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Relatos Ardientes

La supervisora que se quitó la máscara esa noche

Aquel otoño llegué a la empresa de mi primo Marcos en el peor momento de mi vida. Acababa de salir de una relación larga y el apartamento vacío se había vuelto insoportable. Marcos me llamó un lunes por la tarde mientras yo miraba el techo sin hacer nada útil.

—Carlos, ¿puedes echarme una mano con el control presupuestario de una obra? Es una rehabilitación importante, hay subvenciones y necesito a alguien de confianza que supervise los gastos. Te pago bien.

No tardé ni tres segundos en decir que sí.

La obra era la rehabilitación de una antigua sede cultural en el norte, un edificio del siglo XIX con techos altos, pasillos que crujían bajo los pies y fachada de piedra que el tiempo había oscurecido. El proyecto duraba tres meses. Me presenté un lunes, conocí al encargado de la obra, un hombre callado y metódico llamado Rodrigo, y empezamos a trabajar bien desde el primer día. Necesitaba eso: tener algo en lo que pensar.

La fundación que financiaba la rehabilitación mandó a su propia supervisora dos semanas después del inicio. Llegó un martes por la mañana con una carpeta bajo el brazo y una mirada que lo examinaba todo con calma, sin prisa. Se llamaba Beatriz. Tendría unos cuarenta años, quizás algo más, con el pelo recogido con la sencillez de quien no necesita esforzarse demasiado. No era el tipo de mujer que entra en una habitación buscando que la miren, pero era difícil no hacerlo. Tenía unas tetas que se marcaban discretas bajo la blusa, y un culo redondo que llenaba la falda de tubo de una manera que a uno le costaba dejar de mirar cuando se daba la vuelta.

—Beatriz Palomares, coordinadora de proyectos de la fundación —dijo tendiéndome la mano—. Aquí para lo que necesiten.

Aquella misma mañana revisamos los planos juntos durante dos horas y supe que entendía de esto. Hacía preguntas precisas y sus observaciones eran siempre pertinentes. No había torpeza de principiante.

***

La primera semana nos tratamos con la distancia formal de dos personas que se están midiendo. Pero las obras tienen una manera de romper esa distancia. Uno comparte café a las ocho de la mañana, discute sobre partidas presupuestarias al mediodía y acaba hablando de cualquier cosa a última hora de la tarde, cuando los albañiles se marchan y el polvo se asienta sobre las cosas.

Beatriz era precisa y directa. No perdía el tiempo con rodeos. Pero cuando bajaba la guardia tenía un sentido del humor seco que me pillaba siempre por sorpresa.

—¿Qué estudiaste? —me preguntó una mañana mientras esperábamos la entrega del material.

—Ingeniería técnica. Me faltan dos asignaturas para terminar el máster.

—¿Sigues estudiando mientras trabajas?

—Intento no parar nunca. Cuando dejas de aprender, algo se muere por dentro.

Me miró con una expresión que no supe descifrar del todo.

—Eso no lo piensa mucha gente a tu edad —dijo.

Tenía diez años más que yo. No era un secreto para ninguno de los dos, y ninguno fingía que no lo era.

Con el tiempo empezamos a desayunar juntos en el bar de la esquina, uno de esos sitios pequeños con las mesas pegadas donde uno acaba contándolo todo sin proponérselo. Me habló de su divorcio, cinco años atrás. Lo resumió con pocas palabras y mucho silencio entre ellas. Se había casado joven con alguien que resultó ser una persona completamente distinta a quien ella creyó que era. El descubrimiento la dejó sin suelo firme durante un tiempo. Después del divorcio se volcó en el trabajo, y así había seguido desde entonces.

—¿No echas de menos tener a alguien? —le pregunté una mañana, sin pensarlo demasiado antes de decirlo.

Me miró a los ojos antes de responder.

—Echo de menos el contacto. El calor de otra persona cerca. Pero meterme en una relación, no sé. Ya no tengo la misma capacidad de creerme las cosas como antes.

