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Relatos Ardientes

Descubrí mi cuerpo a solas y nada volvió a ser igual

Todo esto pasó cuando todavía vivía con mis padres, en una colonia tranquila al poniente de Guadalajara. Tenía veinte años recién cumplidos y la cabeza llena de una urgencia que no sabía nombrar. Las hormonas me dominaban a todas horas, y aunque por fuera parecía un chico cualquiera, por dentro hervía una curiosidad que no le confesaba a nadie.

Siempre me había considerado heterosexual. Me gustaban las mujeres, soñaba con ellas, las buscaba con la mirada en la calle. Pero hubo un detalle que descubrí muy pronto y que me acompañó durante años, casi como un secreto que me daba vergüenza admitir incluso ante mí mismo.

Una tarde, siendo más joven, me estaba bañando sin prisa. El agua caliente me relajaba y empecé a recorrerme el cuerpo sin pensar demasiado. Sin querer, mis dedos resbalaron entre mis nalgas y rocé una zona que nunca había tocado con atención. La sensación me dejó quieto bajo el chorro de agua. Era rara, intensa, distinta a todo lo que conocía. Un cosquilleo eléctrico me subió por la columna y sentí cómo mi polla, que hasta entonces colgaba tranquila, empezaba a hincharse sola, como si ese punto entre mis nalgas tuviera un hilo directo con ella.

¿Por qué se siente así?

El morbo me ganó. Salí de la regadera, busqué un espejo de mano y me encerré a observar mi propio cuerpo desnudo con una mezcla de pudor y fascinación. Me abrí las nalgas frente al espejo y vi por primera vez mi propio agujero, esa arruga rosada que se contraía sola cada vez que la miraba. Rocé el borde con la yema del dedo y sentí un latigazo que me hizo apretar los dientes. No sabía qué buscaba, solo sabía que aquella curiosidad me encendía de una forma que no entendía.

***

El verdadero descubrimiento llegó por accidente. En casa teníamos uno de esos aparatos de masaje, de los que vibran para aliviar la espalda. Un día, jugando con él, lo apoyé sin pensar sobre mi entrepierna, encima del pantalón. La vibración me atravesó entero. Fue tan repentino y tan placentero que me quedé sin aire, con esa imagen clavada en la mente, incapaz de olvidarla. Sentí mi polla endurecerse dentro del jean en cuestión de segundos, pulsando contra la tela, mojando el bóxer con un hilo pegajoso que salía sin permiso.

Esperé horas. Conté los minutos hasta que la casa quedó vacía. En cuanto escuché el coche de mis padres alejarse, corrí por el aparato como un poseído. Me desnudé a toda prisa, me tumbé y apoyé la vibración directamente sobre mi verga, que ya estaba completamente dura antes de tocarla siquiera. La cabeza hinchada, morada, con una gota de líquido transparente resbalando por el glande.

La sensación fue devastadora. Apreté el aparato contra el frenillo, contra los huevos, contra toda la longitud del tronco. Cada vibración me hacía arquear la espalda contra el colchón. Sin darme cuenta abrí las piernas y bajé el aparato hasta rozar mi perineo, y de ahí un poquito más atrás, hasta que la vibración me llegó al agujero. Grité contra la almohada. Aquello era demasiado. La polla empezó a saltar sola, palpitando sin que la tocara, y sentí cómo algo se acumulaba en la base, un peso, una presión que subía sin freno.

Algo cedió dentro de mí y me vine por primera vez en mi vida. Chorros gruesos de semen saltaron desde la punta y me cayeron encima del vientre, del pecho, hasta uno me alcanzó la barbilla. La verga se sacudía sola, escupiendo lechada caliente, y yo temblaba entero, con las piernas rígidas y los dedos de los pies encogidos.

No tenía la menor idea de lo que acababa de pasar. No entendía qué era ese líquido espeso que ahora me chorreaba entre los dedos cuando me lo llevé a la mano para olerlo, para tocarlo, para entender. Solo sabía que era el placer más intenso que había sentido nunca. Y como apenas era un muchacho, en menos de cinco minutos ya estaba listo otra vez, con la polla dura de nuevo, dispuesto a repetirlo.

