Todo lo que callábamos en la oficina
Hay personas con las que uno comparte despacho durante años sin saber quiénes son realmente. Con Carmen fue así durante mucho tiempo. Cuatro años sentados a tres metros de distancia, compartiendo fotocopiadora, cafetera y conversaciones de pasillo, sin que ninguno de los dos supiera lo que el otro guardaba detrás de esa vida de reuniones y plazos de entrega.
Todo cambió una noche de octubre.
El equipo había salido a cenar para celebrar un contrato nuevo. Un restaurante del centro, dos mesas largas, demasiado vino y esa energía extraña que se genera cuando la gente del trabajo se mezcla con el alcohol fuera del contexto de siempre. A medida que avanzaba la noche, la gente fue marchándose: primero los que tenían hijos pequeños, luego los que madrugan por convicción, después los que simplemente se aburrieron. A la una de la mañana, Carmen y yo éramos los únicos que quedábamos en la mesa.
—¿Otro? —preguntó ella, señalando la botella a medias.
—Por qué no.
Esa noche Carmen llevaba el pelo suelto, algo que casi nunca hacía en la oficina. Tenía cuarenta y dos años, aunque yo no lo supe hasta mucho después, cuando me lo dijo ella misma con una mezcla de orgullo y desafío que le era muy característica. Alta, de espalda ancha, con unas tetas grandes que la blusa apenas contenía y una forma de mirarte que hacía sentir que te leía el pensamiento sin esfuerzo aparente.
—¿Cuánto tiempo llevas sin follar con alguien? —me preguntó de repente.
Fue tan directo que casi escupí el vino.
—¿Eso es una pregunta de trabajo? —respondí.
—No. —Sonrió sin apartar los ojos de los míos—. Es una pregunta de dos personas solas en un bar a la una de la mañana.
Le conté que llevaba casi un año. Mi separación había sido larga y agotadora, uno de esos finales en los que nadie tiene razón del todo pero los dos acaban con cicatrices que tardan en cerrarse. Nos habíamos querido bien durante mucho tiempo, pero había cosas que dentro de ese matrimonio nunca encontré. Al final, el peso de lo que no se decía fue más grande que el de lo que sí se decía.
Cuando terminé de hablar, Carmen asintió con una expresión que reconocí al instante: la de alguien que sabe exactamente de qué estás hablando porque ha estado en el mismo sitio.
—Yo tardé dos años en salir del agujero —dijo—. Después del divorcio. Mi hija tenía nueve años y yo me había convertido en una sombra de mí misma. —Giró el vaso entre los dedos—. Pero salí.
Lo dijo como se dice que uno sobrevivió a un accidente: con la calma específica de quien ya no tiene miedo de ese recuerdo porque lo ha mirado de frente demasiadas veces.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora follo con quien quiero —respondió—. Sin pedir permiso a nadie.
Esa frase se quedó suspendida entre los dos.
La noche terminó en la puerta del bar, con un abrazo que duró un segundo más de lo normal y la sensación inequívoca de que algo había cambiado, aunque ninguno de los dos supiera todavía exactamente qué.
***
Las semanas siguientes fueron extrañas de una manera agradable. En la oficina, todo seguía igual en la superficie: reuniones, informes, el café de las diez, las quejas habituales por el mal funcionamiento de la impresora. Pero a veces, cuando nos cruzábamos en el pasillo, Carmen me miraba con esa sonrisa lateral que me hacía pensar en la conversación del bar y en todo lo que se había dicho y, sobre todo, en lo que no se había dicho todavía.
Un viernes por la tarde, después de que el resto del equipo se marchara, se acercó a mi mesa y dejó caer un papel doblado sobre el teclado.
—Léelo cuando estés solo —dijo, y se fue sin esperar respuesta.