—¿Y follar? —solté, más bruto de lo que pretendía.

Se rió con la garganta, sin apartar la mirada.

—Eso también lo echo de menos. Hace mucho que nadie me toca en serio.

No dije nada. A veces lo mejor es callarse y dejar que las palabras de alguien ocupen el espacio que merecen. Pero la frase se me quedó pegada en la cabeza el resto del día, imaginándome cómo sería meterle mano a esa mujer, tan segura y tan contenida al mismo tiempo.

***

A mitad de obra surgió la oportunidad de comprar material cerámico a muy buen precio a través de un proveedor que Beatriz conocía, un hombre afable llamado Roberto que tenía el almacén a ciento cincuenta kilómetros de allí. Había un lote de plaqueta que había sobrado de otro proyecto y encajaba perfectamente con lo que necesitábamos. El ahorro era considerable.

—¿Me acompañas a verlo? —me preguntó Beatriz.

—Cuándo quieras.

Salimos un jueves por la mañana con mi coche. El trayecto fue tranquilo, con esa comodidad que se instala entre dos personas cuando ya no hace falta llenar el silencio. Llegamos al almacén a las once, elegimos el material, acordamos el precio y Roberto insistió en que comiéramos en su casa antes de emprender el regreso. Su mujer había preparado cocido y no admitió una negativa.

A las cuatro de la tarde, con el cielo ya encapotado y el ambiente cargado, arrancamos de vuelta.

La lluvia empezó a los treinta kilómetros. A los cincuenta era un diluvio. Las carreteras de aquella zona son secundarias, con curvas cerradas, cunetas que desaparecen cuando el agua sube y arcenes que no son arcenes sino el borde de un barranco. Iba despacio cuando vi las luces de emergencia de la caravana que se había formado delante. Paré detrás del último coche.

—Espera aquí —le dije a Beatriz, y bajé a preguntar.

Un hombre con chubasquero me explicó que un talud había caído sobre la carretera. Cortada. Tráfico lo había confirmado. Nadie sabía cuántas horas tardarían en limpiarla.

Volví al coche empapado hasta los huesos. Beatriz ya había llamado a Roberto. Él se lo esperaba: le ofreció el piso de su hija, que estaba vacío esa semana. A quince minutos de allí.

—No hay otra opción —dijo ella—. No podemos quedarnos en el coche toda la noche.

Dimos la vuelta y llegamos antes de las siete. Roberto nos dejó las llaves, nos explicó dónde estaba todo y se fue después de asegurarse de que no necesitábamos nada. El piso era pequeño y limpio: una cocina, un salón con dos sillones y un sofá, y dos habitaciones al fondo del pasillo.

Beatriz se cambió de ropa y salió al salón con unos vaqueros y un jersey azul marino que no tenían nada que ver con la mujer de la carpeta y las decisiones técnicas. Era la misma persona, pero diferente. Más ella, quizás. Los vaqueros le marcaban el culo con una precisión que la falda de tubo solo había insinuado, y bajo el jersey se movían unas tetas que iban sin sujetador, con los pezones asomando cuando cruzaba delante de la lámpara.

***

A las nueve y media se fue la luz.

El trueno que precedió al corte eléctrico sacudió los cristales de las ventanas. Beatriz, que estaba sentada en el sofá con una taza de té en las manos, se quedó rígida. En la oscuridad repentina escuché su respiración contenida.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Los truenos me dan un miedo irracional —dijo en voz baja—. Desde pequeña. No lo he podido superar nunca.

Encontré las velas que Roberto nos había señalado y encendí dos. La luz parpadeante devolvió forma a las cosas y a su cara. Tenía las manos apretadas alrededor de la taza.

—Ven —le dije, señalando el sofá—. No te va a pasar nada.

