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Relatos Ardientes

Valentina me susurró que quería verme de rodillas

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Me llamo Nicolás. Tengo treinta y tres años, trabajo en soporte técnico para una empresa de seguros y hasta hace poco creía que me conocía bastante bien. Sabía qué me gustaba en la cama, qué no, y dónde estaban mis límites. Me había equivocado en las tres cosas. Y no lamento ninguna de esas equivocaciones.

La responsable es Valentina.

La conocí en la inauguración de una exposición fotográfica un jueves de octubre. Había ido acompañando a un amigo que desapareció en los primeros veinte minutos entre el gentío y el vino gratuito. Me quedé solo junto a una fotografía en blanco y negro de un puerto vacío, con mi copa a medias y sin demasiado interés en el arte, cuando noté que alguien se colocaba a mi lado.

Era menuda, con el pelo castaño recogido de cualquier manera y unos ojos grises que tenían la costumbre de mirarte como si ya supieran algo sobre ti antes de que abrieras la boca. Llevaba un vestido negro sencillo. No intentaba llamar la atención. Por eso la llamaba toda.

—¿Te gusta? —preguntó, señalando la foto.

—No entiendo mucho de fotografía —admití.

Sonrió de lado.

—Yo tampoco. Pero ese puerto me pone triste de una manera que me gusta. ¿Tienes algo que te ponga triste de esa manera?

Era una pregunta rara para dos desconocidos con sendas copas de vino en mano. Pero algo en su voz directa, sin coquetería calculada, me hizo responder con honestidad. Hablamos durante más de una hora. Le pregunté a qué se dedicaba y me dijo que diseñaba tipografías para marcas. Yo le conté lo mío y ella lo escuchó sin condescendencia. Cuando se quedó sin vino le ofrecí el mío. Cuando la galería empezó a vaciarse ninguno de los dos se movió.

Esa noche terminé en su apartamento.

***

Valentina vivía en un cuarto piso de un barrio tranquilo, con las paredes llenas de estantes y una cama grande en el centro del dormitorio. No hubo demasiadas palabras una vez dentro. Me besó con la misma franqueza con la que hablaba: sin rodeos, metiendo la lengua caliente en mi boca mientras sus manos ya me desabrochaban la camisa con una rapidez casi impaciente. Me empujó sobre la cama, me arrancó el cinturón con un tirón y me bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. Mi polla saltó dura contra mi vientre y ella la miró un segundo, se mordió el labio y soltó una risa baja, satisfecha.

—Mírate cómo la tienes ya —murmuró—. Llevas media hora caliente.

Me la rodeó con la mano, firme, y empezó a masturbarme despacio mientras se sentaba a horcajadas en mis muslos. Después se inclinó y me lamió desde la base hasta la punta, con la lengua plana y caliente, recogiendo la gota de presemen que se me había escapado. Cerró los ojos un instante, como si le gustara el sabor, y abrió la boca.

—Llevaba toda la noche pensando en chupártela.

Me la metió hasta el fondo de un solo movimiento. Sentí la garganta apretarse alrededor de mi glande y solté un gemido que me sonó a otra persona. Empezó a mamarla con un ritmo lento al principio, pasando la lengua por debajo del frenillo cada vez que subía, dejándome la polla brillante de saliva. Después aceleró, hundiéndose hasta hacer ruidos húmedos y obscenos con la boca, una mano apretándome los huevos, la otra clavada en mi muslo. Me miraba de reojo todo el rato, comprobando hasta dónde me llevaba, disfrutando de verme deshacerme bajo ella.

Cuando soltó un ruido de aprobación, casi un gruñido, con la boca todavía llena, entendí que aquella mujer no tenía ningún pudor y que yo estaba jodido.

Le levanté el vestido por las caderas y le rompí el elástico de las bragas con un tirón. Quería verla. Encontré su coño ya empapado, los labios hinchados y abiertos, el clítoris asomando duro entre el vello recortado. Metí dos dedos de golpe y la sentí apretarse alrededor de ellos, caliente, resbaladiza, mojadísima. Empecé a follársela con la mano mientras ella seguía con mi polla en la boca, y cuando metí un tercer dedo y le rocé un punto blando en el techo del coño la oí gemir alrededor de mi glande con una vibración que casi me hace correr ahí mismo.

