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Relatos Ardientes

Mi secreto más sucio empezó en la ducha

Todo empezó con una pregunta que en su momento me pareció una guarrada. Estaba chateando con Mateo, un chico que había conocido por una aplicación y con el que todavía no había pasado de las palabras, cuando me soltó algo que me dejó mirando la pantalla con la boca abierta.

—¿Alguna vez te has hecho pis encima mientras te duchabas? —escribió, así, sin rodeos.

Lo leí dos veces. ¿Cómo se puede ser tan cerdo?, pensé. Estuve a punto de bloquearlo. Pero él insistía, tranquilo, como si me estuviera preguntando qué había cenado.

—Pruébalo una vez —decía—. Y después me cuentas qué sentiste. Solo eso.

Le contesté que era un guarro y cerré la conversación. Pero la pregunta se me quedó dentro, dando vueltas, como esas canciones que odias y no puedes dejar de tararear.

***

La verdad, y esto no se lo había contado a nadie, no era la primera vez que el tema rondaba mi cabeza. Me pasaba algo absurdo: cada vez que me metía en la ducha, nada más sentir el agua caliente caer sobre mí, me entraban unas ganas tremendas de orinar. Tenía que salir corriendo, empapada y enjabonada, dejando el suelo del baño hecho un desastre, y volver a entrar muerta de frío. Lo había normalizado como una manía más, una de esas cosas raras del cuerpo de las que nadie habla.

Aquella tarde, dos días después de la conversación con Mateo, me metí en la ducha pensando en cualquier cosa menos en él. Me enjaboné entera, el pelo lleno de espuma, y entonces volvió la sensación de siempre. Las ganas. El agua golpeándome la nuca, el ruido del chorro contra el plato, esa presión familiar.

Y por una vez no salí.

Me quedé quieta, con los ojos cerrados, las piernas un poco separadas, y dejé que pasara. Fue rápido, casi tonto, una mezcla de calor distinto entre el muslo y el agua que ya estaba caliente. El chorro de la ducha se lo llevó todo en segundos. No quedó rastro. No pasó absolutamente nada.

Tanto drama para esto, pensé.

Terminé de ducharme, me sequé, y durante un rato me sentí ligeramente sucia, en el buen sentido, como cuando haces algo que sabes que no deberías y nadie se entera. Esa misma noche le escribí a Mateo dos palabras: «Lo hice».

—¿Y? —contestó al instante.

—Y nada. No es para tanto.

—Ya lo será —respondió—. Dale tiempo.

Odié que tuviera razón.

***

Lo que descubrí en los días siguientes fue que tenía razón en todo. Lo que la primera vez fue un experimento tonto, a la tercera o cuarta ya era una costumbre. Prefería mil veces eso a salir empapada y andar después con la fregona recogiendo el agua del suelo. Así que, sin darme apenas cuenta, el pis de la ducha se volvió parte del ritual, tan normal como enjabonarme el pelo.

Pero entonces empezó lo otro. El morbo.

Una mañana me sorprendí buscando la sensación a propósito. Separaba bien las piernas y dejaba que el agua casi hirviendo me cayera por encima de la cabeza mientras me dejaba ir, sintiendo el calor recorrerme por dentro y por fuera al mismo tiempo. Otras veces lo hacía con las piernas muy juntas, notando cómo todo se concentraba. Una tarde, no sé por qué, me atreví con las piernas cruzadas, conteniéndome hasta el último segundo, y cuando por fin cedí tuve que apoyarme en los azulejos.

Seré guarra, pensaba. Pero me reía sola bajo el agua.

No tardé en empezar a tocarme. Apoyaba la espalda en la pared fría, abría las piernas, y mientras una mano se ocupaba de lo de siempre la otra bajaba despacio. La combinación de las dos cosas, lo prohibido y lo conocido, me hacía llegar más rápido que nunca. Me mordía el labio para no hacer ruido, aunque vivía sola y nadie podía oírme. Era un secreto incluso de las paredes.

Le contaba algunos detalles a Mateo, los justos para tenerlo enganchado, y él me devolvía la cabeza llena de ideas nuevas. Pero la verdad es que ya no lo necesitaba a él. La que mandaba ahora era mi propia curiosidad.

***

Y como pasa siempre con lo morboso, llegó el día en que dejó de bastarme.

Es la trampa de estas cosas: lo que al principio te pone nerviosa y te acelera el pulso, de tanto repetirlo se vuelve rutina. La transgresión se gasta. Y entonces, sin querer, una empieza a preguntarse cómo dar una vuelta de tuerca más. Cómo subir un escalón. Yo me lo preguntaba en la cama por las noches, con una sonrisa estúpida, sabiendo que tarde o temprano cruzaría otra línea.

La ocasión llegó sola, como llegan siempre las cosas buenas: cuando no las buscas.

Era media mañana de un sábado y me acababa de levantar. Andaba por casa con unos leggins viejos, de esos finos y gastados que ya casi son transparentes de tanto uso, y nada debajo. Estaba a punto de cambiarme cuando sonó el timbre. Largo, insistente.

