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Relatos Ardientes

Lo que empezamos a los diecinueve nunca se olvidó

2015

El profesor Don Alberto tenía fama de ser justo con las notas siempre que te esforzaras. Ese martes nos anunció que el tema del Franquismo lo trabajaríamos en parejas, por orden de lista, y que teníamos tres días.

Por orden de lista me tocó con Rodrigo. Un tipo que en la primera semana de curso se había reído de mí con el compañero de al lado cuando me oyeron hablar de Latín. Un comentario estúpido sobre lenguas muertas y para qué servían. No me había vuelto a mirar desde entonces.

Me acerqué a su mesa sin muchas ganas.

—Nos ha tocado juntos. Yo también lo siento —dije.

Levantó la cabeza algo ruborizado. Llevaba gafas de pasta y el pelo un poco largo para lo que solía verse en la facultad. Su amigo Lucas soltó una risita por lo bajo.

—¿Quieres que pidamos cambiar? —dijo Rodrigo rascándose la nuca.

—No, da igual. ¿Vienes a mi casa esta tarde? A las seis.

—Vale.

Llegó puntual. Vino en coche. Me encontró en el salón sin haberme cambiado de ropa: unos pantalones de pijama cortos y una camiseta suelta con el cuello bastante abierto. No había pensado en vestirme para la ocasión porque, en mi cabeza, aquello no era ninguna ocasión.

Pusimos música mientras sacábamos los libros. Le pregunté qué le gustaba.

—Rock, sobre todo. Algo de electrónica también —dijo.

—¿En serio?

—¿Tengo pinta de otra cosa?

Resultó que le gustaban los mismos grupos que a mí. Empezamos a trabajar con una lista de rock de fondo y en algún momento dejamos de mirar los libros para hablar de conciertos y discos y cosas que no esperaba que le importaran a ese tipo que se había reído de mí. Al cabo de un rato me di cuenta de que llevaba buen tiempo mirándome el escote. Llevaba un pijama de tirantes con bastante corte en pico y no me había puesto sujetador al llegar a casa. Mis pezones se marcaban contra la tela. No me sentía una chica extraordinaria, pero sí llamativa a mi manera. Y era evidente que llamaba la atención de Rodrigo.

—No lo terminamos hoy —dije—. ¿Mañana a la misma hora?

—Sí, claro.

Antes de irse me dijo, casi de pasada:

—No me habías caído mal nunca. Lo del Latín fue una idiotez para llamar tu atención.

No me lo esperaba. Parpadeé varias veces y miré hacia otro lado.

***

El segundo día terminamos el trabajo en tiempo récord. Me había puesto algo más cómodo aún: una camiseta oversize y unas bragas de tela que se asomaban cuando me levantaba. No fue premeditado del todo, o quizás sí, ya no lo sé.

Cuando me levanté a servirle refresco la camiseta se me subió un momento. Al sentarme lo vi removerse incómodo en el sofá. Me gustaba gustarle. Me ponía muy cachonda saber que lo hacía.

—¿Alguna vez has estado con alguien? —le pregunté sin saber muy bien por qué lo hacía.

—Con alguna chica a distancia, por internet. Nada físico. Ni un beso.

Lo miré. Tenía diecinueve años y nunca había besado a nadie. No sentí lástima. Sentí otra cosa completamente distinta: el deseo muy claro de ser la primera en darle algo real.

—¿Me dejas solucionar eso?

Se quedó paralizado en el sofá.

—¿Me estás pidiendo permiso para besarme?

—¿No quieres?

—Elena —dijo con la voz casi rota—, me dejarías hacer lo que quisieras.

Me acerqué despacio. Le puse la mano en la cara, noté que le temblaba la mandíbula, y lo besé. Abrió la boca enseguida, caliente, algo torpe al principio. Le metí la lengua sin avisar y le enseñé a moverla contra la mía. Aprendía rápido. Me senté encima de él a horcajadas y me apreté contra su regazo. Noté perfectamente su polla dura contra mi coño a través de la tela fina del pijama. Empujé las caderas y le froté encima, arriba y abajo, sintiendo cómo el bulto crecía cada vez más. Se le escapó un jadeo que trató de tragarse. Sus manos encontraron mi culo casi por instinto, se metieron por debajo de las bragas y lo apretaron con una intensidad que me sorprendió para alguien tan inexperto.

