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Relatos Ardientes

La chica de la limpieza y el cristal que nos separaba

El año que todo se detuvo nos pilló a Marina y a mí recién instalados en Valencia, en un piso pequeño con un alquiler decente y la sensación de que las cosas por fin se ordenaban. En enero me habían confirmado un ascenso y, después de mucho tiempo apretándonos el cinturón, empezábamos a respirar. Lo que no sabíamos era que ese mismo año nos tenía reservadas otras sorpresas.

Las complicaciones llegaron casi todas juntas. Yo estaba de viaje de trabajo cuando me llamó mi jefe para decirme que suspendíamos los desplazamientos hasta nuevo aviso y que volviera a la oficina cuanto antes. A los pocos días, también llamó el casero: había vendido el piso y teníamos dos meses para dejarlo. Lo que parecía un buen año se convirtió de golpe en una carrera contrarreloj.

Conseguimos salir adelante y, en poco tiempo, acabamos viviendo en un piso más tranquilo, alejado del bullicio del centro. El edificio se había levantado sobre una antigua corrala, así que todo el bloque se organizaba alrededor de un patio interior. Desde ese patio se accedía a las distintas viviendas, que daban a la vez al espacio común y a las calles de fuera. Tras una mudanza de vértigo, fue allí donde aprendimos a vivir la nueva rutina.

El teletrabajo llegó para quedarse. Yo trabajaba desde casa a jornada completa, y Marina compaginaba el estudio con un empleo de media jornada. La habitación que usábamos de despacho daba directamente al patio, de modo que veíamos a los vecinos cada vez que pasaban. Justo al otro lado de la ventana, sobre el escritorio, discurría el corredor que ellos tomaban para entrar o salir del bloque. La nuestra era la penúltima puerta de esa hilera. En poco tiempo establecimos una relación cordial: un saludo, dos palabras a través del cristal.

Las mañanas eran iguales. Trabajábamos hasta las once y media, hora a la que Marina salía a su empleo. Para cuando volvía, yo ya había terminado. Los vecinos desaparecían temprano y no reaparecían hasta bien entrada la tarde, en ese goteo de gente que vuelve con los hombros caídos.

La única persona que se movía por las mañanas era la chica que venía tres veces por semana a limpiar el bloque: el portal, el patio, los corredores. Desde el escritorio la veía avanzar sin descanso, empezando por la última planta y bajando hasta terminar justo al otro lado de mi ventana.

Era latina, colombiana según me enteré después, de unos veintisiete años. Morena, delgada, de estatura media, siempre con el pelo recogido en un moño para que no le molestara. Vestía ropa cómoda: una camiseta ancha que disimulaba su figura y unos leggins azul oscuro muy ajustados que le marcaban las piernas y un culo imposible de ignorar. Lo remataba todo con una mascarilla del mismo color.

Cuando llegaba a la zona frente a mi ventana, era imposible no mirarla mientras se inclinaba sobre la barandilla para limpiarla a fondo. Aquellos leggins permitían una vista que cortaba la respiración.

Solía aparecer sobre las once, cuando los vecinos ya se habían ido, y su tarea la mantenía ocupada hasta las dos. Concentrarme en el trabajo durante esas horas me costaba un esfuerzo enorme, sobre todo pasadas las once y media, cuando Marina se marchaba y me quedaba solo con esa silueta rondando tras el cristal. Por pura casualidad, tres veces por semana me encontraba puntual en el escritorio entre la una y media y las dos.

Ella era tímida. Cuando pasaba cerca se limitaba a saludar con un gesto, que yo le devolvía, y seguía con lo suyo. Pero por la forma en que se movía al otro lado del cristal, estaba claro que disfrutaba sabiéndose observada, aunque nunca llegara a vencer esa timidez que le impedía cruzar una palabra.

Poco a poco fui ganando confianza con ella. No hablábamos, pero los dos disfrutábamos de esa cercanía rara, separados apenas por un fino cristal.

Así pasaron los días hasta que llegó el calor. Gracias al teletrabajo, conforme subían las temperaturas podía permitirme ir perdiendo ropa. Primero un pijama de entretiempo, luego el de verano, después la camiseta, hasta acabar trabajando en bóxer. Siempre que no tuviera reunión con cámara, claro.

Ella también fue cambiando. Las camisetas seguían siendo holgadas, pero los leggins dieron paso a unos shorts todavía más ajustados que poco dejaban a la imaginación.

