La travesti que sueño con ser una noche
Vuelvo a escribir, y esta vez no traigo una historia que pasó. Traigo algo que vive solo dentro de mi cabeza, una fantasía que repito tantas veces de noche que ya me sé cada detalle de memoria. No la he cumplido y quizá no la cumpla nunca, y creo que justo por eso me calienta tanto, porque cada vez que me la pajeo la puedo estirar hasta donde quiera sin que la realidad me la arruine.
Empiezo por lo difícil, sin dar tantas vueltas. Estoy en una relación. Puedo ser de lo más caliente cuando quiero, pero soy fiel, y eso no lo voy a cambiar mientras dure. La fantasía, en cambio, no entiende de promesas. Está ahí cada vez que me quedo solo, paciente, esperando que apague la luz y me baje el pantalón.
Es una fantasía sencilla, no quiero hacerles perder el tiempo con rodeos. Tiene que ver con cómo me visto. Con convertirme, durante una sola noche, en una verdadera nena a la que se la follan bien follada.
***
Todo comienza en el baño. Cierro la puerta aunque no haya nadie en casa, como si el ritual exigiera ese gesto. Lo primero es quitarme el vello, todo, hasta dejar la piel completamente lisa. Me imagino haciéndolo despacio, sin prisa, sintiendo cómo cada pasada deja la pierna desnuda de un modo distinto, más suave, más ajena. También me rasuro entre las piernas, alrededor de la polla y por detrás, hasta el ojete, porque para la fantasía todo tiene que quedar limpio y expuesto.
Cuando termino me meto bajo el agua caliente. El vapor lo empaña todo y yo me quedo un rato largo ahí, dejando que el calor me afloje. Bajo el chorro me paso los dedos jabonosos por el culo, resbalando entre las nalgas, y me meto la punta de un dedo en el agujero para sentirlo latir, para acostumbrarlo a lo que viene. Se me pone la polla dura al instante y me aguanto para no acabar demasiado rápido. Salgo, me seco apenas, y entonces viene la parte que más me gusta de esta primera etapa: la crema. Me la extiendo por todo el cuerpo, lentamente, los hombros, el vientre, los muslos. La piel sin vello la absorbe distinto. Me paso la palma por el muslo y casi no me reconozco. Esto ya no es mi cuerpo de siempre.
Hay algo en sentirme tan liso, tan limpio, que me pone la cabeza en otro lado. Es como si al quitarme el vello me quitara también al hombre que soy el resto del día. Y lo que queda debajo es ella, una putita con la polla parada esperando que la vistan.
***
La ropa interior la tengo elegida desde hace tiempo, aunque solo exista en mi imaginación. Un cachetero con una malla transparente justo en la parte de atrás, sobre las nalgas, de manera que se vea y a la vez no se vea. Y un brasier de encaje que combine con la prenda de abajo, del mismo tono, porque para mí esa coordinación es media fantasía.
Me imagino poniéndome primero el cachetero, subiéndolo despacio por las piernas recién depiladas, sintiendo cómo el encaje se ajusta y cómo apenas alcanza a contener la polla dura que se marca por delante. Después el brasier, abrochándolo de espaldas con esa torpeza que tendría la primera vez. No tengo pecho que llenarlo, claro, y eso me hace gracia incluso en la fantasía, pero da igual. El encaje contra la piel lisa ya es suficiente para que se me acelere todo y me chorree una gota de líquido preseminal en la tela.
Me quedo así un momento, en lencería, mirándome de reojo. Me llevo la mano al bulto y me lo aprieto por encima del encaje, sintiendo cómo late. Es el punto donde la fantasía deja de ser un juego y empieza a ser otra cosa, algo mucho más sucio.
***
Luego viene la ropa de afuera, y aquí siempre dudo entre dos opciones, porque las dos me gustan por motivos distintos.