Fue el beso más caliente que yo había tenido hasta ese momento de mi vida.

Le saqué la camiseta y le pasé las uñas por el pecho. Él intentó desabrocharme el sujetador por dentro de la mía con dedos nerviosos. Le ayudé. Cuando lo vio se quedó un segundo quieto, mirándome como si fuera lo primero real que veía.

—Joder —dijo en voz baja—. Son perfectas.

—¿Puedo? —señaló con los ojos lo que ya estaba mirando.

—Ven aquí —le dije, y le agarré la cabeza para acercárselo a las tetas.

Lo hizo despacio. Besó primero el lateral del pecho, luego subió hasta el pezón y lo tomó en la boca con una paciencia que no esperaba de alguien tan sin experiencia. Chupaba con hambre, lamía, lo dejaba entre los dientes y volvía a chuparlo. Con la otra mano estimulaba el otro pezón, tirando y girando suavemente. Yo me movía encima de él, meciéndome contra su polla dura sin poder parar. La tela del vaquero me raspaba el clítoris a través de las bragas y sentía que me estaba mojando tanto que iba a dejarle una mancha en el pantalón.

—Chúpalas más fuerte —jadeé—. Como si me quisieras hacer daño.

Obedeció. Me mordió el pezón y tiró suavemente hacia atrás con los dientes. Se me escapó un grito. Le agarré la mano y me la metí por dentro de las bragas sin darle tiempo a pensar. Cuando sus dedos rozaron mi coño empapado se estremeció como si le hubiera pasado la corriente.

—Estás mojadísima —susurró contra mi teta.

—Es porque me estás poniendo cachonda como una perra. Sigue.

Le guie el índice hasta el clítoris y le enseñé a dar vueltas despacio. Aprendía. Metió dos dedos dentro y los curvó como por instinto, y yo cabalgué su mano mientras seguía frotándole el bulto de la verga con la cadera. Me estaba temblando el cuerpo entero. Le agarré la nuca y le empujé la cara contra las tetas otra vez.

—Como no pares voy a querer que me folles —le dije entrecortada.

—Me encantaría hacerlo —dijo, y la voz le temblaba de quererlo—. Me encantaría metértela ahora mismo hasta el fondo.

Entonces se oyeron las llaves en la cerradura.

Me bajé de encima de él en medio segundo. Corrí al baño, agarré los primeros pantalones que encontré colgados de la percha. Cuando volví al salón, Rodrigo tenía un cojín en el regazo y el portátil abierto encima. Mi padre entró canturreando.

—¿Estudiando, chicos?

—Sí, papá. Hola.

—Hola —dijo Rodrigo con una voz perfectamente tranquila que me impresionó bastante.

***

Al día siguiente entregamos el trabajo con buena nota. En el polideportivo del campus, Rodrigo se puso a correr justo detrás de mí durante toda la vuelta a la pista. Al terminar se acercó y me dijo casi al oído:

—He estado toda la clase mirando cómo te rebota el culo. Estás buenísima.

Esa tarde no me escribió. Ni esa noche, ni al día siguiente, ni ese fin de semana.

El lunes supe por qué. El padre de Rodrigo había tenido un accidente. Murió. Su madre, que estaba en trámites de separación, decidió volver a su ciudad natal con los chicos. Rodrigo se fue sin cargador de móvil, sin despedirse, sin poder avisarme de nada.

—Lo siento mucho, no sé cuándo volvemos —me escribió una semana después—. Me encantaría estar ahí y quedar contigo.

—Lo siento yo. Espero verte pronto —contesté.

Pero eso no ocurrió. Llegaron los finales, el verano, septiembre. Empecé el nuevo curso cargando con la sensación de que me había quedado con algo a medias que nunca podría terminar.

***

Los años siguientes tuve sexo con bastante gente. Chicos, chicas. Sin compromiso, sin mucha historia. Pero cuando alguien me besaba el pecho pensaba en cómo lo hizo él. Cuando entraban dentro de mí me preguntaba cómo habría sido con Rodrigo.

Era mi deuda pendiente. Pequeña, ridícula, enorme según el día.

