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Relatos Ardientes

La desconocida de la obra despertó mi fantasía

Me llamo Renata, tengo veintidós años y todavía estudio en la universidad. Soy una chica tímida, de las que bajan la mirada cuando alguien las observa demasiado tiempo, pero esa timidez convive con algo que pocos conocen: una mente bastante más sucia de lo que mi cara de buena alumna deja entrever. Esta es una de esas cosas que nunca le conté a nadie, y por eso prefiero contarla aquí.

Todo empezó una mañana cualquiera. Mi rutina era siempre la misma: levantarme a las cinco y media, ducharme con los ojos a medio abrir y salir a las seis en punto rumbo a la facultad, que me quedaba a casi una hora de casa. A esa hora las calles estaban muertas, los semáforos parpadeaban en ámbar y el cielo todavía dudaba entre la noche y el día.

Aquella mañana tuve que detener el auto a un costado para limpiar los lentes, que se me habían empañado con la humedad. Fue al levantar la vista cuando lo noté: un movimiento extraño dentro de una obra en construcción que llevaba años abandonada, con las varillas oxidadas asomando entre el cemento.

Agudicé la mirada esperando lo peor, alguien rebuscando entre los escombros, un indigente, cualquier cosa. Pero lo que vi me dejó clavada en el asiento.

Había una mujer. Llevaba un abrigo largo y oscuro, un vestido por debajo y un cubrebocas que me impedía verle la cara. El pelo castaño le caía sobre los hombros. Tardé unos segundos en entender qué estaba haciendo, y cuando lo entendí, el aire se me detuvo en la garganta.

Se estaba masturbando. Ahí, al aire libre, con la espalda apoyada en una pared a medio levantar. Tenía un consolador grueso en la mano y lo metía y lo sacaba con una lentitud descarada, sin un solo gesto de prisa, como si el mundo entero le perteneciera y nadie pudiera juzgarla.

No puedo creer lo que estoy viendo.

Me quedé mirando más tiempo del que debería admitir. Sentí el calor subirme por el cuello, las piernas apretadas contra el asiento, una corriente que me bajaba directo al bajo vientre. No era solo morbo. Era envidia. Envidia de esa libertad tan absoluta.

Ella debió percibir mi presencia, porque giró la cabeza hacia el auto. Fue apenas un segundo, pero bastó para que el pánico me ganara. Arranqué de golpe y me alejé del lugar con el corazón disparado y las manos temblando sobre el volante.

***

Llegué a la facultad como si nada hubiera pasado. Saludé, me senté en mi lugar de siempre, abrí el cuaderno. Pero no escuché una sola palabra de la clase. La imagen de esa desconocida no me soltaba: la calma con la que se daba placer, el riesgo absurdo, la certeza de que cualquiera podría haberla visto y a ella no le importaba.

Yo me había masturbado en lugares poco apropiados antes, sí, pero siempre escondida, siempre con un ojo puesto en la puerta. Lo de ella era otra cosa. Era exhibirse de verdad, ofrecerse a la mirada de quien pasara, convertir el peligro en combustible.

Para el mediodía estaba tan caliente que ya no aguantaba. Sentía la ropa interior húmeda cada vez que cruzaba las piernas. Aproveché un hueco entre clases y me escabullí al baño, me encerré en el último cubículo y me toqué deprisa, mordiéndome la mano para no hacer ruido.

Pero cuando terminé, en lugar de calma, lo que me quedó fue una idea. Una idea concreta y cada vez más nítida.

Quiero hacer lo mismo que ella. Quiero que me vean.

Al salir de la facultad volví a pasar por la obra abandonada. La miré de reojo, vacía ahora, y solo de imaginarme ahí, expuesta, volví a sentir el tirón entre las piernas. Esa tarde lo decidí. Iba a cumplir la fantasía.

***

En cuanto llegué a casa me puse manos a la obra como si preparara una expedición. Saqué de mi cajón secreto el consolador más grande que tenía, uno de unos dieciocho centímetros. Agregué un plug anal de color rojo y unas bolas chinas, las ocho ensartadas en su cordón.

Después pensé en la ropa. Quería parecerme a ella, ser por una noche esa mujer sin miedo. Busqué un abrigo grande con capucha, lo único que me serviría para entrar y salir sin que nadie reconociera mi cara. No tenía un vestido como el suyo, pero encontré una falda roja que me gustó. Sumé un cubrebocas y esperé a que cayera la noche.

Mientras esperaba, repasé los lugares posibles. La obra estaba descartada, demasiado cerca de mi recorrido diario, demasiado peligrosa de verdad. Pensé en un estacionamiento, en un descampado, y al final me decidí por un parque al que casi nadie iba a esas horas.

Me vestí con calma, capa por capa, observándome en el espejo. La timidez de siempre seguía ahí, pero debajo había otra Renata, una que sonreía con la respiración agitada. Me subí la capucha, tomé la mochila con los juguetes y salí.

***

El parque estaba casi desierto. Una farola parpadeaba a lo lejos, un perro ladró un par de veces y después silencio. Los nervios me cerraban el estómago; el corazón me latía en los oídos. Estuve a punto de dar media vuelta más de una vez. Pero las ganas pesaban más que el miedo.