Soltó mi polla con un ruido húmedo, se levantó y se sentó sobre mi cara antes de que pudiera reaccionar. Me cubrió la boca con su sexo, abierto y ardiente, y se agarró al cabecero con las dos manos.

—Cómemelo —ordenó—. Despacio al principio.

La lamí de arriba abajo, recogiendo todo lo que ella tenía para darme, hundiendo la lengua entre los labios mientras ella se restregaba lento contra mi boca. Le chupé el clítoris hinchado, lo encerré entre los labios y lo trabajé con la punta de la lengua, sin pausa, hasta que la sentí temblar. Ella me apretó la cabeza entre los muslos con una fuerza que me dejó casi sin aire y empezó a moverse encima de mi cara, cabalgándome la boca con descaro.

—Así, joder, así —jadeaba—. No pares, no pares, no pares.

Le clavé las manos en el culo, abriéndoselo, y bajé la lengua hasta su entrada, metiéndosela tan adentro como podía. Ella se corrió encima de mi boca con un grito ronco, apretándome la cabeza, temblando entera, soltando un chorro caliente de fluido que me bañó la barbilla. No me dejó respirar hasta que terminó por completo de venirse.

Cuando bajó por fin se dejó caer a mi lado y se rió, agotada, con la cara enrojecida.

—Joder. Tienes una boca privilegiada.

Lo que pasó esa noche fue sencillamente lo mejor que había vivido en años. No por técnica. Sino por la manera en que ella lo hacía: sin fingir, sin actuar, diciéndome exactamente qué quería y pidiéndome con claridad lo que necesitaba. Esa combinación de honestidad y deseo resultaba más erótica que cualquier maniobra aprendida.

Cuando por fin recuperó el aliento, se giró boca abajo sin que yo se lo pidiera, levantó el culo y miró atrás por encima del hombro.

—Ahora fóllame. Como tú quieras. Pero fóllame fuerte.

Me puse detrás de ella, le abrí los labios con dos dedos y me la metí despacio, sintiendo cómo el primer empuje le arrancaba un gemido largo, caliente, limpio de cualquier teatro. Entré centímetro a centímetro, con la mano en su cadera para sostenerla, hasta hundirme entero. Su coño me apretó como una boca hambrienta y me hizo ver estrellas. Me quedé quieto un segundo, respirando, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi polla, y después empecé a moverme, primero corto, después más profundo, oyendo el ruido húmedo y obsceno de nuestros cuerpos chocando.

—Más fuerte —pidió—. Más adentro. Rómpeme.

La agarré del pelo recogido y tiré, no demasiado, lo suficiente para que arqueara la espalda. Empecé a follármela en serio, embistiendo hasta el fondo con cada golpe, viendo cómo mi polla salía empapada y volvía a desaparecer dentro de ella. Sus tetas pequeñas se sacudían debajo del vestido todavía a medio quitar, y ella clavaba los dedos en las sábanas y me pedía más, más fuerte, más adentro, con la voz cada vez más rota.

—Estás llenándome entera —jadeó—. No pares, voy a correrme otra vez.

Le di una palmada en el culo y le agarré la cadera con las dos manos. La folliné con una urgencia que no tenía nada de elegante y todo de necesaria, hasta que la sentí apretarse alrededor de mi polla con espasmos seguidos, gimiendo contra el colchón. Cuando se vino me arrastró conmigo. Salí justo a tiempo, le di un par de tirones a la polla y le descargué la corrida entera sobre la espalda baja y el culo, un chorro espeso que le bajó por el costado de la cadera. Ella se rió entre el jadeo, todavía temblando, y deslizó dos dedos por el reguero antes de chupárselos.

A las dos semanas dormía más noches en su apartamento que en el mío.