Me senté a su lado. Cogí la manta que había doblada en el brazo del sofá y se la puse por los hombros. Otro trueno, más cerca esta vez. Se apretó contra mí sin pensarlo, con el instinto puro de quien busca algo sólido cuando el suelo retumba. Pasé el brazo por su espalda y no dije nada.

Los truenos siguieron durante una hora larga. Al principio hablamos, de cosas sin importancia: la obra, Roberto, lo absurdo de la situación. Después dejamos de hablar. El calor de su cuerpo contra el mío se convirtió en una presencia que era difícil de ignorar y que no quería ignorar. Notaba una teta apretada contra mi costado, blanda y pesada bajo el jersey, y me estaba empezando a poner cachondo de una manera que iba a ser imposible disimular en tres minutos más.

—Hacía mucho tiempo que no estaba así con nadie —dijo en voz baja, sin moverse.

—¿Así cómo? —pregunté.

—Cerca. Sin más. Hace años que no sé lo que es esto.

La vela parpadeó. Un trueno lejano, esta vez. La tormenta empezaba a alejarse hacia el este.

Cuando giró la cara hacia mí, nuestros ojos estuvieron muy cerca durante un segundo que se alargó más de lo que duran los segundos normales. Después sus labios buscaron los míos con una urgencia que no esperaba, como si llevase demasiado tiempo conteniendo algo y ya no le quedaran razones para seguir haciéndolo.

La besé despacio al principio. Luego no tan despacio. Le metí la lengua hasta el fondo y ella me la mordió, gimiendo bajito. Sus manos se aferraron a mi cuello y respiraba con intensidad, dejando escapar entre beso y beso fragmentos de frases que no necesitaban completarse.

—Tengo diez años más que tú —murmuró contra mi boca.

—Lo sé —dije.

—Solo quería que lo supieras —dijo, y me besó otra vez.

Le metí la mano por debajo del jersey y le encontré la teta desnuda, caliente, con el pezón duro como un hueso. Se lo pellizqué entre el pulgar y el índice y ella soltó un jadeo directo en mi boca.

—Joder —susurró—. Sigue.

Le subí el jersey de un tirón y se lo saqué por la cabeza. Sus tetas quedaron a la altura de mi cara, generosas, con las areolas grandes y los pezones oscuros, hinchados, apuntando hacia arriba. Me lancé sobre ellos sin pensarlo. Me metí uno entero en la boca y lo chupé fuerte, tirando con los labios, mordiendo el pezón hasta que ella arqueó la espalda contra el sofá.

—Sí, así, mámame las tetas —jadeó, agarrándome de la nuca para que no parara.

Le pasé al otro pezón mientras le apretaba la primera teta con la mano libre. Beatriz respiraba con la boca abierta, moviendo las caderas contra el sofá como si ya estuviera buscando fricción. Le solté los botones del vaquero con una mano y le bajé la cremallera. Metí los dedos por debajo de las bragas y la encontré empapada, el coño abierto, el clítoris hinchado bajo la yema.

—Estás chorreando —le dije al oído.

—Llevo dos semanas así por tu culpa —contestó con una sonrisa torcida—. Desde el desayuno del bar.

Le froté el clítoris con el dedo corazón en círculos lentos y ella cerró los ojos, apretando los dientes. Le metí dos dedos dentro y noté cómo se le contraía el coño alrededor, caliente, apretado, resbaladizo. Los movía despacio, curvándolos hacia arriba, mientras seguía chupándole las tetas.

—Fóllame ya —dijo de repente, con la voz ronca—. No aguanto más.

La levanté un momento para bajarle los vaqueros y las bragas por las piernas. Quedó desnuda de cintura para abajo, con las tetas fuera del jersey caído, el coño rasurado brillando a la luz de las velas. Antes de dejar que me quitara nada, la empujé contra el respaldo y me arrodillé entre sus piernas.

—¿Qué haces? —jadeó.

—Comerte el coño —dije—. Llevo dos semanas queriéndolo yo también.