La primera es una falda de pliegues, que me llegue un poco por encima de las rodillas. Espero darme a entender: esa falda que con cada paso se mueve sola, que con un giro brusco amenaza con levantarse de más y dejar el culo al aire. Me gusta porque tiene algo de inocente y algo de provocador a la vez, esa contradicción que vuelve loco al que mira y le pone la polla como piedra sin que tenga que hacer nada.
La segunda opción es una falda ajustada, de las que marcan todo. Esa la elegiría las noches en que quiero sentirme menos niña y más mujer, cuando quiero que se me note la curva al caminar y que cualquiera que vaya detrás de mí no pueda dejar de mirarme el culo apretado.
Arriba, una blusa o un suéter delgado, ajustado, de los que se pegan al cuerpo y dejan adivinar el brasier por debajo. Que se marque el encaje, que se intuya. La tela fina contra la piel sin vello, eso es lo que busco, esa sensación de ir vestida de algo que se rinde al menor roce, algo que cualquiera con ganas me puede arrancar de un tirón.
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Y entonces los tacones. De aguja, altos, de esos que obligan a caminar distinto. Me los imagino abrochándose en el tobillo, y el primer paso tambaleante, y el segundo más firme, hasta que aprendo a moverme en modo perra, que es la única forma de describirlo. Los tacones me cambian la postura, me suben la cadera, me hacen sacar el pecho que no tengo y sacar el culo hacia atrás. Y se ven sexy, igual que un par de aretes en un hombre: algo pequeño que lo cambia todo.
Por último, la peluca. Pelo largo, que me caiga sobre la cara cuando bajo la cabeza, ideal para cuando esté de rodillas con una polla en la boca. Y algo de maquillaje, no mucho, lo justo para tener otros ojos, otra boca. Me delineo, me pinto los labios de rojo, esos labios que se van a manchar mamando, y cuando me miro al espejo ya no estoy yo.
Ese momento frente al espejo es el corazón de toda la fantasía. No exagero si digo que es lo que más me calienta de todo. Más que cualquier cosa que venga después. Ver a esa nena devolviéndome la mirada, sabiendo que soy yo y que a la vez no lo soy. Me giro de lado para verme la falda. Me toco el muslo por encima de la media transparente. Sonrío como sonreiría ella, con la boca entreabierta, la lengua asomando, lista para chupar.
Así me vería. Así saldría. Así me la meterían.
***
Porque la fantasía no termina en el espejo. De ahí salgo a la calle, y me espera un hombre. En mi cabeza tiene cara, aunque cambia según la noche. A veces lo llamo Damián, un tipo grande, de manos anchas, con una verga gruesa marcándosele en el pantalón cuando me ve llegar. Me mira de arriba abajo como si no creyera lo que ve, y se pasa la lengua por los dientes.
—Estás increíble —me diría—. Vas a hacer que se me pare aquí mismo, putita.
Yo bajaría la mirada con esa timidez que nunca tengo en la vida real, apretando los muslos, sintiendo el encaje del cachetero mordiéndome la raja del culo.
Subimos a su auto. Él arranca, pero no vamos lejos, eso no importa. Lo que importa es el camino. Apenas salimos de la primera esquina, su mano deja la palanca y se posa en mi rodilla. Yo no la aparto. Esa es la regla del juego: no apartarla nunca.
La mano sube despacio, primero la rodilla, después el muslo, palpando la piel lisa por encima del borde de la falda. Cada centímetro que avanza me eriza la piel. Va metiéndola por debajo de la tela mientras conduce, sin mirarme, con esa seguridad que me derrite. Los dedos me llegan al cachetero y me lo apartan a un lado, encontrándose con la polla dura contra el encaje. La agarra sin decir nada, la sopesa, la aprieta, y yo tengo que morderme el labio para no gemir.
—Mira lo que tiene la nena aquí abajo —murmura, sonriendo—. Toda dura por mí.
