Soy monja y aquella noche rompí todos mis votos
La capilla del convento estaba vacía a esas horas. Solo quedaba yo, hermana Renata, arrodillada frente al altar menor con las manos unidas y los ojos cerrados. Llevaba semanas sin dormir bien. Cada noche, después de completas, bajaba a rezar a solas, aunque hacía tiempo que no sabía si rezaba por su alma o por la mía.
Tres años. Tres años desde que se lo llevaron frente a las cámaras, con medio país celebrando como si fuera justicia y la otra mitad en silencio. Tres años desde que tomé los votos definitivos, convencida de que necesitaba un muro entre el mundo y todo lo que sentía. Tres años rezando cada noche por un hombre al que casi todos consideraban un monstruo.
Pero yo conocía al hombre detrás del nombre que repetían los noticieros. Conocía sus manos, su risa, la forma en que me miraba como si yo fuera lo único real en un mundo de máscaras. Y por eso cada noche volvía a la capilla, encendía dos velas y le pedía a Dios que lo protegiera, aunque sabía que lo que sentía por Martín no era exactamente lo que una monja debía pedirle a Dios.
Había dejado de ver las noticias meses atrás. No podía soportar una pantalla más mostrando su foto con el rótulo de culpable. Prefería el silencio de la capilla, la penumbra cálida de las velas, la piedra fría bajo mis rodillas. Ahí al menos podía recordarlo como era de verdad.
Escuché los pasos antes de verlo. Firmes, pesados, resonando en la piedra del pasillo como un segundo corazón latiendo en la oscuridad. Abrí los ojos. La puerta lateral estaba entornada y una silueta enorme ocupaba el umbral, recortada contra la luz azulada del claustro.
No necesité ver su cara. Conocía esa silueta de memoria: los hombros anchos, la forma en que ladeaba ligeramente la cabeza antes de hablar, las manos grandes colgando a los costados del cuerpo. Me levanté con las piernas temblando tanto que tuve que apoyarme en el respaldo del banco.
—Renata —dijo con esa voz grave que me había perseguido en cada oración durante mil noches.
Era Martín.
Llevaba una gorra oscura calada hasta las cejas, una camiseta blanca que se le ceñía al torso todavía robusto, al vientre ancho que siempre me gustó abrazar, unos pantalones cortos y unas sandalias de cuero gastadas. Estaba más delgado. Las ojeras eran profundas, las canas se habían multiplicado en las sienes y en el bigote espeso, y la piel morena se veía curtida por algo que no quise imaginar. Pero tenía la misma sonrisa. Esa sonrisa lenta, un poco torcida, que me desarmó a los diecinueve años en el portal de mi casa y que seguía desarmándome ahora, a los treinta y uno, con un hábito negro y un velo cubriéndome el pelo.
Los ojos se me llenaron de lágrimas antes de que pudiera decir nada.
—Martín... —fue lo único que salió de mi boca, roto, casi inaudible.
Él abrió los brazos. No dijo nada más. No hizo falta. Crucé los metros que nos separaban casi corriendo y me estrellé contra su pecho con tanta fuerza que lo hice retroceder un paso. Hundí la cara en su camiseta y lo agarré por la espalda con las dos manos, clavándole los dedos como si tuviera miedo de que fuera a desvanecerse. Sentí la diferencia brutal entre su cuerpo grande, sólido, cálido, y el mío, que a su lado siempre había parecido diminuto.
—Mi Renata... mi monja hermosa —murmuró contra mi pelo, besándome la coronilla por encima del velo—. Te he echado tanto de menos que hubo noches en las que pensé que me estaba volviendo loco. Eres lo único verdadero que tengo en esta vida. Lo único que me mantuvo entero ahí dentro.
Sus brazos me envolvieron con fuerza, apretándome contra su pecho. Sus manos grandes me recorrieron la espalda por encima del hábito, bajaron despacio hasta la cintura, las caderas, y se quedaron ahí, sujetándome con esa mezcla de ternura y firmeza que solo él sabía conseguir.
—No puedo creer que estés aquí —dije entre sollozos, sin soltar mi agarre—. Cada noche rezaba por ti. Cada noche. Ya no sabía si Dios me escuchaba o si estaba hablando con el vacío.
Él me apartó un poco, lo justo para verme la cara. Me limpió las lágrimas con los pulgares, despacio, y me sostuvo el rostro entre las manos. Tenía los ojos brillantes, enrojecidos, conteniendo sus propias lágrimas con la mandíbula apretada.
—Estoy aquí —dijo con la voz espesa—. Estoy aquí y no pienso irme a ningún sitio. Te quiero, Renata. Te quiero desde antes de que todo se fuera al infierno y te sigo queriendo ahora. Eres lo único limpio que he tenido en la vida.