Así aprendí a masturbarme sin saber que lo estaba aprendiendo. Cada vez que me quedaba solo en casa, corría por el aparato, me encerraba y aprovechaba cada minuto antes de que alguien regresara. Era mi ritual secreto, mi escape, lo único que me pertenecía por completo. A veces me venía tres o cuatro veces seguidas, hasta quedar seco, con la polla enrojecida y los huevos vacíos.

***

Con el tiempo llegó internet a casa, y con él, el acceso a videos y a relatos eróticos que me abrieron un mundo entero. Por fin entendí lo que le pasaba a mi cuerpo, le puse nombre a las cosas, descubrí que no era el único que sentía esas urgencias. Aprendí que ese líquido era corrida, que a esa presión se le llamaba orgasmo, y que había gente que se pasaba la vida buscando lo que yo hacía a escondidas.

Mis sesiones cambiaron. Dejé de buscar terminar rápido. Aprendí a alargar el placer, a retrasar el momento final, a quedarme en esa frontera deliciosa durante minutos eternos mientras leía o miraba. Descubrí que el deseo se podía estirar como una cuerda tensa, y que cuanto más la tensaba, más fuerte era el estallido. Me la puñeteaba despacio, apretando la base para no venirme, aflojando cuando la urgencia bajaba, viendo videos de mujeres siendo folladas por detrás mientras me imaginaba en su lugar.

Una noche, perdido entre tantas lecturas, me topé con un relato distinto. Un hombre narraba su encuentro con una travesti, y por algún motivo aquellas palabras me prendieron de una manera que no esperaba. Leía cómo ella se abría de piernas, cómo él le metía la verga hasta el fondo del culo, cómo la travesti gemía pidiendo más, y mi polla saltaba sola en mi mano. Terminé en un instante, casi sin tocarme, disparando corrida por todo el teclado. Pero esa noche aprendí dos cosas que me marcaron.

La primera: existían personas que disfrutaban del placer anal sin pudor, que se atrevían a explorar lo que yo apenas rozaba con miedo. No estaba solo en esa curiosidad. Aquello que sentía cuando me tocaba entre las nalgas tenía un nombre, y mucha gente lo buscaba con gusto.

La segunda, más práctica: frotar mi verga con crema o con algo que la lubricara multiplicaba la sensación. A partir de ahí empecé a masturbarme también con la mano, despacio, descubriendo texturas. Me untaba crema en la palma y me la cerraba alrededor del tronco, deslizándola arriba y abajo, apretando el glande al llegar arriba, girando la muñeca como si fuera un coño estrecho tragándome. Poco a poco fui dejando de lado el viejo aparato de masaje.

***

Pasaron los meses y mis búsquedas se fueron concentrando en una sola cosa. Me obsesionaba el sexo anal. Me quedaba mirando cómo las mujeres se ofrecían en cuatro, cómo abrían las nalgas con sus propias manos para que les metieran la polla en el culo, cómo se retorcían mientras las embestían por atrás. Devoraba los relatos buscando justo esos pasajes, el instante exacto en que la verga forzaba el esfínter y se abría paso hacia adentro. Releía esas líneas una y otra vez, imaginándome siendo yo el que recibía.

Una tarde, después de venirme dos veces seguidas y con el cuerpo ya flácido, seguía con una calentura que no se apagaba. La polla se me negaba a subir de nuevo pero el culo me latía, como si tuviera hambre. Me metí a bañar para calmarme. El agua caliente me recorría y, sin pensarlo demasiado, me recosté en el piso de la regadera, doblé las rodillas contra el pecho y empecé a acariciarme entre las nalgas, recordando todas esas imágenes.

Pero algo era distinto esa vez. Toda mi excitación se había mudado a esa zona. Mi verga volvía a estar dura, y sin embargo no tenía ninguna gana de tocármela. Lo único que quería era seguir acariciando esa entrada, presionarla con la yema, sentir cómo el músculo se contraía bajo mi dedo, atreverme a un poco más.

