Volví a la casa de mi amigo y su hermano ya me esperaba
Me llamo Camila, tengo veintiséis años y llevo casi la mitad de mi vida deseando al hermano menor de mi amigo Lucas. Sé que suena mal. Sé que hay reglas no escritas sobre esas cosas. Pero las reglas no sirven de mucho cuando alguien te mira como Matías me miraba a mí, como si quisiera arrancarme la ropa con los dientes ahí mismo, delante de su hermano.
Nunca fui la típica chica delgada. Tengo caderas anchas, tetas grandes y un culo que llama la atención aunque no quiera. Durante años eso me acomplejó, hasta que noté cómo Matías me recorría con los ojos cada vez que entraba a su casa. No era una mirada vulgar. Era algo más lento, más deliberado. Como si quisiera memorizar cada curva, cada pliegue, cada hueco antes de que yo desapareciera por la puerta. Como si me estuviera desnudando despacio con la mirada y ya supiera de memoria el color de mis pezones.
Lo conocí cuando él tenía trece y yo dieciséis. Era el hermano callado de Lucas, el que aparecía en la cocina cuando estábamos en el living y se esfumaba antes de que alguien le hablara. Con los años fue cambiando. Le marcó la mandíbula, le apareció esa sombra de barba que nunca se dejaba crecer del todo, y empezó a cortarse el pelo bien corto a los costados. Pero conservó la cara de nene bueno. Eso era lo peor de todo, porque debajo de esa cara Matías sabía perfectamente lo que hacía, y lo que quería hacerme.
Empezó con roces. Un brazo que me tocaba al pasar por el pasillo. Una mano que se demoraba en mi cintura cuando me saludaba con un beso en la mejilla. Un día, tendría él dieciocho, pasó detrás de mí en la cocina y su mano me agarró el culo entero, los dedos hundiéndose en la carne por encima del jean. No fue un accidente. Me apretó, despacio, midiendo el peso, y después me miró de reojo para ver mi reacción. Yo no dije nada. Sentí cómo se me humedecía la bombacha ahí parada, con su hermano a tres metros. Y ese silencio mío fue una invitación que él aceptó sin dudar, porque a partir de ahí lo hizo cada vez que tuvo oportunidad: mano en el culo, dedo deslizándose entre las nalgas por encima de la tela, pulgar rozándome un pezón mientras me daba un abrazo de saludo.
Dejé de ir a esa casa un par de años. No por él, sino porque la vida me llevó para otro lado: un trabajo nuevo, una relación que no funcionó, una mudanza al otro extremo de la ciudad. Pero cuando volví, todo seguía exactamente igual. Lucas me recibió con el abrazo de siempre. Y Matías, que ya tenía veintitrés, me recibió con esa sonrisa que prometía problemas y con un bulto bien marcado en el pantalón deportivo que no se molestó en disimular.
La primera vez que nos quedamos solos fue un viernes a la tarde. Lucas había salido a comprar algo y yo lo esperaba en el sillón. Matías apareció desde su habitación, se sentó a mi lado y me miró sin decir una palabra. Después se inclinó hacia mí y me besó.
Fue un beso lento. Suave. Su lengua entró en mi boca con la calma del que ya sabe que la otra no va a frenarlo. Me chupó el labio inferior, me lo mordió apenas, y mientras tanto su mano subió por debajo de mi remera y me agarró una teta entera, apretando el pezón entre el pulgar y el índice hasta arrancarme un suspiro. Cuando escuchamos la puerta de calle, nos separamos como si nada hubiera pasado. Pero los dos sabíamos que algo había cambiado, y que no tenía vuelta atrás.
A partir de ahí, cada visita se convirtió en un juego. Nos buscábamos con la mirada. Esperábamos que Lucas fuera al baño o a la cocina para robarnos un beso rápido, intenso, con las manos buscando piel debajo de la ropa. Un par de veces sentí su verga dura contra mi cadera y tuve que morderme el labio para no gemir. Una tarde me arrinconó en el lavadero y me metió la mano por dentro de la bombacha, dos dedos directo a mi coño empapado, y me hizo acabar mordiéndole el hombro para no gritar mientras Lucas pasaba películas en la sala. Vivíamos al borde de que nos descubrieran, y eso hacía que cada roce fuera más urgente, más cochino, más imposible de frenar.