Quise decirle que no era limpia. Que una monja que sueña cada noche con las manos de un hombre no tiene nada de limpia. Pero en lugar de eso lo besé.
Tuve que ponerme de puntillas y él tuvo que agacharse, y aun así el ángulo era imposible, así que me levantó por la cintura como si no pesara nada y me sostuvo a su altura. Mis piernas se cerraron instintivamente alrededor de su torso. El primer beso fue suave, apenas un roce de labios, tembloroso, como si los dos tuviéramos miedo de romper algo. Sentí la aspereza de su bigote canoso contra mi piel y fue como si cada terminación nerviosa de mi cuerpo despertara de golpe después de tres años de hibernación.
—Te quiero —le dije contra la boca—. Más de lo que debería. Más de lo que una monja tiene derecho a querer a nadie.
El segundo beso ya no fue suave. Me mordió el labio inferior, despacio, tirando apenas, y un sonido salió de mi garganta que no había escuchado en tres años. Sus manos bajaron hasta mis nalgas por encima del hábito, apretándome contra él, y a través de las capas de tela sentí cómo su cuerpo respondía. Duro, pesado, inequívoco.
Esto está pasando. Y no quiero que pare.
***
Me bajó con cuidado y se sentó en el banco de piedra fría. Yo me quedé de pie frente a él un instante, mirándolo desde arriba por primera vez, con la respiración agitada y el corazón golpeándome las costillas. Él me tomó las manos y las besó, una por una, con los ojos clavados en los míos.
—Dime que pare y paro —dijo con la voz ronca—. Dime que esto va demasiado lejos y me levanto y me voy. No quiero quitarte nada, Renata.
Le puse la mano en la mejilla. Sentí la piel áspera, sin rastro de barba pero rasposa, la línea dura de la mandíbula, el calor que irradiaba.
—Llevo tres años arrodillada en esta capilla pidiéndole a Dios que me arranque lo que siento por ti —le dije—. Y Dios no me ha hecho caso. Así que esta noche le hago caso a mi cuerpo.
Algo cambió en su mirada. Me atrajo hacia él y lo besé con todo lo que tenía, con tres años de silencio y soledad y rosarios pasados entre los dedos pensando en su boca. Mis manos le recorrieron el pecho por debajo de la camiseta, tocando la piel caliente, el vello áspero, la curva firme de su vientre ancho. Él soltó un gruñido bajo cuando mis uñas le arañaron apenas el costado.
Sus manos me quitaron el velo con una delicadeza inesperada para alguien de su tamaño. Mi pelo cayó suelto sobre los hombros y él hundió la nariz en él, respirando hondo.
—Siempre olías así —dijo—. A jabón y a algo más que nunca supe nombrar.
Me arrodillé entre sus piernas. Lo miré desde abajo con una devoción que no era muy distinta de la que cada mañana le dedicaba al altar, solo que ahora estaba dirigida a otro tipo de sacramento. Con dedos temblorosos le desabroché el botón del pantalón. Él me dejó hacer, observándome con los ojos entrecerrados y la respiración cada vez más pesada. Cuando lo liberé de la ropa interior, ya estaba completamente erecto, grueso y caliente contra mi palma.
Empecé besándole los muslos, la cara interna, donde la piel era más suave bajo el vello oscuro. Él se tensó de inmediato y un gemido ronco le vibró en el pecho. Subí despacio, arrastrando los labios por su ingle, su vientre bajo, evitando a propósito lo que más quería tocar, obligándolo a esperar. Sus dedos me encontraron el pelo y lo enredaron con cuidado, sin empujar, solo sujetando.
Envolví su miembro con los dedos y empecé a acariciarlo de arriba abajo, despacio, aprendiendo de nuevo cada textura, cada vena marcada, la forma en que se estremecía cuando le rozaba la punta con el pulgar. Con la otra mano le acariciaba los testículos, masajeándolos con suavidad mientras iba alternando con caricias largas por sus muslos.
—Dios, Renata... —gimió echando la cabeza hacia atrás—. Esas manos... No tienes idea de cuántas noches soñé con esas manos.
Cuando por fin lo tomé en mi boca, los dos dejamos escapar un sonido al mismo tiempo. Él, un gruñido animal que reverberó en las paredes de piedra de la capilla. Yo, algo que sonó más a alivio que a otra cosa, como si llevara tres años conteniendo la respiración y por fin pudiera soltar el aire.
Lo trabajé con la boca y con la mano, alternando ritmos, usando la lengua para recorrer toda su longitud, deteniéndome en la punta, chupando con la presión justa. No tenía prisa. Quería memorizar cada reacción, cada temblor, cada sonido ronco que escapaba de su garganta y rebotaba en la piedra.
—Así... justo así —jadeó, apretando los dedos en mi pelo—. Me vuelves loco. Mi monja... mi Renata...