***

Valentina era insaciable de una manera que nunca resultaba agotadora. Me despertaba a las tres de la mañana con la mano ya cerrada alrededor de mi polla, masturbándome despacio bajo las sábanas hasta ponerme duro otra vez mientras me mordía el cuello y me susurraba al oído lo que iba a hacerme. Me mandaba mensajes al trabajo que yo leía en el baño con el corazón acelerado y la polla empezando a hincharse en el pantalón. Estoy sentada en el escritorio con la mano dentro de las bragas pensando en cómo me la metiste anoche. No se me va de la cabeza el ruido que hacías cuando te corriste en mi boca. Cuando llegues quiero comerme tu polla hasta que llores.

Cocinábamos juntos y terminábamos encima de la encimera de la cocina, con ella sentada al borde, las piernas abiertas de par en par, mi lengua enterrada entre sus pliegues mientras el aceite caliente seguía chisporroteando a pocos metros. Le chupaba el coño con hambre, le metía dos dedos hasta los nudillos y la oía gemir mi nombre con la voz quebrada, agarrándose al borde de mármol mientras se corría empapándome la barbilla.

Empezábamos una película y la pausábamos a los veinte minutos, porque a ella ya le había metido la mano bajo la falda y me estaba pidiendo, con la boca pegada a mi oreja, que la pusiera de rodillas en el sofá y se la metiera por detrás. Lo hacíamos así, mirando el reflejo borroso en el televisor apagado, con ella agarrada al respaldo y yo follándola de pie detrás, viendo cómo el culo se le sacudía contra mi pelvis cada vez que la embestía hasta el fondo.

El sexo con ella era urgente, honesto y completamente adictivo.

Lo que me atraía no era solo el deseo. Era su manera de habitarlo. Valentina nunca tenía vergüenza, nunca dudaba, nunca fingía. Si algo le gustaba lo decía. Si quería algo lo pedía. Si algo no le gustaba lo descartaba sin drama. Esa honestidad era extraña y refrescante y me ponía tan cachondo como el sexo en sí.

Una noche de entre semana, desnudos en el sofá después de haber terminado por segunda vez, con una película en el televisor que ninguno de los dos estaba viendo, Valentina apoyó la cabeza en mi pecho y dijo con la voz tranquila de quien comenta algo sin importancia:

—Hay algo que quiero contarte.

Bajé el volumen.

—Cuando estoy sola a veces veo porno gay. Me excita mucho más que el resto. —Levantó la vista para leerme la cara—. No me mires así.

No la estaba mirando de ninguna manera en particular.

—¿Y? —dije, porque intuía que había más.

Ella sonrió despacio.

—Y a veces me imagino que eres tú. Que estás de rodillas frente a otro hombre. Que abres la boca y se la chupas de verdad. Que tienes una polla que no es la tuya en la garganta y te corres tú solo de pura calentura. —Me miró fijo—. Me pone muchísimo pensarlo, Nicolás. Tanto que me corro pensando solo en eso. Quiero enseñarte cosas que todavía no has probado.

Me quedé callado. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Ella lo notó y se acomodó más cerca, deslizando una mano hasta mi entrepierna y apretándome la polla, ya semidura otra vez, a través de la tela de los calzoncillos.

—Ya veo —dijo en voz baja, sonriendo—. A tu polla le interesa la idea más de lo que esperabas, ¿no?

No respondí. No hacía falta.

***

Todo empezó despacio, como todo lo que valía la pena con Valentina.

Las primeras semanas fueron de exploración gradual. Mientras follábamos ella introducía cambios pequeños: un dedo mojado en saliva que se deslizaba entre mis nalgas y encontraba mi entrada, empujando apenas, justo lo suficiente para hacerme tensar el cuerpo entero y soltar un gemido que no reconocía como mío. Palabras al oído que describían imágenes concretas mientras me masturbaba o me cabalgaba. Preguntas directas sobre lo que sentía y sobre dónde quería que se quedara.

—¿Te gusta este dedo dentro? —me preguntaba con la voz pegada a mi oreja, montada encima de mí, con su coño tragándose mi polla y su dedo índice trabajándome el culo a la vez—. Mírate la polla. Está más dura que nunca. No me digas que no te gusta.

