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Relatos Ardientes

Solo en casa, el calor despertó todas mis fantasías

Me despierto de golpe. Las dos y cinco de la madrugada. Calor, un calor espeso que se pega a la piel. Estoy destapado, sin una sola prenda encima, y aun así el cuerpo me suda por todos lados. Las ventanas llevan abiertas desde la tarde y no sirven de nada: el aire de fuera está tan caliente como el de dentro, como si la casa entera respirara fiebre.

Me levanto medio dormido y voy hacia la cocina. Necesito agua, lo que sea que esté frío.

Joder. Me doy cuenta de que estoy empalmado. Y necesito mear, pero así no hay manera. Me la rozo con la mano y siento un tirón en el bajo vientre. El cuerpo me pide guerra. Anoche no me toqué, y el día anterior tampoco pude. El trabajo me come algunos días enteros, llego tarde, reventado, y caigo en la cama sin ganas de nada. Lo de siempre, lo que nos pasa a tantos.

Encima estoy solo. Mi mujer y los dos críos se han escapado a la playa con sus abuelos. Hacen bien: la ola de calor venía sí o sí, y al menos ellos la pasan con brisa de mar. Que se fastidie uno, y mejor que sea yo. Aunque ahora mismo daría lo que fuera por tener su cuerpo cerca, por poder pegarme a su espalda y meter la mano donde no debe.

Qué calor. Me noto el sudor bajándome por la nuca. Hay rincones de la casa que parecen un horno, y la cocina es uno de ellos. Saco la jarra de la nevera y bebo. Un vaso, dos. El tercero me lo apoyo contra la polla, a ver si baja la erección de una vez. La vejiga me reclama y entero como estoy no puedo aliviarme. Tras un rato deslizando el cristal frío por la entrepierna, la dureza cede al fin, y me entran las prisas por llegar al baño.

Me siento en la taza y, mientras meo, todo el cuerpo se me destensa de golpe. Anoche, para combatir el calor, me metí media docena de cervezas heladas. En su momento me pareció una idea brillante: la cebada a temperatura de nevera me refrescaría y el alcohol me ayudaría a coger el sueño. Ahora, en esta oscuridad rota por las farolas de la calle, noto cómo la sangre me circula recalentada por la graduación, sofocándome todavía más.

Paso al salón. Me asomo a la ventana abierta. Como me temía, no hay ni rastro de corriente. El ambiente de fuera es idéntico al de dentro. No sé qué temperatura hará, pero seguro que pasa de treinta grados, demasiado para alguien que, como yo, disfruta del frío.

Me quedo un par de minutos ahí parado. No creo que nadie pueda verme desnudo desde la calle, aunque por dentro me excita imaginar que alguna vecina, desde su balcón a oscuras, me observe en silencio. Pasa un coche suelto, ni un alma caminando. A lo lejos suena algo de música, quizás un bar abierto que da cobijo a los que se han quedado en la ciudad, sin más vacaciones que el asfalto reblandecido.

Qué calor.

El rato en la ventana no me sirve de mucho. Solo para que la erección vuelva a despertarse con esa idea tonta de que alguien me esté mirando.

***

Regreso a la cama. Aparto la sábana arrugada y estiro la bajera para tumbarme más cómodo. Es absurdo: me derrito de calor y, aun así, el cuerpo pide algo que lo cubra. La fuerza de la costumbre, supongo. Se pasa todo el año bajo mantas y edredones, y ahora le resulta extraño quedarse al aire, aunque sea un aire pesado como este, que ni siquiera te deja llenar bien los pulmones.

Doy una vuelta hacia un lado. Luego al otro. Ruedo por la cama de matrimonio hasta el lado que ocupa mi mujer. Si estuviera aquí, la apartaría a patadas: con este calor le molestan los arrumacos. Aunque seguro que una buena comida de coño no me la rechazaría; le encanta cómo se lo hago, despacio, hasta que se le tensan los muslos.

