La apuesta que casi ganamos en el mirador
Sofía miró el reloj de su teléfono y soltó un suspiro que no anunciaba cansancio sino resignación. Las seis y cuarto. La tarde se consumía deprisa, y con ella, el único rato de la semana que era completamente suyo.
Completamente suyo y de Rodrigo, que seguía tumbado a su lado sobre la toalla con los ojos cerrados, fingiendo que el tiempo no existía.
—Hay que recoger —dijo ella por fin, incorporándose y sacudiéndose la arena de los antebrazos.
—Ya lo sé.
—Lo sabes, pero no te mueves.
—Porque si me muevo, esto termina.
Sofía sonrió sin querer. Era ese tipo de respuesta que le resultaba imposible rebatir, no porque fuera particularmente brillante, sino porque era verdad. Había algo en esa cala apartada —sin familias con niños, sin grupos ruidosos, solo parejas que también parecían tener sus propios secretos— que hacía que las horas pasaran de un modo diferente. Con más peso. Con más cuerpo.
Habían llegado cuatro horas antes con los nervios a flor de piel. La excusa era una tarde de playa, algo inocente, algo que cualquiera podría entender. Pero ella sabía, desde que Rodrigo le mencionó esa cala concreta, que la tarde no iba a ser exactamente inocente. El nombre no aparecía en las aplicaciones más populares de mapas. Había que saber buscarla.
Se puso en pie y estiró los brazos hacia arriba. Rodrigo abrió los ojos justo en ese momento y no disimuló nada. La miró de arriba abajo, deteniéndose en las tetas apretadas dentro del triángulo mojado del bikini, en los pezones marcados por el frío del último baño, en el pubis abultado bajo la tela tensa.
—Para —dijo ella, sin dejar de sonreír.
—No estoy haciendo nada.
—Estás mirando.
—Estoy disfrutando. Es diferente.
Recogieron las toallas, el protector solar y los restos de una tarde que había comenzado con nervios y terminado con esa calma extraña que viene cuando uno habla durante horas sin temas preparados de antemano. Ahora caminaban cogidos de los dedos hacia el aparcamiento, donde les esperaban dos coches y dos vidas separadas, como siempre.
***
El sendero de vuelta subía entre rocas, primero por unos escalones de piedra desgastada y luego por una rampa que desembocaba en un pequeño mirador con barandilla de madera y vistas abiertas hacia la bahía.
Sofía se detuvo.
Dejó caer la mochila al suelo, apoyó los antebrazos en la barandilla y fijó la mirada en el horizonte. El mar estaba en calma, casi sin ondas, con ese color verde oscuro que tiene cuando el sol empieza a bajar en serio.
—Estoy haciendo una foto mental —dijo.
—¿Para acordarte de qué parte?
—De todo esto. —Hizo un gesto vago con la mano—. Del día.
Rodrigo se acercó por detrás y le puso las manos en la cintura con esa delicadeza calculada de quien quiere dar tiempo a que el otro decida. Sofía no se apartó. Al contrario, se recostó levemente contra él y dejó que sus manos la rodearan mejor. Notó al instante la polla dura de Rodrigo empujando contra la raja de su culo por encima de los leggings, apenas contenida por la tela húmeda del bañador. Ella soltó una risa muy corta, casi por la nariz, y se apretó un poco más contra él.
El viento traía olor a sal y a roca caliente.
—Desde aquí la playa parece otra —dijo él.
—Éramos cuatro o cinco parejas, nada más. Sin familias, sin niños.
—Todos con sus propios asuntos.
Sofía movió las caderas, apenas un centímetro. Solo para comprobar. Y lo notó de lleno: la polla dura de él resbalando por la tela ajustada, encajándose entre sus nalgas como si buscase el sitio. Rodrigo también lo notó, y sin decir nada la atrajo un poco más hacia sí, empujando con la pelvis desde atrás, marcándole el bulto en los leggings.
—Mira aquellos —dijo ella en voz baja, señalando con discreción hacia la orilla—. La chica del sombrero de paja y el chico con la camiseta azul. ¿Los ves? Los que están recogiendo cerca de las rocas.
—Los veo.
—¿Qué crees que son el uno para el otro?
Rodrigo los observó un momento.
—Poco tiempo juntos. Se miran demasiado.
—Como nosotros antes.
