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Relatos Ardientes

La esposa del amigo de mi novio me invitó esa tarde

Para mí, un fin de semana con mucho calor significa una sola cosa: buscar una pileta donde refrescarme. Mi novio Tomás se encargó esa vez. Mandó un mensaje a unos amigos suyos del trabajo, una pareja que vivía a las afueras y tenía piscina en el fondo, y nos invitaron a pasar la tarde con otras dos parejas. Yo casi no los conocía, pero la promesa del agua fría y un trago bien helado me alcanzó.

Salimos temprano y llegamos pasado el mediodía. No voy a contar cómo iba vestida porque ahora ya no me acuerdo: lo que recuerdo, lo que se me clavó en la memoria como una astilla, fue la calentura que sentí desde el primer rato por la mujer de uno de los amigos.

Se llamaba Lorena. Tenía treinta y pocos, el pelo castaño atado en una cola alta y una sonrisa que parecía hecha de algo que no era simpatía. Lo primero que noté fue que me miraba. Y a mí —ya lo confesé otras veces— me gusta que me miren. Me dejaba mirar. Cada vez que yo giraba y la sorprendía con los ojos clavados en mi cola o en mis hombros, ella no apartaba la vista. Me sonreía despacio, como si tuviéramos un secreto que todavía no habíamos firmado.

El resto del grupo charlaba en la sombra. Tomás se reía con su amigo, ajeno a todo. Yo me alejé y me tumbé en una reposera al sol. Tengo los pechos medianos y se me separan un poco cuando me acuesto boca arriba; aproveché para desatar los breteles del bikini. La parte de arriba quedó apenas sostenida por la tira que me cruzaba la espalda. Cerré los ojos.

Sentí los pasos primero. Después la sombra. Cuando abrí los ojos, Lorena ya estaba acomodando su reposera al lado de la mía.

—Es lindo tomar sol así —dijo, mirando el cielo.

—Sí.

—¿Vos alguna vez tomaste sol sin la parte de arriba?

—En casa, sí. En toples, a veces.

—Me di cuenta de que no tenés marca del bikini en los pechos. Por eso pregunté.

Me reí por dentro. Era una buena observación. La giré despacio para mirarla.

—¿Y vos, Lore? ¿Alguna vez tomaste sol desnuda?

—Nunca me animé.

—Cuando quieras venís a casa y tomamos sol las dos sin nada.

Lo dije sin pensarlo, pero ya lo había pensado. Ella recorrió mi cuerpo con los ojos, sin disimulo, y se pasó la lengua por el labio de abajo. Fue un gesto chiquito, pero a mí me bajó por todo el cuerpo. Separé un poco las piernas y recogí una rodilla, como si me acomodara. Sentí la entrepierna mojarse contra la tela del bikini.

La quiero comer. Me quiero comer a esta mujer.

—Me gustaría —dijo Lorena despacio—. Probar cosas nuevas. Nunca lo hice, pero tengo muchas ganas de intentarlo.

No le contesté con palabras. Le sostuve la mirada hasta que ella bajó los ojos. Después me di vuelta para que el sol me pegara en la espalda y dejé que la promesa quedara flotando entre las dos.

***

Más tarde nos metimos todos a la pileta. El agua estaba fresca y a esa hora ya tiraba algo de viento. Lorena se acercó con la excusa del juego: alguien había tirado una pelota inflable y ella se hacía la que la corría. Se echó hacia atrás, flotando, y dejó que el agua la moviera hasta tocarme con la espalda. Sentí su mano debajo del agua. La sentí subir, lenta, por la cara interna de mi muslo, hasta apoyarse entera contra el bikini.

Me sorprendió el atrevimiento. Cualquiera de los demás podía dar dos brazadas y descubrirnos. Pero también me prendió fuego. Le tomé la mano por debajo del agua, corrí la tela de la tanga hacia un costado y se la apoyé directamente, piel con piel. Quería que sintiera lo mojada que estaba y que entendiera que esa mojadura no era de la pileta.

Lorena apretó los dedos un segundo y se rió bajito, sin mirarme. Después se separó. Salió del agua con la elegancia de quien sabe que la miran. Yo me quedé adentro un rato más, fingiendo que me refrescaba.

Esa tarde no pasó nada más. Hice un esfuerzo enorme por no buscarla en ningún rincón de la casa. Volví con Tomás como si nada, comí asado, brindé, manejé yo en la vuelta porque él había tomado de más. Pero antes de despedirnos, en la cocina, mientras los demás se reían en el patio, Lorena me pasó su número escrito en una servilleta y me la metió en el bolsillo del short.

***

Dos días después combinamos vernos en su casa. Su marido viajaba por trabajo. No hacía tanto calor y el sol se había escondido detrás de unas nubes grises, pero las excusas ya no eran necesarias. A Tomás le dije que me iba a estudiar a la facultad y que volvería tarde. No me preguntó nada.

Llegué unos minutos atrasada. Había salido tarde de la oficina y el colectivo se trabó dos paradas antes de la suya. Cuando Lorena abrió la puerta, entendí que la fiesta había empezado sin mí.

Estaba con una bombacha negra de encaje fino que apenas le cubría la concha, una remera corta que le dejaba al aire toda la barriga, y nada debajo. Los pezones, rosados y grandes para esos pechos pequeños, se le marcaban sobre la tela. Era casi todo pezón lo que se destacaba en su pecho, y la bombacha apenas alcanzaba a tapar unos labios gruesos que se adivinaban detrás del encaje.