Miro otra vez el despertador de la mesilla. No me lo puedo creer: solo han pasado diez minutos desde que volví al colchón. Se me hacen eternos. Y el sueño ni aparece.

Lo que sí aparece, de nuevo, es la erección. El calor, el roce de la tela, el recuerdo del sexo de mi mujer, su sabor, su olor… hacen que la polla vuelva a reclamar la atención que antes le robé para poder mear.

Bajo una mano y la recorro entera. Ya está dura otra vez. Qué le voy a hacer. No es de actor porno, ni falta que hace; tamaño normal, grosor normal, pero funciona y aguanta lo suyo, así que estoy más que contento con lo que tengo.

Y ahora pide caña.

Se me ocurre algo. En la mesilla del otro lado hay un tarro de crema hidratante que mi mujer usa antes de dormir. Lo abro y cojo un poco con los dedos. Me la extiendo por toda la longitud. Me gusta esa sensación resbaladiza, como de estar metido en un sitio bien lubricado.

La mano sube y baja. Y la cabeza se me va, se pierde entre recuerdos.

***

Acude el primero, uno de los que más guardo: Lucía. Su pelo corto, esa sonrisa de vicio que ponía cuando ya sabía lo que iba a pasar, sus pechos pequeños y firmes. Todas las veces que nos enredamos a escondidas, los besos robados con sabor a alcohol, a veces con nuestras parejas en la habitación de al lado, hablando de cualquier tontería mientras nosotros nos comíamos la boca en el pasillo.

Salto a otra: Marina, una amiga de internet, más caliente que el infierno donde seguramente me toque arder. Sus ojos rasgados, y cómo me miraban desde abajo hace apenas un mes, mientras me la chupaba en el único encuentro que tuvimos, en un centro comercial cerca de su ciudad, en Sevilla. Cómo la disfruté aquel día. Y ella a mí. Nos quedamos con ganas de repetir. Fantaseo con cruzar nuestros caminos en Barcelona, quizás en otoño, quizás en invierno. Ya lo prepararemos, ya buscaremos las excusas. De momento mi imaginación se conforma con su culo enorme y con el calor de su sexo, un recuerdo demasiado reciente y demasiado apetecible.

Solo de pensar en ellas la noto crecer más, alcanzar la dureza completa. La piel del glande se retira y asoma la cabeza. Sigo jugando con la mano untada en crema. La siento suave, viscosa, casi como si no fuera mía. Podría ser la de Lucía, con esos dedos finos que tenía y esa voz de zorra calenturienta que me ponía a cien con dos palabras.

Casi se me olvida el calor, pero este mínimo esfuerzo basta para que el pecho y la frente se me perlen de sudor. Noto las gotas resbalando entre los pectorales, mojando el vello que los cubre. Me gustan las mujeres depiladas, pero a mí me da pereza hacerlo. Será que soy un hipócrita, o solo cuestión de gustos.

Sudo a la vez que el placer se me reparte por todo el cuerpo. Me está gustando esta paja, de verdad. Me recreo en cada pensamiento, en cada recuerdo, en cada una de mis chicas. Aún me queda para el orgasmo. Y aunque el despertador sonará a las cinco y media sin piedad, me importa una mierda: hacía tiempo que no disfrutaba tanto a solas. La mayoría de las veces es casi un trámite para aliviar la falta de sexo con mi mujer, que está demasiado enganchada al porno de la pantalla. Pocas veces me quedan ya en las que juego solo con la imaginación, como cuando era un crío. Esta es una de ellas.

No usar porno tiene una ventaja: tengo la otra mano libre. Así que la llevo a echar una mano, nunca mejor dicho. Me la pongo en los huevos. Los noto hinchados, la piel tirante, sensibles al mínimo roce. Me los masajeo con cuidado, sin prisa, y me gusta.

