La noche que descubrí que solo yo sé darme placer
Esa noche llegué a casa cansada de complacer a todo el mundo. Me quité la ropa sin encender la luz grande, solo la lamparita de la mesa, y me dejé caer sobre la cama sin sábanas. Hacía calor. Me quedé un rato boca arriba, mirando el techo, escuchando mi propia respiración. Y entonces, casi sin querer, bajé la mirada hacia mi cuerpo.
Casi nunca me miro con atención. Sé que tengo los pechos grandes, lo sé porque lo cargo todos los días, porque la gente lo nota antes de mirarme a la cara. Pero una cosa es saberlo y otra es mirarlo de verdad. Esa noche lo miré de verdad.
Sin sostén —casi nunca uso— mis tetas se desparramaban hacia los lados por su propio peso, blandas y pesadas a la vez. Me las recogí con las dos manos, las junté en el centro, y por primera vez no pensé en quién querría tocarlas. Solo en cómo se sentían entre mis dedos.
Seguí mirándome. Las venas que se me marcaron durante los años en que amamanté nunca terminaron de borrarse. Las recorrí con la yema de un dedo, esos hilos azules que subían hasta el pezón y le daban a la areola un tono un poco más oscuro. Me fijé en lo largos que tenía los pezones, en cómo se endurecían apenas el aire los rozaba. Y sin darme cuenta empecé a pellizcarlos, suave, y todo el cuerpo me respondió de golpe.
Hace cuánto que no me toco pensando solo en mí.
Esa fue la pregunta que me cruzó la cabeza. Siempre me excito por un recuerdo, por una boca que extraño, por unas manos ajenas. Siempre estoy queriendo darle placer a otro, esperando que después me lo devuelva. Pero esa noche no había nadie en mi cabeza. Solo el tamaño de mis tetas, solo la forma de mis senos, solo yo. Y eso me mojó más rápido que cualquier fantasía prestada.
Los pellizcos se volvieron masajes. Me amasaba un pecho mientras con la otra mano me apretaba el pezón del otro, y notaba cómo toda la tensión acumulada de los últimos días empezaba a soltarse, despacio, como un nudo que por fin cede. Me miraba los pezones duros y se me hacía agua la boca. Quería mamármelos yo misma. No quería la boca de nadie. La mía.
***
Y eso hice. Amasé la teta derecha, agaché la cabeza todo lo que pude y la chupé. Porque nadie sabe chupármelas como yo. Nadie conoce la presión exacta, el punto justo entre el placer y el dolor, ese filo donde el pezón se me pone tan sensible que el cuerpo entero me tiembla sin que me duela. Lo encontré a la primera, porque es mío y lo conozco de memoria.
Son mis tetas. Grandes, pesadas, con sus venas y sus marcas. Y las amo. El abdomen tiene estrías, una telaraña fina justo encima del ombligo, y antes eso me daba vergüenza. Esa noche no. Esa noche me bajé la vista por la barriga hasta el vello del pubis y me gustó lo que vi. Me gustó ser yo.
Abrí las piernas en un movimiento casi reflejo, como si esperara que algo entrara en mí. Pero no. Esa vez nadie se metió en mis pensamientos. Ni siquiera el recuerdo de él, de su cuerpo, de las cosas que me hacía. Por una vez la cama era mía y la cabeza también.
Al separar los muslos el aire se llenó de mi olor. Ese aroma denso y tibio que sube cuando estoy mojada de verdad. Toda la vida me embriagaron olores ajenos —otras pieles, otros sexos, otras bocas— y casi siempre terminaba sintiéndome usada, vaciada, un poco menos yo. Esa noche el olor era el mío y me gustó. Me embriagué de mí misma sin culpa.
Bajé la mano libre. Estaba empapada. Pasé los dedos por los labios hinchados y los sentí resbalosos, pegajosos, vivos. Me mojé bien las yemas y subí esa humedad hasta el pezón. Lo brillé con mi propio fluido y volví a chupármelo, y al hacerlo me probé entera: un sabor salado, mineral, mío. Y otra vez el cuerpo respondió, otra vez todo se aceleró y de abajo salió más.
***
Ni siquiera me había tocado el clítoris todavía y ya sentía que no iba a aguantar mucho. Lo conozco, conozco esa corriente que empieza en la base de la espalda y se reparte por las piernas, ese aviso de que se viene algo grande. Quería frenarlo. No quería apurar el orgasmo. Quería estirar la noche, alargar ese momento raro en que me deseaba a mí misma sin pedirle permiso a nadie.
Pero soy débil con mi propio placer. Me miré otra vez de arriba abajo, el cuerpo que tantas manos manosearon, los pechos que tantas bocas mordieron, y pensé que de todos los que pasaron por mí, ninguno me amó de verdad. Solo yo. Solo yo me hago el amor como me lo merezco.
Me metí dos dedos. Los curvé hacia adelante, buscando esa zona rugosa de la pared interna, la que ningún amante encontraba nunca a la primera y que yo ubico con los ojos cerrados. Apoyé el pulgar sobre el clítoris y empecé a presionar las dos cosas al mismo tiempo, un ritmo lento, profundo, mientras seguía con la teta en la boca. Nadie sabe tocarme así. Nadie conoce el mapa de mi propio coño mejor que yo.
No duré ni un minuto. Sentí los primeros espasmos subir como una ola y dejé de pelear contra ellos. Grité. Dije malas palabras, las peores, las que no diría delante de nadie, insultos sueltos contra el techo mientras el placer me partía en dos. El cuerpo se me tensó entero, la espalda se arqueó sola, y me corrí con una fuerza que me sorprendió hasta a mí.
Fue un squirt brutal. Empapé la cama, sentí el líquido tibio extenderse bajo mis muslos y no me importó nada. Me retorcía como si me hubiera dado un calambre en todo el cuerpo, las piernas temblando, los dedos todavía dentro, sin querer salir, exprimiendo hasta la última contracción. Soy mía y me amo, pensé, o tal vez lo dije en voz alta, ya no sé.
***
Quedé desmadejada sobre el colchón mojado, como me pasa siempre después de uno fuerte. No sé cuánto tiempo estuve así, con los ojos cerrados, flotando en ese hueco blando que viene después del orgasmo, sin pensar en nada, por fin sin deberle nada a nadie.
Cuando empecé a volver, a recuperar de a poco la conciencia del cuarto, sentí algo raro. Un líquido pegajoso en la mejilla, distinto al mío, más espeso. Abrí los ojos con esfuerzo, todavía pesados, y me pareció ver una sombra que se alejaba hacia la puerta, despacio, sin ruido.
Entreabrí los labios y reconocí el sabor antes que la idea. Inconfundible. Semen. Tibio, ajeno, sobre mi cara.
Debería haberme asustado. Debería haberme levantado de golpe, haber gritado, haber buscado una explicación. Pero no. Me quedé quieta, mirando la puerta vacía, con esa cosa secándose en mi piel, y lo único que sentí fue una calma extraña.
Porque esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no fui de nadie. No me usaron, no me prestaron, no me dejaron a medias esperando un cariño que nunca llegaba. Esa noche me amé yo. Y si alguien estuvo mirando desde la oscuridad, si una sombra se llevó su propio final de mi cuerpo sin que yo se lo pidiera, fue testigo, nada más. Un espectador de algo que no le pertenecía.
Me pasé el dorso de la mano por la mejilla, sin asco, casi con indiferencia, y cerré los ojos otra vez. Mañana decidiría si aquello había sido real o un resto del sueño en el que me estaba hundiendo. Esa noche solo quería seguir sintiéndome así: entera, mojada, agotada y, por una vez, completamente mía.