La tarde que pasó todo, Lucas no estaba. Me había mandado un mensaje diciendo que se retrasaba en el trabajo, pero Matías me abrió la puerta y me pidió que pasara a esperarlo. Los dos sabíamos que yo no iba a esperar a nadie.
Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared del pasillo. Sus manos me tomaron la cintura y su boca buscó la mía con una urgencia que no habíamos tenido espacio de soltar hasta ese momento. Me besaba apretándome contra él, y yo sentía su verga dura clavándose contra mi vientre por encima de la ropa, latiendo, prometiendo. Me agarró la nuca con una mano mientras la otra bajaba por mi espalda hasta llegar a mi culo. Lo apretó sin ningún pudor, los dedos hundidos en la carne, separándome las nalgas por encima del jean como llevaba años queriendo hacer sin que nadie nos interrumpiera.
—Hace años que te quiero coger —me dijo contra la boca, sin soltarme—. Hace años, Camila.
—Y qué esperás —le respondí, pasándole la lengua por el labio.
Caminamos así hasta la cocina, torpes, sin separar los labios, chocándonos contra los muebles del pasillo. Me quitó el jean tirando desde los dos costados mientras yo me apoyaba contra la mesa. Me arrancó la bombacha de un tirón, literalmente, escuché el ruido de la tela y sentí el elástico cortarse contra mi cadera. Me levantó del trasero, las dos manos llenas de mi carne, y me sentó en el borde de la mesa. Abrió mis piernas despacio, mirándome a los ojos, y se quedó un segundo observándome el coño abierto frente a su cara, brillante, hinchado, con los labios ya separados de las ganas.
—Mirá cómo estás —murmuró—. Toda mojada para mí.
Bajó la cabeza y me lamió de un solo trazo largo, desde la entrada hasta el clítoris. Cerré los ojos y se me escapó un gemido obsceno. Empezó apenas tocándome con la punta de la lengua, tanteando, jugando, y después se prendió de mi clítoris y empezó a chuparlo como si fuera lo único que iba a comer en su vida. Cuando metió un dedo, me agarré del borde de la mesa con las dos manos. Cuando metió el segundo, le clavé los dedos en el pelo y le pegué la cara contra mi coño.
—Así, así, no pares, hijo de puta, no pares —le decía, sin reconocer mi propia voz.
Sus dedos entraban y salían rápido, curvados, golpeándome justo en ese punto, mientras su lengua no soltaba mi clítoris ni para respirar. Me saqué la remera y el corpiño de un tirón, me agarré las tetas con las dos manos, me pellizqué los pezones mientras él me comía. Él levantó la cabeza, me miró con la cara entera brillante de mis flujos, los labios y el mentón empapados, y se relamió despacio para que viera.
—Date vuelta —me ordenó.
Me bajó de la mesa, me dio vuelta y me inclinó sobre ella de un empujón. Mis tetas quedaron aplastadas contra la madera fría. Me separó las nalgas con las dos manos, bien abiertas, y hundió la cara entre ellas. Sentí su lengua recorrerme entera, desde el coño hasta el culo, sin pudor, sin pausa, lamiéndome los dos agujeros como un animal. Cuando me clavó la lengua en el culo, suelta, dura, profunda, mientras dos dedos seguían bombeando en mi coño, exploté. Acabé contra su cara con un grito largo, el cuerpo entero sacudido en espasmos, los muslos cerrándose contra su cabeza, hasta que terminé con la frente apoyada contra la mesa y las piernas temblándome sin control, mi flujo chorreándole por el mentón hasta el cuello.
Me di vuelta con la respiración todavía entrecortada. Lo besé y me sentí en mi propia boca, salada, espesa. Bajé las manos hasta su short deportivo y se lo arranqué. Su verga saltó dura contra su vientre, gruesa, con la cabeza brillante, una gota de líquido transparente colgando de la punta. Me lamí los labios sin poder evitarlo. La tomé en mi mano, la apreté, sentí cómo latía contra mis dedos, y después me arrodillé en el piso de la cocina.
Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, mirándolo a los ojos. Le lamí los huevos uno por uno, me los metí en la boca de a turnos, mientras lo masturbaba con la mano. Después me la metí entera de un solo movimiento. Él soltó un gruñido y me agarró el pelo con las dos manos.