Y yo, mientras tanto, dejo mi mano sobre su entrepierna y empiezo a acariciarlo por encima del pantalón. Le bajo el cierre torpemente y le saco la verga a la calle mientras él maneja. Es gruesa, roja de sangre acumulada, con la punta brillante. Me inclino sobre la palanca, con la peluca cayéndome sobre la cara, y me la meto en la boca. La chupo despacio primero, dando lengüetazos a la punta, salivándola entera. Después me la trago hasta el fondo, sintiendo cómo me golpea la garganta y me hace lagrimear el delineado. Él me pone la mano en la nuca y me hunde más, hasta que se me escapa una arcada.
—Así, putita, así, mama esa polla como si fuera lo único que sabes hacer.
Y yo la mamo. La chupo con hambre, apretando los labios pintados contra el tronco, dejando que un hilo de baba me chorree por la barbilla y me manche el suéter. Cuando la saco un segundo para respirar, la tengo brillante de mi propia saliva, y se la beso por los costados, se la lamo desde los huevos hasta la punta. Lo siento crecer bajo mi lengua. Esa parte de la fantasía la repito mucho: notar cómo se pone más y más duro por mí, por la nena en la que me convertí, por la falda de pliegues y los tacones y el encaje que asoma bajo el suéter. Es la confirmación de que el disfraz funcionó. De que él no ve al hombre del día. Ve a ella, a una putita con la boca llena de polla.
***
Llegamos a algún lado, un departamento, un cuarto, da igual. En la fantasía los lugares nunca están del todo definidos, son apenas paredes y una cama. Lo que sí está definido es lo que pasa ahí.
Él me lleva contra la pared antes de que pueda decir nada. Me besa fuerte, con la mano todavía bajo la falda, metiéndome dos dedos en la boca para que se los chupe mientras con la otra mano me manosea el culo por encima del encaje. Yo se los mamo obediente, mirándolo a los ojos, porque para eso vine. Para ser su nena. Para ser sumisa. Para que me use a su antojo y yo no tenga que decidir nada, solo obedecer y abrir todos los agujeros.
Me da vuelta de cara a la pared. Me sube la falda hasta la cintura y se queda mirando el cachetero, esa malla transparente sobre las nalgas que elegí pensando exactamente en este momento. Lo escucho respirar detrás de mí. Me pasa la mano por encima del encaje, despacio, como saboreando lo que encontró, y yo arqueo la espalda buscándolo, sacando el culo, ofreciéndoselo.
—Para esto te vestiste, ¿no? —me diría al oído—. Para que te folle este culito de puta.
—Sí —susurro—, para eso me vestí. Para ti. Cógeme.
Me baja el cachetero apenas, lo justo para dejarme el culo al aire. No me quita los tacones, eso nunca, porque parte del morbo es seguir vestida de ella mientras él hace lo que quiere. Se arrodilla detrás de mí y me abre las nalgas con las dos manos. Siento su lengua caliente en el ojete, lamiéndome de arriba abajo, ensalivándome el agujero, metiendo la punta y sacándola, hasta que estoy tan mojada ahí atrás que me tiemblan las piernas. Me chupa el culo como si fuera un coño, largo rato, hasta que me está gimiendo contra la pared con la polla goteando dentro del cachetero.
Se levanta. Escupe en su verga, la restriega contra mi entrada, y empieza a empujar. Al principio duele, la abertura se resiste, y él va despacio, ganando terreno, un centímetro, dos, hasta que de golpe cede y me la mete entera. Grito contra la pared con la boca abierta, sin voz, y él se queda quieto un segundo, dejándome sentir cómo me llena, cómo su polla late dentro de mí.
—Qué apretada estás, putita —jadea—. Te voy a partir en dos.