Era una lista. Diez cosas escritas a mano con letra apretada y sin tachones, como si las hubiera sabido de memoria antes de empezar. No era una lista de tareas de trabajo. Era una lista de cosas que le gustaba hacer en la cama, cosas que había hecho y cosas que quería hacer. Mamársela a un desconocido en un baño. Que la follaran dos hombres a la vez, uno por delante y otro por detrás. Comerle el coño a una mujer hasta hacerla correrse tres veces seguidas. Que le dieran por el culo despacio, con lubricante y paciencia. Correrse encima de la cara de alguien que se lo estuviera pidiendo.
La leí tres veces.
Había cosas que reconocí porque yo también las había hecho en distintas versiones. Otras me sorprendieron menos por su contenido que por la claridad con la que ella las escribía, sin disculpas ni rodeos. Había algo en esa lista que era más íntimo que cualquier conversación que hubiéramos tenido hasta entonces, más revelador que cualquier sincericidio de barra de bar. Se me puso la polla dura solo de imaginarla escribiéndola, con esa letra apretada y sin tachones, como quien redacta un contrato.
Esa noche escribí la mía.
El lunes por la mañana se la dejé en su escritorio antes de que llegara nadie.
—¿Ya la leíste? —le pregunté a mediodía, en la cocina, mientras esperábamos que el microondas terminara.
—Tres veces —dijo. La forma en que lo dijo me confirmó que éramos, en el fondo, la misma clase de persona: alguien que guarda mucho y cuenta poco, hasta que encuentra a quien le merece la pena contárselo.
***
A partir de ahí, empezamos a hablar en serio. No en la oficina, sino después: cafés que se alargaban, cenas improvisadas, caminatas sin destino concreto que acababan en conversaciones que ninguno de los dos podríamos haber tenido con casi nadie más.
Carmen me contó lo que había pasado después de su divorcio. Los primeros meses de oscuridad total, el esfuerzo de mantener la cabeza fuera del agua mientras cuidaba a una niña pequeña y recomponía una vida desde cero. Y luego, casi sin quererlo, el despertar. Una amiga la arrastró a una reunión que no era exactamente lo que parecía. Era una fiesta privada en una casa de las afueras, con reglas claras y gente que se conocía. Allí conoció a personas que vivían con una honestidad sobre el deseo que ella nunca había visto de cerca: sin vergüenza, sin necesidad de justificarse ante nadie. Esa misma noche, me contó, terminó de rodillas mamándole la polla a un tío al que acababa de conocer mientras una mujer le metía los dedos en el coño por detrás. No fue una conversión dramática. Fue gradual, como cuando se te va aclarando la vista después de haber estado demasiado tiempo en un cuarto sin luz.
—Tardé en entender que podía querer lo que quería sin que eso me hiciera mala persona —dijo—. Que las ganas de follar no necesitan justificación. Que una puede correrse con cosas distintas con personas distintas y no estar rota por eso.
Me habló de noches que no encajaban en ningún esquema convencional. De situaciones que había buscado con los ojos abiertos y de las que salió sabiendo más de sí misma que antes. Me contó una en concreto, en un apartamento alquilado con dos hombres a los que apenas conocía, en la que se pasó horas tirada boca arriba con uno hundido en su coño y el otro follándose su boca, hasta que los dos se corrieron a la vez y ella quedó con la cara y las tetas empapadas de semen, riéndose. Lo contaba sin dramatismo y sin el tono de quien busca impresionar. Solo era lo que había vivido.
Yo le conté lo mío. Que mi matrimonio había sido bueno en muchos sentidos, pero que había cosas que nunca encontré dentro de él. Que de joven había follado con hombres, dos en concreto, que me habían marcado de maneras que durante años no supe bien cómo manejar. Que uno de ellos me había enseñado a mamar una polla como se debe, a tragar sin arcadas, a poner el culo cuando lo pedía. Que guardé eso durante mucho tiempo como si fuera algo que había que corregir en lugar de simplemente ser una parte de quién era.
Carmen me escuchó sin interrumpir, sin cambiar la expresión.
—¿Ahora lo niegas? —preguntó cuando terminé.
—No. Ya no.
—Bien —dijo simplemente, como si fuera la única respuesta posible.