Envidiaba fantasmas que no conocía. Sentía celos imaginarios de cualquier mujer que pudiera haberle tocado durante todos esos años.

***

2026

Damián y yo llevábamos cuatro años juntos cuando nos comprometimos. Lo conocí en su propio club, un local de las afueras donde la gente iba a escuchar rock clásico, beber bien y, si quería, hacer algo más. La primera noche que fui con unos amigos a cotillear, terminé en una de las habitaciones privadas con él. Era el dueño del local. Eso lo decía todo sobre su carácter.

Nuestra relación no era muy convencional. A Damián le gustaban los intercambios, las fantasías compartidas. Yo lo toleraba, con más o menos ganas según el momento. Nos queríamos, nos cuidábamos. Era suficiente para mí.

La noche de Año Nuevo organizamos una fiesta en el club. Cené con mi familia y llegué cuando la gente ya empezaba a entrar. Me puse un corsé de top que me subía el pecho y una falda vaquera muy corta. Damián me miró desde detrás de la barra.

—Quieres que te devoren con la mirada.

—Quizás —dije alargando la palabra.

Me quedé con Carmen, la camarera, preparando los primeros cócteles mientras Damián hacía las veces de portero. Entró bastante gente. Saludé a conocidos, serví combinados, intercambié palabras con desconocidos. Una rubia muy elegante, con un vestido demasiado formal para ese local y tacones que la hacían parecer altísima, me pidió un vodka corto con hielo y un cubata para su pareja.

Busqué con la vista a esa pareja.

Estaba de espaldas a la barra, mirando el espacio. Alto, casi un metro noventa. Espalda ancha pero proporcionada, ahí había genética además de trabajo. Pelo oscuro largo recogido en un moño con una goma negra. Barba abundante. Cuando se giró, sus ojos encontraron los míos antes de que yo pudiera prepararme para ese momento.

Las gafas eran distintas. La cara era la de un hombre. Pero eran sus ojos. Era Rodrigo.

Me miró y los suyos se abrieron del mismo modo que los míos. Había cambiado completamente, claro que había cambiado. Tendría unos treinta años, era grande, guapo de una manera que a los diecinueve no se le intuía del todo. Yo tampoco era la misma: me sentía bien en mi cuerpo, más segura, más yo. Se notaba en cómo me recorrió de arriba abajo con la vista. Yo lo recorrí de la misma manera, sin disimulo.

Le dije a Carmen que me encargaba yo de esa pareja.

—Hola. ¿Quién es el vodka y quién el cubata?

—El vodka es mío, soy la que manda en esta relación —dijo la rubia con una sonrisa.

—¿Tan grande y tú mandas?

—Muy grande, pero yo domino —siguió el juego.

Rodrigo no había dicho nada en todo ese rato. Me miraba como si no terminara de creerse que estuviera allí de verdad. Damián entró detrás de la barra y se acercó al grupo.

—Cariño, ya veo que habéis conocido a mi novia.

—Soy Valeria —dijo la rubia—. Tu novio me vendió las entradas por Instagram. Encantada de conocerte. Este es Rodrigo.

—Elena —dije, mirando solo a él—. Encantada.

***

Fui al almacén con una excusa y Damián me siguió.

—Te ha gustado el tipo —dijo.

—Lo conozco. De antes. De mucho antes.

Damián me conocía bien. Entendió lo que no le estaba diciendo.

—¿Quieres? —preguntó.

—Sí.

—Ellos vienen con esa intención. Los tenía en mente para esta noche. He visto cómo te mira él. No creo que haya problema.

—Quiero las habitaciones aquí. No en casa.

Al final de la noche, Damián los invitó a quedarse. Valeria no necesitó que se lo dijeran dos veces. Rodrigo me buscó con la mirada. Yo no aparté la mía.

Empezamos los cuatro en la habitación uno. Valeria y Damián encontraron su propio ritmo enseguida. Rodrigo me desató el corsé con una calma que no correspondía a la situación. Sin prisa. Como si llevara años esperando hacer exactamente eso y ahora que podía, no pensaba apresurarse.

—No me puedo creer que estés aquí —me dijo al oído.

—Estoy aquí —dije.

