Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El desconocido que me enseñó mis límites

4.3(13)

La primera vez que leí su mensaje, no respondí. Lo guardé en una carpeta que llamé «pendientes» y lo ignoré durante tres días. Había algo demasiado consciente en su forma de escribir, demasiado calibrado, como si cada frase hubiera pasado por un filtro antes de llegar a mí.

No era insistente. No era vulgar. Preguntaba cosas extrañas, como qué pensaba mientras esperaba el autobús o si alguna vez había tomado una decisión que contradijera completamente la imagen que otros tenían de ella. No pedía nada. Solo observaba y esperaba la respuesta.

No sé por qué empecé a responder.

Lo hice al cuarto día, casi sin darme cuenta. A partir de ahí, la conversación encontró su propio ritmo. Él preguntaba, yo respondía. Yo preguntaba, él pensaba antes de contestar. Había algo en ese espacio entre pregunta y respuesta que me resultaba más interesante que cualquier conversación que hubiera tenido en meses.

Tres semanas después llegó el mensaje que lo cambió todo.

«Lo que te propongo no es una cita. Es un paréntesis. Un lugar donde puedes dejar de ser la persona que planifica y controla cada cosa y convertirte simplemente en alguien que quiere algo. Si tu curiosidad pesa más que tu precaución, ya sabes cómo encontrarme. Si no, seguiremos escribiéndonos y fingiremos que este mensaje no llegó nunca.»

Tardé casi una hora en responder. Leí el mensaje cuatro veces. Caminé de un lado al otro del apartamento. Me serví un vaso de agua que no bebí. Me metí la mano bajo la falda casi sin pensarlo y descubrí que ya estaba mojada, el coño húmedo de sólo leer sus palabras, las bragas pegadas a los labios hinchados. Retiré los dedos brillantes y me los llevé a la boca. Sabía a decisión tomada.

— De acuerdo —escribí al final—. Pero no prometo nada de lo que venga después.

Su respuesta llegó en menos de un minuto, como si hubiera estado esperando con el teléfono en la mano.

— Tampoco yo. Solo ven con hambre.

***

El edificio era exactamente lo que imaginé: sin portero, sin adornos, con un ascensor que tardaba más de lo razonable. Subí los cuatro pisos con el bolso pegado al costado y los pasos más lentos de lo habitual, repitiéndome en silencio que podía irme en cualquier momento, que esto era solo curiosidad, que no significaba nada.

Me lo repetí unas cuantas veces. No sirvió de mucho. En cada escalón sentía el roce de mis muslos y la humedad que se me acumulaba entre las piernas, un calor que se abría paso sin permiso, como si mi cuerpo hubiera aceptado la invitación mucho antes que mi cabeza.

Cuando llegué a su puerta y levanté el puño para llamar, me quedé suspendida en ese instante exacto entre la cordura y lo que venía después. El pasillo olía a madera vieja y estaba en silencio.

La puerta se abrió.

No había tocado el timbre. No había hecho ruido. Sin embargo, él estaba ahí, apoyado en el marco con la misma calma que tenían sus mensajes. Camisa azul oscuro, sin abrochar hasta el segundo botón, el pelo levemente desordenado como si llevara horas despierto.

— Sabía que vendrías —dijo.

— Eso es mucha seguridad —respondí.

— Es atención, no seguridad. —Se apartó para dejarme pasar—. Entra.

***

El apartamento olía a café recién hecho y a algo más difícil de nombrar, una mezcla de libros y madera vieja. Era un espacio pensado, con estantes hasta el techo, una mesa larga llena de papeles ordenados y una lámpara de pie que lanzaba luz cálida sobre el sofá de cuero oscuro. No era el piso de alguien que vive de paso.

— ¿Siempre dejas la puerta abierta para la gente que no llegó a tocar el timbre? —pregunté, dejando el bolso sobre un mueble junto a la entrada.

— Solo cuando sé exactamente cuándo va a llegar alguien.

— ¿Y cómo lo sabías?

— Porque llevas diez minutos parada frente al edificio antes de entrar.

Eso no me lo esperaba.

Me acerqué a la ventana sin responder y miré la calle. Desde arriba, el ruido de la ciudad llegaba apagado y lejano. Sentía su presencia detrás de mí sin necesidad de girarme para verificarla.

— El café está listo —dijo—. Como pediste.

— Yo no pedí nada.

