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Relatos Ardientes

La fantasía con un desconocido que me despertó mojada

Estaba pasando por una de esas rachas en las que el deseo no me dejaba en paz. No hablo de un calentón pasajero, sino de algo más profundo: ganas de coger dos veces al día y, aun así, de buscarme sola un par de veces más. Mi marido Mateo respondía siempre que se lo pedía, y lo hacía bien, pero había rincones de mi morbo que no terminaba de soltar con él. No por su culpa. Simplemente había noches en las que mi cabeza pedía algo que ni yo sabía nombrar.

Aquella tarde él estaba en el patio, ocupado con no sé qué, y yo me había quedado tirada en el sofá de la sala con el celular en la mano. La piel me hormigueaba. Le escribí un mensaje atrevido pidiéndole una foto, su foto, la que yo conocía de memoria. Quería tenerla en la pantalla mientras me hacía esperar.

A los tres minutos llegó una imagen. La abrí con una sonrisa anticipada y la sonrisa se me congeló.

No era la suya.

Era, sin ninguna duda, una foto sacada de internet: un tipo delgado, de piel muy blanca, con el abdomen tan marcado que parecía dibujado. Y una verga preciosa. Lo digo en serio, no era una más. Grande, gruesa, de un rosado limpio, con la cabeza hinchada y unas venas que la recorrían entera como si tuvieran vida propia. La miré más de lo que debía. Sentí una contracción honda, ahí dentro, y noté cómo me mojaba sin haberme tocado.

Mateo entró justo en ese momento, secándose las manos en el pantalón. Le mostré la pantalla, fingiendo enojo.

—¿Y esto qué es? Te pedí una foto tuya —le dije.

—Me dio vergüenza —admitió, y se le subió el color a las orejas.

—¿De dónde la sacaste? —insistí, medio en broma—. ¿Conocido tuyo?

—No, qué va. Busqué «foto de pene» en internet y elegí cualquiera. La primera que me pareció decente.

Mientras hablaba, yo había notado que él se acariciaba por encima de la tela, despacio, casi sin darse cuenta. Ya la tenía dura. Me levanté del sofá, le desabroché el pantalón y le saqué su verga, la de verdad, la que conocía bien. Morena, de buen grosor, caliente en mi mano. La segunda más larga que me había metido en la vida, y la única que me importaba de verdad en ese instante.

Empecé a lamerle la punta con calma, recreándome, probando ese sabor anticipado que se le escapaba. Estaba durísimo. Gemía bajito mientras me acariciaba un pecho con la mano libre. Yo se la mamaba y se la trabajaba con una mano, y con la otra me colaba los dedos entre las piernas, donde ya estaba todo empapado.

Me la saqué de la boca y me recosté hacia atrás en el sofá. Abrí las piernas para que viera lo mojada que estaba, sin pudor, ofreciéndome. Él me agarró de las caderas y me la metió de un solo empujón, sin esfuerzo, porque yo estaba más que lista. Me pellizcaba los pezones, duros como piedras, mientras embestía con todo y me buscaba el clítoris con el pulgar.

Cuando estaba a punto de llegar, pasó algo raro. Empezaron a aparecerme, como destellos, imágenes de aquella foto. El abdomen marcado. La verga rosada y perfecta de un hombre que no existía para mí. Y ese flash mental me lanzó volando a la cima. Sentí a Mateo venirse con un rugido ronco, y yo me deshice en un orgasmo que me sacó un buen chorro, mezclándose todo con lo suyo. Carajo. Fue una cogida riquísima.

***

Pero las hormonas no me dieron tregua. Un rato más tarde, con la excusa de revisar el celular, hice algo que no había hecho nunca: una búsqueda inversa de aquella imagen. Tardé apenas unos minutos en encontrarla.

Estaba publicada en un sitio que se llamaba «Caseros sin Censura».

La foto formaba parte de una galería. El tipo había subido tres o cuatro imágenes de su verga, desde distintos ángulos, todas igual de buenas. Solo de verlas volví a mojarme, y la sensación de tener todavía los restos de Mateo entre las piernas me hizo sentir sucia y morbosa al mismo tiempo. Era una mezcla incómoda y deliciosa.

Abajo, su nombre de perfil: «MarcoFuego». Y una ubicación. Mi país. El mismo país en el que yo estaba sentada, con el celular ardiendo en la mano y el corazón a mil.

Cerré la página de golpe, como si alguien fuera a sorprenderme, y volví a lo mío. Recogí la cocina, le di las buenas noches a Mateo, me lavé la cara y nos fuimos a la cama. Me dormí pensando en abdominales que no eran de mi marido.

***

Al día siguiente arrancamos con un rapidín mañanero, de esos rápidos y eficientes antes de que él saliera a trabajar. En cuanto la puerta se cerró tras él, ya estaba yo otra vez con el celular, buscando las fotos del tal MarcoFuego.

No sé qué me poseyó. Creé un perfil desde una cuenta de correo falsa, una que inventé en dos minutos solo para eso. Entré a su galería y, con el pulso un poco acelerado, dejé un comentario:

«Esos abdominales me calientan más que la verga, y eso que la verga está hermosa.»

