Las noches de encierro que despertaron mi lado oculto
Lo que voy a contar pasó hace un par de años, en plena cuarentena, cuando el mundo se encogió hasta el tamaño de mi departamento. Al principio no me preocupé demasiado, como casi todos. Pensé que serían unas semanas, un mes a lo sumo, y que después la vida volvería a ser lo que era: las salidas, los bares, los encuentros que no le contaba a nadie.
Me llamo Renata, y hasta entonces nunca había tenido problemas para buscar lo que necesitaba afuera. Pero de un día para el otro todo eso se cerró. Mis días se redujeron a una rutina sin grietas: atender a mis hijos, resolver el trabajo desde la mesa de la cocina, cocinar, lavar, repetir. No quedaba un solo hueco para mí, y el cuerpo empezó a reclamarlo.
La calentura se volvió enorme, una presión sorda que no se iba. Masturbarme me servía un rato, unas horas a lo sumo, y después regresaba esa inquietud en el bajo vientre como si nunca hubiera hecho nada. Esperaba a que fuera de noche, a estar segura de que los chicos dormían profundo, para encerrarme en mi cuarto, poner un video en el teléfono y darme algo de placer.
No era exigente con lo que veía. Entraba a la página, miraba lo primero que aparecía y elegía cualquier cosa que me llamara la atención. El problema es que, después de hacer eso todas las noches durante semanas, llega un punto en que ni siquiera las imágenes te encienden. El cuerpo se acostumbra. Necesitaba otra cosa, aunque todavía no sabía cuál.
Una de esas noches me topé con un video distinto. Una chica se masturbaba despacio, y cada tanto se iba colocando pinzas de tender la ropa sobre la piel. En los pechos, en los pezones, en los labios de la vagina. Tenía la cara descompuesta de placer, como si estuviera en otro lugar, fuera de sí misma. Me dio una punzada de envidia verla así de entregada.
¿Y si yo también pudiera llegar ahí?
Me levanté de la cama casi sin pensarlo, fui al cuarto de lavado en puntas de pie y saqué la bolsita de pinzas de plástico que usaba para tender las sábanas. Volví, cerré la puerta con el seguro y me acomodé otra vez contra el respaldo, con el teléfono apoyado en la almohada de al lado.
Seguí el video mientras me acariciaba. Me toqué afuera primero, despacio, después el clítoris en círculos lentos, después uno y dos dedos adentro. Cuando me sentí lo bastante mojada, tomé una pinza y la cerré sobre uno de mis labios. Al principio fue solo un malestar, una molestia que después se aquietó. Siendo honesta, no me gustó tanto. No me desagradó, pero esperaba algo más intenso, y ahí abajo apenas sentí un cosquilleo raro.
Me quité la pinza y subí las manos a los pechos. Mis pechos siempre fueron mi punto débil, lo supe desde la primera vez que un hombre los tocó como correspondía. Me pellizqué los pezones, los estiré de un lado a otro, los humedecí con saliva hasta que se pusieron duros y sensibles. Y entonces, con el corazón latiéndome en la garganta, cerré una pinza sobre uno.
Ahí sí estallé. Tuve que morderme el labio para no soltar un gemido que despertara a toda la casa. Fue una corriente que me subió desde el pezón hasta la nuca, un dolor pequeño que se transformaba en otra cosa por completo. Me quedé quieta unos segundos, asimilándolo, sin poder creer que algo tan tonto me hubiera hecho eso.
Sin sacarme la primera, tomé otra pinza e hice lo mismo en el otro pezón. Entonces ya estaba perdida. Aparté el teléfono de la cama para tener más espacio, me moví de un lado a otro sobre las sábanas, me metí tres dedos, cuatro, mientras el ardor de mis pechos me marcaba el ritmo. Cerraba los ojos y me imaginaba que ese dolor lo provocaba un hombre. A veces era un desconocido del supermercado, a veces el del taller donde dejaba el auto, a veces nadie en particular, solo unas manos que me usaban como se les antojaba.
Terminé en un orgasmo que dejó la sábana húmeda debajo de mí. Y cuando me liberé los pezones, la sensación de que ahí había habido algo apretándome fue casi tan rica como el momento de ponérmelas. La piel latía sola. Fue exquisito, distinto a todo lo anterior.
Esa noche me costó dormir. No por culpa ni por vergüenza, sino por algo nuevo que se me había despertado adentro y que no tenía nombre todavía. Siempre me había considerado una mujer práctica, que sabía lo que quería en la cama y lo pedía sin rodeos. Pero esto era distinto. Esto era un territorio que solo me pertenecía a mí, sin un hombre que lo decidiera, sin nadie a quien complacer. Me dormí pensando en hasta dónde podía empujar esa frontera.