—Como nosotros ahora —respondió él.
***
Permanecieron callados. Sofía miraba el horizonte, pero su atención llevaba varios minutos en otro sitio, concentrada en el calor que irradiaba el cuerpo de Rodrigo a través de la tela mojada del bañador, en la presión constante de sus manos sobre su cintura y en esa polla dura que seguía marcada contra su culo, como un recordatorio permanente.
—¿Confías en mí? —preguntó él, de repente.
Sofía tardó en responder.
—Eso suena a trampa.
—Es una pregunta directa.
—Sí —dijo al fin—. Confío en ti.
Rodrigo miró hacia ambos lados del sendero. No había nadie. Solo ellos dos, la barandilla de madera y el mar abajo, indiferente a todo.
Empezó a bajarle los leggings.
Lo hizo despacio, deslizando los dedos por sus caderas, arrastrando la lycra por las nalgas hasta que la piel desnuda quedó al aire. Sofía sintió el tejido ceder y arrugarse alrededor de sus rodillas. El viento le rozó los muslos y directamente el culo desnudo. Siguió mirando el horizonte sin moverse, con una sonrisa tensa que no era exactamente de tranquilidad, notando cómo el aire le tocaba los labios del coño por debajo del bikini.
—¿Y ahora? —murmuró.
Rodrigo no respondió de inmediato. Buscó los lazos del bikini con los dedos, encontró los nudos apretados por la humedad del baño, tardó un momento en deshacerlos, y cuando lo consiguió, tiró de la tela entre sus piernas y la sacó por delante. Sofía sintió el aire directamente en su coño y cerró los ojos durante dos segundos. Notó la humedad propia mezclándose con la brisa, el clítoris hinchándose bajo su capucha, los labios menores separándose apenas por el simple hecho de estar expuestos.
Rodrigo se agachó un instante detrás de ella y le pasó los dedos por la raja, de atrás hacia adelante, muy despacio. Los dedos volvieron mojados hasta la segunda falange. Se los llevó a la boca y los chupó, uno por uno, mirando cómo ella se agarraba a la barandilla.
—Estás empapada —le murmuró al oído.
—Cállate.
Así que a esto se refería con «accesible».
Luego, Rodrigo empezó a subirle los leggings de nuevo.
La lycra la fue envolviendo centímetro a centímetro, y cuando llegó a la cintura, él tiró con fuerza hacia arriba, levantándola casi del suelo. El tejido quedó muy tenso, apretado contra ella de una manera que no era exactamente incómoda: los labios del coño empujados hacia afuera contra la costura central, el clítoris marcado bajo la lycra como una piedrita.
—Falta ajustarlos bien —dijo Rodrigo, con la voz convertida en un murmullo.
Le pasó los dedos por la entrepierna con una presión deliberada, de adelante hacia atrás, haciendo que la lycra se metiera entre sus labios y frotara el clítoris a cada pasada. Sofía apretó los dedos en la barandilla y separó las piernas dos centímetros sin darse cuenta.
—Otra vez —dijo.
Él lo repitió. Y otra vez más. La tela se iba oscureciendo en la costura, mojada por dentro, y cada vez que Rodrigo raspaba la yema del dedo contra el clítoris a través de la lycra, Sofía apretaba la mandíbula.
Sofía mantuvo los ojos cerrados. La presión era exacta, y el tejido fino de los leggings no amortiguaba nada, solo trasladaba cada movimiento con una fidelidad que la estaba volviendo loca de a poco. Cuando Rodrigo volvió a agarrar el elástico y tiró con más fuerza hacia arriba, hincando la costura entre los labios de su coño hasta el fondo, ella hizo un sonido breve, apenas audible, que él sí escuchó.
—¿Mejor así?
—Casi —dijo Sofía. Buscó su mano y la devolvió a su entrepierna—. Deja el dedo ahí un rato. Aprieta.
Rodrigo apretó. Con el pulgar sobre el clítoris cubierto por la lycra empapada y los otros dedos amoldados a la vulva, empezó a describir círculos pequeñísimos que hacían que ella se arqueara hacia atrás y le clavara el culo contra la polla dura.
***
Permanecieron quietos. Rodrigo la rodeaba por detrás con el brazo izquierdo apoyado en la barandilla y la mano derecha en el lugar exacto donde ella la había colocado. Sofía miraba la bahía con los ojos entornados, sintiendo cada pequeño movimiento como si se amplificara desde el centro de su coño hacia afuera, subiendo por el vientre en oleadas cortas.