—Mierda, Camila, mierda…
Empecé a chupársela despacio, acostumbrándome al grosor, dejando que mi saliva chorreara por sus huevos. Él me sostuvo el pelo sin empujar al principio, dejándome marcar el ritmo. Pero a medida que yo aceleraba, su mano apretó más y empezó a coger mi boca como si fuera otro agujero. Me la clavaba hasta el fondo de la garganta, los huevos golpeándome el mentón, las arcadas sacudiéndome y los ojos llenándoseme de lágrimas, pero no quise parar. Me la sacaba un segundo, me dejaba toser, y volvía a metérmela hasta atrás, agarrándome la cabeza con las dos manos.
—Te voy a llenar la boca, puta —me dijo entre dientes—. Vas a tragar todo.
El vaivén se hizo más rápido, más brusco, hasta que sentí todo su cuerpo tensarse, su verga hincharse contra mi lengua y un chorro caliente y espeso me llenó la garganta. Tragué el primero, pero él sacó la verga y los siguientes los descargó sobre mi cara, sobre mis labios, sobre mis tetas. Me dejó marcada de semen de la frente al cuello. Después me miró, ahí arrodillada, llena de su leche, y se le escapó otra gota que recogí con la lengua. Saqué la lengua y le mostré lo que había tragado antes de pasarla.
—Vení —me dijo con la voz ronca, agarrándome la mano—. No terminamos.
***
Me llevó casi a la rastra hasta su habitación. Me tiró sobre la cama boca arriba, me abrió las piernas y se hundió otra vez entre ellas, esta vez metiéndome la lengua directo adentro del coño, cogiéndome con la boca, los dedos abriéndome los labios para tener acceso completo. Estaba decidido a no dejarme bajar. En pocos minutos su verga ya volvía a estar dura, golpeando contra mi muslo cada vez que él se movía.
—De cuatro —me ordenó.
Me di vuelta sin discutir. Levanté el culo en el aire y bajé la cara contra el colchón. Escuché el ruido del envoltorio del preservativo y después sentí la cabeza de su verga frotándose contra mis labios empapados, deslizándose entre ellos sin entrar todavía, jugando. Le moví el culo contra él, desesperada.
—Pedímelo —me dijo.
—Metémela —gemí contra la sábana—. Metémela ya, por favor.
Empujó de una sola vez, hasta el fondo, y solté todo el aire que estaba conteniendo en un gemido largo. Me llenó entera, me partió en dos, sentí cómo me estiraba para acomodarse. Me agarró las caderas con las dos manos, los dedos clavados en mi carne, y empezó a coger. Firme, profundo, constante. Cada embestida me hacía apretar las sábanas con los puños y empujarle el culo de vuelta para que entrara más.
—Así te quería —me decía mientras me cogía—. Toda esta carne para mí. Mirá cómo tiembla este culo cada vez que te la meto.
Me dio una palmada con la mano abierta sobre la nalga derecha, fuerte. El sonido reventó en la habitación y lejos de dolerme, me prendió fuego. Me pegó otra del otro lado. Yo gemía más alto con cada cachetada, el coño apretándose alrededor de su verga sin que pudiera controlarlo.
—Más fuerte —le supliqué—. Cogeme más fuerte.
Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y aceleró. Su pelvis chocaba contra mi culo con un sonido obsceno, mojado, repetido, que llenaba la habitación entera junto con mis gemidos. En un momento metió tres dedos en mi coño junto con su verga, apenas un segundo, los retiró brillantes y me los llevó a la boca. Me los chupé enteros, probando mi propio sabor, mientras él seguía cogiéndome desde atrás.
Esos mismos dedos bajaron después, bien lubricados con mi saliva y mi flujo, hasta mi otro agujero. Me apoyó la punta contra el culo y empezó a presionar despacio mientras seguía adentro de mi coño. Me sobresalté, pero no le dije que parara. Metió un dedo entero, después de un rato el segundo, y yo me agarraba las sábanas con los dientes de lo bien que se sentía estar llena por los dos lados.
Estaba tan excitada, tan reventada de deseo, que cuando lo sentí salir de mi coño y acomodar la cabeza de la verga contra mi culo, solo lo miré por encima de mi hombro.
—¿Acá? —me preguntó, jugando, frotándome la punta contra el agujero ya dilatado.
—Ahí —jadeé—. Despacio.
