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Relatos Ardientes

El mañanero que me regalé cuando él no estaba

Anoche no salí. No tenía ganas de ruido, ni de gente, ni de inventar una sonrisa para nadie. Me acosté temprano, con el pelo todavía húmedo de la ducha, y me dormí casi antes de apoyar la cabeza en la almohada.

No recuerdo qué soñé. Quizás soñé con Mateo, con sus manos, con esa forma que tiene de agarrarme por la cintura desde atrás cuando todavía estoy medio dormida. Quizás soñé con un desconocido. No lo sé. Solo sé que me desperté de golpe, mucho antes de que sonara la alarma, con el corazón acelerado y una urgencia tibia entre las piernas que conozco demasiado bien.

Amo despertarme así. Amo el sexo de la mañana, ese que llega antes de que la cabeza se llene de obligaciones, cuando el cuerpo todavía es solo cuerpo y no agenda. Te levantas con otra energía, con la piel más sensible, como si la noche te hubiera dejado a flor de superficie. Es hermoso. El problema es que esa mañana estaba sola.

Mateo llevaba cuatro días fuera del país y le quedaban otros tantos. Trabajo, reuniones, un huso horario que volvía nuestras llamadas un desencuentro permanente: cuando yo me despertaba, él recién se acostaba. En ese momento, mientras mi mano izquierda se deslizaba sola hacia mi vientre, él dormía a miles de kilómetros sin saber lo que su ausencia estaba provocando.

Podría esperar a que despierte. Podría aguantarme.

No iba a aguantarme.

***

Estiré el brazo, palpé la mesa de luz y encontré la notebook. La pantalla me golpeó la cara con su luz fría en la penumbra del cuarto. Entré, casi por inercia, a la página donde publico mis relatos desde hace un par de años. Es raro de explicar, pero ahí tengo una especie de vida paralela. Escribo, subo lo que escribo, y del otro lado hay gente que me lee, que me espera, que me responde.

Tengo la suerte de gustar bastante. No lo digo para presumir; lo digo porque es parte de lo que pasó esa mañana. Abrí la bandeja de comentarios primero, después los mensajes privados, y ahí, en los privados, es donde los muchachos se sueltan de verdad. No se guardan nada.

Algunos son dulces. Me felicitan, me dicen que escribo bien, que esperan la próxima historia. Otros son curiosos hasta lo desesperado: quieren saber mi edad, mi nombre real, si todo lo que cuento me pasó de verdad o si me lo invento. Y otros, los que esa mañana me interesaban, son explícitos sin pudor.

Me preguntan si tengo idea de lo que provoco. La verdad es que no, o no del todo. Soy así, sin esfuerzo, sin pose. No me la creo ni intento ser una versión exagerada de mí misma. Pero leer que alguien, a quien no conozco ni conoceré, fantasea conmigo a partir de unas líneas que dejé en una pantalla… eso tiene su propio voltaje.

Abrí un mensaje de un tal Lautaro. No sé si se llama así, da igual. Escribía como si me tuviera delante. «Me imagino entrando a tu cuarto sin avisar», decía, «encontrándote dormida, destapándote despacio para no despertarte y quedándome solo mirando un rato antes de tocarte». Lo leí dos veces. La segunda, más lento.

Mi piel ya había entendido antes que mi cabeza. Sentí esa corriente bajar por la espalda, ese hormigueo que arranca en la nuca y termina en algún punto bajo el ombligo. El cuarto estaba en silencio. Solo se escuchaba el zumbido lejano de la heladera y mi propia respiración, que empezaba a cambiar de ritmo.

***

Seguí bajando por los mensajes. Otro, sin nombre, era más directo todavía. Describía con detalle lo que haría con su boca, cómo me separaría las piernas, cuánto tiempo se tomaría antes de dejarme llegar. No era poesía. Era crudo, casi torpe, y precisamente por eso funcionaba. Había algo honesto en ese deseo sin filtro.

Pensé en cuántos estarían despiertos a esa hora, en alguna otra cama, leyéndome. La idea me dio un escalofrío. Yo escribo para que me lean, sí, pero pocas veces me detengo a imaginar el otro lado: una persona real, con su respiración y su pulso, encendiéndose con palabras que salieron de mi cabeza. Esa mañana, por primera vez en mucho tiempo, lo sentí concreto.

Había un mensaje más, uno corto, casi tímido entre tantos atrevidos. «No te pido nada», decía, «solo quería que sepas que me hacés sentir menos solo». Lo leí y algo se me ablandó en el pecho, aunque el resto del cuerpo seguía tirando hacia el otro lado. Curioso cómo el deseo y la ternura pueden convivir en el mismo segundo, en la misma piel.

Dejé la notebook abierta sobre la sábana, la pantalla iluminando apenas el cuarto, y metí la mano libre debajo de la tela. Empecé por los pechos, sin apuro. Me acaricié, sentí cómo los pezones se ponían duros entre mis dedos casi de inmediato, reaccionando antes de que yo decidiera nada. Los apreté apenas, jugué con ellos, y un suspiro se me escapó solo.

Ojalá fuera una boca y no mi propia mano.