Esa noche, al despedirnos, me di cuenta de que llevaba años sin tener una conversación así de fondo, del tipo que te queda resonando durante días. Y me di cuenta también de que hacía mucho tiempo que no me sentía tan visto por alguien sin tener que explicarme.
***
Hubo una noche, unas semanas después, en la que las cosas entre nosotros tomaron otro cariz. No fue planeado del todo, o al menos eso nos dijimos después. Habíamos quedado a revisar un proyecto que llevábamos juntos y la cena derivó, como suele pasar cuando hay confianza y vino y ganas, hacia terrenos más interesantes.
Volvimos a mi apartamento con la excusa de una copa que los dos sabíamos que no era solo una copa.
Ni siquiera llegamos a servirla. En cuanto cerré la puerta, Carmen me empujó contra la pared del recibidor y me metió la lengua en la boca con una determinación que no dejaba dudas. Besaba como follaba, después lo entendí: con hambre, sin prisa pero sin pausa, mordiendo el labio inferior justo antes de soltarlo. Le agarré el culo por encima de la falda y ella se rió contra mi boca.
—Cuatro años esperando esto —murmuró—. Vamos a hacerlo bien.
Me llevó al sofá sin dejar de besarme y se puso de rodillas entre mis piernas antes de que yo pudiera reaccionar. Me desabrochó el pantalón con esa misma eficiencia con la que redactaba informes, me lo bajó junto con los calzoncillos hasta las rodillas y se quedó mirando la polla que ya la esperaba dura, con una sonrisa que era mitad triunfo y mitad hambre.
—Mírala —dijo—. Toda para mí.
Y se la metió en la boca hasta el fondo, de una sola vez, sin pausas ni preámbulos. La sentí llegar a la garganta, tragar alrededor del glande, sacarla despacio dejando un rastro de saliva que le colgaba de la barbilla y volver a empezar. Carmen mamaba pollas como si le fuera la vida en ello: la lengua envolviendo la corona, la mano acompañando el ritmo en la base, los ojos clavados en los míos cada vez que subía. Cuando le hundí la mano en el pelo y le apreté un poco la cabeza, ella gimió alrededor de mi polla y aceleró el ritmo.
—Así —dijo cuando la soltó un momento, con los labios brillantes—. Fóllame la boca. No tengas miedo.
Y le hice caso. La agarré del pelo con las dos manos y empecé a moverle la cabeza yo, metiéndosela hasta el fondo, escuchando ese sonido húmedo cada vez que chocaba contra su garganta. Ella se dejaba hacer, respirando por la nariz, con los ojos llorosos pero sin apartar la mirada. Cuando sentí que estaba a punto de correrme, la aparté.
—Aún no —dije.
—Menos mal —contestó ella, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano—. Quiero que me la metas.
Se levantó, se sacó la blusa por la cabeza y se soltó el sujetador de un movimiento. Sus tetas cayeron pesadas, grandes, con los pezones ya duros y muy oscuros. Se bajó la falda y las bragas de una vez y se quedó desnuda de pie delante de mí, sin pudor ninguno, con el coño depilado brillando bajo la luz de la lámpara.
—Túmbate —me ordenó.
Me tumbé en el sofá y ella se subió encima, a horcajadas sobre mi cara, con las rodillas a los lados de mi cabeza.
—Cómemelo bien —dijo, y bajó el coño hasta apoyármelo en la boca.
Le pasé la lengua entera de abajo arriba, desde el perineo hasta el clítoris, y la sentí estremecerse. Estaba empapada, con un sabor fuerte y limpio a la vez. Le abrí los labios con los dedos y empecé a chupárselo despacio, dando vueltas alrededor del clítoris, metiéndole la lengua dentro, volviendo a subir. Carmen se movía encima de mi cara sin ninguna vergüenza, agarrada al respaldo del sofá, restregándome el coño contra la boca como si me estuviera follando ella a mí.
—Así, joder, así —jadeaba—. Métemela más. Chúpame el clítoris. No pares.
