Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi mamá y yo compartimos al mismo hombre sin planearlo

Mi mamá se tomó su tiempo en subir. Yo esperaba sentada en la cocina sin saber si esa noche me tocaría hacer las maletas para irme a casa de mi padre o llamar a alguna amiga para quedarme a dormir. Cuando al fin apareció, traía en la mano una botella de ron que había sacado del depósito de la cafetería. La botella ya iba por la mitad. Se sentó frente a mí y me llamó con un gesto para que me acercara.

Esperaba un reclamo. Un sermón. Algo de madre a hija. Pero lo que vino fue una disculpa. Hablaba como si fuera una amiga que le hubiera robado el chico a otra, no como la mujer que me dio la vida. No se disculpaba por haberse acostado con Matías, sino por haberme ocultado que ella también se había enamorado de él.

Yo le había contado todo lo que sentía. Le había abierto el corazón semanas atrás. Y ella eligió callarse.

Le serví un vaso lleno de ron. Se lo tomó de un trago. Entonces empezó a hablar de verdad.

***

Hacía algunos meses, mi mamá había terminado con su novio de turno. Justo ese mismo fin de semana, Matías también había roto con mi hermano Lucas, que se negaba a tener intimidad con él por miedo. Yo había salido esa noche, no recuerdo si con mis amigas o con mi ex. Al cierre de la cafetería, los dos se quedaron solos.

Empezaron a conversar como amigos. Se contaron sus problemas. Mi mamá abrió otra botella y ambos bebieron mientras hablaban de sus fracasos sentimentales. Ella le confesó que su ex no lograba satisfacerla. Él admitió que su situación era la opuesta. Se rieron de la ironía. Siguieron bebiendo.

La conversación subió de tono. Mi mamá, algo entonada, le preguntó directamente si nosotras le gustábamos. Dijo que ya había notado cómo nos miraba cuando andábamos con poca ropa por la casa. Matías, con el alcohol aflojándole la lengua, confesó que sí, que ambas le gustábamos, pero que prefería no meterse con ninguna porque las dos teníamos pareja.

Mi mamá fue la que dio el primer paso. Lo besó. Él no la rechazó.

Le serví otro vaso. Necesitaba que siguiera hablando.

Me contó que ahí mismo, en el pequeño sofá donde los clientes esperan sus pedidos, se dejaron llevar. Matías le abrió la blusa del uniforme y empezó a besar su cuerpo, mordiéndole los pezones como a ella le encantaba. Después le quitó la ropa interior y con sus dedos empezó a explorar su sexo hasta sentirla completamente mojada.

Aquí mi mamá quiso detenerse. Insistí. No paré hasta que continuó.

Matías se acomodó entre sus piernas y frotó su miembro contra ella, humedeciéndolo con sus fluidos. Cuando terminó el juego previo, la penetró de golpe, sin darle tiempo a arrepentirse. Mi mamá casi gritó. Nunca había tenido a alguien tan grande dentro de ella. La sensación fue completamente nueva.

Él no esperó. Se movió con fuerza, con un ritmo constante que la hizo terminar dos veces sobre ese sofá. Después de casi una hora, cuando ya no aguantó más, se subió sobre ella y terminó entre sus pechos mientras mi mamá, casi hipnotizada, abría la boca para recibirlo.

Mi mamá me confesó que nunca le había gustado eso. Pero con Matías fue diferente. Ella misma lo deseó.

***

Después de esa noche, empezaron a verse a escondidas. Matías esperaba a que yo saliera al instituto para meterse en el cuarto de mi mamá. Cuando volvía por la tarde, ambos se escapaban a la bodega de la cafetería para un encuentro rápido antes de abrir. En las noches, se escabullían al tercer piso para estar juntos sin miedo a que los descubriera.

Le pregunté si se había cuidado. Me dijo que no podía comprar anticonceptivos porque temía que yo los encontrara y sospechara. Siempre intentaban que él terminara fuera. La única vez que no lo hizo fue el día en que los descubrí.