Me decidí. Me lamí el dedo meñique hasta empaparlo de saliva, pensando que sería lo más fácil por ser el más pequeño. No lo fue. Estaba virgen ahí, sin la menor experiencia, y mi cuerpo se resistía. Apreté con paciencia, empujando la punta contra ese anillo cerrado, sintiendo cómo cedía un milímetro y luego se volvía a cerrar. Insistí una y otra vez, hasta que la puntita logró abrirse paso y colarse dentro.

La sensación me sorprendió. Primero fue puro desconcierto, una presión rara, un ardor. Luego llegó un dolor agudo, como si me estuvieran clavando algo, que casi me hace parar. Pero recordé lo que decían los relatos, que al principio dolía, que había que ir despacio, que solo después del vaivén constante el dolor cedía y daba paso al placer.

Así que insistí. Empecé a mover el dedo con un ritmo suave y constante, entrando y saliendo, hundiéndolo un poco más en cada estocada, esperando esa promesa. Y para mi asombro, funcionó. El dolor se fue diluyendo, reemplazado por un calor grueso, por un morbo que crecía con cada movimiento. Sentí que el culo se relajaba solo, que me chupaba el dedo hacia adentro, y en un momento el meñique entró hasta el nudillo sin resistencia. Por primera vez disfrutaba de sentir algo dentro de mí, moviéndose, abriéndome. La polla se me puso durísima contra el vientre, chorreando líquido pre, sin que la hubiera tocado ni una vez.

Aquella primera vez no cuidé la higiene como debía, y la incomodidad posterior me enseñó una lección. A partir de entonces investigué cómo prepararme bien, porque sabía que esto no iba a ser un experimento de una sola noche. Era una puerta que acababa de abrir y que no pensaba cerrar.

***

Los días siguientes me olvidé del aparato y de la crema. Mi atención estaba en otra parte. Aprendí a usar la manguera del lavadero para limpiarme por dentro, a llenarme de agua templada y luego expulsar todo, hasta quedar en condiciones perfectas para explorarme con calma y sin sorpresas desagradables.

Empecé a masturbarme a diario en la regadera, ya solo concentrado en esa nueva sensación. Me arrodillaba, apoyaba el pecho contra el suelo mojado y dejaba el culo bien alto, ofrecido al aire. Recorría toda la longitud de mi dedo más largo, lo hundía por completo hasta que la mano tocaba mis nalgas, lo giraba adentro buscando puntos, lo sacaba lentamente para volver a meterlo de una sola embestida. Con el cuerpo relajado y la ducha caliente cayéndome en la espalda, lo que antes me dolía ahora me hacía suspirar contra el azulejo.

Descubrí un punto adentro, hacia adelante, que cuando lo presionaba con la yema me hacía escupir un chorro grueso de líquido pre por la punta de la polla, sin siquiera rozarla. Me quedaba ahí, masajeando ese lugar, viendo cómo la verga goteaba sola como una canilla mal cerrada, y me temblaban los muslos.

Después de muchos intentos me propuse meter dos dedos a la vez. No fue sencillo, mi cuerpo se quejaba al principio, el esfínter se resistía a abrirse tanto, pero la constancia venció la resistencia y lo conseguí. La sensación de plenitud fue distinta, más gruesa, más adulta. Empecé a bombearme con los dos dedos abriéndome despacio, sintiendo cómo mi culo se estiraba para tragarlos, y cada nuevo logro me dejaba con ganas de más, como si siempre hubiera otro umbral esperándome.

Con el tiempo empecé a buscar objetos por la casa, cada vez más gruesos, para imitar la firmeza de una verga de verdad. Mangos de cepillo bien lavados y forrados, pepinos que robaba de la nevera, velas gordas de las que mi madre guardaba en un cajón. Los untaba de crema, me ponía en cuatro frente al espejo y me los metía lentamente, mirando cómo desaparecían dentro de mí, cómo mi agujero se abría para tragarlos hasta la base y luego se cerraba alrededor cuando los sacaba. Cuando mi cuerpo ya aceptaba tamaños considerables, mis sesiones se volvieron un vaivén entre puñetearme por delante o cabalgar un objeto por detrás, según el antojo del día.