Le clavé la lengua en el clítoris y le metí dos dedos a la vez, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que hace que a las mujeres se les descontrolen las caderas. Lo encontré enseguida. Carmen soltó un grito ronco, apretó los muslos alrededor de mi cabeza y empezó a correrse con el coño pegado a mi boca, empapándome la barbilla y la garganta, temblando de arriba abajo durante lo que parecieron minutos.
Cuando por fin se apartó, se dejó caer a mi lado con la respiración entrecortada y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Joder —dijo—. Sabía que ibas a comerlo bien, pero no tanto.
—Quiero follarte —le dije.
—Fóllame ya.
La puse a cuatro patas en el sofá y me coloqué detrás. Tenía el culo alzado, la espalda arqueada, el coño abierto y todavía empapado, y por debajo se le veía el ojo del culo apretado y rosa. Le pasé la polla por toda la raja, restregándola, y ella empujó las caderas hacia atrás.
—Métemela ya, no juegues.
Se la metí de una embestida, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez. Estaba caliente y apretada, y me recibía con esa avidez de mujer que lleva tiempo sin follar bien. Empecé despacio, dejando que se acostumbrara, pero enseguida ella empezó a empujarme el culo contra las caderas pidiendo más.
—Más fuerte —dijo—. Fóllame como te dé la gana. No soy de cristal.
La agarré de las caderas y empecé a metérsela con todo, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta los huevos, con ese ruido de piel contra piel llenando el salón. Le di una palmada en el culo y ella gimió más fuerte. Le di otra. Le dejé la nalga roja y la piel me picaba en la mano.
—Tírame del pelo —pidió.
Le agarré la melena en un puño y tiré hacia atrás, arqueándole todavía más la espalda, follándola a ese ritmo salvaje que me estaba pidiendo con cada gemido. Con la otra mano le mojé el pulgar en su propia saliva y su propio flujo y se lo apoyé en el ojo del culo, empujando despacio hasta metérselo entero.
—Ay, joder —jadeó—. Sí, así, méteme el dedo mientras me follas.
Ese detalle la volvió loca. Empezó a mover el culo contra mi polla y mi pulgar a la vez, apretando el coño alrededor de mí de una manera que me hizo entender que no iba a durar mucho más. Se corrió otra vez, todavía a cuatro patas, con la cara aplastada contra el brazo del sofá y unos gemidos largos que no pudo ni intentar disimular.
—Córrete dentro —dijo entre jadeos—. Estoy tomando. Córrete todo dentro.
Aceleré el ritmo, sacando el dedo y agarrándole el culo con las dos manos, dándole las últimas embestidas hasta el fondo, y me corrí dentro de ella con un gemido gutural, vaciándome entero en su coño, sintiendo cómo se apretaba a mi alrededor exprimiendo cada gota. Me quedé quieto un momento, todavía metido, notando los espasmos suyos y los míos mezclarse.
Cuando salí, mi semen empezó a resbalarle por el interior del muslo. Ella se dio la vuelta, se llevó dos dedos al coño, recogió lo que caía y se lo metió en la boca sin dejar de mirarme.
—Rico —dijo, chupándose los dedos limpios.
Aprendí cosas sobre Carmen que no se aprenden con palabras. Descubrí que debajo de esa calma que proyectaba en la oficina, debajo de esa eficiencia y esa distancia profesional, había algo muy diferente: una atención al detalle, una presencia física que ocupaba el espacio de otra manera, una intensidad que no pedía permiso ni se disculpaba por existir. Descubrí que le gustaba que le tiraran del pelo, que le hablaran sucio al oído, que le apretaran el cuello sin apretar del todo, que la escupieran en la boca cuando lo pedía. Descubrí que tenía la capacidad de correrse tres o cuatro veces en la misma noche sin cansarse, y que después de la última todavía te la mamaba despacio, como agradecimiento.
Ella aprendió cosas de mí también, supongo. O al menos eso me dijo después, con esa honestidad suya que a veces resulta casi incómoda por lo directa que es.