Cuando Damián sugirió continuar todos juntos, saqué las llaves de la habitación dos del bolso y se las puse en la mano a Rodrigo. Lo miré. Él me miró. Entendió sin que yo dijera nada más.

***

Cerré la puerta detrás de nosotros y me besó contra la pared antes de que encendiera la luz. Lo besé con más de diez años de hambre acumulada. Sabía a alcohol, a algo dulce, a algo que reconocí sin haberlo probado nunca. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca y me apretó las tetas por encima del corsé buscando la piel. Le desabroché los pantalones y le metí la mano dentro de los calzoncillos sin preámbulos. Se me escapó un jadeo al sentirla. Era grande, gorda, ya dura del todo. Le pasé el puño de arriba abajo, apretando, y le froté con el pulgar la punta ya mojada.

—Joder, Elena —dijo apretando los dientes—. Llevo once años imaginándome esto.

—Cállate y fóllame ya.

Me levantó cogiéndome por los muslos y me tiró sobre la cama. Me arrancó las bragas de un tirón y me abrió las piernas de par en par.

Empezó por abajo. Lamió desde la rodilla hasta el interior del muslo, retiró la ropa interior con los dientes y pasó la lengua por todo lo que había esperado tanto. No tenía ninguna prisa. Saboreaba, succionaba, exploraba. Me separó los labios del coño con los pulgares y me clavó la lengua dentro, girándola despacio. Después subió al clítoris y lo chupó como si fuera lo único que le importara en el mundo. Me metió dos dedos y los curvó buscando un punto por dentro. Lo encontró a la primera.

—Ahí, joder, no pares —le supliqué—. Ahí mismo.

Chupaba, lamía, follaba con los dedos, todo al mismo tiempo. Le agarré del pelo y le apreté la cara contra el coño. Me aferré a las sábanas con la otra mano y me contuve todo lo que pude antes de correrme la primera vez con un gemido que no pude evitar. Sentí cómo se me contraía el coño alrededor de sus dedos mientras él seguía chupándome sin soltarme, tragándose todo lo que le solté encima.

—¿Ya? —dijo, y vi perfectamente su sonrisa en la penumbra, con la boca brillante de mí.

—Sube —dije—. Ya.

Se puso de rodillas entre mis piernas y le vi por fin la polla entera. Larga, gorda, con las venas marcadas y la punta empapada por las ganas que le tenía. La sostuvo en la mano y se la pasó por mis labios abiertos, mojándose con mi corrida.

—Metémela ya —dije—. Toda.

Me monté encima de él cuando se tumbó. Le agarré la verga y me la coloqué en la entrada. Bajé despacio y lo noté entrar poco a poco, grande, llenándome entera. Cuando quedó dentro del todo tuve que quedarme quieta un momento porque no me cabía más. Rodrigo tenía los ojos entrecerrados y la boca entreabierta.

—Estás apretadísima —dijo—. Me voy a correr en dos minutos si no me voy con cuidado.

—Aguanta —le dije—. Vas a durar todo lo que yo quiera que dures.

Empecé a moverme despacio, sacándosela casi entera y volviendo a bajar hasta el fondo. Lo besé mientras me movía. Sus manos en mis caderas, guiando sin forzar. Puse mi pecho en su cara, lo dejé hacer lo que quiso, y pensé en aquella tarde de hacía más de diez años, en cómo me miró cuando me quitó el sujetador por primera vez. Ahora me chupaba las tetas como un hombre, no como el chico de entonces. Sabía exactamente qué hacer, cuándo apretar el pezón entre los dientes y cuándo lamerlo entero.

—¿Sabes cuántas veces pensé en esto? —me preguntó entre jadeos.

—Dímelo.

—La primera vez que estuve con alguien lo hice con los ojos cerrados imaginando que eras tú. Me la meneé pensando en ti durante años, Elena. Con tu cara, con tus tetas, con esta boca.

—Pues ahora ni se te ocurra cerrarlos.

Me incorporé para que me viera entera. Me miré las tetas rebotando encima de él, la polla entrando y saliendo de mi coño empapado. Me miró como si fuera lo único que existía en esa habitación. Aceleré el ritmo, apoyándome con las manos en su pecho y rebotando encima de él con todas mis ganas. Me llevé la mano al clítoris y me lo froté sin dejar de mirarlo. Llegué dos veces más, una detrás de la otra, gritándole que no parara, que me la clavara más fuerte. Antes de que él aguantara.

—No puedo más —dijo—. Elena, en serio, me voy a correr.

—Espera. Todavía no.

Me bajé y me puse a cuatro patas en el borde de la cama y miré hacia atrás. Le enseñé el culo levantado y me abrí el coño con los dedos para que viera dónde tenía que metérsela.

—Esta era la otra fantasía que tenía contigo —le dije—. Fóllame por detrás. Como te dé la gana.

Lo que vino después fue bestial. Se colocó detrás de mí y me la metió de una sola embestida hasta el fondo. Me arrancó un gemido que no supe si era de placer o de sorpresa. Me agarró del pelo, se lo enrolló en el puño y tiró suavemente hacia atrás. Empezó a follarme con un ritmo brutal, dando golpes secos que me hacían chocar el culo contra sus caderas. La cama chirriaba, mis tetas rebotaban debajo de mí. Con la otra mano me daba palmadas en el culo hasta dejarme la piel roja y ardiendo.

—Dime que soy yo el que te folla —dijo entre dientes.

—Tú, joder, tú. Rodrigo, no pares.

—Once años, Elena. Once putos años queriendo hacerte esto.

Se corrió dentro con las manos clavadas en mis caderas, jadeando, sin dejar de moverse hasta el final. Sentí cómo se vaciaba entero contra el fondo, cómo su verga latía dentro descargando chorro tras chorro. Me quedé sin fuerzas encima de la colcha, con el semen escurriéndose despacio por dentro de los muslos.

Nos tumbamos boca arriba, desnudos, sin decir nada durante varios minutos. Puse la cabeza en su pecho y noté cómo le latía el corazón todavía acelerado.

—No quiero que desaparezcas otra vez —dije.

—No voy a ningún sitio —contestó, y me dio un beso largo en la sien.

***

De vuelta en el salón del club, los cuatro tomamos una copa en los sofás. Hablaron de conciertos, de música, de cosas intrascendentes. Valeria intentó sacarme conversación sobre la decoración del local. Intercambiamos números de teléfono con la excusa de repetir en otra ocasión.

Esa noche, antes de dormir, me llegó un mensaje de un número desconocido.

Soy Rodrigo. Me he llevado sin querer las llaves de la habitación. ¿Paso mañana a devolvértelas?

Damián tenía pádel al día siguiente por la tarde. A las cuatro.

Sí, escribí. A las cinco.

***

Llegó puntual. Viejas costumbres.

Yo le había metido las llaves en el bolsillo adrede y los dos lo sabíamos. Dejó el abrigo en el perchero y hablamos diez minutos sobre nada, sentados en el sofá. Después lo besé, porque no podía seguir sin hacerlo, y el sexo fue tan bueno como la noche anterior pero diferente. Sin público, sin teatro, sin el ruido de la fiesta al otro lado de la pared. Solo nosotros dos y once años de deuda acumulada.

Le quité la camiseta y le desabroché el vaquero con las manos ya temblonas. Me arrodillé entre sus piernas en el sofá y le saqué la polla. La tenía dura antes de que la tocara. Me la metí en la boca despacio, lamiéndole primero la punta, dando vueltas con la lengua alrededor del glande, bajando por el tronco entero y volviendo a subir. Le agarré los cojones con la otra mano y se los apreté suavemente mientras chupaba. Rodrigo echó la cabeza hacia atrás y soltó un jadeo largo.

—Joder, mamas de puta madre —dijo.

Le miré desde abajo mientras me la metía hasta el fondo. Se la saqué entera para lamerle desde los cojones hasta la punta con un solo trazo de la lengua. Volví a metérmela y aceleré. La saliva me caía por la comisura hasta el pecho. Él me agarraba del pelo sin obligarme, marcándome el ritmo.

—Levántame —le dije al soltarla un segundo—. Te necesito dentro.