Le abrí las piernas del todo y le hundí la lengua entre los labios. Estaba caliente, salada, con un sabor denso que se me pegó al paladar. Le busqué el clítoris con la punta de la lengua y empecé a lamerlo despacio, arriba abajo, luego en círculos, luego succionándolo entre los labios como si fuera un pezón pequeño. Beatriz se agarró al respaldo del sofá con las dos manos y empezó a mover las caderas contra mi cara.

—Ahí, ahí, no pares, joder, no pares —repetía como una letanía.

Le metí dos dedos otra vez mientras le seguía chupando el clítoris. Ella me apretó la cabeza contra su coño con la mano y notó cómo se le tensaban los muslos alrededor de mi cara. Se corrió con un grito ahogado, temblando entera, apretándome los dedos por dentro con una fuerza que casi me hizo daño.

—Espera, espera —jadeó cuando intenté seguir—. Dame un segundo.

Me incorporé y ella me arrastró hacia arriba tirándome de la camisa. Me la desabrochó a botones arrancados y me la sacó. Después me atacó el cinturón con las dos manos.

—Enséñamela —dijo—. Quiero vértela.

Le bajé los pantalones y los calzoncillos de una vez. La polla me saltó fuera, tiesa, con la punta ya mojada. Beatriz se relamió los labios sin darse cuenta y la agarró con la mano. Me la apretó despacio, midiéndola, pasándome el pulgar por el glande.

—Menuda polla te gastas —murmuró—. Ven aquí.

Se inclinó hacia adelante y se la metió en la boca sin ceremonia, hasta el fondo. Sentí el calor húmedo de su boca cerrándose sobre mí y tuve que agarrarme al respaldo del sofá para no doblar las rodillas. Beatriz mamaba con hambre, con la cabeza subiendo y bajando, chupando fuerte cada vez que llegaba al glande, mirándome desde abajo con los ojos brillantes. Me metió los cojones en la boca uno a uno, me lamió el tronco desde la base hasta la punta, me la volvió a engullir hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas y tuvo que retirarse tosiendo un poco.

—Túmbate —le dije con la voz rota—. Necesito metértela ya.

Se echó de espaldas en el sofá, abriendo las piernas para mí, y me hizo un gesto con el dedo para que fuera. Me coloqué entre sus muslos, le agarré la polla y la pasé por los labios de su coño, empapándomela con sus jugos. Cuando la punta encontró la entrada, empujé despacio, viendo cómo se me hundía milímetro a milímetro. Beatriz echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo.

—Sí, todo, dámela toda —jadeó.

Se la metí hasta el fondo, hasta que mis cojones chocaron contra su culo. Estaba apretadísima, caliente, tan mojada que la polla se movía dentro con una facilidad obscena. Empecé a moverme despacio, saliendo casi entera y volviendo a hundirla del todo, mirando cómo entraba y salía brillante de sus jugos. Ella se agarró a mis brazos, clavándome las uñas.

—Más fuerte —pidió—. Fóllame más fuerte.

Le agarré las piernas por detrás de las rodillas, se las eché contra el pecho y empecé a embestir en serio. El sofá crujía con cada golpe. Sus tetas rebotaban contra su cara, obscenas, con los pezones enrojecidos. Beatriz gemía sin importarle nada, soltando palabrotas entre jadeo y jadeo, apretando el coño alrededor de mi polla cada vez que le llegaba al fondo.

—Así, así, no pares, me vas a hacer correrme otra vez —gritó.

La cambié de postura sin sacársela: la puse a cuatro patas sobre el sofá y me metí detrás de ella. Le agarré el culo con las dos manos, se lo separé y le vi el coño abierto, rojo, esperándome. Se la volví a meter de un solo empujón y ella soltó un grito. Empecé a follármela por detrás, agarrándola de las caderas, tirándole del pelo cuando lo pedía, dándole palmadas en las nalgas hasta que se le pusieron marcadas.

