La obsesión que me llevó a llamar al amigo de mi hijo
Han pasado cinco días desde Nochevieja y todavía no consigo dormir más de tres horas seguidas. Cierro los ojos y vuelvo a verlo: a Damián, parado en la puerta de mi cocina con esa sonrisa torcida que me hizo sentir, por primera vez en años, que mi cuerpo no me pertenecía.
Mi marido lleva dos semanas en una conferencia en Monterrey. Llamadas cortas, mensajes secos, voz cansada al otro lado. Le digo que todo está bien, que mi hijo va a las clases extra, que la casa está tranquila. Cuelgo y me quedo mirando el teléfono como si fuera el único testigo de mi traición.
Tengo treinta y siete años. Mi marido tiene cuarenta y dos. Lo conocí cuando yo tenía veintidós y él era el hombre más seguro que había visto en mi vida. Nunca pensé que terminaría así: obsesionada con un pibe que pasa por casa para molestar a mi hijo, dejarle moretones disimulados en el brazo y reírse cada vez que le quita el mando de la consola.
Damián tiene veintiuno. Veintiuno. La diferencia me parecía un chiste cuando llegó a mi casa por primera vez, hace casi un año, con esa actitud de calle que mi hijo intentaba imitar sin éxito. Ahora la diferencia me parece la única razón por la que se me humedece el coño cuando suena el timbre.
Recuerdo la noche del 30 perfectamente. Mi hijo se había ido con sus primos a un cumpleaños y volvería al día siguiente. Damián vino a buscarlo y se enteró de que no estaba. Le ofrecí pasar a esperar un café, aunque sabía que no lo iba a esperar. Él lo sabía también. Lo vi mirar la casa vacía como un cazador que reconoce un buen escondite.
—¿Tu marido también salió? —preguntó, ya sentado en el sofá como si fuera suyo.
—De viaje —respondí, y noté que mi voz salió más baja de lo necesario.
Esa noche del 30 me la cogió contra la mesada de la cocina sin sacarme del todo el pantalón. Me bajó las bragas hasta las rodillas, me escupió en el coño, me metió dos dedos gruesos hasta el fondo mientras me mordía el cuello y me susurraba «mírate, señora, mojada como una perra por un pibe». Me sacó los dedos, se abrió el pantalón, y sentí por primera vez esa polla joven, dura como una piedra, entrar de una sola estocada. Grité contra mi propia mano. Me la clavó apoyándome con la palma abierta entre los omóplatos, doblada sobre la mesada, mientras la vajilla del desayuno del día anterior temblaba a un lado. Me hizo correrme dos veces antes de vaciarse él, y cuando terminó, me obligó a limpiarle la polla con la lengua ahí mismo, de rodillas en la baldosa fría, mirándolo. Me dejó marcas en las caderas que mi marido no podrá ver porque sé esconderlas, y un vacío en el coño que no se llena con nada.
***
El 4 de enero amanecí empapada. Había soñado con él toda la noche. Soñé que volvía a entrar en mi casa sin avisar, que me agarraba de la nuca contra la encimera, que me hablaba al oído con esa voz grave que parece imposible en alguien tan joven. Me desperté con la mano metida entre las piernas, los dedos empapados, el clítoris hinchado y latiéndome. Me había estado tocando dormida.
Bajé a la cocina en bata, sin nada debajo, y preparé café como una autómata. Mi hijo dormía. Afuera llovía despacio. La casa olía a invierno y a miedo. Saqué el teléfono del bolsillo de la bata y miré el contacto que había guardado como «Plomero» tres semanas atrás, cuando todavía me decía que era una broma para mí misma.
Pulsé llamar antes de pensarlo dos veces.
—¿Quién es? —su voz al otro lado, ronca, todavía con sueño.
—Carolina —dije. No agregué nada más. No hacía falta.
Hubo un silencio largo. Lo escuché moverse, escuché una sábana. Lo imaginé sin camiseta, con el pelo revuelto, con la polla dura de la mañana, mirando el techo de su cuarto.
—Pensé que ibas a tardar más en llamar —dijo al fin, y se le notó la sonrisa.
Me quedé sin aire. La encimera me sostenía. Bajé la mirada y vi que mis dedos se aferraban al borde como si me fuera a caer.
—Mi hijo está en casa —murmuré—. Pero duerme hasta tarde. Y mi marido no vuelve hasta el viernes.
—Carolina, ¿por qué me llamas?
—Tú sabes por qué.
—Dímelo igual.
Apreté los párpados. Sentía la cara ardiendo y el coño chorreándome por dentro de los muslos. Llevaba cinco días imaginando esa pregunta y todavía no tenía una respuesta digna.
