Mi huésped era mucho más joven y yo lo provoqué
Cuando mi familia salió y la casa quedó en silencio, me puse el vestido rosa, preparé una bandeja con el desayuno y subí a la habitación del invitado con una idea muy clara en la cabeza.
Cuando mi familia salió y la casa quedó en silencio, me puse el vestido rosa, preparé una bandeja con el desayuno y subí a la habitación del invitado con una idea muy clara en la cabeza.
Llevábamos semanas sin tocarnos y, cuando por fin la tuve contra la puerta de mi despacho, descubrí que el problema no era el deseo, sino tener que hacerlo sin un solo gemido.
Llegó sin el traje de dueña ni la voz de mando: vestido negro, pelo suelto con vetas plateadas y una frase que no le había oído nunca, «hoy solo quiero ser mujer».
Sesenta y dos años, casada, abuela y con un cuerpo que detenía el tráfico. Me midió con la mirada y supe que ese fin de semana su piso del noveno sería solo nuestro.
Él estaba obsesionado con una sola idea, y yo jugaba con fuego cada vez que me escapaba para encontrarme con él lejos de la mirada de todos.
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.
Crucé la mirada con una mujer al otro lado de la barra. Me sonaba muchísimo, pero no sabía de qué. Hasta que se acercó y dijo dos palabras que lo cambiaron todo.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Le pedí que no volviera. Pero cuando lo vi otra vez en mi porche, supe que sería yo quien marcaría las reglas de aquel juego que no debíamos jugar.
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.
Bailábamos cuando se acercó a mi oído y me recordó lo que había visto aquella otra noche. Media hora después, yo subía a su camioneta al final del pasillo.
Me llamó para que orientara a una empleada, pero los dos sabíamos que yo no recorrería cien kilómetros solo para dar consejos. La quería de rodillas en el almacén.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
Llevaba años siendo invisible para todos. Pero esa noche, atrapados por la tormenta en una cabaña, mi suegra dejó de ser la esposa de mi suegro para convertirse en otra cosa.
Llevábamos meses juntos cuando me atreví a decirle, con su sexo aún en mi mano, que jamás había deseado tanto a un hombre que entendiera el placer.
Le pedía que subiera tal como estaba, con la camiseta colgada del hombro y el olor del trabajo en la piel. Nunca le conté que era a él a quien más extrañaría.
No los elegí a los tres a la vez. Pasó de a poco, hasta que una noche descubrí que se mandaban mensajes entre ellos para sacarse del medio.
Ella ponía las reglas: nada de forros, nada de sentimientos y nada de preguntas. Yo apenas tenía veintiuno y ella me dejó claro que tenía mucho que enseñarme.
«Quiero oír la voz de mi amo», me escribió a las tres de la madrugada. No sabía que meses después estaría de rodillas en el asiento de mi coche.