Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi novia me esperaba con su amiga en el dormitorio

Marcela me había avisado por mensaje a media tarde de que una amiga pasaría por casa esa noche, sin más detalle. Cuando volví del estudio y abrí la puerta del dormitorio, entendí qué clase de visita estaba esperando.

No estaba preparado para lo que vi.

Lo primero que registré fue un trasero desnudo y enorme, blanco bajo la luz tenue de la lámpara. Pertenecía a Daniela, una chica que había cruzado un par de veces en cenas con amigos en común. Nunca la había imaginado así, sobre la cara de mi novia, con la espalda arqueada y las manos hundidas en las sábanas.

Marcela estaba debajo, en un sesenta y nueve perfecto, lamiendo con calma el sexo depilado de su amiga. Vi cómo su lengua recorría el clítoris en círculos lentos, cómo lo presionaba con la punta antes de bajar otra vez. Daniela estaba tan mojada que el brillo se le notaba desde la puerta.

Y al mismo tiempo, Daniela tenía la lengua hundida entre los muslos de Marcela. La comía con hambre, como si llevara toda la tarde esperando ese momento.

Me quedé quieto, sin atreverme a entrar del todo.

Marcela giró un poco los ojos hacia mí, sin soltar lo que tenía en la boca. Fue solo una mirada, pero me dijo todo lo que necesitaba saber. Mira, no interrumpas todavía.

Obedecí. Me apoyé en el marco de la puerta y me bajé los pantalones despacio, casi a la altura de las rodillas. Saqué la polla, ya dura, y empecé a tocarme con una mano mientras las miraba.

Daniela no me había visto entrar. Estaba concentrada en lo suyo, balanceando las caderas sobre la boca de mi novia, gimiendo bajito cada vez que Marcela le mordía la cara interna del muslo. Cada vez que cambiaba el ángulo, su culo subía y bajaba, y todo el cuerpo de Marcela se sacudía debajo.

—Más fuerte —pidió Daniela, con la voz medio rota.

Marcela le hizo caso. La agarró por las caderas, la inmovilizó contra su boca y le clavó la lengua en el clítoris, sin pausa, sin permiso. Daniela tembló entera. La vi cerrar los puños sobre las sábanas, vi cómo el sudor le brillaba en la espalda baja.

Y se corrió así, sin avisar, en la boca de mi novia.

Marcela no le dio tregua. En vez de soltarla, le metió la lengua entera dentro, como si quisiera beberse todo lo que Daniela acababa de soltar. Era una imagen tan obscena que casi me hizo terminar a mí ahí mismo, en silencio, contra el marco.

Pero no quería acabar tan pronto. Quería entrar en esa cama.

***

Me acerqué sin hacer ruido. Me arrodillé entre las piernas de Marcela, le aparté un poco a Daniela hacia un lado para tener espacio, y me incliné sobre el sexo de mi novia. Llevaba semanas pensando en hacérselo así, con alguien mirando.

Le metí el clítoris en la boca y chupé despacio, con la lengua plana, sintiendo cómo se le contraían los muslos a los lados de mi cabeza. Marcela soltó un gemido largo, ahogado, y se aferró al pelo de Daniela con una mano.

Empecé a notar que se acercaba. Conozco esa respiración suya, ese pequeño temblor que le sube por el vientre justo antes. Aumenté el ritmo, sin avisar, chupando con más insistencia.

Y entonces sentí una lengua entre mis nalgas.

Daniela había bajado de encima de Marcela y se había puesto detrás de mí sin que me diera cuenta. Me estaba lamiendo los testículos, lentamente, de abajo hacia arriba. Después subió un poco más. Me mojó el culo con saliva y, sin pedir permiso, me metió la lengua dentro.

Sentí un calambre desde la nuca hasta los talones.