Y empieza a follarme. Golpes secos, cadera contra cadera, sus manos agarrándome de las caderas por debajo de la falda arremangada. Cada embestida me sube en los tacones, me hace tambalear, y él me sostiene y me clava otra vez. Escucho el ruido de la carne, sus huevos golpeándome contra el perineo, mi propia respiración ahogada contra la pared. La peluca se me pega a la cara con el sudor.
Me agarra del pelo falso, tirándome la cabeza hacia atrás, y me folla más duro, sacándomela casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo. Yo dejo que me use, arqueando la espalda, moviéndole el culo, apretándoselo cuando me la mete. Mi polla dura rebota contra la pared en cada embestida y suelta chorritos de líquido que manchan el yeso.
Me da vuelta, me tira sobre la cama boca arriba, con la falda todavía enrollada en la cintura y los tacones colgando en el aire. Me dobla las piernas contra el pecho, me abre bien, y me vuelve a meter la verga en el culo, esta vez mirándome a la cara. Ver mi maquillaje corrido, los labios pintados temblando, la peluca desordenada, lo pone más caliente. Me folla mirándome a los ojos, y yo me agarro las corvas para abrirme más para él, para que me la meta hasta donde quiera.
—Ábrete, nena, ábrete bien para tu hombre.
—Sí, así, más adentro, más duro, rómpeme.
Me escupe en la boca y yo la trago. Me abofetea suave la cara, con una mano que huele a mi propio culo, y yo se la beso, se la lamo, mientras él sigue clavándomela. Me agarra la polla por encima del cachetero apartado y me la sacude al ritmo de sus embestidas. Siento cómo se me acumula todo abajo, cómo la piel lisa se me pone de gallina, cómo el encaje del brasier se me clava en los pezones duros.
Me corro sin haberme tocado apenas, chorreando semen por encima del suéter ajustado, manchándome yo mismo con lefa caliente mientras él me sigue rompiendo el culo. Los espasmos me aprietan la verga adentro y él suelta un rugido y se hunde hasta el fondo y se corre dentro de mí, llenándome, y yo lo siento latir con cada disparo.
***
No voy a contar el final con todos sus detalles, porque la verdad es que en la fantasía nunca llego a un final fijo. Cambia. A veces es él quien manda de principio a fin y me deja tirada en la cama con el culo abierto y la corrida chorreándome por los muslos. A veces, en algún momento, soy yo la que se da vuelta y lo mira, y aunque sea su nena sumisa hay un instante en que él entiende que vine porque quise, no porque me obligaron. Y esa mezcla de entrega y deseo propio es lo que vuelve la escena perfecta.
Lo que se repite siempre, lo que nunca falta, es la sensación. La de estar dentro de un cuerpo que no es el mío de todos los días. La de oír mis propios tacones contra el suelo, sentir el encaje húmedo y pegajoso de semen, la peluca cayéndome sobre la cara mientras alguien me trata como a la puta que solo soy en la oscuridad de mi cabeza.
***
Después abro los ojos y vuelvo a ser quien soy. El hombre fiel, el de la relación, el que mañana se levanta y se afeita la cara y se viste de siempre. No hay falda, no hay tacones, no hay Damián. Solo yo, en mi cama, con la polla en la mano, la panza mojada de corrida y el corazón todavía acelerado.
Y no me da vergüenza. Al contrario. Creo que es justamente porque sé que no la voy a cumplir que la fantasía se mantiene tan intensa. Una travesti, aunque sea solo en la imaginación, le saca un morbo enorme a la idea de qué ponerse, de cómo verse al espejo, de quién ser por una noche y de cuántas pollas se traga. A mí, al menos, me calienta como pocas cosas.
Tengo más fantasías guardadas, otras tan detalladas como esta, que espero poder contar otro día. Y quién sabe. Quizá, si algún día dejo de estar con quien estoy, alguna deje de vivir solo en mi cabeza y termine con una verga de verdad en el culo.
Por ahora me quedo con el espejo, con la nena que me mira desde el otro lado, y con el secreto. Besos.