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Relatos Ardientes

Descubrí un fetiche que me dejó sin aliento

Hola, quien sea que estés leyendo esto. No sé muy bien por qué lo escribo, supongo que porque hay cosas que una necesita contarle a alguien aunque ese alguien no tenga cara ni nombre. Tengo veinticuatro años y, aunque suene raro a esta edad, todavía estoy descubriendo qué me gusta. Mi cuerpo es un territorio que apenas estoy empezando a mapear, y cada tanto encuentro un rincón nuevo que me deja temblando.

Esa tarde fue una de esas veces.

Era un jueves cualquiera, de esos en los que la casa queda en silencio y el tiempo se estira. Estaba aburrida, inquieta, con esa energía que se me acumula en el bajo vientre cuando no tengo nada que hacer. La verdad es que casi siempre ando así, encendida por cualquier cosa, pero ese día tenía ganas de algo distinto. Quería descubrir qué me apetecía, de qué humor andaba mi deseo. Ya se me había pegado la ropa interior al coño de pensar tonterías, y cuando me pasé la mano por encima del pantalón noté el bulto blandito y caliente de mis labios, hinchados como si llevaran horas pidiendo atención.

Así que hice lo que hago a veces: me metí en la cama, abrí el portátil y empecé a buscar videos. Pasé por tres o cuatro sitios sin que nada me llamara la atención. Todo me parecía igual, mecánico, demasiado iluminado, demasiado fingido. Estaba a punto de cerrar todo y dormir una siesta cuando, casi por accidente, me topé con un video distinto.

Una chica atada. Las muñecas sujetas por encima de la cabeza, el cuerpo arqueado, las tetas pequeñas apuntando al techo con los pezones duros y rosados, y alguien fuera de cuadro acercándole un vibrador entre las piernas abiertas de par en par. Se le veía todo: el coño depilado brillante de flujo, los labios menores hinchados asomando, el clítoris palpitando cada vez que la punta del juguete lo rozaba. No era la atadura lo que me atrapó, ni siquiera el vibrador. Era su expresión: esa mezcla de entrega y desesperación, como si su placer no le perteneciera del todo. Cada vez que él le apoyaba el aparato de lleno contra el clítoris, ella daba un tirón contra las cuerdas y soltaba un gemido gutural, como de animal. Me quedé mirándolo más tiempo del que pensaba, con la boca abierta y las bragas ya empapadas.

Empecé a tocarme casi sin darme cuenta.

Me bajé el pantalón del pijama hasta las rodillas y me arranqué las bragas de un tirón. Metí la mano derecha entre las piernas y me encontré chorreando, con los labios calientes e hinchados, resbaladizos de tanta humedad. Al principio fue suave, masajes lentos sobre el clítoris, dibujando círculos perezosos mientras la chica de la pantalla se retorcía. Me pasé dos dedos por toda la raja, de arriba abajo, empapándolos, y volví a subir para machacarme el clítoris con la yema mojada. Luego más rápido. Después lento otra vez, jugando con el ritmo, alargando esa tensión deliciosa que se construye justo antes de que todo se desborde. Metí el dedo del medio dentro y sentí cómo el coño me apretaba, cómo lo chupaba hacia adentro. Agregué otro. Empecé a follarme yo misma despacito, sintiendo los nudillos golpear contra los labios, mientras con el pulgar me seguía haciendo círculos en el clítoris. Seguí así varios minutos, con la respiración cada vez más entrecortada, sintiendo cómo un hilo de flujo se me escurría por el culo hasta las sábanas.

Y entonces se me ocurrió.

No sé de dónde salió la idea. Quizá de algún cómic erótico que había leído hacía tiempo, o de una imagen que tenía guardada en algún pliegue de la memoria sin saber que estaba ahí. El caso es que, mientras una mano seguía trabajando entre mis piernas, llevé la otra a mi propio cuello y apreté.

No fuerte. Solo lo suficiente para sentir mi pulso latiendo contra mis dedos, para notar cómo el aire se volvía un poco más difícil de tragar.

Dios.