Me senté en una banca apartada, entre dos árboles que me cubrían a medias. Abrí las piernas debajo de la falda y empecé a frotarme por encima de la ropa interior. Al principio se sentía raro, casi mecánico, como si mi cuerpo todavía no entendiera dónde estábamos.

No me está gustando. No sé si puedo hacer esto.

Entonces cerré los ojos y la traje de vuelta a ella, a la desconocida de la obra, a su calma absoluta mientras se daba placer frente al mundo. Y todo cambió de golpe.

El pulso se me aceleró distinto, ya no de miedo sino de excitación. Aparté la tela a un lado y deslicé los dedos directo sobre la piel, primero rozando el clítoris en círculos lentos, después hundiendo dos dedos. Estaba empapada. El frío de la noche contra el calor húmedo de mi sexo era una sensación nueva, deliciosa.

Aceleré el ritmo. La banca crujía un poco bajo mi espalda y eso, en lugar de avergonzarme, me prendía más. Seguí frotándome el clítoris con una mano mientras metía y sacaba los dedos de la otra, cada vez más rápido, hasta que el primer orgasmo me agarró de sorpresa y se me escapó un gemido que no traté de callar.

Ya no me importaba quién pudiera oírme. Quería gritar, gemir como una loca, dejar salir todo lo que había guardado durante años. Y eso hice. Hundí los dedos con fuerza, busqué ese punto exacto, y de pronto sentí algo soltarse dentro de mí: mi primer squirt, un chorro que me dejó las piernas temblando y la respiración rota.

***

Me detuve apenas un momento, jadeando, con la falda manchada y la piel erizada por la brisa. Saqué el plug rojo y las bolas chinas de la mochila. Me llevé el plug a la boca para humedecerlo, separé las piernas un poco más y lo introduje despacio en el culo. Esa presión llenándome me arrancó un suspiro largo; siempre me ha encantado esa sensación.

Después tomé las bolas chinas. Metí una sola al principio, la sacaba y la volvía a meter, jugando con el roce. Empecé a gemir otra vez, más bajo ahora, concentrada. Metí la segunda, aceleré, pero el ritmo lento me supo a poco y terminé empujando las ocho de golpe.

El grito que solté rebotó entre los árboles. La sensación de tenerlas todas dentro, el peso, el modo en que se movían cuando yo me movía, era increíble. Tiré del cordón despacio y volví a empujarlas, una y otra vez, hasta que un segundo orgasmo me sacudió entera. Saqué las bolas, mojadas y brillantes a la luz de la farola, y, sin pensarlo, las fui lamiendo una por una, saboreándome.

***

Todavía quería más. Saqué el consolador, los dieciocho centímetros, y me lo metí entero en el sexo de una sola vez. No quería suavidad. Lo metía y lo sacaba rápido, levantando un poco las piernas para que entrara más profundo, mordiéndome el labio para no gritar y gritando igual.

Me lo estaba dando tan duro que llegó otro squirt, otro gemido largo que se me escapó hacia la noche. Terminé con el sexo ardiendo, casi dolorido del exceso. Y aun así no tenía suficiente.

Me puse de pie, apoyé las manos en el respaldo de la banca y arqueé la espalda, con el trasero hacia atrás. Me quité el plug y, en su lugar, tomé el consolador y empecé a empujarlo en el ano. Dolió. Dolió mucho más de lo que esperaba.

Se me saltaron las lágrimas. Lo intenté unas cuantas veces, buscando que el dolor cediera al placer como otras veces, pero esa noche el dolor ganó. Lo saqué con cuidado, respiré hondo y guardé todo en la mochila.

***

La verdad es que nunca supe si alguien me vio. No revisé los arbustos, no busqué sombras detrás de los árboles. Tal vez hubo unos ojos en la oscuridad, tal vez no. Y esa incertidumbre, ese «quizá alguien me miró», era justo lo que hacía que el cuerpo me vibrara de la cabeza a los pies.

Me acomodé la ropa, me subí la capucha y caminé de regreso con las piernas todavía flojas y una sonrisa estúpida debajo del cubrebocas. Había cumplido mi fantasía. La misma que me regaló sin saberlo una desconocida en una obra abandonada, una mañana en la que solo iba camino a clase.

A veces me pregunto si ella también empezó así, mirando a otra. Si esto se contagia, de mirada en mirada, como un secreto que pasa de mujer a mujer. No lo sé. Lo único que sé es que desde esa noche ya no soy la misma chica tímida que baja la vista. Por dentro, al menos, ya no.

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Comentarios (5)

Rolando_M

que relato mas rico, termine con ganas de mas!!

Karlita_88

Me encantó! La forma en que describe esa tensión del amanecer es increible, se siente real. Muy bien escrito.

PabloDelSur_72

Hay algo en los relatos de fantasias que te llevan a otro nivel. Este me enganchó desde la primer línea, no lo pude soltar.

dulce_mirada

buenísimo!!!

GabrielRV

Me acordé de una vez que estaba en un hotel y vi algo parecido desde la ventana, te juro que me trajo todo de vuelta jaja. Excelente relato, seguí escribiendo así!

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