—Dime guarradas —jadeó por encima del hombro—. Habla sucio, joder, no te calles.

—Estás hecha una guarra —le dije, embistiéndola con fuerza—. Toda una supervisora de fundación pidiendo polla como una zorra.

—Sí, soy una zorra, tu zorra esta noche, no pares —gemía—. Ábreme más el culo, mírame bien cómo me la comes.

Se corrió otra vez a los pocos minutos, con el coño contrayéndose alrededor de mí en oleadas que me hicieron perder el ritmo. Antes de que se recuperara, la puse boca arriba otra vez y me la subí encima. Ella se colocó sola sobre mi polla, la agarró con la mano y se sentó despacio, hundiéndola en su coño con los ojos cerrados.

—Ay, Dios, qué llena me tienes —susurró.

Empezó a moverse ella misma, cabalgándome despacio primero, luego más rápido, apoyando las manos en mi pecho, con las tetas botando delante de mi cara. Le agarré una y me la llevé a la boca sin dejar de embestir hacia arriba, saliéndole al encuentro con las caderas. Beatriz se mordió el labio, se llevó una mano al clítoris y empezó a frotarse mientras se dejaba caer sobre mí.

—Me voy a correr contigo dentro —jadeó—. Córrete conmigo, córrete tú también.

Sentí los espasmos empezar en la base de mi polla. La agarré por las caderas, la clavé sobre mí y me vacié dentro de ella en tres o cuatro sacudidas que me dejaron sin aire. Beatriz se corrió al mismo tiempo, tirando la cabeza hacia atrás, apretándome el coño alrededor mientras la llenaba de semen. Cuando terminó, se dejó caer sobre mi pecho, sudorosa, jadeando contra mi cuello.

Nos quedamos así un rato largo, con la polla mía todavía dentro, ablandándose despacio, hasta que se me salió con un ruido pegajoso y un hilo de semen le corrió por el muslo.

—Joder —murmuró contra mi hombro—. Necesitaba esto más de lo que creía.

Pasamos la noche en la misma habitación, bajo la misma manta, con los truenos alejándose poco a poco. Beatriz era una mujer que sabía lo que quería y cómo pedirlo. No había torpeza ni artificios, solo una entrega directa y sin disculpas que me descolocó de una manera muy buena. La segunda vez, ya entrada la madrugada, fue diferente: más urgente, más animal, menos pensada. Me desperté con su boca en la polla, chupándomela despacio para ponérmela dura otra vez, y en cuanto estuvo lista se sentó encima de mí y se la metió sola, follándome en silencio mientras yo todavía terminaba de despertarme, mordiéndose el puño para no gritar tan fuerte que se oyera desde la cocina.

Por la mañana, antes de levantarnos, lo repetimos. Esta vez despacio, de lado, con ella de cuchara, entrando por detrás mientras le sobaba las tetas y le mordía el cuello. Se corrió sin apenas hacer ruido, con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo. Después desayunamos con el café que quedaba en el armario de Roberto y salimos cuando el sol ya había secado el asfalto.

En el coche, durante un buen rato, ninguno de los dos habló. Escuchamos la radio sin escucharla de verdad.

—Esto no cambia nada en la obra —dijo ella a mitad de camino, mirando por la ventanilla.

—No tenía por qué cambiarlo —dije.

—Bien.

Pero cambió algunas cosas. No en la obra, que siguió su ritmo con la misma eficiencia de siempre. Sino en la manera en que nos mirábamos por las mañanas al llegar, en las excusas que encontrábamos para ser los últimos en marcharnos por la tarde. Tres veces más en los dos meses que quedaban de proyecto: una en su hotel, con ella arrodillada mamándomela contra el mueble del televisor antes de doblarse sobre la cama para que se la metiera por detrás; otra en una obra vacía a las nueve de la noche, contra una pared recién enlucida, con la falda subida a la cintura y las bragas colgando de un tobillo; y la última en mi coche, en un descampado, con ella a horcajadas sobre mí en el asiento del copiloto, cabalgándome hasta que empañamos los cristales. Siempre con la misma claridad: sin promesas que ninguno de los dos habría sabido cumplir, sin dramas, sin la necesidad de ponerle un nombre que lo complicara todo.