— Pediste que no hubiera prisa. El café es mi forma de cumplir eso.

Me giré. Estaba más cerca de lo que esperaba.

Sus ojos bajaron un momento hacia mis labios y volvieron a los míos con una lentitud que no era descuido sino todo lo contrario. La luz de la lámpara le cruzaba la cara a medias.

— ¿Qué decisión tomé yo, según tú? —pregunté.

— Eso prefiero que me lo digas tú.

***

El café quedó intacto sobre la mesa.

Me senté en el sofá porque necesitaba poner algo de espacio entre los dos, aunque el espacio que puse era más simbólico que real. Él no se sentó. Se quedó de pie, apoyado en la estantería, con los brazos cruzados, mirándome de esa manera suya que no era agresiva sino minuciosa, como si estuviera leyendo algo escrito en letra pequeña.

— Elegiste bien el color —dijo después de un silencio que duró más de lo cómodo.

— ¿De qué?

— De la blusa. Ese gris hace que tu cuello parezca más largo.

No era un cumplido. Era una observación. Eso lo hacía más difícil de ignorar.

— Solo es una blusa —dije.

— No hay nada que sea «solo» en cómo se presenta alguien la noche que decide que ya no le importa seguir fingiendo que no quiere algo.

Se separó de la estantería y cruzó la sala con pasos lentos. No se sentó a mi lado. Se arrodilló frente a mí, quedando exactamente a la altura de mis rodillas, y la cercanía de su rostro a mi regazo hizo que me tensara entera. Sentí su respiración caliente atravesando la tela del pantalón, exactamente donde yo llevaba una hora ardiendo sin admitirlo.

— Todavía puedes irte —dijo. Lo decía en serio.

— Lo sé —respondí.

— ¿Y bien?

Mis manos, que habían estado quietas sobre mis muslos, se movieron apenas hacia él. Fue suficiente.

Sus dedos encontraron los míos y los sostuvieron un momento, estudiando el temblor que yo intentaba disimular.

— No tienes que disimularlo —dijo—. Ese temblor es exactamente lo que me interesa de ti.

***

Lo que siguió no fue urgente. Fue lo contrario de la urgencia.

Se puso de pie y me incorporó con él. Sus manos recorrieron mis brazos desde las muñecas hasta los hombros con una lentitud que era casi un mapa, como si estuviera aprendiendo el territorio antes de reclamarlo. Me besó en el cuello primero, luego en la clavícula, con labios cálidos y precisos que se movían con una paciencia que era, en sí misma, una forma de tortura.

— Quieta —murmuró contra mi piel.

Me quedé quieta.

Desabrochó los botones de mi blusa uno a uno, sin apresurarse, dejando que el aire frío de la habitación llegara a mi piel antes que sus manos. Cuando la blusa cayó, retrocedió un paso para mirarme sin decir nada.

Sus ojos hicieron el recorrido completo sin prisa. Después extendió la mano y pasó el dorso de los dedos por mi mejilla, bajó hacia el cuello y continuó hasta el borde del sujetador.

— Eres exactamente lo que imaginé —dijo—, y algo más.

Me desabrochó el sujetador por detrás con un movimiento solo. La prenda cayó entre nosotros.

Sus palmas cubrieron mis tetas con firmeza, las sopesó, las apretó con la seguridad de alguien que sabe lo que tiene delante. Los pezones se me endurecieron contra sus palmas antes incluso de que los tocara con los dedos. Se inclinó y llevó uno a su boca. El contacto fue directo y sin preámbulos. Chupó con una intensidad rítmica que me hizo echar la cabeza hacia atrás, buscando un punto de equilibrio que no encontraba, y mientras succionaba con fuerza el pezón derecho, pellizcaba el izquierdo entre el pulgar y el índice con la presión exacta para arrancarme un gemido bajo que no pude disimular.

— No cierres los ojos —ordenó, separándose apenas lo necesario para hablar. Un hilo de saliva unía todavía su labio inferior con mi pezón hinchado.

Los abrí.

— Así —dijo, y volvió a su tarea.

Alternó entre los dos con la misma atención, aplicando la misma presión, mordiendo apenas, chupando después para calmar la mordida, obligándome a mantenerme de pie mientras mis rodillas empezaban a perder la certeza. Cada vez que cerraba los ojos por un segundo, se detenía hasta que los abría de nuevo. Sentí una mano suya bajar por mi vientre y meterse por dentro del pantalón, deslizarse bajo la ropa interior, y dos dedos abrirse paso entre mis labios empapados sin ninguna ceremonia.

