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Relatos Ardientes

El ayudante de cocina me hizo señales en el buffet

Ayer desayuné con mis tíos en un hotel de cinco estrellas a las afueras de la ciudad. Llegamos al brunch con muchas expectativas y un hambre razonable. Salvo por mí, que arrastraba un apetito de otro tipo desde la noche anterior y que ninguna comida del mundo iba a poder calmar.

Nos sentaron junto al ventanal grande, con vista al jardín. Mientras mis tíos elegían entre las mesitas de frutas y panes dulces, yo me paseé por las charolas calientes: guisos, carnes, huevos revueltos, panqueques, pescados ahumados, embutidos finos. Estaba sirviéndome una segunda ración cuando lo vi por primera vez. Salía detrás del aparador de jugos un chico de unos veintidós años, con cubrebocas negro y una pijama de cocina verde oscuro que le quedaba ajustada en los muslos. Caminó hasta la charola de las salchichas y se inclinó para reponerlas, y fue justo en ese instante cuando advertí, entre las piernas del pantalón, el bulto generoso de una verga pesada y bien acomodada. No pude apartar la vista.

Volvió a aparecer dos minutos después, cargando una bandeja con omelets recién hechos. Lo seguí con la mirada por todo el salón, fingiendo decidir entre el queso brie y el manchego. Era evidente que no estaba pensando en quesos. Mientras él se agachaba, se estiraba, recogía un cubierto del piso, la tela se le marcaba de manera distinta en cada movimiento. Yo iba memorizando cada ángulo como si fuera a presentarme a un examen al día siguiente.

No tardó mucho en darse cuenta. Levantó la cabeza justo cuando yo bajaba los ojos un segundo tarde, y nuestras miradas chocaron por encima del cubrebocas. Sus ojos se entornaron un poco, como si sonriera debajo de la tela. Después se puso nervioso, comenzó a servir más rápido, casi tropezó con una camarera que pasaba con una jarra. Pensé que lo había arruinado, que no me iba a seguir el juego.

Lo había arruinado.

Volví a la mesa con un panecillo que no había pedido y una sonrisa idiota. Pasaron unos diez minutos. Estaba untándole mantequilla a un croissant cuando lo vi salir otra vez, esta vez con una bandeja vacía. Caminó despacio, no apurado como antes. Pasó frente a mi mesa, y cuando giró hacia el aparador de los jugos, lo entendí. Traía la verga acomodada hacia un lado, hacia la cadera derecha, sujeta por el calzoncillo de manera que se le marcaba toda, tronco y cabeza, sin dejar nada a la imaginación. Lo había hecho a propósito. Lo había hecho para mí.

Le sonreí con la mirada, lo suficiente para que entendiera que el mensaje había llegado. No tardé en excusarme con mis tíos diciendo que iba al baño. Caminé directo hacia los jugos. Él estaba detrás del aparador, llenando una jarra de naranja. Me serví un vaso del de remolacha, lo levanté hacia él como si brindara y le dije por encima del mostrador:

—Dicen que es para la energía.

Soltó una carcajada que no llegó a verse, pero que escuché clarito. Asintió y bajó la cabeza, ocupado de pronto con la jarra. Salí del aparador y me dirigí al pasillo de los baños, sintiéndome el hombre más caliente del salón.

Los baños de aquel hotel tienen retretes individuales con puerta hasta el piso, paredes hasta el techo y un espacio cómodo para moverse, casi un cuartito privado. Entré primero al mingitorio y me tomé mi tiempo, meando despacio, después lavándome las manos con una calma exagerada, revisándome el pelo en el espejo, acomodándome el cuello de la camisa como un imbécil. Tardé unos tres minutos largos. Lo suficiente para que cualquier persona razonable se hubiera ido.

Él entró cuando yo me secaba las manos. Se paró a mi lado en el lavabo, miró al espejo de reojo y, con una voz que no le había escuchado todavía, grave y suave, me dijo:

—El de remolacha sirve para la energía, pero dicen que el de piña sabe mejor.

No había duda alguna de lo que me estaba ofreciendo. Asentí, miré hacia el retrete del fondo, abrí la puerta y entré. Detrás de mí, lo escuché entrar también y echar el pestillo. El clic del seguro fue uno de los sonidos más eléctricos de mi vida.

Antes de que pudiera girarme, sus manos ya estaban en mi cintura. Le di la vuelta yo, le bajé los pantalones de un tirón y descubrí que, en efecto, la traía amarrada a la derecha, atrapada por un calzoncillo de algodón gris oscuro. La piel del muslo le ardía debajo de la tela. Subí los dedos por su cadera, le bajé el cubrebocas hasta el cuello y le vi por primera vez la boca: labios gruesos, una pelusa de barba de tres días, una sonrisa muy de pícaro. Lo besé. Me besó con hambre, mordiéndome el labio de abajo, mientras yo le masajeaba la verga por encima del algodón y sentía cómo se iba poniendo más dura, más caliente, más urgente.