—Porque no puedo dormir —dije, y la voz se me quebró un poco—. Porque me toco pensando en tu polla y no me alcanza. Porque me meto tres dedos en el coño imaginando que sos vos y me corro y a los diez minutos ya estoy mojada otra vez. Porque cuando veo a mi hijo me acuerdo de cómo lo tratas y se me hace un nudo entre las piernas. Porque… porque necesito que me cojas otra vez.
Lo escuché reírse bajito.
—Mira tú —dijo—. La señora educada de la casa rogando como una putita. Me gusta así. ¿Estás mojada ahora, Carolina?
—Sí.
—Metete un dedo. Ya.
Me abrí la bata con una mano temblando, apoyé el culo en el borde de la mesada y me bajé la mano al coño. Estaba empapada. Me metí el dedo del medio y solté un gemido bajo que no pude tragarme.
—Buena chica —dijo—. Ahora dos. Y no dejes de escucharme.
Cerré los ojos. Sentí cómo el «señora» me cortaba algo por dentro y al mismo tiempo me prendía. Mi marido nunca me hablaba así. Mi marido me hacía el amor con las luces apagadas y me preguntaba si estaba cómoda.
—Te voy a pedir una cosa —siguió—. No la vas a pensar. La vas a hacer.
—Sí.
—Vístete con algo que te hayas puesto para él. Para tu marido. Algo que se haya quedado guardado en el cajón porque pensaste que ya no te quedaba bien. Y déjame la puerta abierta. Llego en cuarenta minutos con la polla dura pensando en ese coño chorreando que me acabas de describir. Y no te toques más hasta que llegue. Ese coño es mío hasta el mediodía.
Cortó.
***
Subí las escaleras temblando, con los muslos pegajosos y las bragas ya perdidas del todo. Mi hijo seguía dormido con la puerta cerrada. Entré a mi cuarto y me senté en la cama un minuto largo, mirando el cajón donde guardaba la lencería que llevaba años sin usar. Un conjunto color vino, encaje, lazos en las caderas. Me lo había regalado mi marido un aniversario y me había hecho llorar de vergüenza al estrenarlo. Esta vez no lloré. Me lo puse despacio, como si fuera un uniforme. El encaje se me clavaba contra los pezones ya duros. La bombacha se me manchó al segundo de tocar la tela.
Encima me puse un vestido negro de lana fina, sin mangas, que se me pegaba al cuerpo y que mi marido me había pedido que dejara de usar porque «daba que hablar». Me até el pelo. Me pinté los labios. Me miré en el espejo y por primera vez en años la mujer que me devolvía la mirada no era mamá ni esposa ni nada. Era una hembra en celo a punto de hacer algo que no se podía deshacer.
Bajé. Dejé la puerta entornada. Me senté en el sillón del living y miré la lluvia caer detrás del ventanal, con las piernas apretadas para aguantarme, sintiéndome hincharme por dentro cada vez que respiraba.
***
Lo escuché entrar antes de verlo. Pasos pesados sobre el parqué. La puerta cerrándose con cuidado. Damián sabe moverse cuando hace falta.
Apareció en el umbral del living con la chaqueta mojada y esa misma sonrisa de siempre. Tenía la piel todavía con el frío de la calle. Se quedó quieto, mirándome de arriba abajo, como si me estuviera midiendo. Le vi el bulto marcado abajo del pantalón, ya duro, sin disimulo.
—Levántate —dijo, sin saludo.
Me levanté.
—Ven.
Caminé hasta él. Sentí los tacones marcando cada paso sobre la madera. Cuando estuve a un brazo de distancia, me agarró del mentón con dos dedos, ni suave ni brusco, como quien acomoda algo que es suyo.
—Tu hijo está arriba —dijo, casi divertido.
—Duerme —respondí—. Y no se despierta hasta el mediodía.
—Bueno. Vamos a cogerte bajito entonces.
Me besó por primera vez. No fue dulce. Fue un beso de quien come, no de quien acaricia. Me metió la lengua entera, me chupó el labio de abajo, me mordió. Me quedé sin piernas. Me apretó contra él, me pasó la mano por el culo por encima del vestido, me lo apretó como si me estuviera reclamando, y sentí a través de la lana toda esa polla joven pegada a mi vientre, palpitando.
—Estás empapada, ¿no? —murmuró contra mi boca.
Me bajó una mano por el muslo, me subió el vestido hasta la cintura, me metió dos dedos por debajo de la bombacha empapada. Gimió él también.