Después, tumbados en silencio con las luces del exterior entrando por las persianas a medias, Carmen se rió de repente, sin venir a cuento.
—¿Qué? —pregunté.
—Que llevamos cuatro años en el mismo despacho —dijo—. Y no sabía que follabas así.
—Ni yo que tú te corrías así.
—Es una pena. —Hizo una pausa—. O no. Quizás tenía que haber llegado cuando llegó.
Eso mismo pienso yo ahora, mirándolo desde la distancia.
***
Lo intentamos. Sería hipócrita no decirlo. Hubo unas semanas en las que los dos probamos si aquello podía ser algo más estructurado, una relación con nombre y normas y planes de futuro. Salidas de fin de semana, quedadas acordadas de antemano, esa sensación de estar construyendo algo que tuviera forma reconocible.
Pero los dos teníamos demasiada vida construida por separado, demasiadas maneras de ser que no encajaban bien en una caja con etiqueta. No era falta de afecto. Era exceso de libertad, si eso tiene sentido cuando se intenta explicar.
No terminó mal. Terminó con una conversación larga una tarde de domingo, en su terraza, con café frío y sin dramatismo, con la honestidad que nos habíamos enseñado mutuamente a tener.
—No funciona así —dijo ella.
—No —concordé.
—¿Pero seguimos follando?
—Sí. Seguimos.
Y seguimos. Solo que sin llamarlo de ninguna manera concreta.
***
Lo que tenemos ahora es difícil de explicar a quien no lo ha vivido. No somos pareja, pero tampoco somos simplemente amigos. Nos queremos, eso es real, pero de una forma que no necesita exclusividad ni promesas ni respuestas fáciles.
Compartimos cosas que no compartimos con nadie más: planes, confidencias, aventuras que a veces son juntas y a veces son por separado pero siempre terminan contadas con todo el detalle. Con qué polla se corrió mejor la semana pasada, qué coño le supo raro, qué tío le pidió cosas raras y cuáles le hizo. Carmen tiene una manera de escuchar que hace que uno quiera contarle todo, sin el filtro que usamos con el resto del mundo. Sin el tipo de reacción que hace sentir al otro raro o excesivo. Cuando le cuento algo, sea lo que sea, su primera respuesta nunca es retroceder.
Yo, creo, le ofrezco algo parecido. Un espacio donde no tiene que explicar quién es ni por qué quiere follarse a quien se folla.
Hace unas semanas, Carmen volvió de un viaje que había hecho sola. Me llamó desde el aeropuerto antes incluso de que despegara el vuelo de vuelta.
—Tengo que contarte algo —dijo. Sonaba viva, de esa manera particular en que suena cuando ha pasado algo que merece la pena.
—Cuéntame.
Y me lo contó todo, ahí mismo, con el ruido de fondo de las megafonías y la gente pasando. Que se había dejado follar por dos hermanos en la misma habitación de hotel, uno detrás y otro delante, turnándose para acabar corriéndose los dos en su cara al mismo tiempo. Que había pasado una hora tragando semen y pidiendo más. Me lo contó porque no podía esperar, porque eso somos el uno para el otro: la persona a la que se le cuentan las cosas antes incluso de haber aterrizado.
—¿Cómo fue? —pregunté cuando terminó.
—Muy bien —respondió—. Ya te cuento mejor en persona. Con detalles.
—Cuéntame todo.
—Todo —prometió.
Eso es lo nuestro. Eso es lo que somos. Dos personas que aprendieron, tarde pero bien, que no hay un solo modo de follar y de querer y que a veces la persona que mejor te entiende es alguien que encontraste sin buscarla, sentada tres metros más allá de tu escritorio durante cuatro años.
Hay mucho más que contar. Nuestras historias por separado, lo que hemos follado juntos, lo que hemos aprendido de personas que se cruzaron en el camino y nos dejaron el coño o la polla marcados. Todo eso irá llegando.
Por ahora, ya sabéis quiénes somos.
— Diego y Carmen