Al día siguiente me sorprendí mirándome distinto en el espejo del baño, mientras los chicos desayunaban en la cocina y la mañana seguía su curso de siempre. Por fuera era la misma de todos los días: la madre cansada, la empleada que respondía correos en pijama. Por dentro guardaba un secreto que me hacía sonreír sola, y esa doble vida me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
***
Repetí esa rutina cada noche durante semanas. Las pinzas se volvieron parte del ritual, igual que apagar la luz o revisar dos veces que la puerta estuviera con seguro. Hasta que una madrugada di con otro tipo de video, y todo se corrió un escalón más allá.
Era otra mujer, pero esta no usaba pinzas. Usaba agujas. Se masturbaba con los dedos y, cuando ya estaba al borde, tomaba una aguja fina y se la clavaba apenas en la piel del pecho. Después otra. Seguía tocándose entre cada una, hasta que se vino a chorros, temblando entera. Una parte de mí pensó que eso ya era demasiado, que ahí había una línea que no debía cruzar.
Probaste con las pinzas y te encantó. ¿Y si con esto es todavía mejor?
Esa voz ganó. Al día siguiente, mientras hacía las compras esenciales, pasé por una mercería que vendía estambre y cosas para tejer, y pedí un paquetito de alfileres. La mujer del mostrador me los entregó sin mirarme dos veces, y yo salí de ahí con el paquete escondido en el fondo del bolso como si llevara algo prohibido.
En casa puse un pocillo con agua en la hornalla y eché los alfileres a hervir para esterilizarlos. Mientras el agua burbujeaba, me di cuenta de que estaba excitada solo por la espera, por saber lo que iba a hacer esa noche. Los dejé enfriar sobre un papel limpio y me obligué a seguir con el día normal, aunque la cabeza ya estaba en otro lado.
Cuando por fin la casa quedó en silencio, repetí el comienzo de siempre. Me acaricié sin apuro, me consentí con calma, esperé a estar bien caliente, hasta que ya no aguantaba quieta. Tomé un alfiler con una mano y con la otra sostuve uno de mis pechos. Cerré los ojos. Lo clavé apenas, no entero, solo lo justo para que quedara sostenido, sin moverse.
La sensación fue increíble, y a la vez mucho menos aparatosa de lo que se ve. Por fuera parece brutal, pero por dentro es un pellizco mínimo, como una pinza diminuta y precisa. Me quedé así, masturbándome y clavándome alfileres uno tras otro, soñando que era un hombre en mi cama el que decidía dónde y cuándo, que me trataba como su cosa, como algo de su propiedad. Esa idea me encendía más que el dolor mismo.
Llegué al final mordiendo la almohada para no hacer ruido, sacudida por un placer largo que no quería terminar. Lo difícil vino después: sacarme los alfileres uno por uno, con cuidado, y ver al encender la lámpara cómo me habían quedado los pechos, marcados, magullados de una forma que me daba un orgullo extraño. Me dormí con una sonrisa. Después de mucho tiempo, me sentí satisfecha de verdad.
***
Esa experiencia me dejó pensando durante semanas. Empecé a buscar información sobre los piercings en los pezones, a leer cómo cicatrizaban, qué cuidados llevaban, cuánto dolía. Lo daba vueltas de día, en los ratos muertos, mientras lavaba los platos o tendía la ropa. La idea de tener algo ahí de manera permanente, un metal frío atravesándome justo en el lugar más sensible de mi cuerpo, no me dejaba en paz.
Un buen día se alinearon las cosas. Los chicos pasarían el fin de semana con su papá, no tenía trabajo pendiente, y por primera vez en meses la casa iba a quedar entera para mí. Tomé las llaves del auto, algo de dinero, y manejé hasta un estudio que había visto bien recomendado, sin avisarle a nadie, decidida antes de poder arrepentirme.
Me gustaría decir que no me excité mientras me lo hacían, que fue todo clínico y frío. La verdad es que sí me excité. El pinchazo de la aguja gruesa, la presión, ese segundo en que el metal cruza la piel y todo el cuerpo se tensa esperando lo peor que nunca llega del todo. Apreté los muslos sobre la camilla y respiré hondo para que no se me notara en la cara.
De vuelta en casa estuve casi todo el día con el torso desnudo. En parte porque la tela me rozaba los pezones recién perforados y ardía, y en parte, sobre todo, porque no podía dejar de mirármelos. Me paraba frente al espejo del baño y me veía distinta, como si esos dos puntos de metal contaran una historia que solo yo conocía, la de todas esas noches a solas descubriendo de qué era capaz.
Esa fue la experiencia con la que empecé a explorar nuevas maneras de darme placer yo misma, sin depender de nadie, sin pedir permiso. El encierro me obligó a mirar hacia adentro, y lo que encontré ahí resultó más interesante que cualquier cosa que hubiera buscado afuera. Hay más, claro. Cosas que probé después y que todavía me cuesta admitir en voz alta. Pero esas las contaré otro día.