—Mírate, señora. Chorreando en tu propio living un domingo a la mañana. ¿Y así hablabas por teléfono con tu marido anoche?
—Subimos —le dije al oído, casi rogando—. Ya. Por favor.
—Mi cuarto no.
—El de huéspedes.
—Sí.
***
El cuarto de huéspedes está al fondo del pasillo, con una ventana que da al patio. Cerró la puerta con llave. Me pidió que no encendiera la luz. La poca claridad que entraba por la ventana le marcaba los hombros y le dejaba la cara casi en sombra.
—Quítate el vestido. Despacio. Como si yo tuviera que mirarte una hora antes de tocarte.
Lo hice. Las manos no me obedecían. Cuando quedó la lencería al aire, lo escuché soltar el aire por la nariz, y eso fue lo único que necesité para saber que también él, debajo de la sonrisa, estaba con la verga a punto de romperle el pantalón.
—De rodillas.
Me arrodillé sin discutir. Él se abrió el cinturón despacio, sin dejar de mirarme, y cuando se bajó el pantalón le salió la polla de golpe, dura, larga, con la cabeza brillante y una vena gruesa marcada de arriba abajo. Se me hizo agua la boca.
—Chúpala. Sin manos.
Me acerqué y le pasé la lengua desde la base hasta la punta, en un lengüetazo lento. Le lamí los huevos, me los metí en la boca uno por uno, y volví a subir hasta metérmela entera. Me llegó al fondo de la garganta y me hizo lagrimear. Empujó despacio, agarrándome del pelo, y empezó a metérmela y sacármela con un ritmo suyo, no mío. Yo dejé la boca abierta, la lengua fuera, y él me la usó. La saliva me caía por la barbilla, me manchaba las tetas todavía metidas en el encaje vino.
—Así, señora. Así se chupa una polla. Mírame mientras me la chupas.
Levanté los ojos sin sacármela y él soltó un gemido ronco. Me la sacó de golpe, me dio dos cachetadas suaves en la mejilla con la punta hinchada, y se agachó a besarme la boca llena de él.
—A la cama. Boca abajo. Con el culo levantado.
Obedecí. Me arrastré hasta el borde de la cama y me apoyé de rodillas, el pecho contra el colchón, el culo al aire. Le escuché la respiración pesada detrás de mí. Me arrancó la bombacha empapada de un tirón, la olió sin ningún pudor, la tiró al piso.
—Este coño está para tirarlo —murmuró.
Me pasó la lengua entera desde el clítoris hasta el culo. Grité contra la almohada. Me abrió con los pulgares y se hundió a comerme, chupando, mordiendo despacio los labios, metiéndome la lengua hasta donde le daba. Le sentí la barba corta rasparme la parte de adentro de los muslos. Me metió dos dedos y siguió chupándome el clítoris hasta que me largué a temblar. Me corrí en su boca con un aullido tapado, empapándole la barbilla.
No me dio tregua. Se enderezó, me agarró de las caderas con las dos manos y me hundió la polla de una sola estocada. Le entró entera, hasta los huevos, y los dos gemimos al mismo tiempo.
—Cállate —me dijo, tapándome la boca con una mano—. Que tu hijo duerme.
Empezó a cogerme fuerte, con embestidas largas y hondas, sin apuro pero sin piedad. La cama del cuarto de huéspedes crujía. Yo mordí la almohada. Él me apoyó una mano abierta entre los omóplatos, como esa primera vez en la cocina, y me embistió hasta hacerme ver blanco. Sentí la piel de su vientre chocarme contra el culo con cada estocada, ese ruido húmedo y obsceno que hacía mi coño mojado alrededor de su polla.
—Di tu nombre completo —jadeó—. Entero. Con los apellidos.
—Carolina… —gemí— Carolina Beltrán de… de…
—El apellido de tu marido —me clavó una embestida seca—. Dilo.
—…de Ruiz —lloré.
—Bien, señora Beltrán de Ruiz. Ahora acábate en mi polla.
Me metió la mano por debajo, me buscó el clítoris con el pulgar y me hizo círculos rápidos sin dejar de embestirme. Me corrí otra vez, gritando contra la almohada, con las piernas temblando y el coño apretándole tan fuerte que él soltó un gruñido.
Me sacó la polla, me giró de espaldas, me abrió las piernas y me la volvió a meter de un solo golpe. Ahora quería verme la cara. Me miraba fijo mientras me la clavaba, apoyado en los brazos, con el pelo cayéndole en la frente sudada.
—¿Tu marido alguna vez te escuchó llorar de placer, señora?
