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Relatos Ardientes

Embarazada, sola y más caliente que nunca en mi cama

Me llamo Sofía, aunque ese detalle no cambia nada de lo que voy a contar. Lo que importa es esto: tengo veintiséis años, vivo sola en un departamento de dos ambientes en Buenos Aires, trabajo medio turno en un laboratorio de análisis clínicos, y desde hace ocho semanas estoy embarazada.

Nadie lo sabe todavía. Ni mi madre, ni mi amiga Daniela, ni el hombre que lo hizo posible antes de desaparecer de mi vida. Solo lo sé yo, mi ginecóloga, y ahora cualquiera que esté leyendo esto.

Lo que tampoco sabe nadie es lo que me está pasando por dentro.

Antes de quedarme embarazada ya me consideraba una mujer bastante sexual. No me voy a hacer la inocente. Disfrutaba del sexo, lo buscaba cuando lo necesitaba, sabía lo que quería. Pero lo que siento desde que el test me dio positivo es algo que no tenía escala para medir. Es como si toda mi vida hubiera estado operando a un volumen moderado y de golpe alguien subiera el dial hasta el límite.

Estoy excitada todo el día. Sin excepciones, sin pausas, sin importar dónde esté ni qué esté haciendo. En el laboratorio centrifugando muestras. En el colectivo apretada entre desconocidos. En la fila del banco mirando el techo. Una humedad persistente que no me da tregua, y pensamientos que aparecen solos, sin que yo los invite: manos sobre mi cuerpo, voces que me dicen lo que tengo que hacer, situaciones que a la luz del día me darían vergüenza reconocer.

Lo peor, o lo mejor según cómo se mire, son mis pechos.

Siempre fui orgullosa de mis pechos. Grandes para mi cuerpo delgado, con una sensibilidad que siempre me pareció un regalo desproporcionado. Pero desde el embarazo están hinchados, más pesados, con los pezones oscurecidos y erectos casi todo el tiempo. La sensibilidad se multiplicó de una forma que me parece casi indecente. Si el tirante del corpiño roza mal en el momento equivocado, tengo que hacer un esfuerzo real para no reaccionar en público. Una vez, en una reunión con los otros técnicos del laboratorio, el roce de la tela me provocó una contracción pequeña que tuve que disimular fingiendo un ataque de tos.

Estuve semanas aguantando. Semanas diciéndome que era hormonal, que iba a ceder, que una persona responsable no debería pasarse el día fantaseando con que la aten y la sometan mientras lleva adentro suyo un embrión de dos meses. Me obligaba a dormir sin tocarme, a levantarme sin tocarme, a seguir el día como si nada. Como si el fuego se fuera a apagar solo.

No se apagó. Se hizo más grande.

Y entonces un martes a la noche, llegué a casa agotada, me di cuenta de que no había nadie, de que no había nada que hacer, de que podía elegir, y simplemente paré de aguantar.

***

Me metí a la ducha. Agua caliente, el vapor llenando el baño, el silencio del departamento que en ese momento se sentía cómplice. Me enjabonaba despacio, sin apuro, y noté el momento exacto en que el cerebro dejó de pensar en el trabajo y empezó a pensar en lo que realmente quería.

Mis manos pasaron por mis pechos casi sin querer al principio. Un roce, apenas. Y fue suficiente para sentir el pulso bajar al vientre de golpe.

Cerré los ojos.

Empecé a acariciarlos con más intención, trazando círculos lentos desde la base hacia el centro, como si fuera construyendo tensión a propósito. Dejé que la espuma se acumulara, que el agua los lavara, y volví a empezar desde el principio. Cada vuelta un poco más cerca de los pezones, cada vuelta un poco más despacio. Cuando finalmente los toqué, el sonido que se me escapó me sorprendió a mí misma: un gemido corto, involuntario, el tipo de reacción que el cuerpo tiene antes de que la mente decida si está de acuerdo o no.

Estaban duros. Más de lo normal, más de lo que los recordaba nunca.