Fue como si alguien hubiera encendido un interruptor que no sabía que existía. La falta de aire me llevó toda la sangre a un solo punto, y de repente cada caricia se sintió diez veces más intensa. El clítoris me latía como si tuviera corazón propio, hinchado y duro contra mi dedo. Apreté un poco más el cuello, contuve la respiración, y clavé los dos dedos hasta el fondo del coño mientras el pulgar aceleraba en círculos apretados. El orgasmo me golpeó de una forma que no había sentido nunca: largo, pesado, casi violento. Sentí cómo el coño se cerraba en espasmos alrededor de mis dedos, cómo se me sacudían los muslos, cómo se me escapaba un chorrito caliente que me mojó la palma y las sábanas. Grité contra mi propia mano, con la garganta apretada, y me quedé tirada sobre el colchón con los dedos todavía enterrados dentro, jadeando, con el corazón a mil, el pelo pegado a la frente y una sonrisa estúpida en la cara.

Me quedé así un buen rato, recuperando el aliento, asimilando lo que acababa de pasar. Me llevé los dedos empapados a la boca y los chupé despacio, saboreándome, y me sorprendió lo bien que me sentí haciéndolo. ¿Será raro?, pensé. ¿Estaré mal de la cabeza por disfrutar de algo así? Pero la verdad es que no me importó la respuesta. Me había gustado. Me había gustado muchísimo. Y eso era todo lo que necesitaba saber por ahora.

Lo curioso es que no fue solo el placer físico. Fue la sensación de rendirme, aunque fuera ante mi propia mano. De soltar el control un segundo, de confiar en que algo iba a sostenerme aunque me faltara el aire. Nunca me había pasado por la cabeza que eso pudiera excitarme tanto, y sin embargo ahí estaba, con el coño todavía palpitando, los pezones duros como piedras y la mente dándole vueltas a todas las posibilidades.

Esa noche casi no dormí. No por nervios, sino porque no podía dejar de imaginar variantes. ¿Y si fuera otra persona la que me sujetara del cuello mientras me follaba? ¿Y si esa misma sensación de ahogo llegara en medio de algo más, con una polla dura enterrada hasta el fondo, cuando ya estoy entregada y al borde? Cada idea me dejaba más despierta que la anterior, y para cuando amaneció ya me había corrido dos veces más, en silencio, tapándome la boca con la almohada.

***

Me prometí a mí misma que iba a explorarlo con calma, sin prisa. Tengo un consolador guardado en el cajón de la mesita y un par de bolas chinas que casi no uso. La próxima vez voy a combinarlo todo, a ver hasta dónde llega esta sensación nueva. Quizá entonces vuelva a escribir y les cuente cómo me fue. Pero por ahora, déjenme contarles algo más. Una fantasía. Lo que se me pasa por la cabeza cuando cierro los ojos y me meto la mano entre las piernas.

Imagínate que estoy ahí, a tu lado, en la penumbra de un cuarto que no es de ninguno de los dos. Me ves levantarme y empezar a quitarme la ropa despacio, sin apuro, disfrutando de cómo me miras. Debajo del vestido llevo un conjunto verde: unas bragas de encaje y un babydoll a juego que se transparenta apenas con la luz que entra por la ventana. Se me marcan los pezones oscuros contra la tela, y si te fijás bien, se te nota en el pantalón que ya se te está poniendo dura de mirarme.

Me acerco a ti. Me planto de pie justo enfrente, lo bastante cerca como para que sientas el calor de mi cuerpo, y bajo la mano hasta tu entrepierna. Te acaricio por encima de la tela, lenta, sintiendo cómo creces bajo mis dedos, cómo la polla se te va estirando pierna abajo, gruesa, caliente, viva. Subo y bajo la mano sin prisa, marcando un ritmo que sé que te va a desesperar. Me inclino y te muerdo la oreja, y con la otra mano me llevo tus dedos debajo del babydoll, directo a mi coño desnudo. Está empapado. Te dejo que sientas cómo chorreo por vos, cómo te resbalan los dedos entre mis labios hinchados.

—¿Ves cómo me ponés? —te susurro—. Y todavía no me tocaste.