No le decía que no.

A veces me hacía quedarme quieto boca abajo en la cama, con el culo levantado y la cara pegada a la almohada, mientras ella se untaba los dedos de lubricante con paciencia. Me los pasaba primero por encima, en círculos, sin meterlos, hasta que el músculo empezaba a relajarse solo. Después entraba apenas con la yema del índice, despacio, dejándome sentir cada milímetro, y yo apretaba la almohada con ambas manos y soltaba ruidos que no sabía que podía hacer.

—Eso es —susurraba—. Respira. Déjalo entrar.

Otras veces me obligaba a mirarla mientras se llevaba mi polla a la boca y se la tragaba hasta el fondo, con dos dedos suyos resbalándome entre las nalgas a la vez, presionando sin entrar todavía. Me chupaba lento, dejándome ver cómo mi glande aparecía y desaparecía entre sus labios, hasta hacerme llorar de placer y pedirle que parara antes de correrme.

—¿Sientes eso? —me preguntaba suavemente, con un dedo moviéndose en círculos dentro de mí mientras yo apretaba la almohada con ambas manos—. Tu cuerpo entero responde a esto. Quiero que te acostumbres. Quiero que llegues a necesitarlo.

Sin que yo tomara ninguna decisión consciente, empecé a necesitarlo.

Una noche encontré una caja sobre la cama. Dentro había un arnés de cuero negro, un consolador de un tamaño razonable, un bote de lubricante grande y una nota escrita a mano: Si quieres que pare, me lo dices. Si no dices nada, seguimos.

Me tumbé boca abajo sin decir nada.

Valentina se tomó su tiempo. Entró en la habitación con el arnés ya puesto, el consolador balanceándose entre sus piernas, y se quedó un segundo mirándome en la cama, desnudo, esperando. Después se subió detrás de mí, me besó la nuca, me bajó la mano por la espalda hasta el coxis y me separó las nalgas con las dos manos.

—Estás precioso así —murmuró—. Mírate cómo te tiembla todo.

Me echó lubricante frío entre las nalgas y me lo extendió con dos dedos, masajeándome, untándome bien por fuera. Me abrió con un dedo primero, deslizándolo entero, después con dos, rotándolos dentro de mí hasta que el músculo empezó a ceder. Yo gemí contra la almohada, con la polla atrapada y aplastada contra el colchón, durísima, dejando una mancha húmeda en la sábana.

—Más —se me escapó.

—Lo sé —dijo ella, y rió bajito—. Lo sé, cariño.

Metió tres dedos. Me echó más lubricante, frunció apenas la boca al ver cómo me estremecía cuando dio con un punto interno que me hizo arquear el cuerpo entero, y siguió con una calma feroz, abriéndome poco a poco hasta que el ardor inicial se transformó en una presión profunda, densa, deliciosa. Cuando se sintió satisfecha sacó los dedos, se posicionó y apoyó la cabeza del consolador contra mi entrada. La sentí ahí, gorda, fría de tanto lubricante, esperando.

Le tomó casi media hora antes de entrar del todo. Lo hizo centímetro a centímetro, deteniéndose cuando yo tensaba el cuerpo, esperando, hablándome bajito al oído.

—Respira hondo. Aflójate. Eso es. Ya está casi todo dentro.

Cuando entró del todo me quedé sin palabras durante unos segundos que se sintieron enormes: una presión llena y caliente que me cruzó el cuerpo de arriba abajo y me dejó con la boca abierta contra la almohada.

—¿Bien? —susurró, completamente quieta, con la pelvis pegada a mi culo.

—Sí —respondí, con la voz más ronca de lo que esperaba—. Muévete.

Lo que vino después no era comparable a nada anterior. Empezó despacio, con embestidas cortas, sacando apenas la mitad y volviendo a hundirla hasta el fondo. Yo gemí contra la almohada sin poder ni querer callarlo. Cada vez que entraba hasta el final una corriente caliente me subía por la columna y me bajaba a la polla. Me agarró de las caderas y me levantó un poco el culo para tener mejor ángulo, y desde ahí empezó a follarme con una paciencia cruel, sacándola y metiéndola otra vez, cada golpe rozándome justo donde más me encendía.