—Voltéate —me dijo al oído.

Le hice caso. Me bajé el pantalón y el bóxer hasta los tobillos y apoyé las manos contra la pared azulejada, fría al tacto. Él se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas con las dos manos y empezó a mordérmelas, primero suave, después con ganas. Sentí su respiración acercarse, su lengua plana subir por la raya de las nalgas y detenerse en el ano. Lo lamió como si estuviera comiendo postre. Yo había tenido el cuidado de depilarme tres días antes, sin un motivo concreto, sólo por si acaso, y en aquel instante agradecí cada minuto de la sesión incómoda con la cera. Me lamía sin pudor, hundía la lengua, soplaba, volvía a lamer. Cerré los ojos y se me escapó un gemido tan ronco que pensé que iban a oírlo desde el restaurante.

Cuando me cansé del placer pasivo, le pedí que se levantara. Me arrodillé yo, le terminé de bajar el calzoncillo y descubrí la verga completa. Era gruesa, blanca, con un prepucio precioso que cubría apenas la mitad de la cabeza y se replegaba al apretarla. Le llegaba a la mitad del muslo, ya parada, y olía a jabón fresco, no a sudor. El vello del pubis lo tenía recortado, no rasurado, lo justo para que la verga se viera más larga, más limpia, más fotografiable. Tuve un instante absurdo de querer sacar el teléfono y guardar una prueba, pero me reí solo de la idea y volví a lo mío.

La metí en la boca poco a poco. Primero la cabeza, jugando con la lengua bajo el prepucio, después la mitad, después casi entera. Lo escuché contener el aire y apoyar la mano en mi nuca. La saqué, lo miré desde abajo y le dije:

—Quiero que te vengas en mi boca.

Levantó las cejas, sorprendido, y asintió en silencio. Volví a chupar. Subía y bajaba el tronco con la mano mientras la cabeza se quedaba dentro, alternando ritmos, deteniéndome en la punta, sintiendo cómo el cuerpo se le iba tensando. A los dos minutos me agarró del pelo con fuerza, no con violencia pero sí con autoridad, y empujó la cadera hacia adelante. La verga me llegó hasta el fondo de la garganta. Sentí el primer chorro caliente bajar directo al estómago, después un segundo, después un tercero. Saqué el pene de la boca y se lo apreté con la mano para que descargara lo que le quedaba sobre mi mejilla, mi barbilla, mis labios. Tiró muchísimo. Mucho más de lo que había imaginado.

Cuando terminó, se quedó un momento apoyado en mi hombro, respirando contra mi pelo. Después se subió el calzoncillo, se acomodó la pijama, volvió a colocarse el cubrebocas y abrió el pestillo. Antes de salir, se inclinó y me dijo, casi en un susurro:

—De verdad tengo novia, pero gracias por el desahogo.

No supe si reírme o sentirme mal. Cuando abrió la puerta del retrete y dio un paso hacia afuera, alcancé a pedirle el número. Me miró por encima del hombro, sonrió detrás del cubrebocas, levantó dos dedos a modo de despedida y se fue sin decir nada más. Entendí todo. Hay límites que algunos no cruzan, y el suyo se llamaba algo así como tener una vida ordenada fuera de aquella hora.

Me quedé un minuto largo dentro del retrete, limpiándome la cara con papel, intentando recuperar la respiración, sin saber muy bien si estaba triunfante o melancólico. Cuando volví a la mesa, mis tíos discutían sobre la consistencia del arroz con leche. Mi tía me preguntó si me sentía bien, que me veía colorado. Le dije que era el calor del salón. Pedí un café doble y desayuné con un apetito repentino que me sorprendió incluso a mí mismo.

Antes de salir del hotel, pasé otra vez por el aparador de los jugos. Él no estaba. Pregunté a la encargada del piso por el chico nuevo de cocina y me respondió con una sonrisa profesional que no podía dar información del personal. Mientras pagaba la cuenta de la mesa, vi sobre el mostrador de la entrada un gafete con foto que alguien había olvidado junto a un mazo de cartas. Era él. Debajo del retrato, decía Renato.

Planeo regresar a desayunar pronto. Le voy a dar dos o tres semanas, las suficientes para que se le pase la culpa y le vuelvan las ganas. Cuando vuelva, ya no voy a estar tan distraído con el queso brie. Les seguiré contando.

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