Me detengo en el botón de tu pantalón y lo desabrocho. Luego bajo la cremallera, diente por diente, alargando cada segundo. Encuentro la última barrera de tela y la aparto también. Y ahí estás, por fin, justo lo que estaba buscando. Una polla gruesa, dura, con la venita marcada latiendo a lo largo, la punta hinchada y ya brillante de una gota de líquido preseminal. Algo tan lindo que de solo verlo se me hace agua la boca.

Te rodeo con la mano derecha y empiezo a acariciarte de arriba abajo, despacio, mirándote a los ojos todo el tiempo. Aprieto un poco cuando llego a la base, aflojo cuando subo hacia la punta, y con el pulgar te esparzo esa gota transparente por todo el glande. Empiezas a gemir bajito, casi sin querer, y eso me da el valor que me faltaba. Me agacho. Me arrodillo entre tus piernas abiertas, te separo bien los muslos y te dejo besos suaves en la punta, apenas un roce de labios.

—Me encanta —murmuro contra tu piel, y saco la lengua para lamerte la gota que se te acaba de formar.

Te lamo despacio, con la punta de la lengua, jugando como una gata con algo que le gusta. Te recorro toda la verga desde la base hasta la punta, con la lengua bien plana, y después vuelvo a bajar por el otro lado. Te chupo los huevos uno por uno, metiéndomelos enteros en la boca, mientras con la mano no te suelto la polla y sigo bombeándote lento. Tus gemidos se vuelven más graves, más profundos, y eso me enciende de una manera que no sabía explicar. Se me contrae el coño solo de escucharte. Abro la boca y por fin te la meto entera, deslizándome despacio, sintiendo cómo el glande me golpea el paladar y después el fondo de la garganta.

Me paso un buen rato así, devorándote, perdiéndome en el ritmo. Subo y bajo la cabeza, chupando fuerte, dejando que un hilo de saliva me caiga por la barbilla hasta las tetas. Me la saco de la boca y te la escupo, la uso para masturbarte con la mano mientras te miro a los ojos con la lengua afuera, y después vuelvo a metértela hasta la garganta. Pero tú te empiezas a impacientar. Lo noto en cómo se te tensan los muslos, en cómo tu respiración se acelera, en cómo empiezas a levantar la cadera para follarme la boca desde abajo. Y entonces lo haces: me agarras del pelo con una mano firme y empujas, hundiéndote de un solo movimiento hasta el fondo.

Se me cierra la garganta alrededor de tu polla. Por un instante no puedo respirar, siento cómo me tapa la vía del aire y cómo se me saltan las lágrimas, y para mi sorpresa, eso es exactamente lo que me vuelve loca. La misma sensación de esa tarde, la falta de aire, el pulso golpeando, todo concentrado en un solo punto de placer puro. Bajo la mano libre y me la meto entre las piernas, me froto el clítoris a toda velocidad mientras tú me sostienes ahí, ahogada con tu verga hasta que ya casi veo puntos negros.

—Te gusta eso, ¿verdad? —dices con la voz ronca, riéndote bajito, mientras me deja sacártela un segundo para tomar aire—. Claro que no me puedes contestar.

Intento decir algo, hacer algún gesto, pero tú tiras un poco más del pelo y me metes la polla otra vez hasta el fondo, callándome.

—¿Qué te he dicho? No se habla con la boca llena.

Y empiezas a moverte. A follarme la boca en serio, agarrándome con las dos manos ahora, una a cada lado de la cabeza, sin dejarme escapar. Rápido, después lento, marcando tu propio ritmo mientras yo me dejo hacer, con las manos apoyadas en tus muslos y la mandíbula bien abierta para vos. Me cuesta seguirte, se me saltan las lágrimas y se me corre el rímel por las mejillas, la saliva me chorrea por el mentón hasta caerme entre las tetas, pero por dentro estoy ardiendo. Cada arcada, cada vez que la punta me golpea el fondo de la garganta, es un latigazo directo al coño. Nunca me había sentido tan deseada y tan entregada al mismo tiempo. Sigo con la boca abierta, dejando que tomes lo que quieras de mí, perdida en la sensación de no tener el control, de ser un agujero para vos y nada más.

—Así, justo así —jadeas—. Me la chupás como una zorra. Ya casi. ¿Lo quieres? ¿Querés que me corra en tu boca?