—Mírate —jadeó—. Estás abriéndote para mí entero. Te encanta esto, ¿verdad?

—Sí —gemí.

—Dilo.

—Me encanta —dije, y la voz se me quebró.

Pasó una mano por debajo de mí, me agarró la polla goteando y empezó a masturbármela al ritmo de sus embestidas. Cuando aceleró perdí cualquier resto de control. Sentía el consolador entero llenándome por dentro mientras su mano me trabajaba la polla por fuera, las dos cosas a la vez, y empecé a empujar el culo contra ella, pidiendo más sin palabras.

—Así —dijo ella, y en esa sola palabra había tanta satisfacción que me puse más duro todavía.

Me corrí en su mano antes de poder avisarle. Una corrida larga, espasmódica, que me sacudió entero, manchándole los dedos y el colchón, mientras ella seguía empujando dentro de mí unos segundos más, prolongándome el orgasmo hasta que tuve que pedirle que parara.

Cuando terminamos, con mi corrida sobre las sábanas y su jadeo largo apagándose contra mi espalda, nos quedamos en silencio abrazados durante un buen rato. Ella salió despacio de mí, dejándome esa sensación rara y nueva de vacío, y se tumbó a mi lado todavía con el arnés puesto.

—¿Qué estás pensando? —preguntó después.

—Que quiero repetir —dije.

Se rió bajito, ese sonido suyo que era mitad complicidad y mitad satisfacción.

—Lo sé, cariño. Lo sé.

***

Tres semanas después, mientras cenábamos, Valentina me habló de Sebastián.

Lo dijo de pasada, con la naturalidad de quien menciona un detalle logístico.

—Es un amigo de hace muchos años. Discreto, de confianza. Le hablé de ti, de lo que hemos estado explorando juntos. Quiere conocerte.

Sentí el estómago apretarse. No era miedo exactamente. Era más parecido a estar en el borde de un trampolín sabiendo que ya decidiste tirarte, pero todavía no lo has hecho.

—¿Qué quieres que pase? —pregunté.

—Quiero verte —lo dijo simple, directa—. Quiero estar ahí cuando lo descubras de verdad. No con silicona. Con un hombre que respira, que reacciona, que se pone duro porque tú se la estás chupando. Quiero ver cómo abres la boca para tragarte una polla de verdad, Nicolás. Llevo meses imaginándotelo.

Seguí comiendo. Pasado un momento dije:

—¿Cuándo?

Ella sonrió de esa manera que ya conocía demasiado bien.

***

Sebastián llegó un sábado por la noche. Era un hombre de unos cuarenta años, alto, con el pelo oscuro muy corto y una manera de moverse tranquila que transmitía confianza sin esfuerzo aparente. Llevaba una chaqueta azul marino. No parecía nervioso en absoluto.

Yo sí estaba nervioso.

Valentina los presentó, ofreció vino, habló de cosas sin importancia durante diez minutos. Era su manera de bajar la temperatura, lo supe después. Tenía el don de entender qué ritmo necesitaba cada momento sin que nadie se lo dijera.

Cuando me puse de rodillas fue porque yo quise. Nadie me lo ordenó. Valentina estaba sentada en el sillón con las piernas cruzadas, mirándome. Su expresión mezclaba el deseo y el orgullo de una manera que me resultaba más erótica que cualquier otra cosa en esa habitación.

Sebastián se puso de pie frente a mí y esperó.

—Tú marcas el ritmo —dijo.

Eso me ayudó más de lo que habría esperado.

Le bajé la cremallera con dedos que me temblaban un poco, le abrí el pantalón y le tiré del calzoncillo hacia abajo. Su polla salió pesada, semidura, más gruesa que la mía y con el glande grueso, ya brillando un poco en la punta. La tomé con la mano y sentí el peso, el calor, la piel suave moviéndose sobre la dureza interior. El olor era diferente al mío. La textura, también. Todo era distinto y completamente real.

—Despacio —murmuró Sebastián—. Sin prisa.