Nadie me había hecho eso antes. No así. La lengua de Daniela entraba y salía con un ritmo descarado, mientras yo intentaba mantener la concentración en el sexo de Marcela. Chupé más fuerte, casi como una protesta.

Marcela se corrió debajo de mí con un grito corto, agarrándome el pelo, apretándome la cara contra ella. La sentí latir, la sentí mojarme la barbilla. Y justo en ese momento, Daniela sacó la lengua y me metió algo frío entre las nalgas. Un plug, mediano, con una base de silicona ancha.

Me lo empujó hasta el final, despacio pero firme. La polla se me puso dura como una piedra, y solté un quejido contra el muslo de mi novia.

—Vaya, vaya —dijo Marcela desde abajo, recuperando el aire—. Mira lo que te ha hecho.

—Yo no he pedido permiso —contestó Daniela, con una sonrisa que se le notaba en el tono.

Marcela se incorporó. Me apartó con suavidad, se sentó al borde de la cama y me miró con esa cara que tan bien conozco: la cara de cuando va a tomar el control.

—Tú —le dijo a Daniela, señalando el centro del colchón—. A cuatro patas. Ahora.

***

Daniela obedeció sin discutir. Se puso a cuatro patas, separó las rodillas, arqueó la espalda. Era una postura ensayada, como si supiera exactamente cómo se veía desde atrás. Esperaba, supongo, que yo me pusiera detrás de ella y la follara sin más preámbulo.

Marcela tenía otros planes.

Cogió el bote de lubricante de la mesita y le echó un buen chorro entre las nalgas. Daniela se estremeció con el frío. Después, mi novia le pasó la mano abierta por toda la espalda, hasta el cuello, y la sostuvo ahí con firmeza.

—¿No me habías dicho que eras virgen por el culo? —le preguntó, casi en un susurro.

—Sí —respondió Daniela, después de un segundo.

—Pues hoy lo arreglamos.

No le dio tiempo a responder. Le metió el dedo índice de golpe, entero, sin detenerse en la entrada. Daniela soltó un grito agudo, mezcla de susto y placer, y bajó el pecho contra el colchón.

Vi la cara de Marcela mientras lo hacía. Estaba fascinada. Movía el dedo dentro de Daniela como si estudiara cada centímetro, como si quisiera entender por qué los hombres nos volvemos locos con ese sitio.

—Está apretadísima —me dijo, sin dejar de mirar lo que hacía—. ¿La quieres probar?

No pude contestar. Solo asentí.

Marcela metió un segundo dedo y empezó a moverlos rápido, abriendo y cerrando, estirando el músculo con paciencia. Daniela apretaba la cara contra la almohada para no gritar demasiado fuerte. Cada empuje le sacaba un quejido distinto.

Yo, mientras tanto, me había levantado y me había puesto delante de su cabeza. Daniela levantó la vista, vio mi polla a la altura de su boca, y no esperó instrucciones. La cogió con las dos manos y se la metió entera, hasta el fondo. La quería bien mojada para lo que venía.

Me la chupó durante un par de minutos largos, mientras Marcela seguía abriéndola por detrás. Yo le sostuve la cabeza, le marqué el ritmo, sentí cómo se le cerraba la garganta cada vez que tragaba.

—Está lista —dijo Marcela al fin.

***

Cambié de sitio. Me puse detrás de Daniela, le aparté la mano de Marcela con cuidado y le apoyé el capullo contra el agujero. Estaba todavía estrechísima, incluso después de los dedos.

Empujé apenas. Saqué. Volví a empujar, un poco más. Otra vez fuera. Daniela respiraba muy fuerte, esperando el siguiente movimiento, sin saber cuándo iba a venir.

—Déjate de juegos —me dijo Marcela, y me puso la mano en el bajo de la espalda. Me empujó hacia delante, lentamente, hasta que la polla entró entera. Daniela soltó un gemido largo, gutural, como nunca le había oído.

Ya no era virgen anal.