Lo más extraño y maravilloso fue descubrir que esas sesiones anales eran larguísimas. No me venía, no eyaculaba, simplemente flotaba en un placer continuo que parecía no tener fin. Podía estar una hora entera con algo metido en el culo, moviéndolo despacio, jugando con el ritmo, jadeando bajito para no despertar a nadie, sin llegar nunca al final. Mucho tiempo después llegaría a tener orgasmos por esa vía tan intensos que el cuerpo se me sacudía entero, que la polla se me disparaba sola en chorros interminables, sin necesidad de tocarme por delante ni una sola vez.

***

Pero la imaginación nunca se queda quieta. A medida que perfeccionaba mi placer en soledad, mis fantasías se volvían más concretas, más exigentes. Empecé a imaginarme rodeado de cuerpos, en encuentros donde había hombres y mujeres a la vez, donde yo era el centro de todas las manos, de todas las bocas, de todas las vergas. Me veía mamando una polla mientras otro me la metía por atrás, con una mujer sentada en mi cara ofreciéndome su coño para chupar. La calentura ya no cabía dentro de mí.

Una noche, después de una de esas sesiones eternas en las que terminé con dos dedos adentro y la polla escupiendo corrida sobre las baldosas, lo tuve claro. Estaba cansado de fantasear. Quería que pasara de verdad. Quería que alguien me hiciera sentir lo que llevaba años imaginando a solas en la regadera.

Lo lógico, pensé, era que mi primera vez fuera con una mujer. Era lo que más deseaba. Soñaba con hundir mi verga en un coño de verdad, con sentir esa carne apretada y caliente tragándome. Pero con mi poca experiencia no tenía ni idea de cómo proponerle algo así a nadie. Me metí en portales de encuentros y la realidad me golpeó: ninguna mujer parecía interesada en un chico sin recorrido. Casi todas buscaban pareja estable o a un hombre maduro que supiera lo que hacía.

Fue entonces, en mitad de una de esas noches calientes, cuando se me cruzó otra idea. Si tanto me obsesionaba la penetración, si tanto la había ensayado yo solo con dedos y objetos, ¿por qué no buscar a un hombre dispuesto a iniciarme de verdad, a meterme una polla de carne y hueso hasta el fondo? Lo escribí casi como un juego, sin demasiada esperanza.

La respuesta me dejó sin palabras. Abundaban los hombres dispuestos a estrenar a un primerizo, a guiar a alguien joven y curioso por ese camino que yo solo conocía a medias. Los mensajes se acumulaban, todos ofreciéndose, todos prometiendo vergas gruesas, corridas calientes, sesiones largas para enseñarme a recibir como se debe. Y yo, con el corazón acelerado y la polla dura contra el pantalón, empecé a leerlos uno por uno, intentando decidir cuál sería el primero.

Esto está a punto de dejar de ser una fantasía.

Pero cómo elegí, qué pasó esa primera cita y todo lo que vino después, eso es otra historia. Esa la guardo para la próxima vez.

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Comentarios(8)

Noctambulo_BA

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

noche_lectora

Por favor escribi mas, quede con ganas de saber como siguio todo. Muy bueno!

Pili_Noche

me recordo mucho a algo que vivi hace años y que nunca conte a nadie. Gracias por plasmarlo tan bien

DiegoQ73

Cuantos años tenias cuando te paso esto? pregunto porque parece una experiencia muy universal aunque pocos la hablan abiertamente jaja

Romina_84

Muy bien narrado, se siente cercano y real. Sigue compartiendo!

ClauditaM

Se hizo cortisimo, quiero mas :)

TomasR_ok

Pocas veces leo algo que se sienta tan autentico y sin pretensiones. Muy bueno.

Sarita_V

me enganche desde el principio y ya no pude parar. Excelente!!!

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