Empujó con cuidado. La cabeza entró primero y solté un quejido largo entre el dolor y el placer. Se quedó quieto un segundo, dejándome respirar, y después fue ganando profundidad de a poco, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos descansar contra mi coño. Estaba entero adentro de mi culo. El dolor duró un instante. Después fue solo presión, plenitud, una sensación que no esperaba disfrutar tanto. Se movía con cuidado al principio, leyendo cada una de mis reacciones, y cuando vio que yo gemía sin contenerme y empujaba el culo contra él, fue ganando ritmo y profundidad.
—Tocate —me ordenó—. Tocate el clítoris mientras te cojo el culo.
Bajé una mano y empecé a frotarme. Estaba tan mojada que mis dedos se deslizaban solos, rápido, en círculos. Con cada embestida suya en el culo, yo me apretaba un círculo más fuerte, hasta que sentí esa ola subir desde adentro de los huesos.
—Me voy a venir —le dije con la voz rota—. No pares, hijo de puta, no pares.
Me agarró del pelo, tirando justo lo suficiente, y aceleró. Cogiéndome el culo a fondo, con golpes secos y profundos, su mano en mi pelo y la mía en mi clítoris. El orgasmo se construyó desde algún lugar muy profundo, subiendo como una ola que no podía frenar, y cuando llegó me sacudió entera. Grité contra el colchón sin importarme nada, el culo apretándose en espasmos alrededor de su verga, mis flujos chorreándome por los muslos. Las piernas me temblaron tanto que casi me desplomé contra la cama.
Matías salió con cuidado y me dio vuelta. Me miraba con la frente brillante de sudor, jadeando, la verga todavía durísima entre nosotros. Se quitó el preservativo y lo tiró al piso. Me preguntó con los ojos.
—¿Puedo terminar adentro?
No le contesté con palabras. Le abrí las piernas y lo guie con la mano hasta mi coño. Volvió a entrar en mí, esta vez sin nada entre nosotros, y los dos gemimos al mismo tiempo. La sensación fue completamente distinta. Más íntima, más real, más caliente. Sentía cada vena de su verga rozándome por dentro.
Se apoyó sobre mí con las manos en mis tetas, apretándomelas, retorciéndome los pezones entre los dedos, y yo lo envolví con las piernas, los talones clavados contra su culo para atraerlo más cerca. Me besó hondo y sentí su aliento caliente contra mi cuello cuando me susurró que ya no aguantaba más.
—Acabá adentro —le dije al oído, cruzando las piernas detrás de su espalda—. Lleñame entera. Quiero sentir cómo me lo descargás todo.
No necesitó que se lo dijera dos veces. Aceleró brutalmente, cada embestida más profunda que la anterior, su pelvis golpeando la mía con un ritmo desesperado. Me mordió el cuello, me chupó un pezón, me agarró la cara con una mano para mirarme a los ojos justo cuando llegó. Su cuerpo entero se tensó, soltó un gruñido contra mi boca, y sentí ese pulso cálido llenándome por dentro, chorro tras chorro, hasta que se desbordó y bajó tibio entre mis nalgas. Se quedó inmóvil unos segundos, con la cara enterrada en mi cuello y la respiración cortada, la verga todavía latiendo dentro de mí. Después su peso se relajó sobre mi cuerpo.
Cuando salió, su semen se escurrió despacio fuera de mí. Él me miró ahí, abierta, llena de él, y bajó la cabeza otra vez. Me lamió todo lo que se había desbordado, despacio, recogiéndolo con la lengua y subiéndolo hasta mi boca para que lo compartiéramos en un beso espeso y obsceno que me arrancó otro gemido tardío.
Después se dejó caer a mi lado, agotado. Me miró con esa cara de nene bueno que tanto me volvía loca, ahora con los labios todavía brillantes de los dos, y me preguntó si me había gustado. Le respondí besándolo despacio, con mi mano en su mejilla, un beso largo y tranquilo que decía más que cualquier palabra.
Nos quedamos así un rato. En silencio, con las piernas enredadas y el calor del otro todavía pegado a la piel, mi coño latiendo todavía, sintiendo su semen escurrirse despacio sobre las sábanas. No hablamos de Lucas, ni de lo que esto significaba, ni de lo que iba a pasar después. Solo estuvimos ahí, juntos, escuchando los ruidos de la calle que entraban por la ventana, como si por un rato el mundo fuera más simple de lo que realmente es.