Me quedé quieto unos segundos, dejando que se acostumbrara, sintiendo cómo me apretaba. Después empecé a moverme despacio, con cuidado al principio, ganando ritmo a medida que ella lo pedía con la cadera.

Marcela nos miraba desde un lado, con una sonrisa en la cara. Se había metido un dildo entre las piernas mientras yo no miraba, uno gordo, de los que guarda en el cajón de abajo, y se lo estaba moviendo despacio. Se estaba preparando.

Después de un rato, sin dejar de moverme dentro de Daniela, me volví hacia ella.

—Quítate eso —le dije—. Te quiero a ti ahora.

***

Marcela sacó el dildo y se tumbó de espaldas en el centro de la cama. Cogió el bote de lubricante, se echó una buena cantidad sobre el sexo y otra entre las nalgas, y separó las piernas.

—Ven —dijo.

Salí de Daniela con cuidado. Me coloqué entre las piernas de mi novia, y ella misma me agarró la polla y se la metió, primero un poco, después entera. Su culo estaba incluso más estrecho que el de Daniela, a pesar de la experiencia. Siempre lo había sido.

—Que coma —me ordenó, señalando con la barbilla a Daniela, que se había quedado mirando de rodillas a un lado.

Cogí a Daniela del pelo, sin demasiada delicadeza, y le aplasté la cara contra el sexo de Marcela. Ella entendió perfectamente. Empezó a lamerle el clítoris con la misma intensidad que antes, mientras yo le follaba el culo a mi novia.

Marcela cerró los ojos. Esa cara suya cuando tengo la polla dentro de su culo, cuando le tiembla la mandíbula y se le entreabre la boca, me pone más caliente que cualquier otra cosa. Aumenté el ritmo. Hice ruido al chocar contra ella.

Después de un par de minutos, mi novia me hizo una señal con la mano.

Saqué la polla. La pasé por encima de la cara de Daniela y se la metí en la boca, profundo, hasta el fondo. Le follé la boca durante un buen rato, sin compasión, hasta que la tuve resbaladiza otra vez. Daniela tosió, le cayeron lágrimas, pero no se apartó.

Volví a meterla en el culo de Marcela, ya bien lubricada, y empujé más fuerte que antes.

—Así —dijo Marcela, casi sin voz—. No pares.

No paré. Aumenté el ritmo, le agarré las caderas con las dos manos, la abrí más con los pulgares. Sentí cómo se le contraía todo el cuerpo, cómo se acercaba al final.

Ya no aguantaba más. Terminé dentro de ella con un gemido largo, sintiéndome vaciar en su culo apretado. Marcela se corrió casi al mismo tiempo, con Daniela todavía pegada a su clítoris, comiéndoselo todo.

Me quedé un segundo dentro, con los ojos cerrados, escuchando nuestras respiraciones desbocadas.

***

Después, cuando salí, Daniela siguió ahí abajo. Lamió a mi novia despacio, limpiándola, llevándose con la lengua todo lo que yo había dejado. Marcela tenía los ojos cerrados, una sonrisa cansada, esa cara que pone cuando algo le ha salido exactamente como ella quería.

Me dejé caer al lado, mirando el techo, todavía con la respiración cortada.

—Te ha gustado —me dijo Marcela, sin abrir los ojos.

—Mucho —contesté.

Hubo un silencio cómodo. Daniela ya se había subido al colchón también, acurrucada contra mi novia, jugando con un mechón de su pelo. Las miré a las dos, casi sin creerme lo que acababa de pasar.

Giré la cabeza hacia Marcela.

—¿Y si la próxima vez —le dije, despacio— traigo yo a un amigo?

Marcela abrió los ojos. Me miró largo rato, sin sonreír, sin contestar enseguida. Después se mordió el labio, miró a Daniela, volvió a mirarme a mí.

—Vamos a pensarlo —dijo.

Y eso fue lo más excitante que oí en toda la noche.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.