Sus caderas empezaron a moverse, suave al principio, siguiendo el ritmo de mi boca. Subí una mano por su vientre, sintiendo cómo los músculos se contraían bajo mis dedos, y volví a bajar hasta la base, acariciándolo todo al mismo tiempo. Mis labios, mi lengua, mis manos, todo trabajando en él como una oración que por fin tenía sentido.
—Para... para un segundo —jadeó de pronto, sujetándome por los hombros—. Quiero mirarte.
Me aparté con los labios hinchados y húmedos. Lo miré desde abajo, arrodillada entre sus piernas, con el hábito arrugado y el pelo revuelto, y algo ardió en sus ojos que mezclaba el deseo más crudo con algo que se parecía peligrosamente a la adoración.
—Ven aquí —dijo con voz grave, atrayéndome hacia él.
Me sentó a horcajadas sobre su regazo. El hábito se me subió hasta los muslos y sentí su erección presionando directamente contra mi ropa interior empapada. Fue como recibir una descarga. Me moví instintivamente, buscando la fricción, y él me sujetó las caderas y me guio en un vaivén lento que nos arrancó gemidos a los dos.
Tomé de nuevo su miembro con la mano sin dejar de moverme, apretándolo contra mi centro con cada movimiento, masturbándolo con un ritmo firme mientras su boca me recorría el cuello, la clavícula, el nacimiento de los pechos que asomaban por el escote del hábito. Cuando atrapó uno de mis pezones entre los labios a través de la tela y lo mordió apenas, un gemido agudo se me escapó y tuve que apretar los dientes para no gritar.
—No te calles —me pidió con la voz entrecortada contra mi piel—. Quiero escucharte. Aquí no nos oye nadie.
Y dejé de contenerme. Gemí su nombre contra su oído, le dije cosas que llevaba tres años callando, palabras que una monja no debería conocer pero que mi cuerpo pronunciaba de memoria. Mis caderas se movían cada vez más rápido, mi mano apretaba con más firmeza, y sentí cómo él empezaba a perder el control. Los músculos de sus muslos se tensaron bajo los míos, su respiración se convirtió en jadeos cortos, guturales, animales.
—Renata... mi vida... me voy a correr —advirtió con los dientes apretados, aferrándose a mis caderas con las manos.
Aceleré el ritmo. Lo quería todo. Quería sentirlo explotar entre mis dedos, saber que era yo, solamente yo, quien le arrancaba eso.
Con un gemido ronco y profundo que llenó la capilla entera, su cuerpo se sacudió bajo el mío. Sentí los espasmos en mi mano, la humedad caliente derramándose entre mis dedos, contra mi vientre, empapando la tela del hábito. Y fue ese momento exacto —sentirlo abandonarse, sentir su cuerpo enorme temblar por lo que yo le hacía— lo que me empujó al borde. El orgasmo me golpeó sin aviso, naciendo desde lo más profundo del vientre y expandiéndose en oleadas que me hicieron apretar los muslos, arquear la espalda y gritar su nombre sin importarme que las paredes de piedra lo multiplicaran como un eco sagrado. Me aferré a él con las dos manos, temblando entera, mientras las últimas réplicas del placer nos atravesaban a los dos al mismo tiempo.
***
Después, silencio. Solo nuestras respiraciones cruzándose en el aire tibio de la capilla y el crepitar agonizante de las velas.
Él me limpió las manos con su propia camiseta, con un cuidado absurdo para un hombre de su tamaño. Luego me abrazó contra su pecho y me besó la frente, la sien, los párpados cerrados, con una ternura lenta que dolía más que el deseo.
—Te quiero, Renata —dijo en voz baja, ronca todavía—. Te quiero más que a todo lo que he perdido, y he perdido casi todo. Eres lo único que me queda que vale la pena.
Apoyé la mejilla en su pecho y escuché su corazón. Latía fuerte, rápido todavía, pero desacelerando poco a poco, como un animal que por fin se siente a salvo.
—Y yo a ti —respondí—. Con todo lo que soy. Con el hábito y sin él. Con los votos rotos y las oraciones a medio decir. Te quiero entero, Martín. Con todo lo que el mundo dice de ti y con todo lo que yo sé que eres de verdad.
Sus brazos me apretaron más fuerte. Nos quedamos así mucho rato, en la penumbra de la capilla, mientras las velas consumían sus últimos centímetros de cera y la noche avanzaba sin nosotros. Afuera, el mundo seguía girando con sus juicios y sus condenas y sus certezas de cartón. Adentro, en aquel banco de piedra fría, dos personas que no deberían estar juntas habían encontrado el único lugar donde tenía sentido estarlo.
No recé esa noche. Por primera vez en tres años, no me hizo falta.