Era curioso comprobar cómo, con cada día, nos saludábamos con más naturalidad, cómo ella me miraba cada vez más mientras trabajaba. Sabía perfectamente que yo no le quitaba ojo, y hacía todo lo posible por adoptar esa postura sugerente sobre la barandilla, dejándome el culo a la altura de la vista. En esa posición, los shorts dejaban ver con claridad la ropa interior. Que yo estuviera al otro lado, sentado en bóxer y observándola, no solo no la molestaba: estaba encantada.

Tras varios días así, decidí dar un paso más. Llegó un lunes de julio en el que ella se presentó puntual. Yo estaba en el escritorio junto a Marina, con los bóxer puestos. Pero en cuanto ella salió a trabajar, me deshice de la prenda y seguí sentado.

La chica había empezado, como siempre, por la planta más alta. Para cuando me desnudé, ya iba por la tercera, al otro lado del patio. Desde allí no podía verme bien; solo sabía que, una vez más, estaba sin camiseta.

La mañana avanzó hasta que llegó a nuestra planta. Empezó por el extremo opuesto. Cuando vi que se acercaba, me separé un poco del escritorio para facilitarle la visión. Fue entonces, al ir aproximándose, cuando me vio completamente desnudo, con una erección considerable, mientras yo fingía estar absorto en la pantalla.

Su primera reacción fue de desconcierto. Pero enseguida se recompuso y continuó con su tarea, acercándose despacio a la ventana. La mañana siguió su curso, solo que esta vez ella me lanzaba miradas mucho más frecuentes.

Cuando terminó, se quedó unos segundos tras el cristal, observándome, con el peso apoyado sobre el cepillo. Aproveché para llevarme la mano a la entrepierna y empezar a acariciarme. Estuvimos así un instante, hasta que ella tomó conciencia de lo que estaba pasando, recuperó toda su timidez, recogió las cosas y se fue. Necesitaba tiempo para pensar en lo que había visto y en cómo responder.

Llegó el miércoles y decidí repetir. El único cambio fue abrir una de las hojas de la ventana corredera, esa que nos separaba. De nuevo empezó por arriba, pero ahora ya sabía que yo estaba desnudo, con la ventana abierta, masajeándome la entrepierna. Me cuidé de colocarme en la posición exacta para que pudiera verme en todo momento.

No me quitó ojo en toda la mañana. No paraba de girarse para confirmar que seguía allí. Cuando le tocó limpiar bajo mi ventana, ya no se limitó a un gesto: dejó escapar un tímido «¡Hola!» mientras se sonrojaba y bajaba la mirada al suelo. Le devolví el saludo sin dejar de acariciarme.

Ella siguió con lo suyo, más tímida todavía, mientras el masaje se convertía en algo más. Esta vez no volvió a mirarme hasta terminar; la vergüenza pudo más que la excitación durante ese rato. Pero al acabar se quedó de pie al otro lado, apoyada en el cepillo, y ahora sí me miraba sin disimulo, mientras yo me masturbaba abiertamente.

Tras un rato así, le pregunté:

—¿Te gusta lo que ves?

Ella dio un pequeño respingo y, por primera vez, desvió la vista de mi sexo a mis ojos. No contestó. Seguí unos segundos más, luego me levanté y rodeé el escritorio. Al llegar junto a la ventana abierta, insistí:

—¿Te gustaría tocar?

Tampoco contestó, pero cambió de postura y se acercó aún más. Apoyó la mano derecha en el alféizar, a unos centímetros de mí, sin decidirse. Yo no dejaba de masturbarme.

Fue entonces cuando comprendí algo. Estaba claro que ardía por alargar la mano, pero tenía que ser una decisión suya, y en ese momento estaba demasiado indecisa. Lo mejor era aflojar la tensión y ofrecerle una salida más cómoda.

Bajé el ritmo poco a poco, hasta convertirlo de nuevo en un masaje suave. Y le hablé.

—Sé que lo deseas, pero también sé que toda esta situación te da vergüenza. No tienes por qué decidirte ahora. El viernes vuelves por aquí, y yo estaré exactamente donde me has visto hoy. Piénsatelo hasta entonces. Pero, eso sí, si el viernes no te decides, será tu última oportunidad. No volverás a verme así.

Rodeé otra vez el escritorio y me senté, cerrando la ventana. Ella salió de su estupor y, sin una palabra, recogió sus cosas y se marchó. El viernes prometía.

