filtraba la luz azulada de un televisor. Toqué la puerta con los nudillos.
—¿Quién? —preguntó desde adentro.
—Lorena.
Silencio. El ruido de una silla al moverse. La puerta se abrió.
Me miró con la cara de alguien que espera un regaño.
—Tenemos que hablar —dije, entrando sin esperar que me invitara.
El cuarto era diminuto: una cama angosta, una mesita de noche, una silla de plástico roja, el televisor encendido con un partido de fútbol. Olía a jabón de barra y a algo cálido que no supe ponerle nombre. Era su espacio y lo llenaba entero.
—Lo que pasó fue un error —empezó—. Yo no debí dejar que…
—Cállese un momento —lo interrumpí—. ¿Cree que lo hice por desesperación? ¿Porque no tenía otra opción?
Él no respondió.
—Lo hice porque quise. Porque llevo meses notándolo. Su calma. La forma en que se mueve. La seriedad de un hombre que nadie parece preguntarse de dónde viene.
—Lorena, somos personas muy distintas. Usted tiene su vida…
—Sé muy bien cuál es mi vida —corté—. Y estoy aquí porque elegí estar aquí.
Sus hombros cedieron un centímetro. El aire del cuarto se asentó.
—Pienso en eso todos los días —dijo, en voz muy baja—. Desde que pasó.
—Yo también —dije, y me arrodillé frente a él.
Le abrí el cinturón con calma, sin la urgencia de la primera vez. Le bajé el cierre del pantalón y él levantó el culo de la silla para que se lo pudiera bajar hasta la mitad de los muslos. Los calzoncillos ya estaban tensos por delante, la polla marcándose gruesa contra el algodón blanco. Le tiré de la cinturilla y se la liberé. Le saltó dura contra el estómago, ya goteando por la punta, y a la luz azulada del televisor la vi entera por primera vez: gruesa, oscura, con las venas marcadas, el glande brillante.
—Dios, don Ernesto —susurré—. Llevo diez días pensando en esto.
Se la agarré por la base con la mano derecha. Estaba tan dura que apenas cedía, la piel caliente contra mi palma. Le apreté suave y él soltó un gruñido bajo, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla. Se fue recostando despacio, los ojos cerrados, las manos aferrando los apoyabrazos de madera como si necesitara algo sólido a lo que sujetarse.
—Lorena —dijo, y en ese nombre estaba todo: la advertencia, el ruego, la rendición.
Me incliné sobre él y le pasé la lengua desde la base del huevo hasta la punta, despacio, siguiendo la vena gruesa que le corría por debajo. Él dio un respingo en la silla y se le escapó un «joder» ahogado. Repetí el recorrido dos veces, dejándole la polla brillante de saliva, y después le cerré los labios alrededor del glande y se lo chupé apenas, jugueteando con la lengua en la ranurita de la punta.
—Ah, ah, joder, Lorena…
El partido de fútbol seguía sonando en el televisor. El árbitro pitaba algo lejano e irrelevante. Y en ese cuarto pequeño que olía a jabón y a hombre cansado, me tomé el tiempo que no habíamos tenido la primera vez. Le abrí más la boca y me tragué la mitad de la polla, subiendo y bajando la cabeza en un ritmo lento, mirándolo desde abajo cada vez que llegaba a la punta. Le chupé los huevos uno por uno, metiéndomelos en la boca con cuidado, mientras le seguía masturbando la polla con la mano.
—No aguanto, no aguanto —masculló—. Vas a hacer que me corra en tu boca…
—Ese es el plan, don Ernesto —le dije, y me la volví a tragar.
Esta vez me la metí hasta el fondo. Sentí la punta chocarme contra el paladar y después contra la garganta, y aguanté las arcadas, respirando por la nariz, la barbilla apoyada contra sus huevos. Él dio un ruido ahogado. Le clavé las uñas en el muslo y me la saqué despacio, arrastrando los labios apretados por toda la longitud, con un hilito de saliva colgándome de la barbilla.