Cinco minutos. Quizás seis.
El sol seguía bajando. Las sombras de las rocas se alargaban sobre el agua quieta. Rodrigo aprovechó para agacharse un momento y morderle la nalga por encima de la lycra, dejando una marca húmeda en la tela. Ella jadeó bajito.
—¿Te propongo un juego? —dijo Sofía sin girar la cabeza.
—Adelante.
—Esa pareja de la playa —señaló con un gesto apenas visible hacia el sendero de piedra que subía desde la arena—. Están recogiendo sus cosas. En diez minutos, como mucho, pasan por aquí.
—Los veo.
—Tienes que meter la mano por dentro de los leggings. Y si consigues que me corra antes de que lleguen a nuestra altura, esta noche buscamos un hotel y follamos. Sin prisa. Con la puerta cerrada y sin ropa.
Rodrigo tardó exactamente dos segundos.
—¿Y si no lo consigo?
—Volvemos mañana. A esta misma cala. A esta misma hora.
—¿Y mañana qué?
Sofía se giró lo justo para mirarlo de reojo, con esa sonrisa que él no terminaba de descifrar del todo.
—Mañana me pongo unos leggings más finos. Y sin bragas debajo, como hoy.
—Trato hecho.
***
No hubo más palabras.
Rodrigo deslizó la mano por dentro del elástico, despacio pero sin dudar, con los dedos abriéndose paso por la piel sudada del vientre hasta encontrar el vello corto y recortado del pubis. Sofía separó levemente las piernas para facilitarle el acceso y apoyó la frente en sus propios brazos, sobre la barandilla, mirando la bahía y jadeando por la boca.
Lo que encontró le confirmó todo lo que necesitaba saber.
Estaba completamente empapada. El coño chorreaba, los labios estaban hinchados y calientes, y el dedo corazón entró sin resistencia ninguna hasta el nudillo. Sofía contuvo un gemido entre los dientes y apretó las paredes del coño alrededor de aquel dedo, como si quisiera exprimirlo. Rodrigo lo sacó despacio, todo mojado, y volvió a meterlo, esta vez con dos.
—Estás hecha una guarra —le susurró contra la nuca.
—Sigue.
—¿Así?
—Más adentro. Y con el pulgar arriba, donde sabes.
Rodrigo buscó el ángulo que le funcionaba, el que había descubierto unas semanas atrás: dos dedos curvados hacia dentro golpeando ese punto rugoso en la pared frontal, mientras el pulgar hacía círculos apretados sobre el clítoris. Cuando encajó todo, Sofía mordió la manga de su camiseta para no gemir en voz alta.
—No pares. Joder, no pares.
Empezó a moverse con un ritmo constante y deliberado, entrando y saliendo con los dos dedos, empapándose la palma. El chapoteo era pequeño pero audible, un sonido húmedo que se colaba entre el ruido de las olas allá abajo. Cada empuje hacia arriba le levantaba el culo a Sofía medio centímetro contra la polla dura de él, y Rodrigo apretaba los dientes para no correrse en el bañador solo por el frote.
Sofía lo sentía todo más intenso de lo habitual. La posición doblada contra la barandilla, el lugar abierto, la humillación deliciosa de estar con los leggings bajados y el coño ensartado en dos dedos ajenos al aire libre, el riesgo real de que en cualquier momento alguien pudiera aparecer por el sendero y encontrarlos así, sumado a las horas de tensión acumulada desde que se habían sentado en la arena por primera vez esa tarde. El calor le subía desde el coño abierto hacia el vientre en oleadas irregulares y cada vez más frecuentes.
—Voy a correrme —murmuró—. Sigue, más rápido, más rápido.
Rodrigo obedeció. Los dos dedos entraban y salían con un ruido líquido que a él le ponía la polla al borde. Con el pulgar apretaba el clítoris hinchado, dibujando círculos rápidos, y con la otra mano le agarraba una teta por debajo de la camiseta y del sujetador del bikini, pellizcando el pezón entre el índice y el pulgar.
—Córrete —le dijo al oído—. Córrete en mi mano, guarra.