Bajé la cabeza. Pasé primero la lengua por toda la base, subiendo despacio, recorriéndola entera de abajo arriba como si la estudiara. Llegué al glande, lo besé, lo lamí en círculos, recogí la gota que se había formado en el agujerito y sentí en la boca el sabor salado, denso, de otro hombre. Mi propia polla se sacudió dentro del pantalón con tal violencia que me sorprendió a mí mismo.

Abrí la boca y me la metí.

Empecé con la mitad, dejando que la cabeza descansara contra mi paladar, acostumbrándome al tamaño, al peso de tener una polla ajena en la boca. Después bajé más, despacio, hasta sentir que rozaba el fondo de mi garganta. Me retiré, respiré por la nariz y volví a bajar. La sentí endurecerse más entre mis labios, llenarse, ponerse de piedra dentro de mi boca.

Mi cuerpo respondió con una claridad que no admitía interpretación: esto era algo que yo quería. Empecé torpe, con el corazón golpeándome en el pecho, y encontré el ritmo después. Cuando lo encontré ya no pensé en nada más. Empecé a chupársela en serio, con la mano envolviendo la base y la boca trabajando lo que mi mano no abarcaba, subiendo y bajando, dejando saliva que le caía por los huevos.

Valentina no habló durante los primeros minutos. Solo miraba, con los codos sobre las rodillas y la espalda inclinada hacia delante, completamente concentrada. Tenía una mano metida por debajo de la falda. Luego, desde el sillón, con la voz muy baja:

—Estás precioso, Nicolás. Exactamente así. Mírate la boca llena. Es justo lo que llevaba meses imaginándome.

Las palabras me atravesaron de arriba abajo. Aceleré sin querer, succionando con más fuerza, dejando que entrara más profundo, ahogándome un poco a propósito porque el ruido que hacía con la garganta era el ruido que ella quería oír.

Sebastián soltó un gemido bajo, muy controlado, y me puso una mano en la nuca. No para dirigir, sino para acompañar. Ese gesto fue el que marcó la diferencia entre una fantasía y algo real: el reconocimiento tranquilo de alguien que sabe lo que está pasando. Yo lo recibí y continué, acelerando poco a poco, chupando con más hambre, sintiendo cómo su respiración se rompía encima de mi cabeza.

—Joder —murmuró él—. Lo haces muy bien para ser la primera vez.

Saqué su polla un segundo, jadeando, con saliva colgándome de la barbilla, y volví a metérmela hasta atragantarme. Le rodeé los huevos con la otra mano, se los acaricié, los sentí pesados y tensos en la palma. Él respiró hondo. Yo seguí bajando y subiendo, ahora con un ritmo que era enteramente mío.

En un momento dado Valentina se levantó del sillón sin interrumpir nada. Se acercó, se arrodilló a mi lado y me besó en la sien. Tenía los dedos brillantes. Se había estado tocando todo el tiempo.

—¿Estás bien? —susurró.

Asentí sin parar.

—Bien —dijo ella, y en su voz había una ternura que no encajaba con ninguna fantasía que yo hubiera construido previamente. Resultó ser lo más erótico de toda la noche.

Me puso una mano en el muslo y me masajeó hasta encontrarme la polla por encima del pantalón, durísima, mojada en la punta.

—Mírate cómo la tienes —murmuró—. Te encanta chupársela. Sigue. No pares.

No paré. Sebastián empezó a respirar más rápido, con la mano todavía apoyada en mi nuca, sin empujar, dejándome a mí. Su polla se hinchó más entre mis labios. Lo sentí venir antes de que él dijera nada.

—Voy a correrme —avisó con la voz tensa.

Valentina se acercó más, con la boca casi pegada a mi oreja.

—Trágatelo —susurró—. Quiero verte tragártelo todo.

Apreté los labios alrededor de su polla y succioné. Él soltó un gemido ronco, se sacudió y me llenó la boca con un chorro caliente, espeso, que me dio en la garganta. Tragué. Otro chorro. Tragué otra vez. Lo sostuve dentro de la boca hasta que dejó de moverse, hasta que la última gota me cayó sobre la lengua, y cuando saqué su polla la limpié con la lengua antes de soltarla por completo.