Lo estudié con calma, sin prisa. Noté cómo respondía, dónde cedía, dónde se tensaba. Sus muslos temblaban. Descubrí que si le pasaba la lengua por la parte de abajo del glande, justo debajo de la corona, se le contraía todo el estómago. Que si le apretaba la base con la mano al mismo tiempo que le chupaba la punta, se le escapaban gruñidos que intentaba tragarse. Sus manos, callosas y grandes, se posaron finalmente en mi cabeza, no para guiar sino para confirmar que esto era real, que no era uno de sus sueños. Me hundió los dedos en el pelo y me acarició el cuero cabelludo con una ternura que contrastaba con la brutalidad de la polla que se le hinchaba en mi boca.
—Me corro —jadeó—. Lorena, me corro, sácala…
No la saqué. Le clavé las uñas en las nalgas y me la metí más adentro. Cuando llegó al límite, el sonido que hizo llenó la habitación pequeña. Un gemido sofocado y prolongado que terminó en un suspiro largo y exhausto. Sentí el primer chorro caliente estallar contra el fondo de mi boca, y después otro, y otro. Espeso, salado, mucho más abundante de lo que había esperado. Le sostuve la polla apretada entre los labios hasta que dejó de temblar, chupándole con cuidado la última gota, y solo entonces me la saqué y me lo tragué todo delante de él, mirándolo a los ojos.
Le quedó una gota en la punta. Se la limpié con el pulgar y me lo chupé.
Se hundió en la silla con la cara vuelta hacia el techo, respirando fuerte, el pecho subiendo y bajando bajo la camisa arrugada del uniforme.
Me puse de pie y me senté en el borde de su cama. Las sábanas estaban frías.
—Si me pides disculpas ahora me enojo de verdad —dije.
Él me miró. Algo se aflojó en su cara. Una sonrisa pequeña y tímida apareció en la comisura de sus labios. Era la primera vez que lo veía sonreír así, sin protocolo de por medio.
—No iba a pedirte disculpas —dijo, y en esa frase noté que me había tuteado.
—Bien.
—¿Qué quieres, Lorena? —preguntó, directo—. De verdad. ¿Qué quieres conmigo?
Pensé la respuesta antes de darla.
—Descubrir qué hay detrás de este hombre serio que lleva más de diez años en este edificio y nunca habla de él mismo.
Él exhaló despacio.
—No hay mucho que descubrir. Trabajo. Duermo. Llamo a mi hijo los domingos.
—¿Tiene hijo?
—Diecisiete años. Vive con su madre en Manizales. El año que viene intenta entrar a la universidad.
Esa información me aterrizó de una manera que no esperaba. Detrás del uniforme azul y la seriedad de portero había una historia larga y ordinaria, hecha de cosas que yo nunca había pensado en preguntar.
—Cuéntame —dije, y lo tuteé también.
***
No sé exactamente qué nombre ponerle a lo que vino después. Siguió siendo lo que era desde el principio: dos personas que no tenían ningún sentido lógico juntas y que de todas formas se buscaban. Él subía con pretextos: revisar un grifo que goteaba, una inspección del extintor que nadie había pedido. Yo bajaba con excusas: el buzón, una consulta sobre la administración del edificio, cualquier cosa que sonara razonable.
Nuestros encuentros en su cuarto eran rápidos, siempre con el miedo leve a ser descubiertos. Follábamos contra la pared del baño con la ducha abierta para tapar los ruidos, o me montaba encima de él en la silla de plástico roja con la mano apretándome la boca para que no gritara. Pero habían adquirido otra textura. Ya no era solo urgencia y cuerpos apretados. Era también los diez minutos de después, cuando él me hablaba de Manizales y del hijo que crecía lejos, y yo le contaba lo sola que se sentía la noche del domingo en el sexto piso, los dos con la ropa a medio poner y el sudor secándose en la piel.
Nunca hablamos de lo que éramos. Creo que los dos sabíamos que ponerle nombre lo hubiera vuelto más frágil.
Lo que sí sé es que don Ernesto me miraba de frente otra vez. Y que sus «buenos días, doctora» habían cambiado de tonalidad. Tenían un interior que solo nosotros dos sabíamos leer.