Sofía se dobló un poco más sobre la barandilla y abrió las piernas todo lo que los leggings enrollados en los muslos le permitían. La polla dura de Rodrigo seguía marcada contra su culo, encajada, empujando. Empezó a temblarle todo desde el vientre hacia adentro.
Rodrigo miraba el camino de reojo sin dejar de moverse. La pareja de la playa avanzaba sin prisa, deteniéndose aquí y allá, señalando cosas, riendo. Aún quedaba margen. O eso creyó.
Sofía empezó a tensarse en serio. Las manos en la barandilla, los muslos, la mandíbula. Su respiración se fue haciendo menos controlada, más corta, y Rodrigo lo notó de inmediato. Ajustó el movimiento, un poco más de presión sobre el punto que sabía, un poco más de ritmo con el pulgar contra el clítoris, y durante diez segundos estuvo completamente seguro de que iba a conseguirlo. Sentía el coño de ella tragarse los dedos con espasmos cada vez más marcados, las paredes cerrándose, la humedad chorreándole por la muñeca.
Entonces escuchó una risa.
No venía del sendero principal. Venía de un camino lateral que él no había visto antes, y antes de poder reaccionar, la pareja ya estaba a tres metros a su izquierda: la chica del sombrero de paja con cara de quien acaba de entender exactamente lo que está pasando, y el chico con la camiseta azul con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y la diversión.
Rodrigo sacó la mano de golpe, con los dedos brillantes de humedad, y los escondió detrás de la espalda.
Sofía se incorporó y apoyó los codos en la barandilla como si nada, apretando los muslos para disimular el temblor que todavía le recorría el coño frustrado, a un centímetro del clímax. La chica del sombrero contuvo una carcajada con poco éxito, agarró a su acompañante del brazo y aceleró el paso. Los cuatro permanecieron en el silencio exacto que duran tres segundos hasta que la otra pareja dobló la curva del sendero y desapareció.
***
—Creo que no lo he conseguido —dijo Rodrigo.
Había algo en su voz que era mitad frustración y mitad risa contenida. Se llevó los dos dedos a la boca y los chupó despacio, sin dejar de mirarla, saboreando el flujo que le había quedado.
Sofía se giró hacia él. Tenía las mejillas encendidas, el pelo pegado a la sien por el sudor y una expresión difícil de descifrar, esa mezcla de excitación y diversión que hacía que Rodrigo no pudiera dejar de mirarla. El coño le seguía latiendo, hinchado, a medio corrida, y la lycra empapada en la costura era una tortura que le rozaba a cada respiración.
—Depende de cómo lo analices —dijo ella.
—¿Cómo lo analizo?
Sofía se acercó a él, le pasó los brazos por el cuello y apretó su cuerpo contra el de él. Rodrigo notó exactamente lo que ella quería que notara: que entre ellos solo había una fina capa de lycra y nada más, y que del otro lado había un coño mojado que buscaba la forma de rozarse contra el bulto duro de su bañador. Ella empujó con la pelvis, muy despacio, y sintió la polla amoldarse a la raja de su coño por encima de la ropa.
—Como que tienes una cita conmigo mañana —dijo, despacio, con la boca cerca de su oído—. A esta misma hora, en esta misma cala. Y esta vez voy a ponértelo mucho más fácil para que puedas ganar.
—¿Cuánto más fácil?
—Los leggings que llevaré mañana son tan finos que apenas cuentan como ropa. —Una pausa, y una mano bajando entre ellos para agarrarle la polla por encima del bañador y apretar—. Y llegaremos antes que nadie. Y cuando termines de meterme los dedos, quiero esto dentro. Aquí mismo, contra la barandilla.
Rodrigo la miró durante varios segundos, con la respiración pesada.
—¿No soñaré contigo esta noche y luego no vendrás?
Sofía lo besó. Sin prisa, con intención, metiéndole la lengua hasta el fondo y moviéndose contra su polla con esa suavidad que resultaba más demoledora que cualquier otra cosa que hubieran hecho esa tarde. Le mordió el labio al separarse. Cuando lo soltó, el sol ya tocaba la línea del horizonte y las sombras cubrían casi toda la bahía.
—Considera esto la prueba de que mañana quiero verte —dijo ella—. Y quiero volver a casa con tu semen dentro.
Y los dos sabían perfectamente que esa noche ninguno iba a dormir demasiado bien.
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