El doctor que tomaba prestados cuerpos para coger a su mujer
Damián Quintero tenía treinta y cuatro años, una cara que las revistas femeninas describían como «inteligente y peligrosa», y una reputación de hipnoterapeuta que lo había puesto entre los más cotizados de Rosario. Sus talleres sobre control mental y liberación emocional agotaban entradas en cuestión de horas. En los suplementos lo llamaban «el mago de la mente». Pero Damián guardaba un secreto que no compartía ni con su esposa Carla, una morena de piernas largas y boca firme, ni con sus colegas. Hacía tres meses, un accidente de auto le había arrancado lo que él consideraba el centro mismo de su poder.
Los médicos lo llamaron «daño nervioso permanente». Él lo llamaba muerte. Su verga, que antes había recibido los halagos de medio Rosario antes del matrimonio, ahora colgaba lánguida y muda entre sus piernas, una burla de carne pálida que no respondía ni al deseo ni a la voluntad. Carla nunca le reprochó nada. Lo besaba con la misma ternura, lo abrazaba en la cama, le acariciaba el pelo cuando se despertaba sudando. Y eso, para Damián, era todavía peor.
—¿Vos todavía me querés? —le preguntó una noche, sentado al borde del colchón con una taza de té frío entre las manos.
Carla salió del baño envuelta en una toalla y se sentó a su lado. La luz del velador le iluminaba la mitad de la cara.
—Te quiero, Damián. Sos mi marido.
—Pero, ¿me deseás? —insistió él, con esa intensidad nueva que tenía desde el accidente—. Mirame. ¿Esto te alcanza?
—No me casé con tu verga. Me casé con vos.
—Es lo mismo que decirme que sí, que ya no —murmuró él. Si fuera al revés, yo te dejaría, pensó, y se odió por pensarlo.
Esa noche Carla intentó devolverle algo. Se arrodilló entre sus piernas, lo besó donde antes él la enloquecía, usó la boca con una paciencia conmovedora. Damián cerró los ojos y sintió el calor húmedo, el roce de los labios, la lengua firme. Pero la carne no respondió. Cuando ella levantó la cara, los dos lloraban en silencio.
Fue ahí, mirando el techo en la oscuridad, que se le ocurrió la idea. Fue tan limpia, tan obvia, que casi le pareció un regalo. Si su carne no respondía, tomaría prestada la de otro. Era hipnotizador. El mejor de la ciudad. Sabía cómo apagar una mente. Sabía cómo deslizarse, susurrando, en el subconsciente ajeno. La pregunta era qué pasaría si, en vez de salir de esa mente al final del trance, decidía quedarse.
***
El primero fue Gastón, el vecino del cuarto. Un tipo musculoso, callado, que miraba a Carla con la mezcla de respeto y envidia que ya nadie disimulaba. Una tarde Damián lo invitó a tomar una cerveza en la terraza, y en medio de la conversación dejó caer una de sus «técnicas de relajación». A los diez minutos Gastón tenía los ojos vidriosos, la mandíbula floja y la voluntad blanda como cera.
Damián cerró los suyos y se concentró. La transición fue extraña, como meterse en un traje de piel ajena. Sintió de golpe el peso de los brazos de Gastón, el vello áspero del pecho, el olor a tabaco fresco. Y sintió la verga: dura sin razón, dispuesta, viva. Un pulso firme entre las piernas que él hacía meses que no recordaba. Se palpó por sobre el pantalón y casi se rio de gusto.
—Bajá. La señora del nueve te pidió que le revises la pérdida del baño —dijo, con su propia voz saliendo de la garganta del vecino—. Vení por la puerta de servicio.
Carla abrió la puerta con una remera vieja y el pelo recogido. Frunció el ceño al ver a Gastón con la sonrisa torcida y los ojos demasiado fijos.
—Damián me mandó —dijo «Gastón»—. Dice que pase yo, que él está cansado.
Ella lo miró sin entender. Pero cuando él la tomó de la cintura y la apretó contra su cuerpo, cuando ella sintió por primera vez en tres meses el bulto durísimo de una verga ansiosa contra el vientre, la confusión se mezcló con algo más antiguo, más bajo. Damián, dentro de Gastón, le clavó la boca en el cuello y le subió la remera de un tirón.
—¿Qué hacés, Gastón? —susurró ella, pero las manos ya no lo empujaban.
—Lo que tu marido me pidió —contestó él, ronco, mordiéndole el hombro—. Quedate quieta.
La cogió contra la pared del pasillo, sin paciencia, con la urgencia acumulada de tres meses de silencio. Le bajó el pantaloncito hasta los tobillos, le levantó una pierna y la penetró de una sola embestida. Carla soltó un grito ahogado y se aferró a sus hombros. A través de los ojos de Gastón, Damián veía la cara de su esposa abierta de placer y de susto, los labios entreabiertos, las pestañas mojadas. Sentía cada centímetro de ella alrededor de la verga ajena, el calor apretado, los espasmos involuntarios. Empujaba con una rabia hermosa, diciéndole al oído cosas que nunca se había animado a decirle.