El último día, cuando la obra estaba terminada y las cajas de documentación cargadas en el coche de Beatriz, se despidió de Rodrigo y de los demás con un apretón de manos profesional. A mí me dio un abrazo que duró un poco más de lo necesario.

—Ha sido un buen trimestre —dijo en voz baja junto a mi oído.

—El mejor que he tenido en mucho tiempo —contesté, y lo decía en serio.

***

Durante los años que siguieron nos escribimos de vez en cuando. Correos cortos, sin grandes declaraciones. Me contaba en qué proyecto estaba trabajando, yo le contaba en qué andaba. La vida avanzando, cada uno en su dirección, sin pretender que fuera otra cosa.

Cinco años después recibí un mensaje diferente. Había dejado la fundación y abierto su propio estudio de coordinación técnica. Estaba bien, decía, más libre que nunca. Y al final, casi de pasada: «Si alguna vez pasas por aquí, avísame. Me alegra que sigas en contacto.»

No esperé a pasar por allí. Cogí el teléfono y la llamé esa misma tarde.

Nos vimos un fin de semana de primavera, en su ciudad. Tenía cuarenta y cinco años y una energía distinta a la que recordaba, más suelta, como alguien que por fin ha dejado caer algo que pesaba demasiado. Su estudio iba bien. Había retomado una afición que había abandonado años atrás. Se la veía entera.

Esa vez no hubo tormenta. Solo una habitación tranquila, dos copas de vino y la misma facilidad de siempre para estar cerca sin necesitar más explicaciones de las que se dan con el cuerpo. Follamos tres veces esa noche: la primera con ella encima, cabalgándome despacio, mirándome a los ojos mientras se corría; la segunda a cuatro patas al borde de la cama, con la cara hundida en la almohada y el culo levantado, mientras yo la embestía agarrándole las caderas; y la tercera al amanecer, con ella sentada a horcajadas en la silla del escritorio, dándome la espalda, con las manos apoyadas en el respaldo y las tetas al aire, dejándose partir por dentro mientras miraba por la ventana la primera luz de la mañana. Terminó tragándose lo que le quedé por vaciar, de rodillas entre mis piernas, con el semen brillándole en los labios cuando me sonrió.

Seguimos viéndonos. No con la frecuencia que me gustaría, pero con la calidad que pocos encuentros tienen. Beatriz es de las personas que te recuerdan que hay más mundo del que uno ve desde su propia ventana. Me enseñó eso, entre otras cosas.

Entre otras cosas que no olvido.

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Comentarios(8)

Horacio_99

Que bien ambientado todo. Se me puso la piel de gallina con la parte de la tormenta, y despues... bueno, ya se imaginan jeje. Muy bueno

LauraV84

Por favor una segunda parte!! me quede con mil preguntas

MarisolR

Esa frase inicial me engancho desde el primer momento. Una de las mejores cosas que lei en mucho tiempo en esta categoria

Chepe92

tremendo!! sigue asi

Nocturna_33

Me recordo a una situacion que viví hace años. Esas tormentas que de repente te cambian los planes y todo es diferente jaja. Muy bien narrado

Fran_Noc

Esta basado en algo real? Se siente muy autentico, especialmente eso de llevar años sin sentir el calor de nadie. Muy bien capturado

PaolaSC

Me encanto! No es el tipico relato de la categoria, este tiene alma. La tension que se va construyendo antes del momento principal es lo mejor. Gracias por compartirlo

Tomas_noc

La tormenta cumplió su funcion a la perfeccion jajaja. Relato genail

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