***

Al cerebro me llega otra: Carla, mi amiga de toda la vida, con la que somos confidentes desde hace casi treinta años. Nunca pude tirármela, una pena. Fantaseé con su culo durante años, lo tenía precioso. Hace un tiempo me confesó, tras varias rondas de cerveza, que le había cogido el gusto al sexo anal, y que en otras circunstancias me habría dejado probar, pero que nunca con un hombre casado. En fin, otra historia que se quedará para mis fantasías.

Me la imagino a cuatro patas sobre su cama, abriéndose el culo para mí, dejándome estrenarla por detrás. Acelero el ritmo de la mano. La imagen de Carla ofreciéndome esa entrada y dejándose penetrar es brutal, me pone a mil. Levanto el culo del colchón y tenso las piernas, como si la estuviera embistiendo de verdad. Y jadeo, flojito. Me gusta jadear cuando follo, y a ellas suele ponerlas. Incluso en las posturas más sumisas se sienten poderosas, capaces de manejarme a su antojo.

Vuelvo a mi posición. Cada vez es más placentero. La punta de la polla ya está del todo fuera de su funda de piel. Cómo me gustaría que mi mujer estuviera aquí, cachonda. Me la estaría chupando ahora mismo. Es una mamadora excelente cuando se enciende: juega con el glande, lo lame como un helado, disfruta notando cómo me derramo en su lengua. Se queda a punto de caramelo para correrse con un par de embestidas. Qué pena que no lo haga más a menudo.

Las fantasías se apoderan de mí. Saben que ya queda poco para correrme. Me cruzan la cabeza imágenes de mujeres que deseé con fuerza, pero pasan rápido, demasiado rápido. Me cuesta fijarme en una sola.

Entonces me asalta una idea: qué pasaría si mis dos amantes se conocieran. Marina y Lucía, juntas, conmigo. Las veo enredarse en un beso largo, viciosísimo, sus lenguas buscándose. Acelero la mano. Pensar en mis dos bombones montando un número lésbico para deleitarme, complaciendo además sus propias fantasías ocultas, es demoledor. Me recreo en los detalles: cómo se frotarían los pezones, cómo se amasarían los pechos la una a la otra, las dos relucientes de aceite.

La siguiente imagen es la de ambas en un sesenta y nueve. Se comen el coño la una a la otra, mezclan los jadeos con el ruido húmedo de las lenguas. Y entonces llego yo y se la voy metiendo: en la boca, en el coño, en el culo. Las toco, las acaricio, y se corren para mí. Nos corremos los tres a la vez.

***

La habitación huele a sudor y a semen recién soltado. La sábana bajera vuelve a estar fuera de sitio, hecha pliegues, empapada. Espero que el gemido que se me ha escapado al correrme no haya despertado a ningún vecino. La descarga me ha subido desde el vientre hasta el pecho, caliente, y ahora se me escurre entre los dedos. Estaba demasiado excitado para intentar contenerla, y la verdad es que tampoco quería. Estiro la mano más limpia, cojo una prenda del pijama que descansa en una esquina y me limpio como puedo.

Es tardísimo. Estoy molido, pero satisfecho como pocas veces. No quiero ni mirar el reloj. Solo relajarme, dejar que el cuerpo pese contra el colchón. Dormir. Y soñar, hasta que suene el despertador, con cada una de mis chicas.

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Comentarios (5)

ElNocturno_Mx

Buenisimo... las noches de calor despiertan cosas que uno cree olvidadas. Muy buen relato!!

NocheYLetras

Me dejaste con ganas de saber adonde fue a parar tu mente esa noche. Por favor una segunda parte!

Karlita_sf

Me recordo a una noche de verano hace unos años, el calor y el insomnio son una combinacion peligrosa jajaj. Gracias por ponerlo en palabras tan bien

ViajeraNocturna

Las dos de la mañana, el calor... describiste exactamente como empieza todo ese viaje mental. Increible como lo contaste

PatricioNK

Muy bueno!! sigue publicando por favor

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