—No —contesté sin pensar.
—Voy a ser el primero.
Y lo fue. Me agarró una pierna, se la puso al hombro, y empezó a martillarme el coño en ese ángulo que me hizo perder la cabeza. Me lloraban los ojos de verdad. Le arañé la espalda, le clavé las uñas en el culo, le supliqué que no parara. Me corrí por tercera vez con un llanto ahogado, mordiéndole el hombro para no despertar a mi hijo, mientras él se vaciaba dentro de mí con un gruñido bajo, empujando hasta el fondo, dejando la polla clavada mientras terminaba de descargar.
Después se quedó conmigo en la cama, en silencio, los dos mirando el techo del cuarto de huéspedes. Yo sentía el semen escurriéndoseme por dentro del muslo. Afuera había dejado de llover. Escuché un auto pasar lejos. Damián me tomó la mano sin decir nada, los dedos entrelazados, como si fuéramos otra cosa.
—Tienes que irte —dije.
—Ya sé.
Pero no se fue enseguida. Se fumó un cigarrillo en la ventana, vestido a medias, con la polla todavía a la vista, mirándome desde ahí como quien observa una habitación a la que sabe que va a volver. Le dije que la próxima vez no podía ser en mi casa. Me dijo que la próxima vez yo iría adonde él me dijera, y que me iba a coger por el culo. No discutí.
***
Eran las diez y cuarto cuando se fue. A las once mi hijo bajó a desayunar sin sospechar nada, con el pelo revuelto y la cara de domingo. Le hice tostadas, apretando los muslos bajo la mesa porque todavía tenía el semen de Damián adentro. Le pregunté por la fiesta de la noche anterior. Le sonreí. Cuando se levantó a poner la taza en el fregadero, se acercó y me dio un beso en la mejilla, como hace todas las mañanas.
—Estás distinta hoy, mami —dijo.
—¿Sí? ¿En qué?
—No sé. Más tranquila.
Me di vuelta para que no viera la cara que se me puso. Le dije que había dormido bien por fin. Subí al cuarto de huéspedes, abrí la ventana, cambié las sábanas manchadas, las metí directo en la lavadora en programa largo. Me senté en el bidet y me lavé el coño despacio, sintiendo todavía la polla de Damián marcada por dentro. Después me senté en el borde de la cama vacía y me quedé un rato así, sin pensar, sintiendo el coño hinchado y latiendo.
Esa noche llamó mi marido. Le pregunté por el viaje, por la conferencia, por el frío. Le dije que lo extrañaba. Y por primera vez en cinco días sentí algo parecido a la calma cuando él respondió «yo también, mi amor», porque me di cuenta de que no era esa calma la que estaba buscando.
Damián me escribió a la madrugada. Una sola línea: «El miércoles a las tres. Te paso la dirección. Vení sin bombacha.» No le contesté hasta la mañana siguiente. Le contesté que sí.
***
Hace tres días de aquello y ya estoy contando las horas. No soy ingenua. Sé que esto no termina bien. Sé que hay una versión de esta historia en la que mi marido se entera, mi hijo sufre, todo lo que construí en quince años se rompe en una semana. Sé también que hay otra versión en la que Damián se cansa y me deja, y entonces el problema no es perderlo a él sino perder lo que descubrí de mí misma con él.
Pero no puedo parar. Por primera vez en mucho tiempo, vuelvo a habitar mi cuerpo. Me toco tres veces al día pensando en su polla. Vuelvo a oler la ropa, a fijarme en lo que como, a notar el sol cuando entra por la ventana. La obsesión me devolvió las cosas pequeñas. Me devolvió, también, una versión mía que creía perdida: la que no se conforma, la que tiene hambre, la que quiere que la cojan.
El miércoles voy a ir a esa dirección. Le voy a dejar la cena lista a mi hijo, le voy a decir que tengo una reunión del trabajo, voy a manejar hasta el otro lado de la ciudad, sin bombacha como me pidió, sintiendo la tapicería del auto rozarme el coño en cada semáforo. Voy a tocar un timbre que no es el mío. Y cuando me abra la puerta, no voy a pensar en nada de lo que escribí aquí. Solo voy a entrar, cerrar atrás, arrodillarme en el pasillo, sacarle la polla del pantalón antes de saludarlo, y quedarme ahí el tiempo que él me deje.
Quizás cuando esto termine —porque va a terminar— tenga el valor de contar el final también. Por ahora, esto es lo que tengo: una confesión a medio camino, escrita una madrugada en la cocina de la casa donde, hasta hace dos semanas, todavía era una mujer entera.