Valentina me agarró la cara con las dos manos y me besó con la boca abierta, sin importarle el sabor, devorándomela con tanta hambre que casi me caigo hacia atrás.

—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida —me dijo contra la boca.

***

Cuando todo terminó, Sebastián se fue con la misma calma con la que había llegado. Valentina cerró la puerta y se giró hacia mí. Yo estaba sentado en el suelo con la espalda contra el sofá, sin demasiadas ganas de moverme.

Se sentó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro.

—¿Cómo estás? —preguntó.

Tardé.

—Bien —dije—. Muy bien, en realidad.

—¿Quieres hablar?

—No todavía.

Nos quedamos en silencio durante un rato largo, con el ruido de la calle filtrándose por la ventana entreabierta. Lo que sentía era difícil de nombrar con exactitud. No era culpa ni confusión ni arrepentimiento. Era algo parecido a lo que sientes cuando encuentras una pieza que no sabías que faltaba: una especie de acomodo, de completud que no habías buscado pero que, una vez encontrada, no querías perder.

Valentina me conocía bien. Sabía cuándo hablar y cuándo quedarse quieta. Me llevó a la cama, me desnudó del todo y se acomodó detrás de mí, abrazándome por la espalda, con su pecho pegado contra mis omóplatos. Antes de quedarse dormida deslizó una mano por delante y me rodeó la polla, todavía dura, y me masturbó muy despacio, sin prisa, sin intención de hacer que terminara. Solo acariciándomela mientras me hablaba al oído.

—Has estado perfecto —susurró—. Mi chico. Mírate cómo estás todavía empalmado por habérsela chupado.

Me corrí en su mano sin hacer ruido, con la respiración entrecortada, y ella se limpió con la sábana y se quedó dormida abrazada a mí relativamente pronto.

Yo tardé más.

Seguía viendo la escena con los ojos cerrados: su expresión desde el sillón, mi propia mano sosteniendo una polla que no era la mía, el momento exacto en que algo se asentó dentro de mí de manera permanente y ya no había manera de deshacerlo aunque yo hubiera querido. Que no quería.

Valentina me había llevado a un lugar que yo nunca había buscado. Y desde ese lugar el mundo tenía una dimensión que antes no existía: una que ahora me parecía obvia, necesaria y completamente mía.

***

Al día siguiente desayunamos juntos. Afuera llovía suave. Ella leía algo en el teléfono y yo miraba el café en la taza. No había incomodidad. Solo el silencio cómodo de dos personas que han cruzado un umbral juntas y no necesitan hablar de ello para saber que está ahí.

En un momento dado levantó los ojos.

—¿Quieres repetir algún día?

Lo pensé de verdad antes de responder.

—Sí —dije.

Volvió a su teléfono sin hacer drama. Como si fuera la cosa más natural del mundo.

Y supongo que, en nuestro caso, ya lo era.

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4.3(50)

Comentarios(10)

Kastiliovich

tremendo relato, me dejo con ganas de mas!!!

MarisolK

Por favor seguí escribiendo, necesito saber que paso despues. Una segunda parte??

DominarteAmo

Raro encontrar confesiones narradas con esta calidad. Se siente autentico, no forzado. Gracias por compartirlo

furtivofogoso

jajaja tres semanas nomas le tomo a Valentina... sabia exactamente lo que hacía desde el dia uno

Sandra1282

me recorda a algo que viví hace años, esa sensacion de creerte que te conoces y que alguien te demuestra lo contrario de golpe. increible como lo contás

lector_nocturno

lo leí de un tirón, no pude parar. de lo mejor de confesiones ultimamente

theregar

excelente!! sigue asi por favor

koque56

cuanto tiempo duró lo de ustedes dos? me quedé intrigado con el final

Luisma_84

buenisimo, espero tu proximo relato

NocheLibre88

Me encanto como lo contaste, sin rodeos pero tampoco burdo. Se agradece ese equilibrio. Saludos!

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