Los sostuve entre los dedos con cuidado al principio. Luego con más presión. Aprendiendo cuánta tensión podía aplicar antes de que el placer se volviera algo diferente, más afilado, más urgente. La respuesta fue inmediata: una línea directa desde cada pezón hasta el centro de mi cuerpo, como si ambos estuvieran conectados por un hilo que alguien jalaba con precisión milimétrica.

Tuve que apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio.

El agua seguía cayendo. Mis caderas empezaron a moverse solas, buscando algo que no estaba ahí. Sentí la humedad mezclarse con el agua de la ducha, diferente, más densa, y entendí que seguir parada se iba a complicar.

Cerré la llave. Salí.

***

No me sequé bien. No me importó.

Fui al cuarto con el cuerpo todavía húmedo y me tiré en la cama de espaldas. Enfrente, el espejo del armario me devolvió una imagen en la que me detuve: el pelo oscuro pegado a la cara y los hombros, la piel enrojecida por el agua caliente, los pechos grandes y brillantes por las gotas que todavía caían, los pezones oscuros y erectos, el vientre plano que en unas semanas ya no lo sería.

Esa imagen me encendió más que cualquier otra cosa.

Había algo en verme así, en saber lo que estaba pasando adentro mío mientras miraba esa superficie todavía sin cambios, que era tan perturbador como excitante. Estoy embarazada y estoy a punto de hacer que me corra sola mirándome en un espejo. El pensamiento apareció completo, sin vergüenza, y lejos de enfriarme hizo exactamente lo contrario.

Abrí el cajón de la mesita de noche.

Primero saqué el aceite de almendras que uso para hidratar la piel. Me vertí un poco en las palmas y lo extendí por los pechos con movimientos largos y lentos, sintiendo el calor de mis propias manos amplificado por el aceite. Brillaban de una manera que me gustó. Se veían más pesados, más reales que de costumbre. Me los trabajé con calma, sin querer llegar demasiado pronto a ningún lado, saboreando cada sensación como si tuviera toda la noche, porque la tenía y era solo mía.

Mis caderas empezaron a moverse de nuevo. Un balanceo suave, inconsciente.

Seguí masajeando. Bajé hacia las costillas, el vientre, y sentí el músculo del abdomen contraerse bajo mis dedos. Volví a los pechos. Me quedé ahí un rato largo, en ese ciclo de anticipación que me mantenía al borde sin dejarme caer, y que de vez en cuando me hacía mirar el espejo para ver lo que estaba haciendo, para recordarme que era real.

Cuando saqué el vibrador del cajón, mis manos temblaban un poco.

***

Lo encendí al mínimo. Lo apoyé en el pecho izquierdo, lejos del pezón, y dejé que la vibración se extendiera. El sonido que salió de mí fue diferente a los anteriores: más largo, más sorprendido, como si el cuerpo se hubiera olvidado de que podía sentirse así.

Lo moví en espiral hacia el centro. Cuando llegó al pezón, me mordí el labio con fuerza para no gritar.

Estuve varios minutos solo ahí. Solo en los pechos, solo con eso. Subiendo la intensidad un escalón, bajándola, cambiando el ángulo, aprendiendo qué me hacía cerrar los ojos y qué me hacía abrirlos para mirarme en el espejo. Había algo en verme aceitada y arqueada y completamente rendida a esto que multiplicaba todo lo demás.

Porque mientras el vibrador trabajaba, mi mente trabajaba también.

Me imaginé atada. Las muñecas juntas sobre la cabeza, sin poder moverme, alguien que decidía cuándo y cómo sin pedirme opinión. Me imaginé una voz diciéndome exactamente lo que tenía que hacer, tomando el control completo mientras yo no tenía otra opción que recibir y obedecer. La sumisión total, esa rendición que a la luz del día me da vergüenza reconocer y que de noche se convierte en lo único que quiero. Sin nombre, sin cara: solo la sensación de no tener que decidir nada, de entregarme por completo a algo más grande que mis propias ganas.

Bajé el vibrador.