— Ya estás así —murmuró, sacando los dedos brillantes—. Antes incluso de que empezara.

Se los llevó a la boca, los chupó despacio mirándome a los ojos, y volvió a hundirlos entre mis piernas, esta vez más profundo, curvándolos hacia adelante hasta encontrar el punto exacto que me hizo doblarme sobre él con un jadeo largo.

***

El pantalón siguió después. Me lo bajó con la misma calma, ayudándome a sacar un pie y luego el otro, y lo dobló sobre el brazo del sofá con una precisión que me pareció extrañamente íntima. La ropa interior vino después, deslizándose por mis piernas sin brusquedad. La braga estaba tan mojada que la vi oscura contra el cuero cuando la dejó sobre el reposabrazos.

Me quedé de pie ante él, completamente desnuda bajo la luz de la lámpara.

Su mirada recorrió cada centímetro sin prisa y sin apología. En esa mirada no había juicio, solo una atención que me calentaba la piel desde adentro y me hacía sentir simultáneamente expuesta y reclamada. Los ojos se detuvieron un largo instante entre mis piernas, donde el vello estaba pegado por la humedad y los labios se veían hinchados, brillantes, abiertos casi contra mi voluntad.

— Apóyate en el sofá —dijo, girándome por los hombros con suavidad.

Me incliné sobre el respaldo con las palmas planas sobre la tela.

— Las manos detrás —ordenó.

Las llevé a mi espalda sin cuestionarlo. Sus dedos rodearon mis muñecas con firmeza, sosteniéndolas juntas mientras yo escuchaba el sonido inconfundible de algo que se deslizaba sobre sí mismo.

Una cuerda.

— ¿De acuerdo? —preguntó. La pregunta era real, no un trámite.

— Sí —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba.

La cuerda rodeó mis muñecas en varias vueltas, cruzándose con una precisión que hablaba de práctica. Cada vuelta apretaba lo suficiente para que yo sintiera los nudos con claridad, sin llegar a doler. Cuando terminó, mis hombros quedaron forzados hacia atrás, las tetas colgando pesadas hacia adelante, los pezones rozando la tela del sofá con cada respiración, y el culo elevado en una postura que no tenía nada de casual.

— Ahora sí —dijo, dando un paso atrás para contemplar el resultado.

Me sentí reducida a mi propio cuerpo, y eso no me asustó en absoluto.

Sus manos se cerraron sobre mis caderas y sus labios empezaron a bajar por mi columna, vértebra a vértebra, hasta llegar al culo. Lo tomó con ambas manos y lo abrió con una firmeza posesiva que me arrancó un sonido que no intenté contener. Sentí una lametada larga, plana, que subió desde el coño empapado hasta el ojete y volvió a bajar, sin ninguna prisa, sin ninguna vergüenza, como si estuviera reclamando cada centímetro por derecho.

Lo que siguió fue paciente y sin concesiones. Su lengua recorrió cada rincón con una devoción que me hacía temblar las piernas, hundiéndose entre los pliegues, girando alrededor del clítoris sin llegar a tocarlo del todo, subiendo hasta el ojete y presionando ahí también, con la punta, hasta que sentí que se abría apenas para él. Sus pulgares presionaron en puntos exactos y mis rodillas cedieron apenas, obligándome a aferrarme al respaldo del sofá con lo que podía. Metió la lengua entera dentro de mi coño y la sacó cargada de mí, y luego dos dedos, tres, bombeando con ritmo mientras la boca subía al clítoris y lo chupaba con fuerza, con hambre real, sin ninguna delicadeza.

— No te muevas —ordenó, con la voz ronca y la barbilla brillante.

Lo intenté. No pude. Empujé el culo hacia atrás buscando más y él me dio una palmada seca en la nalga derecha que me hizo apretarme entera alrededor de sus dedos.

— Quieta —repitió—. O paro.

Me quedé quieta a fuerza de morder el cuero del sofá.

***

Me giró cuando decidió que había terminado con esa parte. Me puso de pie de cara a él, con las manos todavía atadas a la espalda.

