Volví al hotel donde ella me humilló
Cuando abrí los ojos estaba desnudo, atado a los cuatro postes de la cama del hotel más caro de la ciudad, y Lucía me sonreía como si me trajera una sorpresa.
Cuando abrí los ojos estaba desnudo, atado a los cuatro postes de la cama del hotel más caro de la ciudad, y Lucía me sonreía como si me trajera una sorpresa.
Ella dejó la tarta intacta, me rozó bajo la mesa y sonrió como si ya hubiera elegido el final de la noche.
Lo cité después de clases para arreglar una ventana, pero los dos sabíamos que no era solo madera lo que estaba a punto de ceder.
Creí que aquel beso en el pueblo era lo único que tendría de él, hasta que volvió a mirarme como si los años no hubieran pasado.
Llevaba tres whiskys y ninguna razón para volver a casa cuando esa pelirroja de ojos ambarinos me pidió que le asegurara la noche.
Me masturbé en la ducha pensando en su regreso, pero no imaginé lo que haría conmigo apenas cerráramos la puerta del hotel.
Cada mensaje en la pantalla la acercaba más a mí, hasta que me citó en el baño del tercer piso y supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando volvió a casa con el pelo revuelto y una sonrisa que no era para mí, entendí que el pacto que habíamos firmado en la cocina ya no tenía marcha atrás.
Cada vez que jurábamos terminar, bastaba una mirada para acabar encerrados otra vez, sudando y follando como si nos odiáramos.
Cuando atendió la videollamada desde la oficina, ya estaba desnuda en el hotel y yo tenía a otro hombre esperando fuera de cámara.
Corrí hacia él como si llevara años esperándolo, aunque apenas nos conocíamos y yo todavía llevaba mi anillo de casada.
Renté la habitación, me lavé por dentro y encendí el canal erótico. A las dos en punto tocaron la puerta: era él, sudado del trabajo, con el bulto ya marcado bajo el pantalón.
Entré al cuarto convencida de que sería una cogida rápida para vengarme. Salí al amanecer sin recordar mi nombre.
Estaba ordenando archivos viejos de la laptop cuando lo vi: yo, desnuda, montada por un hombre que había borrado de mi memoria. Y esa noche estaba sola.
Estaba indispuesta, pero cuando me dijo que solo quería mi boca, supe que iba a terminar de rodillas tragándome todo.
Entré al taller con el vestido más ajustado que tenía y sin bragas debajo, decidida a que ese hijo de puta me devolviera hasta el último peso que le había robado a mi marido.
Mi vestido era demasiado corto, él no apartaba los ojos de mis piernas y, antes de medianoche, yo ya sabía cómo terminaría esa fiesta.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.
Cerré la puerta, lo besé contra la pared y supe que esa noche no iba a darle una cena: iba a darle el regalo más sucio que me había pedido en silencio.
Nadie en la universidad imaginaba lo que hacía al salir de clase, y mucho menos lo que ocurría cuando su marido no estaba.