Lento, muy lento. Por el vientre, la curva de la cadera, el pliegue interno del muslo. Lo evité a propósito, dando vueltas alrededor sin llegar, dejando que la tensión creciera hasta que aguantar se volviera más incómodo que seguir. Cuando finalmente lo acerqué, primero desde afuera, sin prisa, apenas un contacto, el sonido que se me escapó llenó el cuarto por completo.

Estaba muy húmeda. Más de lo que recordaba haber estado nunca en mi vida.

Subí la intensidad un escalón. Después otro. La mano libre apretaba la sábana, buscando dónde aferrarse. Las caderas se levantaban solas buscando más contacto, más presión. Me miraba en el espejo y me veía completamente fuera de control de una forma que no quería detener, que quería sostener todo lo posible.

No le debo nada a nadie. Solo me importa esto. Solo quiero más.

Subí la intensidad otra vez.

***

Lo que vino después fue distinto a todo lo anterior.

No fue gradual. Fue como una ola que lleva tiempo construyendo altura y de golpe rompe, sin que puedas hacer nada más que dejarla llevarte. Mis gemidos se volvieron más altos, más continuos, y en algún momento simplemente dejé de importarme el volumen. El departamento era solo mío y la noche podía escuchar lo que quisiera.

Apreté el pecho con la mano libre mientras el vibrador seguía trabajando abajo. La combinación de las dos cosas me empujó al borde en cuestión de segundos. El espejo me devolvió una imagen que quedó grabada: el cuerpo arqueado, los pechos brillantes, la cara completamente abandonada al placer, los pies apoyados en la cama, y todo ese calor concentrado exactamente donde tenía que estar.

Llegué de una forma que no tiene comparación con nada que haya sentido antes.

No fue un orgasmo. Fueron varios, encadenados, uno empujando al siguiente antes de que el anterior terminara del todo. El cuerpo pulsando, los muslos cerrándose sin que yo lo decidiera, un calor que empezaba muy adentro y se extendía hacia afuera hasta los dedos de los pies. Me arqueé tanto que solo la espalda y los talones tocaban la cama, y me quedé así, suspendida, hasta que el cuerpo no tuvo más para dar.

Apagué el vibrador cuando el contacto se volvió demasiado. Lo dejé caer sobre la sábana. Me quedé quieta.

El techo. El silencio. La respiración tardando varios minutos en volver a algo parecido a lo normal.

***

No sé cuánto tiempo estuve así. El teléfono marcaba pasada la una de la madrugada cuando finalmente me cubrí con la sábana y cerré los ojos.

Pensé, de manera vaga y lejana, en que al día siguiente había que trabajar. En que la ginecóloga me dijo que descansara. En que se supone que debería estar pensando en un montón de cosas serias.

Pero lo único que sentía era un bienestar físico completo, una ligereza en el cuerpo que hacía semanas que no tenía. Como si hubiera soltado algo que llevaba demasiado tiempo apretado.

Desde esa noche le dejé de dar explicaciones a la culpa. El cuerpo pide lo que pide, y negarle ese alivio no lo calma, solo lo amplifica hasta que ya no hay forma de ignorarlo. Así que ahora escucho. Con aceite, con el vibrador, con la imaginación haciendo el resto, construyendo escenas de control y entrega que guardo para mí durante el día y a las que me abandono sin reservas cuando apago la luz.

Todavía nadie sabe que estoy embarazada.

Y todavía nadie sabe lo que me pasa cuando estoy sola.

Tal vez algún día cuente lo que pasó cuando decidí dejar de estarlo.

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Comentarios (6)

Carmencita_88

Dios mio que calor!!! Muy bien escrito

SolaNocturna

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas

martu_rio

Me encanto, se siente muy real. Sigue asi!

LurkBA

Buenisimo, lo lei dos veces seguidas jaja

ViajeraK

Me recordo a una epoca muy intensa que pase hace años. Gracias por animarte a escribir algo tan honesto.

Noche_Lector

Que bien narrado, el inicio te atrapa y ya no podes soltar. Vas a escribir mas de este estilo?

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