Lo escribí y me arrepentí enseguida. Pensé en borrarlo. No lo hice.

A los quince minutos vi que había respondido. «¿Te gustan? ¿Quieres chat?»

Pensé que estaba loca. Una mujer casada, satisfecha esa misma mañana, escribiéndole a un desconocido por una foto. Pero tecleé un «sí» antes de darme tiempo a discutir conmigo misma.

Me pasó por privado su usuario de una app de mensajería, para que lo agregara yo. Lo hice. Abrí un chat nuevo, anónimo, y empezaron los mensajes.

—¿Te calienta mi verga, guapa? —escribió.

—No tienes idea. Me la comería entera. Mándame más fotos —respondí, sorprendida de mi propio descaro.

Llegaron dos, desde ángulos distintos. Sí, era la misma, no había duda. Pero estas eran mejores tomas, más nítidas, y se le veía empalmado, listo para la acción. La piel tirante, el glande brillante. Me mordí el labio mirando la pantalla.

Estaba irracional de lo caliente que me había puesto. Los pezones se me marcaban bajo la camiseta, el clítoris me latía con fuerza y entre las piernas ya tenía todo a punto.

—Mándame una foto, linda —pidió él.

Acomodé el celular de manera que se vieran parte de mis tetas y los pezones, sin que apareciera mi cara. Tiré la foto y se la mandé sin pensarlo dos veces. Esto de mandar fotos resultaba mucho más excitante de lo que jamás habría imaginado. El anonimato, el riesgo, la idea de un extraño mirando lo que solo Mateo solía ver.

—Para ser justa —escribí—, tú me mandaste dos.

Así que me abrí de piernas en la cama, aparté el short del pijama y, con los dedos índice y medio, me separé los labios. Aproveché para sentir mi propia humedad y repartirla sobre el clítoris impaciente. Tiré un acercamiento de todo, mojado y abierto bajo mis dedos, y se lo envié.

—Qué rica, amor. ¿Qué tan puta te sientes? —preguntó.

—Putísima —respondí, y era verdad. No me reconocía. Cada palabra que cruzábamos me mojaba más, la situación entera me tenía fuera de control.

—¿Quieres videollamada? ¿Puedes? —tecleó.

—Sí, pero te voy a poner en la pantalla del televisor. Quiero verte grande y mostrarte bien —contesté. Definitivamente no era yo.

—Listo.

Sonó el tono de la llamada. No la pensé. Contesté.

En la pantalla apareció un torso delgado pero atlético, los abdominales marcados igual que en las fotos, y en primer plano una verga que daba ganas de tragarse entera. Él ya se la estaba jalando, despacio, con el glande húmedo y brillante. No le veía la cara y no me importaba. Lo único que existía era esa imagen enorme frente a mí.

Coloqué mi celular en el mismo plano, mostrándole mi sexo abierto con el fondo de mis tetas. Me acaricié el clítoris con ganas mientras él se trabajaba la verga en la pantalla y yo lo escuchaba gemir. Dios, era de lo más excitante. Verlo a él calentándose por mí, por una foto mía, sin que ninguno de los dos pudiera tocar al otro.

Me metí los dedos y me froté sin parar, mirándolo masturbarse, excitándose conmigo a la distancia. Sus gemidos eran graves, guturales; tenía una voz muy masculina que se colaba por los parlantes y me recorría entera.

Los jadeos se hicieron más fuertes. Lo vi venirse con un par de chorros que le mojaron toda la verga, que seguía dura y palpitante. Y yo, con la imagen de un desconocido jalándosela frente a mí, sentí el temblor del orgasmo subirme por las piernas y, sin ningún pudor, dejé salir mi squirt ante la cámara, en primer plano, ofreciéndoselo.

***

Y de repente, me desperté.

Estaba toda sudorosa, con el pijama pegado a la piel y la respiración entrecortada, claramente recién corrida de verdad. Tardé unos segundos en entender dónde estaba. El televisor apagado. El celular en la mesita, en silencio. Mateo dormía a mi lado, ajeno a todo, respirando hondo.

Todo el chat con MarcoFuego, las fotos, la videollamada, el desconocido perfecto de los abdominales marcados… había sido un sueño. Un sueño riquísimo, tan vívido que el corazón todavía me golpeaba en el pecho y entre las piernas seguía latiéndome el eco del placer.

Miré el reloj. Eran las cinco y media de la mañana.

Me quedé un momento mirando el techo, sonriendo en la oscuridad, repasando cada detalle antes de que se me escapara. Después me giré hacia Mateo y le pasé la mano por el pecho, despacio, bajando.

Hora de despertar a mi esposo, pensé. Después de todo, alguien tenía que pagar lo que aquel desconocido había encendido.

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Comentarios (5)

VickyX88

que relato tan rico, no pude parar de leerlo!!

NocheCba

Por favor que haya una segunda parte, necesito saber si volvio a soñar con el jajaja

CristinaVR

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo... esas cosas que uno no controla ni durmiendo. Muy bueno!

SueñosC

me desperte igual jajajaj excelente

Marta_BCN

Que bien escrito, se siente tan real. Sigue compartiendo este tipo de relatos!

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