Esa mañana, cuando yo los encontré juntos, ella quiso bajar a explicarme todo. Pero Matías no la dejó. La situación lo había excitado. Apenas salí del cuarto, él la sujetó por las caderas y la penetró desde atrás. Ella forcejeó un poco, pero en cuanto lo sintió dentro, sus fuerzas desaparecieron.

Después vino algo que mi mamá me confesó con vergüenza. Mientras la tomaba, él empezó a acariciarle por detrás, donde nunca nadie la había tocado. Mi mamá todavía era virgen ahí. Al principio pensó que solo jugaba. La sensación era incómoda pero agradable. Hasta que sintió cómo él empujaba con fuerza tratando de entrar. El dolor fue tan intenso que empezó a patalear y a suplicar. Luchó con todo lo que tenía. Y esa vez ganó ella. Pero Matías no quedó satisfecho. La volteó boca arriba y la tomó con furia, descargando su frustración hasta que terminó dentro de ella contra su voluntad.

Esa fue toda la confesión que le saqué a mi mamá esa noche.

***

Entonces le pregunté qué quería hacer. Me respondió que no podía negarse cuando él la buscaba. Que nunca había estado con alguien tan dominante, tan intenso. Que su cuerpo ya no podía estar sin él. Le pregunté si estaba enamorada. Me dijo que no. Que lo suyo era solo físico.

No sé qué tenía en la cabeza en ese momento, pero algo travieso se despertó en mí. La tomé de las manos y le confesé que yo sí estaba enamorada de Matías. Que no quería renunciar a él, pero que tampoco quería que ella se hiciera a un lado si solo era algo físico. Le propuse que dejáramos que él decidiera: una de las dos, o las dos.

Mi mamá dudó bastante. Pero la llevé, medio tambaleándose, hasta la habitación de Matías. Él estaba viendo la televisión, esperando a saber cómo había terminado nuestra conversación.

Cuando nos vio paradas en la puerta, se quedó inmóvil. Yo entré primero, apagué el televisor y me acerqué gateando por la cama. Le susurré al oído que estábamos ahí porque queríamos saber con cuál de las dos quería estar. Le di un beso suave y empecé a desvestirlo.

Mi mamá seguía en la puerta, sin moverse, observando cómo yo empezaba a acariciar a Matías. Cuando me incliné a besarlo ahí abajo, mi madre finalmente se acercó. Tardó un momento, pero al final se arrodilló junto a mí. Mientras yo me desvestía, ella lo tomó con ambas manos y acercó su boca.

Esa fue la primera noche que compartimos cama los tres.

***

Matías fue metódico, casi caballeroso a su manera. Primero me besó a mí, luego a ella, como pidiendo permiso. Se acomodó sobre mí y me hizo suya primero. Mi mamá nos observaba desde el costado, besándolo mientras él se movía dentro de mí. Después ella se inclinó sobre mis pechos y empezó a morderme los pezones, sacándome un chillido que la hizo reír.

—Eres igual que yo —me dijo entre risas—. Los pechos son tu punto débil.

El ataque de ambos lados me tenía al borde. Matías bombeando sin descanso, mi mamá torturando mis pezones con mordiscos y pellizcos. Terminé varias veces seguidas, una detrás de otra, hasta que él anunció que estaba a punto de acabar. Crucé mis piernas detrás de su espalda para que no pudiera salir.

Sentí cada pulso caliente dentro de mí. Cuando se retiró, mi mamá se adelantó y lo limpió con su boca antes de que yo pudiera reaccionar. Eso me molestó. Primero me había maltratado los pechos a su antojo y ahora se tomaba lo que yo había ordeñado. Era mi turno de cobrarme la revancha.