Me besó en la boca. Era el primer beso de la noche, y tenía el peso de todo lo que había pasado antes. Me sabía a mí misma en su lengua, a mi coño y a mi culo mezclados en su saliva, y yo lo recibí sin protegerme, chupándole la lengua como si me diera de comer.

Me sostenía por la cintura para que no perdiera el equilibrio. Cuando se separó, me bajó al sofá con cuidado, ayudándome a quedar sentada sin que yo pudiera usar las manos.

Una vez sentada, se arrodilló frente a mí y abrió mis rodillas con una calma que me desesperó. Me miró el coño abierto de par en par durante unos segundos larguísimos antes de acercar la boca, y esa mirada quieta, evaluadora, me hizo apretar los muslos por instinto contra sus hombros. Él los abrió de nuevo con las manos, sin prisa, y me clavó los pulgares en la cara interna para mantenerme separada.

Su lengua encontró el centro exacto de mi sensibilidad en el primer intento, y no fue exploración sino reclamación directa. Sabía exactamente lo que hacía y lo hacía sin disculparse ni pedir permiso. Envolvió el clítoris entero con los labios y lo succionó como si quisiera arrancármelo, soltándolo justo cuando yo empezaba a arquear la espalda, para volver a atraparlo un segundo después.

Succionó con un ritmo que aumentaba cuando mi respiración se aceleraba y se interrumpía justo antes del límite, dejándome suspendida en ese punto de tensión máxima durante más tiempo del que pensé que podría soportar. Cada vez que yo me acercaba, él retrocedía un milímetro. Cada vez que me resignaba, volvía con más intensidad. Metió dos dedos en mi coño y los curvó buscando el punto rugoso de la pared frontal, y empezó a acariciarlo desde dentro mientras la lengua seguía trabajándome el clítoris con lametadas cortas y rápidas.

— Por favor —dije, y no reconocí mi propia voz.

— Pídelo bien —dijo, levantando apenas la cara. Los labios le brillaban de mí.

— Por favor, hazme correrme —dije, y las palabras me quemaron la boca al salir—. Por favor.

— Todavía no —respondió contra mi piel, y volvió a bajar la boca.

Otro minuto entero al borde. Sentí las venas latir en las sienes, el sudor bajarme por el esternón, los pezones tan duros que dolían.

Cuando finalmente me permitió llegar, el orgasmo fue tan repentino e intenso que mis muslos se cerraron alrededor de su cabeza y los nudos de la cuerda se tensaron contra mis muñecas mientras yo me arqueaba hacia adelante sin poder agarrar nada. Él no apartó la boca. Se quedó ahí, con la lengua plana contra el clítoris y los dedos hundidos en mí, extrayendo cada contracción hasta que sentí el chorro tibio de mi propio coño empapándole el mentón y el pecho. Se quedó ahí también para eso, tragando lo que podía, dejando que el resto le corriera por el cuello, hasta que mis piernas dejaron de temblar.

***

Se puso de pie y me observó recuperar el aliento. Se limpió la boca con el dorso de la mano sin apartarme los ojos de encima. Se bajó la cremallera del pantalón despacio, delante de mí, y sacó la polla dura, gruesa, hinchada, con la punta ya brillante. La sostuvo un momento con la mano cerrada en la base para que yo la mirara bien.

— Más —dije. No era una pregunta.

Él asintió con la cabeza, como si hubiera esperado exactamente eso.

Me puso de pie de nuevo, me empujó hacia abajo por los hombros y me hizo arrodillarme sobre la alfombra frente a él. Con las manos atadas a la espalda no tenía cómo tocarlo. Sólo la boca.

— Abre —dijo, sujetándose la polla y pasándose la punta por mis labios, embadurnándomelos con el líquido preseminal.

Abrí. Me la metió despacio la primera vez, midiendo hasta dónde podía llegar, apoyando una mano en mi nuca. Sentí el peso de su verga en la lengua, el sabor salado, el olor a piel limpia y a sexo. La chupé como si me hubieran quitado el aire durante horas, cerrando los labios apretados alrededor del tronco, subiendo y bajando con la cabeza, con la saliva empezando a caerme por la barbilla.

— Así —murmuró—. Justo así.

Empujó un poco más profundo. Sentí la punta golpear el fondo de la garganta y las lágrimas se me acumularon en los ojos, pero no aparté la cara. Él tampoco tuvo piedad. Con una mano en la nuca marcó un ritmo suyo, entrando y saliendo con embestidas cortas al principio, más largas después, hasta que la polla entera me desaparecía en la boca y volvía a salir brillante.