—¿Te gusta así? Decime que te gusta, perra.
—Sí —jadeó ella—, sí, sí…
El orgasmo le llegó con un rugido que no era el suyo. Sintió los testículos de Gastón contraerse, la descarga caliente vaciándose dentro de su propia mujer. Por unos segundos no fue el psicólogo impotente. Fue el vecino, fue el macho, fue el hombre que su esposa siempre había merecido. Y cuando, después, volvió a su cuerpo, sentado en el sillón del living con la verga muerta entre las piernas, se quedó llorando de felicidad.
***
La adicción se instaló rápido. Gastón fue la prueba. Después vino la búsqueda de algo más grande, más bruto, más imposible. Pensó en Bermúdez, el carnicero del barrio. Un hombre de bigote y brazos tatuados, con un abdomen que se proyectaba sobre el delantal como una promesa de fuerza. En el bar de la esquina los hombres hablaban de él en voz baja. No solo de la maestría con el cuchillo: hablaban de su predilección por las esposas ajenas y, sobre todo, de la herramienta que cargaba entre las piernas, una vara que más de una clienta había recordado durante semanas con una sonrisa torcida.
Damián sintió el nudo caliente en el estómago apenas escuchó el rumor. Ese era. No quería otro vecino mediocre. Quería un animal, un depredador. Quería que Carla supiera, por una sola noche, lo que era ser tomada por algo así.
Entró a la carnicería un viernes al filo del cierre. Bermúdez limpiaba el cuchillo con un paño.
—Doctor, ¿qué lo trae por el matadero? —preguntó, con una sonrisa torcida—. ¿Le tengo que decir lo que le pasa por la cabeza?
—Algo así —contestó Damián, y empezó a bajarle la voz, a deslizarle el ritmo monocorde que le había enseñado el oficio—. Vine a ofrecerle una técnica nueva para trabajadores de mucha tensión. Cinco minutos. Después me dice si le sirve.
En menos de cinco minutos Bermúdez estaba sentado en un taburete, la mandíbula floja, la mirada perdida en el reflejo del acero. Damián cerró los ojos y se deslizó adentro. Y si entrar en Gastón había sido vestirse con un traje prestado, hacerse con Bermúdez fue ponerse encima la piel de un dios viejo. Sintió el peso del cuerpo, la callosidad de las manos, el olor a carne fresca y a sudor. Y sintió la cosa: pesada, semi-erecta por el solo hecho de existir, una serpiente caliente colgando con una autoridad innegable. Se la apretó por encima del delantal y todo el cuerpo de Bermúdez vibró como un motor.
Esa noche, el carnicero tocó el timbre del departamento. Cuando Carla abrió la puerta, su cara pasó del asombro al escalofrío en un segundo.
—Tu marido me pidió que pase a revisarte unos problemas —dijo Bermúdez con la voz de Damián, pero con una sonrisa que no era de su marido.
Ella no contestó. Lo tomó de la mano y lo guio al dormitorio, sabiendo que esa noche iba a ser distinta. Damián, dentro de Bermúdez, la desnudó con las manos toscas del carnicero, mirando cada curva con los ojos de un desconocido. La puso a cuatro patas sobre la cama matrimonial y la abrió con esa verga que parecía no tener fin. Carla gritó, no de dolor, sino de pura rendición. A través de los ojos de Bermúdez, Damián veía a su propia esposa entregarse a una herramienta que la hacía dudar de su tamaño, sintiendo cada centímetro estirarla hasta el límite. Cada embestida era una venganza, una afirmación de poder.
—Te estoy partiendo, perra —jadeaba Damián con la voz del otro—. Decí mi nombre.
—Bermúdez —gimió ella, mordiendo la almohada—, Bermúdez…
El nombre ajeno lo hirió y lo excitó al mismo tiempo. Acabó adentro con un rugido que sacudió las ventanas, y cuando despertó en su sillón, con la propia verga muerta y la conciencia caliente, supo que ya no iba a poder vivir de otro modo.
***
Vinieron otros. Un estudiante de medicina al que sedujo en una conferencia. Un repartidor de paquetes con espaldas anchas. Un ejecutivo de cuello almidonado a quien le metió la sugestión en medio de una sesión de pago. Cada uno le daba una textura distinta, una forma nueva de penetrar a Carla. Y Carla, que al principio se asustaba, empezó a cambiar. Se compró ropa más reveladora. Empezó a arreglarse el pelo apenas oscurecía. Dejaba la puerta del dormitorio abierta. Una noche, en la cama, mientras Damián fingía leer, ella se masturbó frente a él sin decir nada y, al terminar, le preguntó casi en broma:
—¿Quién querés que sea hoy, amor?
A él se le revolvió todo. La adoró y la odió en la misma respiración. Había creado un monstruo y el monstruo lo amaba.