***

Matías tuvo la idea de que mi mamá se acostara encima de mí, con nuestros cuerpos frotándose. Él quería tomarla por detrás. Pero yo tuve una idea mejor. Sujeté las nalgas de mi mamá con ambas manos y las abrí para que Matías pudiera ver exactamente lo que yo le estaba proponiendo.

Cuando mi mamá sintió la presión en el lugar equivocado, intentó escapar. Pero yo crucé mis piernas con las suyas y la abracé con fuerza, inmovilizándola contra mi cuerpo. Tenía su cara frente a la mía. Podía ver el miedo en sus ojos mientras Matías luchaba por abrirse camino.

El forcejeo fue largo. Me costó mucho trabajo someterla. Pero al final vi cómo abrió los ojos de golpe y soltó un grito de dolor. Matías había logrado entrar. Una vez superada la resistencia, empujó lento pero constante hasta el fondo. Mi mamá temblaba y me maldecía por haberla entregado.

Fueron varios minutos de agonía hasta que pudo acostumbrarse. Cuando Matías empezó a moverse con más fuerza, yo sentía cada embestida como si nos empujara a las dos contra la cabecera. Mi mamá gritaba con cada golpe. No sé cuánto tiempo pasó, pero pareció una eternidad hasta que él terminó dentro de ella, aplastándonos a ambas contra el colchón.

***

Dejamos que mi mamá descansara. Matías y yo nos fuimos a mi cuarto, donde me hizo suya una vez más antes de que nos durmiéramos. Cuando desperté a la mañana siguiente, él no estaba. Lo encontré en la habitación de mi mamá, besándole el cuello mientras ella despertaba.

Pensé que se levantaría furiosa. Pero sonrió y le preguntó en tono meloso si había venido a darle los buenos días o algo más. Él insistió en repetir lo de la noche anterior. Ella se negó. Él siguió insistiendo entre besos.

No hacía falta que me quedara para saber cómo terminaba eso. Me fui a preparar el desayuno. A los pocos minutos escuché un quejido seguido de súplicas.

Cuando el desayuno estuvo listo, volví al cuarto. Matías tenía a mi mamá boca abajo, abrazada a la almohada mientras él arremetía sin piedad. Les avisé que estaba servido. Matías terminó poco después.

En la cocina, cuando mi mamá se sentó, hizo una mueca de dolor que me arrancó una risa. Ella me miró seria y me dijo que cuando me tocara a mí, ya veríamos si seguía riéndome.

***

Los tres desayunamos juntos como si fuéramos una familia normal. Hablamos de los estudios, de la cafetería, de cualquier cosa con tal de postergar la conversación incómoda. Pero cuando se acabaron las excusas, tuvimos que enfrentarla.

Yo estaba enamorada de Matías. Él me quería a mí, pero admitió que había empezado a sentir algo por mi mamá. Ella nos confesó que seguía queriendo a su ex novio. Que lo de Matías empezó por debilidad, que no estaba enamorada, pero que tampoco quería renunciar a la intimidad que compartían.

Le preguntó a Matías si aceptaría una relación solo física sabiendo que ella tenía a otra persona. Él dijo que sí. Me preguntó a mí si me molestaría compartir a mi novio. Le dije que no.

Oficialmente, Matías y yo nos volvimos pareja. Una relación abierta en la que mi mamá participaba cuando quería.

***

Las semanas siguientes fueron un torbellino. Matías nos buscaba a cualquier hora, sin aviso, sin vergüenza. A veces dormía conmigo, a veces con ella. De vez en cuando, los tres juntos.

Mi mamá volvió con su ex y se la veía genuinamente feliz con él. Era un buen tipo. Nos caía bien. En broma le dijimos que lo invitara a pasar la noche con nosotros. Ella se enojó y dijo que ni en sueños.

Ambas empezamos a tomar anticonceptivos para evitar sorpresas. Aunque yo ya había hecho planes secretos para dejar que Matías me embarazara en cuanto terminara los estudios.