— Mírame —dijo. Levanté los ojos anegados—. Buena chica.

Se retiró antes de terminar, con la respiración pesada.

Me puso de pie de nuevo, me giró y me inclinó sobre el respaldo del sofá. Escuché cómo se quitaba el resto de la ropa detrás de mí, y cada sonido era algo que yo sentía en el estómago antes de que sucediera. Sentí sus dedos volver a comprobar entre mis piernas, y el chasquido húmedo con el que salieron. Sentí la punta de su polla resbalar entre las nalgas, arriba y abajo, deteniéndose apenas contra el ojete antes de bajar al coño, jugando, midiendo.

La primera presión fue deliberada y lenta. Una entrada progresiva que me obligó a expandirme centímetro a centímetro, sin apresuramiento, hasta que quedé completamente llena, con la punta empujando contra un tope interno que me arrancó un jadeo largo. Solté el aire que había estado reteniendo sin darme cuenta.

— Eso es —dijo, con una mano abierta en mi espalda—. Toda dentro.

El ritmo empezó suave y fue ganando peso con cada embestida. Sus caderas golpeaban las mías con una cadencia regular que yo sentía hasta la nuca, con un chapoteo cada vez más obsceno entre nuestros cuerpos, y las cuerdas en mis muñecas se tensaban con cada uno de mis movimientos, recordándome en todo momento que no tenía dónde ir excepto hacia él. Me agarró del pelo con la otra mano y me tiró la cabeza hacia atrás, arqueándome, obligando a mi espalda a curvarse todavía más, y las embestidas se volvieron más profundas, más secas, cada una llegando al fondo con un golpe seco de sus huevos contra mi clítoris.

— ¿Así te gusta? —dijo, y no era una pregunta amable.

— Sí —jadeé—. Más fuerte.

— ¿Más fuerte cómo?

— Fóllame más fuerte, por favor.

Me obedeció. Cada embestida empujó el sofá un centímetro contra la pared. Cada embestida me hizo abrir la boca sin sonido.

El segundo orgasmo llegó sin aviso, a mitad de una embestida más profunda que las anteriores. Mis músculos se contrajeron alrededor de él con tanta fuerza que se detuvo un segundo, dejando la polla hundida hasta el fondo mientras yo temblaba entera alrededor suyo.

— No pares —dije.

— No pienso hacerlo.

Aceleró. El tercero fue una extensión del segundo, sin espacio entre ellos, una ola que todavía no había terminado cuando empezó la siguiente. Perdí la cuenta de las contracciones. Perdí el hilo de lo que era voluntario y lo que simplemente le ocurría a mi cuerpo sin pedirme permiso. Sentí su pulgar presionar contra el ojete, apenas, y luego hundirse hasta el primer nudillo mientras la polla seguía martillándome el coño, y me abrí más para él sin poder evitarlo, con un gemido que no reconocí.

— Mírate —murmuró desde atrás, sujetando mis caderas con las dos manos—. Date cuenta de lo que eres capaz.

Salió de golpe. Sentí el vacío como una bofetada. Antes de que pudiera protestar me giró otra vez, me tumbó de espaldas sobre el sofá con las manos atrapadas debajo de mí, me abrió las piernas de par en par apoyándomelas contra su pecho, y volvió a hundirse hasta el fondo en un solo movimiento. Desde ese ángulo la polla me llegaba a otro sitio, y el cuarto orgasmo empezó a formarse casi de inmediato, empujado por el roce constante de su hueso púbico contra mi clítoris hinchado.

— Mírame a mí ahora —dijo, con la mandíbula apretada—. No apartes la vista.

Lo miré. Le sostuve los ojos mientras el cuarto me atravesaba, con la boca abierta y sin aire, sintiendo cómo se me escapaba otro chorro tibio y le empapaba los muslos, mientras él seguía embistiendo sin cambiar el ritmo, aprovechando cada contracción para meterse más adentro.

***

Cuando llegó a su propio límite, se detuvo en la profundidad máxima y sus manos se cerraron sobre mis caderas con una fuerza que dejaría marca durante días. Sentí cada contracción de su polla contra las paredes de mi coño mientras el semen caliente se expandía en mi interior, chorro tras chorro, más de lo que esperaba, hasta que empecé a sentirlo escurrirse por el borde alrededor del tronco todavía hundido. Se quedó dentro hasta el último espasmo, respirando pesado sobre mi cuello.