***

Cuando la vi aparecer el viernes, supe enseguida qué había decidido. Había cambiado la camiseta ancha por una de tirantes bien escotada, y los shorts por una falda vaquera muy corta. Estaba claro que había preparado a conciencia ese día de trabajo.

Todo transcurrió como el miércoles hasta que se acercó a la ventana. Volvió a saludar con su tímido «¡Hola!», pero esta vez no bajó la mirada: siguió observando cómo pasaba del masaje a la masturbación. Trabajaba mirándome de reojo cada poco, para ver cómo me iba a mí con lo mío.

Entonces se puso a limpiar la barandilla y, para mi sorpresa, al inclinarse se levantó la falda a propósito, dejando su sexo a la altura de mis ojos. Estábamos a metro y medio. Si no fuera por el escritorio y el cristal, me habría abalanzado sobre ella.

Cuando terminó con la barandilla, se giró y me miró a los ojos. No le veía la sonrisa bajo la mascarilla, pero la sentía en su mirada, esa mezcla de timidez y picardía. Siguió barriendo bajo la ventana, la tarea con la que solía cerrar su jornada. Solo que ese día añadió una más.

Se acercó al alféizar y se inclinó sobre él para limpiarlo a fondo. Yo seguía al otro lado del escritorio, así que nuestros ojos quedaban casi a la misma altura. Fue entonces cuando me di cuenta de que tampoco llevaba sujetador. La camiseta de tirantes era del todo intencional: lo que de pie era ya un escote generoso, en esa postura lo dejaba ver absolutamente todo. Ella siguió limpiando como si nada, sabiendo perfectamente que le veía el pecho sin dificultad, mientras me observaba.

Después clavó la mirada en mis ojos y preguntó:

—¿Te gusta lo que ves?

Capté el juego al instante. Sonreí y no contesté. Unos segundos más tarde añadió:

—¿Te gustaría tocar?

No necesitaba más invitación. Me levanté, rodeé el escritorio y me acerqué sin dejar de masturbarme. Me coloqué a su lado, con mi miembro a escasos centímetros de su cara. Con una mano seguía a lo mío; con la otra me colé por su escote y empecé a acariciarle los pechos. Noté lo duros que tenía los pezones: estaba claro que llevaba dos días pensando en esto y que toda la excitación acumulada daba ahora sus frutos. Ella siguió limpiando un par de minutos, dejándome hacer.

Al fin decidió que ya era su turno. Se incorporó, soltó el trapo y se acercó todo lo que pudo. Su mano derecha buscó mi miembro, apartó la mía y lo sujetó con firmeza. Yo deslicé una mano bajo su falda. Igual que sus pezones habían respondido a la tensión acumulada, su sexo estaba tan húmedo que le introduje dos dedos casi sin proponérmelo.

Estuvimos así poco más de dos minutos. La excitación de varios días, el morbo de la situación y el riesgo de que cualquier vecino pudiera asomarse hicieron que ambos llegáramos al orgasmo antes de lo que habríamos querido. Fueron orgasmos silenciosos, delatados solo por los temblores que nos recorrían el cuerpo entero. Ella tuvo el cuidado de dirigirlo todo hacia el alféizar que acababa de limpiar.

Cuando terminamos, me aparté y volví a sentarme tras el escritorio. Ella se recolocó la falda y la camiseta, se reclinó de nuevo sobre el alféizar con su mejor sonrisa en los ojos y volvió a limpiar la mancha reciente, regalándome un último vistazo a sus pechos sin dejar de mirarme.

Todo esto ocurrió hace ya un tiempo y no hemos vuelto a vernos. El lunes siguiente, en su lugar vino otra mujer, también latina, de unos cuarenta. No sé qué fue de ella; espero que solo sea una sustitución temporal y que, tras unos días de vacaciones, volvamos a encontrarnos a través del cristal.

Ahora solo me queda contárselo todo a Marina. Quizá sea buena idea escribirlo a modo de relato y ver cómo reacciona.

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Comentarios (5)

Dante_BA

increible como describiste esa tension, se siente en cada linea. Bravo!

GymLector

Por favor segunda parte!! quede con ganas de saber que paso despues del cristal

Mirta_pampas

Me recordo a un trabajo que tuve hace años donde pasaba algo parecido... ese tipo de situaciones quedan grabadas en la memoria para siempre.

Ezequiel_gba

¿Y ella sabia que la mirabas? eso me genera demasiada curiosidad jaja

SoledadP

Lo que no se dice ni se toca a veces es lo mas erotico de todo. Bien logrado.

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