***
El equilibrio perverso se rompió con Tomás. Un muchacho de veintipico al que Damián había elegido por su verga de potro y su apetito sin fondo. La primera vez funcionó bien: Tomás cogió a Carla en el sofá del living durante dos horas y volvió a su cuerpo sin recordar nada. Pero a la segunda, Damián sintió algo extraño germinar en el pecho de su anfitrión. No era lujuria. Era ternura. Una devoción idiota que crecía como un tumor cada vez que los ojos del muchacho se posaban en Carla.
—No te enamores de mi mujer, pendejo —le gritaba Damián en el silencio del cráneo ajeno. Pero Tomás no oía. Tomás soñaba. Y empezó a aparecer por el edificio sin que nadie lo llamara, a preguntar por la señora del cuarto, a dejar notas debajo de la puerta.
Damián entró en pánico. No podía permitir que el chico arruinara su único territorio. En la sesión siguiente, en vez de mandarlo a la cama de Carla, le susurró otra orden: Te vas a ir lejos. Mañana mismo. No vas a recordar a Carla. No vas a recordarme a mí. Vas a tomar el primer micro al sur y vas a empezar de cero. El muchacho se levantó de la silla con los ojos vacíos, asintió y salió a la calle sin mirar atrás. Damián nunca supo a dónde fue. No quiso saberlo. Fue su primera crueldad gratuita, y el sabor le quedó tatuado en la lengua.
***
Después de Tomás, la necesidad se volvió hambre. Eligió mal. Lo conoció en un seminario de control de la ira que él mismo dictaba: un tipo de ojos de carbón llamado Iván, con un historial silencioso que Damián, en su arrogancia, leyó como desafío. La verga de Iván no era apenas grande. Era un arma. Cuando Damián se deslizó adentro de él, sintió por primera vez que el cuerpo ajeno no se entregaba: lo dejaba pasar. Era como meterse en una jaula con una fiera encadenada que se reía por lo bajo.
Iván tocó el timbre. Carla, que llevaba semanas esperando a cualquiera, abrió con la sonrisa puesta. Se le borró en el acto. Hay miedos animales que no se argumentan.
—Esta noche te van a romper, perrita —siseó Damián, pero la voz que salió fue la de Iván, un gruñido bajo que le aflojó las rodillas a Carla.
No la llevó al dormitorio. La empujó sobre la alfombra del living, le arrancó la ropa a tirones y la cogió con una violencia que asustó al propio Damián, que era apenas un espectador en la mente de su anfitrión. Carla, debajo, era una mezcla confusa de llanto y placer, un cuerpo entregado a una brutalidad que no había pedido pero que la mojaba contra su voluntad.
Y entonces, en medio de una embestida, Iván se detuvo. Quieto. Hundido hasta el fondo. Sonrió. Una sonrisa lenta, aterradora, que no era para ella.
—Sé que estás ahí adentro, doctor —dijo, y la voz era real, resonaba en la mente de Damián como si compartieran la misma habitación—. Sentí el cosquilleo apenas entraste. Vos pensaste que me dormías. En realidad te estaba esperando.
La lucha mental fue feroz y muda. Damián sintió cómo su conciencia, ese «yo» entrenado y arrogante, era empujado hacia un rincón oscuro por una voluntad de hierro. Era contener un río con las manos. Iván no le tenía miedo. Iván llevaba años aprendiendo a estar solo adentro de su propia cabeza, y reconoció al intruso apenas lo pisó.
—Vos pediste un cuerpo, te lo regalo —murmuró Iván, mientras seguía moviéndose dentro de Carla—. Yo me quedo con el tuyo.
Con un último empujón de voluntad, Iván cerró la puerta. Damián se encontró atrapado en un rincón oscuro de la mente ajena, prisionero en una jaula que él mismo había abierto, obligado a mirar sin poder hacer nada. Iván acabó adentro de Carla con una calma desconcertante, le besó el cuello y le susurró:
—De ahora en más soy yo. ¿Te gusta que sea yo?
Ella, ya rota de placer y de susto, asintió contra la alfombra. Asintió.
***
El resto fue un trámite. Iván salió de la casa esa madrugada, fue hasta el departamento del doctor Damián Quintero, abrió con sus llaves y se acostó en su cama. Carla, al día siguiente, recibió a un marido un poco distinto, un poco más callado, un poco más firme. Le gustó. Le gustó tanto que cuando, semanas después, «Damián» le sugirió internar al señor Iván Pereyra en una clínica psiquiátrica por un brote de delirio, ella firmó los papeles sin dudar. El verdadero Damián gritaba en el cuerpo de un desconocido encerrado en una sala blanca, mientras otro hombre vivía su vida, atendía sus pacientes y se cogía a la mujer que él mismo había convertido en una adicta al sexo ajeno.
Meses después, Carla quedó embarazada de gemelos. Visitaba al «pobre paciente» los jueves, a veces acompañada por su marido, que le sonreía con los ojos negros de Iván desde un cuerpo que no era el suyo. Damián, prisionero en una carne extraña, intentaba gritar a través de la mirada. Carla nunca lo reconoció. La mente, descubrió demasiado tarde, es el territorio más peligroso de todos. Cuando uno juega con ella, siempre corre el riesgo de perderse en el juego.