Salió despacio. Sentí cómo el semen me bajaba enseguida entre las nalgas, tibio, espeso, marcando el camino por el cuero oscuro del sofá. Él lo miró un instante, pasó dos dedos recogiendo parte de lo que salía y me lo llevó a la boca sin decir palabra. Yo abrí y chupé, cerrando los labios alrededor de sus dedos hasta que estuvieron limpios.

El silencio que siguió era diferente al de antes. Era el silencio de después.

Con una lentitud que contrastaba con todo lo anterior, sus manos encontraron los nudos de la cuerda y los deshicieron uno a uno con cuidado. Liberó mis muñecas con una suavidad inesperada.

— Ya está —dijo, muy bajo.

La sangre volvió a mis dedos con un hormigueo eléctrico. Antes de que pudiera mover los brazos, él los tomó y llevó mis muñecas a su boca. Besó las marcas que había dejado la cuerda con una ternura completamente distinta a todo lo que había hecho hasta entonces, pasando los labios sobre la piel enrojecida con una lentitud reverente, como si quisiera borrar con la boca el rastro de lo que había construido.

No dije nada. Él tampoco.

Me ayudó a ponerme de pie y me sostuvo contra su pecho un momento, permitiendo que el calor de los dos borrara el rastro de la tensión. Sentí su polla, todavía semierecta y pegajosa, apoyada contra mi vientre, y no me aparté.

— ¿Estás bien? —preguntó.

— Sí —dije. Era verdad—. Más que bien.

***

Me ofreció una camiseta mientras buscaba mi ropa, y la acepté sin discutir. Nos sentamos en el sofá con el café que ninguno había tocado en toda la noche, ya completamente frío, y estuvimos un rato en silencio sin que ninguno de los dos hiciera nada por romperlo. Sentía el semen todavía escurriéndoseme lento por dentro de la camiseta prestada, y no me molesté en limpiarlo.

— Sabías que esto iba a pasar —dije finalmente.

— Lo sospechaba —admitió—. Igual que tú.

— Yo no lo sabía.

— Claro que sí.

No lo discutí, porque tenía razón.

Por la ventana entraba el ruido apagado de la calle. La lámpara seguía encendida. El café seguía frío. Había algo extrañamente cómodo en ese momento que no esperaba encontrar después de todo lo anterior.

— ¿Y ahora qué? —pregunté.

Él pensó la respuesta antes de darla.

— Lo que tú quieras que pase.

Era la primera vez en toda la noche que me devolvía el control, y lo hizo sin ceremonia, como si siempre hubiera sido mío y él se lo hubiera pedido prestado por unas horas.

Recogí mi ropa, me vestí en silencio y me puse el bolso al hombro. Cuando llegué a la puerta, me giré.

— Escribiré —dije.

— Ya lo sé —respondió.

Bajé los cuatro pisos a pie. En la calle, el aire frío me golpeó la cara y la ciudad era exactamente la misma de siempre: el mismo ruido, las mismas luces, la misma gente que no sabía nada de lo que acababa de pasar. Yo, en cambio, era algo ligeramente distinto, y todavía no sabía exactamente qué. Sentía las muñecas latir bajo las mangas, el escozor dulce entre las piernas, el rastro pegajoso que todavía me bajaba por dentro del muslo con cada paso, y supe que le escribiría antes de llegar a casa.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

4.3(13)

Comentarios(8)

RositaMdQ

Que bien escrito!! la tension del inicio me atrapo de inmediato, no pude parar de leer

Marcos_99

buenisimo, esperando la segunda parte urgente jajaja

NicolasR87

Excelente relato. Se nota que quien lo escribio tiene talento de verdad, felicitaciones

curiosa88

jajaja esa parte de la puerta que se abre antes de tocar... tremendo detalle, me encanto

Valentina_ok

De los mejores de fantasias que lei ultimamente. 5 estrellas sin dudarlo

DiegoSR92

muy bueno, me enganche desde el primer parrafo. Saludos desde chile

epsilon22

La atmosfera es increible, se siente la tension en cada linea. Espero que haya mas!

Pamela_72

Me quede con ganas de saber como termino todo!! por favor continua la historia, no nos dejes asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.