Me encendí de golpe. El morbo de tener una mujer así, esperándome ya excitada, solo para mí, me hizo mojarme entera antes de cerrar la puerta.

—Perdoná que te reciba así —dijo, y la voz ya no le salía igual que en la pileta—. Estaba preparándome para tomar sol desnudas. ¿Todavía querés?

—Hola. Veo que estás casi pronta. Ayudame a prepararme.

Dejé caer la mochila al piso. Lorena se acercó hasta quedar a un palmo de mi cara. Me bajó la campera de jean despacio, primero un hombro, después el otro. Yo me llevé las manos a la base de la remera y me la saqué por encima de la cabeza. Cuando todavía la tela me pasaba por los ojos, sentí su boca. Me besó así, sin verme, con los pechos al aire y la remera tapándome la cara un segundo más de la cuenta.

Le saqué la remera a ella y le pasé la lengua por uno de los pezones. Se le puso duro al instante. Le metí el otro en la boca.

—Quería comerte las tetas desde que te vi en la pileta —le dije.

—Comémelas, Cami. Son tuyas. Llenate la boca con ellas.

Le mordí suave un pezón y se le escapó un quejido. Aproveché y me saqué el short y la tanga juntos, de un tirón. Las chanclas quedaron en el piso, debajo de la ropa, y la empujé hacia el sofá. Ella se sacó la bombacha sentándose, y antes de soltarla pasó la mano entera por sus labios, como abriéndolos. Fue un gesto involuntario, casi tierno, como cuando uno sacude el reloj para que se acomode en la muñeca.

Me arrodillé entre sus piernas. Le abrí los labios con las dos manos y le separé bien la vulva para dejarle el clítoris libre. Empecé despacio. Una lengua larga, plana, de abajo hacia arriba, demorándome justo donde sabía que se le tensaba la pierna.

—Me encanta el calor que tenés en la boca, Cami. Me encanta cómo me hacés gozar, cómo me frotás la concha con la lengua. Voy a acabar en seguida.

—Acabame en la boca, Lore. Estás chorreando.

—Sí, sí, sí. No pares. No pares.

Acabó con la espalda arqueada, hundiéndome la cara contra ella, los dedos enredados en mi pelo. Se quedó así varios segundos, sin soltarme, hasta que aflojó y se rió bajito, jadeando.

—Gracias, preciosa. Por ser así como sos.

—Así… ¿cómo?

—Así… tan… puta.

Me reí.

—Bueno, no. Quería decir tan sexual.

—No, decime puta. Quiero sentirme una puta. Y quiero que me cojas vos ahora.

Me tiré de espaldas sobre el sofá, abrí bien las piernas y me separé los labios con dos dedos.

—No me depilé esta semana. Tengo algo de pelo. Espero no te moleste.

—Me encantan las conchas peludas. Por mí no te depiles más.

Se abalanzó. Me llenó la boca con mis propios jugos y subió la lengua hasta el clítoris con una precisión que no parecía la de alguien que «nunca lo había hecho». Se acomodó entre mis piernas y me las apoyó sobre sus hombros. Me mordió la cara interna del muslo. Se rió cuando me arqueé.

Después cambiamos de posición. Cruzamos las piernas, tijera contra tijera, y juntamos los sexos. Frotamos vulva con vulva, buscando el ángulo donde el cuerpo de la otra ofrecía resistencia, donde el hueso del pubis se apoyaba justo encima del clítoris. Así estuvimos un rato largo, mirándonos a los ojos, hasta que acabamos las dos casi al mismo tiempo.

No había pasado ni media hora desde que entré por la puerta y ya teníamos la cara llena del flujo de la otra, el sofá hecho un desastre, el pelo pegado a la frente. Habíamos acabado varias veces. Nos habíamos besado con pasión, con esa pasión rara que solo aparece cuando algo es prohibido y al mismo tiempo está largamente esperado.

Estábamos por empezar la tercera vuelta cuando sonó mi celular.

—Te están llamando, Cami.

—Es Tomás. Quiere saber cómo estoy.

—¿Qué le vas a decir?

—Lo voy a atender. Y le voy a decir que estoy feliz de haber acabado dos veces con una mujer hermosa.

—Jajajaja.

Lorena no pensó que iba a hacerlo. Yo me paré, levanté el short del piso, saqué el celular del bolsillo y miré la pantalla. Era una videollamada. Apreté aceptar y me puse el teléfono delante de la cara, con el cuerpo todavía desnudo y la marca de los dedos de Lorena en la cadera.

—¡Hola, amor! Acá estoy. Desnuda. Feliz. Y muy bien cogida por una mujer hermosísima.

***

Lo que pasó después con Tomás —lo que dijo, lo que callamos los dos durante semanas, la conversación larguísima que tuvimos esa misma noche cuando volví— queda fuera de esta confesión. Es otra historia y todavía no sé cómo se termina. Pero esa tarde, parada y desnuda en el living de Lorena, con el celular delante de la cara y el sabor de ella todavía en la boca, entendí algo nuevo: decir la verdad así, sin filtro y sin pedir permiso, también es una forma de placer. Y nadie me había avisado.

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Comentarios (4)

SolRomero

Que relato mas rico!!! Me dejó con ganas de saber como siguió todo

Luzma_UY

Ay dios... eso de que abrió la puerta así vestida, tremendo momento. Ojalá haya continuacion!

CarlaFuerte

Me encantó como lo contás, se siente real sin ser burdo. Seguí así!

Tomi_lector

Muy bien escrito, gracias por compartirlo. Saludos

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