Dos meses después llegó mi turno de enfrentar lo mismo que mi mamá. Me preparé en secreto: compré un dilatador y cremas que me juraron que servían. Me lo ponía todos los días sin que nadie lo notara. Cuando llegó la noche, le pedí a mi mamá que saliera con su novio. Tenía vergüenza de que me viera.

Matías fue paciente al principio. Me besó, me acarició, me preparó con su lengua y sus dedos hasta que sentí que estaba lista. Pero cuando empezó a empujar, el dolor fue tan horrible que quise salir corriendo. Ni las cremas ni la preparación habían sido suficientes.

Él insistió con paciencia durante un buen rato, hasta que en un instante en que me relajé, aprovechó y entró de golpe. El dolor me superó. Me desvanecí por unos segundos. Cuando recuperé la conciencia, él ya se estaba moviendo. Sentía dolor y placer mezclados en partes iguales. No podía hablar. Solo sentía.

Le supliqué que fuera despacio. Él se disculpó, me dijo que me quería, y entonces empujó hasta el fondo de golpe.

La sensación fue tan intensa que me quedé paralizada. Después empezó a moverse con fuerza. Yo lloraba, pero estaba completamente sometida. No sé en qué momento el dolor dejó de ser dolor y empecé a mover mis caderas al ritmo de las suyas. Mi primer orgasmo así me tomó completamente por sorpresa. Nunca pensé que fuera posible. Pero ahí estaba, disfrutando como loca mientras él seguía sin detenerse.

Terminó dentro de mí después de sacarme tres orgasmos que me dejaron temblando.

***

A la mañana siguiente me desperté sola en la cama. No hacía falta mucha imaginación para saber dónde estaba Matías. Caminé con cuidado hasta el cuarto de mi mamá y lo encontré dándole los buenos días a su manera. Ella estaba en cuatro con él detrás, moviéndose sin piedad.

Entré como si fuera lo más natural del mundo. Lo besé, le pregunté cómo había dormido, y me fui a preparar el desayuno mientras de fondo se escuchaban los gemidos de mi madre.

Cuando mi mamá llegó a la cocina, me vio caminar con dificultad y me dio una palmada en el trasero que me hizo saltar.

—Ahora estamos a mano —dijo con una sonrisa.

***

Las semanas pasaron volando. El sexo era increíble. Matías fue entrenando mi cuerpo poco a poco hasta que lo que antes era doloroso se convirtió en una parte más de nuestra rutina.

Entonces pasó lo inesperado. El periodo de mi mamá no llegó. El mío tampoco. Ella se hizo un test: positivo. Yo me hice otro: también positivo. Revisamos el paquete de anticonceptivos que habíamos abierto un mes antes. La fecha de caducidad había pasado.

Yo tenía certeza de que mi bebé era de Matías. Era el único hombre con el que había estado. Mi mamá, en cambio, mantenía relaciones frecuentes con su novio. Cuando comprobó las fechas, coincidían tanto con él como con Matías. Sin dudarlo mucho, decidió que el padre era su novio. No quiso discutir. Matías y yo lo entendimos.

Su novio nos invitó a cenar para darnos la noticia del embarazo y de la boda. Nosotros fingimos sorpresa y aprovechamos para anunciar lo nuestro. Se alegró por todos.

Mi mamá tuvo una niña hermosa, de piel morena y pelo negro. Una copia de ella misma. Hasta hoy sigo sin tener certeza de quién es el verdadero padre. Yo tuve un varón que se convirtió en la alegría de los padres de Matías.

***

Han pasado algunos años. De vez en cuando todavía dejo que mi esposo visite a mi mamá para algún encuentro. Nunca más hemos vuelto a compartir cama los tres. Pero últimamente el marido de mi mamá le ha estado diciendo que quiere otro hijo. Y yo no pienso permitir que Matías le haga otro bebé a mi madre antes que a mí.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario