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Relatos Ardientes

Lo que Sofía me confesó esa tarde en la facultad

Dudé bastante antes de escribir esto. No es la historia más fácil de contar, y durante mucho tiempo pensé que no era mi lugar hacerlo porque no era mi historia sino la de ella. Pero Sofía me dio permiso hace poco, después de años, porque cree que puede ayudar a alguien que esté en una situación parecida. Así que acá va.

Sofía siempre fue una de esas personas que llamaban la atención sin buscarlo. Tenía la cara perfectamente simétrica, unos ojos oscuros con algo inteligente adentro, y una manera de reírse que hacía que todo el mundo se girara a mirarla. Pero en sus primeros años de facultad pesaba bastante y eso la hacía sentirse invisible. Se miraba en el espejo y no veía lo que veíamos las demás: veía una chica que no encajaba, que no era deseable, que tenía que conformarse con lo que le ofrecieran. Por eso cuando Marcos le prestó atención, ella lo recibió como si fuera agua después de una sequía larga.

Marcos tenía veintisiete años cuando empezó a salir con Sofía, que tenía diecinueve. Ya de entrada esa diferencia me generaba incomodidad, aunque en ese entonces ninguna de nosotras sabía exactamente cómo articularla. Lo que sí notábamos era que Marcos nunca aparecía en fotos con ella, nunca la llevaba a lugares donde pudieran verlos juntos, y que cuando hablaba de él Sofía siempre terminaba la frase con alguna disculpa que él nunca había pedido: «es que él es muy reservado», «es que no le gustan los líos», «es que se siente raro rodeado de gente tan joven».

Para Sofía, todo eso era tolerable porque él la deseaba. Y en ese momento de su vida, ser deseada valía más que cualquier otra cosa.

***

Un lunes de agosto, Sofía no apareció en la facultad. Tampoco el martes. El miércoles, una de las chicas del grupo recibió un mensaje suyo diciendo que tenía una gripe fuerte y que en unos días volvía. El mensaje era raro: demasiado escueto para alguien que normalmente escribía en párrafos, que mandaba audios largos, que nunca usaba un solo renglón para decir lo que podía decir en cinco. Yo no dije nada, pero algo me apretó el estómago de una manera que no me gustó.

El jueves apareció.

Entró al aula caminando despacio, con una rigidez en el cuerpo que no era la de siempre. Se sentó cerca de mí y en el momento exacto en que apoyó el cuerpo en la silla, la cara se le desencajó. No fue un gesto exagerado. Fue esa fracción de segundo en que alguien recibe un dolor que no anticipaba y trata de esconderlo de inmediato. La piel se le puso más pálida y volvió a mirar al frente como si no hubiera pasado nada.

Pero yo lo había visto.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.

—Estoy bien —respondió sin girar la cabeza.

La voz plana, de la que se usa cuando se quiere cerrar una conversación antes de que empiece.

No insistí en ese momento. Esperé el recreo.

***

Entre clases la encontré junto a los casilleros del pasillo de atrás y la saqué del brazo hacia el fondo, lejos del ruido del patio.

—Sofía. Decime la verdad.

Ella miró hacia los costados un segundo, calculando.

—Tuve un problema con Marcos —dijo al final, muy despacio—. Pero por favor no le cuentes a nadie.

No le pregunté nada más en ese momento. Le dije que en la hora libre nos escapábamos al aula magna y hablábamos.

Esa tarde faltamos las dos a la siguiente clase. No fue la primera vez ni la última: el docente pasaba lista al principio y después nosotras desaparecíamos sin que nadie dijera nada. El aula magna de la planta baja era un lugar enorme y frío donde nunca había nadie a esa hora. Nos sentamos en las butacas del fondo. Sofía lo hizo con mucho cuidado, apoyando el peso muy despacio, y volvió a hacer esa mueca que yo ya reconocía.

—Ahora contame —dije.

Sofía respiró hondo. Y empezó.

***

—El viernes a la noche Marcos me escribió diciéndome que quería verme. Que quería que me quedara a dormir con él, que me había extrañado. Llevaba días diciéndome esas cosas y yo estaba muy ilusionada. Me puse la mejor ropa interior que tenía, un conjunto negro de encaje que había comprado especialmente para él, con la bombacha tan chiquita que casi no tapaba nada.

Hizo una pausa. Miró al piso.

—El problema es que me citó después de medianoche. Mis viejos son bastante estrictos con los horarios, así que les inventé que me quedaba a dormir en la casa de una amiga. Salí temprano con una mochila pequeña y me quedé dando vueltas por el barrio hasta la hora. Me senté un rato en la plaza, caminé, miré el celular. Estaba muy feliz. Tenía muchas ganas de verlo, ¿entendés? Ya estaba mojada de solo pensar en lo que iba a pasar.

—Llegué a su departamento casi a la una de la madrugada. Apenas abrió la puerta me besó y me llevó directamente al cuarto. Sin cenar, sin hablar, directo. A mí no me importó en ese momento. Me sentí muy deseada. Me sacó la ropa rápido, me arrancó el corpiño y se quedó mirándome las tetas un rato largo antes de tirarme sobre la cama. Me abrió las piernas, me pasó dos dedos por el coño y me dijo al oído que estaba empapada, que era una guarra, y a mí esas palabras me prendían fuego. Me metió los dedos adentro y los movió despacio mientras me chupaba los pezones. Yo me retorcía. Después me pidió algo que sé que a él le gusta mucho.

Sofía tragó saliva.

—Me pidió que se la chupara. Yo bajé y le saqué la verga del pantalón. La tenía dura, gruesa, con la punta ya mojada. Me la metí entera en la boca, lo más adentro que podía. Él me agarró de la nuca y empezó a empujarme la cabeza para que se la mamara más profundo. Yo tenía arcadas pero seguía. Le chupaba los huevos, le pasaba la lengua por toda la verga, le miraba a los ojos mientras se la tragaba porque sabía que eso lo volvía loco. A mí no me gusta tanto, la verdad, pero cuando lo hago me siento especial, ¿entendés? Me siento como si le importara de verdad. Como si por diez minutos yo fuera la única cosa que existía para él.

Entendía, aunque no quería terminar de entenderlo.

—Después me tiró para arriba de él y me puso encima. Yo me la metí despacio, sentí cómo se me iba abriendo, y empecé a moverme. Me gusta esa posición porque puedo controlar el ritmo, porque le veo la cara mientras se lo cojo. Él me agarraba las tetas, me apretaba los pezones fuerte, me decía que era su putita, que la tenía divina. Yo iba cada vez más rápido, subiendo y bajando encima de él, con la verga entrándome hasta el fondo. Me acuerdo que me acabé una vez así, apretándole la verga adentro, temblando entera arriba de él.

—Pero en un momento me dio vuelta y me puso en cuatro. Me dijo que así es como más le gusta, que así puede llegar al final. Me agarró fuerte de las caderas y comenzó a moverse. Al principio no fue nada raro. Me metía la verga hasta el fondo y me daba palmadas en el culo. Yo estaba muy caliente, tenía la cara apretada contra la almohada y el culo bien parado para él. Le decía que me cogiera más fuerte. Y él me cogía más fuerte. Escuchaba cómo mis nalgas chocaban contra sus caderas, el ruido húmedo de la verga entrando y saliendo del coño.

Sofía respiró hondo antes de seguir.

—Pero después empezó a empujar con más fuerza, como enojado con algo que yo no entendía. Me apretaba las caderas con los dedos hasta hacerme doler. Me escupió en el culo. Yo pensé que era parte del juego, que le gustaba verme sucia. Y en un momento sacó todo y volvió a entrar de golpe, pero no por donde tenía que entrar.

Sofía paró. Apretó los labios.

—Fue seco. Sin aviso. Sin preparación, sin nada. Sentí como si me partiera al medio. El dolor fue tan fuerte y tan repentino que grité, un grito de verdad, no de esos que a veces una hace en la cama. Intenté apartarme, quise arrastrarme hacia adelante para sacármela, pero él me tenía agarrada de las caderas y me clavó ahí. Me dio dos o tres embestidas más, con toda la verga metida en el culo, y yo llorando con la cara aplastada contra el colchón. Cuando por fin la sacó yo me hice una pelota en la cama, temblando, sin poder parar de llorar.

Yo no dije nada. La miré y esperé.

—Él empezó a pedirme disculpas enseguida. Me abrazó por atrás y me repetía que había sido sin querer, que se le había resbalado, que fue un accidente, que lo perdonara. Yo no podía parar de llorar. Después prendió la luz y vimos que había sangre en las sábanas, un manchón oscuro y también un poco en la verga de él. Me desesperé completamente. Le pedí que me llevara a la guardia y me dijo que no podía, que era tarde y que sus viejos se iban a enterar si sacaba el auto. Me preparó un baño, me ayudó a entrar, me hizo un té cuando salí. Con eso me calmé un poco, pero el dolor no desapareció. Me quedé toda la noche despierta a su lado, doblada, sintiendo cómo me ardía por dentro cada vez que respiraba.

***

A la mañana siguiente Sofía volvió a su casa y les dijo a sus papás que se sentía mal del estómago, que se quedaba en cama. Cuando fue al baño le dolió mucho y volvió a ver sangre. Se asustó más.

Cuando sus papás salieron a trabajar, se fue sola a la guardia del hospital más cercano.

—Me tocó una médica. Me preguntó con mucha calma si alguien me había agredido. Yo le dije que no, que mi novio había cometido un error. Ella llamó a un especialista que me revisó y me explicó que tenía una fisura. Que iba a tardar algunas semanas en sanar. Me dieron una crema y me mandaron a casa con reposo.

Sofía terminó de hablar y se quedó mirando las manos un momento largo.

Yo tampoco dije nada de inmediato. No porque no tuviera cosas que decir, sino porque entendí que cualquier cosa que dijera iba a sonar a demasiado o a muy poco. Lo que ella necesitaba no eran palabras mías: era que alguien la hubiera escuchado sin juzgar nada.

La abracé. Ella se dejó abrazar y no lloró, que quizás era lo más triste de todo.

***

Sofía tardó casi un mes en recuperarse físicamente. Durante ese tiempo siguió saliendo con Marcos. Me lo dijo con una calma que me dolió más que si hubiera estado llorando. Le pregunté si habían hablado sobre lo que había pasado y me dijo que sí, que él había prometido que no iba a repetirse, que había sido un error.

Un error.

Yo no dije nada. Tenía diecinueve años y no tenía las palabras para explicarle que un hombre de veintisiete no le mete la verga en el culo a una piba sin saber exactamente lo que está haciendo. Que «se me resbaló» no existe, que una polla no se pierde de agujero por accidente. Que «fue sin querer» no existe cuando el cuerpo de la otra persona está llorando y tratando de alejarse. Que el problema no era ese momento específico sino todo lo que lo rodeaba: los años de diferencia, la invisibilidad que él le imponía, el deseo ofrecido como si fuera un privilegio que ella debía agradecer.

Esas palabras las aprendí después. Años después.

***

Sofía siguió con Marcos casi dos años más. No volvieron a intentar sexo anal, que ella me lo mencionó con alivio como si eso fuera un indicador de que las cosas habían mejorado. Eventualmente la relación terminó, no de manera dramática sino de ese modo lento y silencioso en que se terminan las cosas que nunca deberían haber empezado.

Hoy Sofía tiene veintinueve años y una vida sexual que ella misma describe como «finalmente mía». Me lo contó hace unos meses, tomando café un martes sin ningún motivo especial, riéndose de cosas que antes la habrían dejado en silencio.

Me dijo que eventualmente, con otra persona y de otra manera, le había agarrado el gusto al sexo anal. Que el pibe con el que estaba ahora una noche le había preguntado, mirándola a los ojos, si le gustaría probar de nuevo. Que le había puesto lubricante despacio, que había empezado con un dedo, después con dos, mientras le comía el coño hasta hacerla acabar dos veces. Que cuando por fin se la metió, la metió tan despacio que Sofía casi ni se dio cuenta, y que le preguntaba a cada centímetro si estaba bien, si quería que parara, si quería más. Que la primera vez que se acabó con la verga metida en el culo lloró de alivio, no de dolor.

—Eso es lo que quiero que cuentes —me dijo—. No solo la parte del dolor. La parte del después también. Que hay un después. Que se puede volver a disfrutar. Que el mismo acto que una vez me rompió, hecho por alguien que me respeta, ahora me hace acabar como una loca.

Que el deseo no tiene que doler para ser real. Que el cuerpo le pertenece a quien lo habita, y que nadie tiene derecho a tomarlo como si fuera propio.

Yo le dije que sí. Que lo iba a contar.

Acá está.

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Comentarios(8)

Marito_lector

excelente!! me engancho desde el primer parrafo

TaniaMar

Por favor que haya segunda parte, dejo demasiadas cosas sin resolver. Muy bueno!

CorvoBaires

No esperaba tanto suspenso en la categoria confesiones, grata sorpresa

Fede_86

Me recuerdo de una situacion parecida en el colegio, esas confesiones que uno no espera y te cambian todo. Muy bien contado

nocheoscura99

breve pero intenso, quiero mas!

ValeriaMQ

Como lograste transmitir tanta tension con tan pocas palabras? Genial el manejo del suspenso

LuisRem

Me quede en blanco al final jaja. Una de las mejores confesiones que lei por aca, muy recomendable

Alberto

Buenisimo, espero ansioso el proximo

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