Asiento como puedo, con los ojos llorosos y la mirada clavada en la tuya, con la polla enterrada hasta el fondo y la lengua trabajándote los huevos desde abajo.

—Claro que lo quieres. Sos una guarra. Abrí bien la boca.

Aceleras. Tus dedos se cierran con más fuerza en mi pelo y siento cómo todo tu cuerpo se tensa, cómo se te contraen los huevos contra mi barbilla. Y entonces terminas, hundido hasta el fondo, y siento el primer chorro golpear directamente en la garganta, caliente y espeso. Sacás un poco para que caiga el segundo sobre la lengua, para que sienta el sabor, y después me la volvés a meter mientras el resto se me sigue vaciando adentro. Yo me lo bebo todo, sin perder una gota, tragando en oleadas mientras me sostienes ahí un segundo más de lo necesario solo para sentirme tragar, para sentir cómo mi garganta te ordeña hasta la última gota. Con la mano libre me sigo frotando el clítoris y me corro con vos, temblando de rodillas, con los muslos empapados y el coño contrayéndose sobre mis propios dedos.

Te retiras despacio, arrastrando el glande por mis labios. Me das un par de golpecitos suaves de verga contra la mejilla y contra la boca, como una última travesura, embadurnándome con los últimos restos de semen y saliva, y me miras con una sonrisa de satisfacción. Yo saco la lengua, te muestro que no me quedó nada, y después me chupo el labio de abajo.

—Te encantó, ¿no es así?

Y la verdad es que sí. Me encantó. En la fantasía y, sospecho, también en la realidad si alguna vez se diera. Porque resulta que me gusta entregarme, me gusta perder un poco el aire, me gusta que alguien me agarre del pelo y me use la boca como se le antoje, me gusta que alguien tome el control mientras yo me dejo llevar, me dejo follar, me dejo llenar. Acabo de descubrirlo y todavía estoy aprendiendo qué hacer con esta parte de mí.

***

Eso es todo por ahora. Sé que no soy la mejor escritora del mundo y que seguramente se me escapan errores por todos lados, pero quería compartirlo igual. A veces las cosas se sienten más reales cuando las pones en palabras y se las dejas a un desconocido que quizá las lea de noche, a oscuras, con la polla en la mano o los dedos entre las piernas, con la misma inquietud que yo tenía esa tarde de jueves.

Si esto te despertó algo, me encantaría saberlo. Cuéntame qué te gustó, qué te pareció, qué fetiche tuyo todavía no te atreves a confesar. Tal vez no seamos tan distintos. Tal vez tú también estés apenas empezando a mapear ese territorio tuyo que nadie más conoce.

Gracias por leerme. Y prometo volver con la siguiente parte, cuando me anime a probar todo lo que tengo guardado en ese cajón: el consolador bien adentro del coño, las bolas chinas metidas en el culo y mi propia mano apretándome el cuello hasta ver estrellas.

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Comentarios(9)

MarcosBsAs

tremendo relato!! me atrapo desde el primer parrafo hasta el final

LectoraEnSombras

Que bien escrito, se siente autentico y cercano. Esas revelaciones sobre uno mismo son las mas poderosas, y lo contaste sin rodeos. Muy bueno.

Pachi_Rdg

jaja esa cara que debiste haber puesto al darte cuenta... me imagine toda la escena. Muy buen relato!

Valentina_LT

Me identifique tanto con esto. A los 24 yo tambien descubri algo sobre mi que no esperaba y no supe como procesarlo al principio. Gracias por contarlo tan bien, espero leer mas tuyo pronto.

BdsmFan_Arg

Por fin algo escrito con honestidad real, sin dramatismos ni exageraciones. Se nota que es tuyo de verdad. Muy bueno!!

Niko77

genial!!! sigue así

ClaraCba77

Me dejo pensando un buen rato despues de terminar de leerlo. Eso es lo que hace un buen relato, que no se olvida rapido. Bravo

Tano_Lector

Muy bueno, se hizo cortito. Quiero mas!

FloTucuman

Esa etapa de conocerse a uno mismo... la describis de una manera muy real. Lo recomendo a una amiga y le encanto tambien

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