Me subió encima de él en el sofá. Me quitó el vestido por encima de la cabeza. No llevaba sujetador. Me chupó las tetas mientras me colocaba encima. Cabalgué encima de él en el sofá, de espaldas, mientras me mordía el cuello por encima del hombro y gemía contra mi piel. Me apretó los pechos con las dos manos y me buscó el clítoris con los dedos mientras yo subía y bajaba. Abrí las piernas todo lo que pude, apoyándome con los pies en el sofá, para que me llegara hasta el fondo con cada bajada.

—Así, así, no pares —le dije—. Métemela toda.

Me la clavaba desde abajo dando embestidas secas que me sacaban el aire. Me corrí encima de él con un temblor que me subió desde los pies hasta la nuca. Me dejé caer contra su pecho jadeando.

Se levantó conmigo todavía encajada y me llevó al suelo sin sacármela. Después en el suelo, cara a cara, mirándonos sin apartar los ojos. Me abrió las piernas y me las apoyó sobre sus hombros, doblándome casi por la mitad. Me la volvió a meter y empezó a follarme con embestidas hondas, mirándome fijamente todo el tiempo.

—Mira lo que llevo once años queriendo hacerte —me dijo.

—Fóllame más fuerte y calla.

Se dejó caer sobre mí y me besó la boca al mismo tiempo que me embestía. Sentía su verga entrando y saliendo, chocando contra un punto por dentro que me arrancaba gemidos que no podía controlar. Le arañé la espalda hasta dejarle marcas rojas de las que le duran una semana.

Al final me tumbé boca arriba con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, dejando que colgara hacia abajo.

—Fóllame la boca —le dije—. Como si no me tuvieras que ver la cara.

Se puso de pie ante mí y me pasó la punta por los labios. Abrí la boca y saqué la lengua. Me la metió despacio primero, dejándome acostumbrarme, y después empezó a empujar más adentro. Lo hice hasta el fondo de la garganta, sin apartar las manos de mi propio cuerpo. Me metí dos dedos en el coño y me toqué el clítoris con el pulgar mientras él me follaba la cara. Le agarré los cojones con la otra mano y tiré suavemente.

—Voy a correrme en tu boca —dijo con la voz rota.

Le clavé las uñas en el muslo para que no se apartara. Se corrió allí, chorro tras chorro contra el paladar, y yo llegué al mismo tiempo, sobre mis propios dedos. Tragué todo lo que pude y dejé que el resto me resbalara por la comisura hasta el cuello.

Nos despedimos en la puerta con un beso suave, sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

—Dame una excusa para volver —dijo.

—Ya se me ocurrirá algo —contesté.

***

Esa semana le conté a Damián quién era Rodrigo. No todo, pero sí lo suficiente. Le dije que había sido una cuenta pendiente desde los diecinueve años, una de esas cosas que no cierran solas y que pesan más de lo que uno querría admitir. Que no podía tratarlo como a un desconocido que estaba bueno y adiós.

Damián me escuchó. A él también le gustaba Valeria, mucho más de lo que había dejado ver esa noche. Le encajaba perfectamente.

Llegamos a un acuerdo: una vez al mes, con las llaves de las habitaciones. El resto del tiempo, una pareja normal como cualquier otra.

No sé si fue lo correcto. Sé que es lo que pasó. Y sé que, por primera vez en muchos años, me dormí sin pensar en lo que me había quedado a deber.

La deuda estaba saldada. Aunque cada vez que lo veía me daba la impresión de que acababa de empezar.

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Comentarios(9)

DiegoBsAs

tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio

PatriciaOK

por favor seguila, quede con ganas de saber que paso con Rodrigo despues. muy buena historia

Camilita_92

genial!!! me encanto como lo contaste

lector_nocturno

muy bueno, me tuvo enganchado hasta el final sin darme cuenta

MariaFuentes_

me recordo a algo parecido que me paso en el secundario jaja. muy bien contado todo, se siente autentico

Garfield1997

es real esto? suena demasiado autentico para ser pura ficcion jaja. de todas formas buenisimo, sigue escribiendo

RosaARG

Uf, que relato. Se siente tan real y tan cercano... esas cosas que uno no olvida nunca aunque quiera. Esperando la continuacion si es que la hay!

NocturnoMX

la espera de diez años tiene algo muy cinematografico. excelente trabajo

CarlitosG

muy bueno!!! seguí publicando que tenés mucho talento

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