Cerré los ojos y me imaginé exactamente eso. Una boca tibia bajando por mi cuello, deteniéndose en la clavícula, mordiendo despacio. Una lengua sobre el pezón, rodeándolo, y después un mordisco suave que me hizo arquear la espalda contra el colchón. Mi imaginación es buena; años de escribir para otros me enseñaron a fabricarme escenas con un detalle que casi puedo tocar.

La mano que tenía sobre el pecho insistía. La otra empezó a bajar, lenta, deliberada, recorriendo el vientre, la cadera, la cara interna del muslo. Me hacía esperar a mí misma. Sé cómo me gusta, y lo que más me gusta es la antesala, ese momento en que el cuerpo ya pide y una todavía no concede.

Afuera empezaba a clarear. Una línea de luz gris se filtraba por el borde de la cortina y cruzaba la cama. Yo me retorcía despacio sobre las sábanas revueltas, todavía sin tocarme del todo, alargando la anticipación hasta que se volvió casi insoportable.

***

Cuando por fin llevé la mano adonde el cuerpo me lo pedía a gritos, ya estaba empapada. Mis dedos se deslizaron sin esfuerzo, y solo ese primer contacto me arrancó un gemido que tuve que callar mordiéndome el labio inferior, una costumbre que tengo desde siempre, como si hubiera alguien más en la casa al que no quisiera despertar.

Subí y bajé sin prisa, sintiendo cada pliegue, conociéndome como solo una se conoce a sí misma. El cuerpo me respondía a cada movimiento: la piel erizada, las caderas buscando solas más presión, la respiración entrecortándose. Pensé en Lautaro mirándome desde la puerta. Pensé en el otro, en su boca paciente. Pensé en Mateo, en sus manos firmes, en cómo me hablaría al oído. Las imágenes se mezclaban, se reemplazaban, se montaban unas sobre otras.

Llevé los dedos un poco más arriba, hasta el clítoris, que ya estaba hinchado y expuesto, esperando su turno. Lo rocé apenas y todo el cuerpo me dio un tirón. Empecé a frotar en círculos, suave primero, ajustando la presión hasta encontrar exactamente el punto, ese que conozco de memoria y que igual cada vez me sorprende.

El placer empezó a construirse desde abajo, lento y después no tan lento. Aceleré el ritmo casi sin decidirlo, la cadera levantándose del colchón, los talones clavándose en la sábana. Una mano en el pecho, la otra entre las piernas, la cabeza llena de bocas y manos imaginarias y de hombres sin rostro que me deseaban a la distancia.

Así, justo así, no pares.

Me hablaba a mí misma en silencio, dándome las órdenes que habría querido escuchar de otra voz. El cuarto giraba un poco. Sentía el calor subirme por el pecho hasta el cuello, esa señal inconfundible de que ya no había vuelta atrás.

***

Llegué con el cuerpo entero. No fue un orgasmo silencioso ni discreto: fue uno de esos que te recorren de los pies a la coronilla, que te dejan temblando y con la boca abierta tratando de respirar. Me mordí el dorso de la mano para no gritar, aunque no había nadie que pudiera oírme, y dejé que la ola me atravesara una, dos, tres veces, cada réplica un poco más suave que la anterior.

Después me quedé quieta. La mano todavía entre las piernas, el corazón golpeando contra las costillas, la piel brillante de sudor en la luz cada vez más clara de la mañana. La mente en blanco, por fin, esa hermosa nada que llega justo después y que para mí es casi mejor que el propio clímax.

La notebook seguía abierta a mi lado, la pantalla atenuada, los mensajes ahí, pacientes. Sonreí sola. Esos hombres que me escriben fantaseando con lo que me harían no tienen idea de que, esa mañana, sin saberlo, me habían acompañado de la forma más íntima posible.

Estiré el brazo y le escribí un mensaje a Mateo, aunque supiera que iba a leerlo horas más tarde, cuando despertara del otro lado del mundo. «Soñé contigo y me desperté con unas ganas terribles. Apurate en volver.» No le conté el resto. Eso, por ahora, se quedaba conmigo, entre estas sábanas y la primera luz del día.

Me levanté, puse la pava al fuego y abrí la ventana. El aire fresco de la mañana me dio en la cara y respiré hondo. Había arrancado el día de la mejor manera, sola y completa, con la certeza tranquila de que el cuerpo, cuando se sabe escuchar, no necesita esperar a nadie para darse lo que pide.

Y mientras el agua empezaba a hervir, ya estaba pensando en la próxima historia que iba a escribir. Esta, por ejemplo.

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Comentarios (6)

Valentina_2807

Dios esto lo lei tempranito y no fue buena idea jaja tremendo!!

SabrinaOK

Me encanto como lo narraste, tan directo y sin vueltas. Se agradece!!

TobiasMDP

El comienzo me atrapó de entrada, no pude cerrar la pagina hasta terminar. Muy bueno.

Caro_mdp

jaja ay... me sentí un poco identificada con esto, no voy a mentir

RodriS_22

Increible como con tan poco transmitis tanto. Hace rato que no leia algo que me dejara asi de esa manera

Andrea_mx

Ojalá hubiera mas relatos tan autenticos como este. Saludos desde Mexico :)

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