—Joder —murmuré.

Eran dos chicos de la compañía del gas, que venían a hacer no sé qué cambio de tarifa. Me pillaron sin sujetador, sin bragas, con esos leggins desgastados que no dejaban nada a la imaginación, y sin tiempo de reaccionar. Les abrí pensando que sería un minuto.

No fue un minuto.

Mientras uno revisaba unos papeles, el otro no me quitaba los ojos de encima. Y no me miraba a la cara. Tenía la vista clavada un poco más abajo, en el punto exacto donde la tela fina se ajustaba a mi cuerpo, y cada vez que yo me movía sus ojos seguían el movimiento. Se nota que no llevo nada debajo, pensé, y la vergüenza me subió por el cuello como una llamarada. Qué corte. Se da cuenta. Sabe que lo he pillado mirando.

Lo peor, o lo mejor, era que el tío estaba buenísimo. Manos grandes, mandíbula marcada, una sonrisa de medio lado que aparecía cada vez que nuestras miradas se cruzaban un instante. No podía taparme sin delatarme. No podía echarlos sin parecer una histérica. Así que me quedé ahí, de pie, dejándome mirar, sintiendo cómo aquella mirada me recorría entera.

¿Le gustaré?, me pregunté, y odié lo mucho que me importaba la respuesta.

Y entonces, justo entonces, lo sentí. Las ganas de siempre, las de la ducha, pero esta vez sin agua, sin enjabonarme, sin ritual. De pie en mi propio recibidor, con un desconocido devorándome con los ojos y su compañero a un metro firmando papeles.

La idea me golpeó tan fuerte que tuve que apretar los muslos.

***

No lo hice ahí, claro. No estoy tan loca. Pero la semilla ya estaba plantada, y en cuanto cerré la puerta supe exactamente lo que iba a hacer.

Los despedí con una excusa cualquiera. Dije que me lo pensaría, que ya llamaría yo, lo que fuera con tal de quitármelos de encima. El chico de la sonrisa me dejó una tarjeta y aguantó un segundo de más antes de soltarla, rozándome los dedos. Cerré la puerta y me apoyé en ella con el corazón a mil.

Seguía con los leggins puestos. Seguía sin nada debajo. Seguía con la sensación entre las piernas, y ahora, además, con la imagen de aquellos ojos grabada en la cabeza.

Caminé hasta el baño despacio, saboreando cada paso. Me metí en la ducha tal cual estaba, vestida, con los leggins viejos pegados a la piel. Y no abrí el agua.

Me quedé de pie en el plato seco, cerré los ojos, recuperé la imagen del chico mirándome, su sonrisa de medio lado, la forma en que sus ojos bajaban sin disimulo. Y me dejé ir.

La sensación fue brutal. El calor de la orina impregnando la tela fina, bajándome por los muslos, por las pantorrillas, empapando los leggins hasta dejármelos superpegados al cuerpo como una segunda piel ardiente. Sin el agua de la ducha para llevárselo todo, esta vez lo sentía de verdad, cada centímetro, el contraste entre el calor que bajaba y el frío del plato bajo mis pies.

Soy una guarra, pensé. Una guarra muy guarra. ¿Pero eso es tan malo?

No me molesté en buscar una respuesta. Bajé una mano por encima de la tela empapada, sintiendo el calor a través del tejido, y empecé a tocarme sin quitarme nada. La imagen del chico, mi propia transgresión, el secreto absurdo y enorme de lo que estaba haciendo en mi baño un sábado por la mañana, todo se mezcló en una ola que me dobló las rodillas. Tuve que apoyar la frente en los azulejos para no caerme.

Cuando por fin abrí el agua, el chorro caliente cayó sobre mi cabeza y empezó a deshacer la espuma de mí misma. Poco a poco me fui bajando los leggins, ayudándome del agua que resbalaba, hasta que quedaron arrugados junto al desagüe, viejos, retorcidos, cómplices mudos de mi perversión.

Me quedé un rato bajo el agua, sonriendo como una idiota, sintiéndome más viva que en meses.

***

Esa noche le escribí a Mateo.

—Tenías razón —puse—. En todo.

—Te dije que le dieras tiempo —contestó—. ¿Quieres contarme hasta dónde has llegado?

Me quedé mirando la pantalla un buen rato, con la tarjeta del chico del gas todavía sobre la mesa de la cocina, su número de teléfono mirándome desde el cartón.

—Todavía no —escribí al final—. Esto acaba de empezar.

Y por primera vez en mucho tiempo, supe que era verdad.

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Comentarios (5)

NocheDeRelatos

excelente!!! me tuvo enganchado de principio a fin

Daniela_Sur

Por favor escribi una segunda parte, quede con ganas de saber que pasa despues

LectoraOsada

me recordo algo que me paso hace años, increible como te revienta la mente leyendo esto. muy bueno

Luciana_Cba

¿Escribis seguido? recien te descubri y ya quiero leer todo lo que tengas jaja

JuanMa73

El giro con los desconocidos fue lo mejor, no me lo esperaba para nada. Bien jugado.

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