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Relatos Ardientes

El escritor que nunca supo que me tenía

La primera vez que llegó su nombre a mi pantalla fue un martes por la noche, a eso de las once, cuando ya debería estar durmiendo. Una solicitud de seguimiento de alguien que no conocía. El perfil tenía de foto una máquina de escribir antigua en blanco y negro, y en la descripción ponía simplemente: «escritor, lector, curioso». Sin nombre real. Sin foto de cara. Solo esas tres palabras y un historial de publicaciones que tardé veinte minutos en descubrir que no iba a poder dejar de leer.

Acepté la solicitud sin pensarlo mucho.

Eso fue hace tres años.

***

Nunca le mandé un mensaje. Nunca le di un solo like. Ni siquiera abría su perfil desde mi cuenta, porque a veces entraba directamente desde el navegador del teléfono para no dejar rastro. No quería que supiera que lo leía. No quería que supiera que existía.

Hay algo extrañamente placentero en eso: en ser invisible para alguien que te afecta.

Sus publicaciones eran relatos cortos, a veces solo fragmentos de tres o cuatro párrafos. Escenas donde describía encuentros con una precisión que no era pornográfica sino inquietante, como cuando alguien te cuenta un sueño y logra que lo sientas en el cuerpo. Eso hacía él con las palabras. Me las metía debajo de la piel sin pedirme permiso.

Una vez escribió sobre una mujer que leía en la cama, de noche, con la luz apagada, solo con el brillo de la pantalla iluminándole la cara. Escribió que esa mujer era la imagen más erótica que había visto nunca. No porque estuviera desnuda. Sino porque estaba absorta, completamente dentro de algo que no era él.

Yo estaba en mi cama cuando lo leí. Con la luz apagada. Con el brillo de la pantalla iluminándome la cara.

Tardé unos segundos en darme cuenta.

***

No sé cómo se llama. No sé qué cara tiene. En sus publicaciones nunca aparece una imagen suya: usa ilustraciones, portadas de libros, fotografías de ciudades vacías de madrugada. Según lo que fue soltando en distintas respuestas a sus seguidores, se puede deducir que tiene algo más de veinte años, que hace ejercicio con regularidad, que lee mucho y que tiene un sentido del humor seco que solo asoma en los comentarios, nunca en los textos. En los textos es otra cosa. En los textos es completamente serio.

Sus seguidoras lo adoran. Unas trescientas, quizás más. La mayoría mujeres. Algunas le dejan comentarios largos explicándole qué les provocó cada relato, qué frase exacta tuvieron que leer dos veces, en qué parte dejaron de respirar con normalidad. Otras son más directas. Un par le han preguntado cosas que no repetiré, y él siempre responde con una educación que no es frialdad, sino distancia calculada.

Yo leía esos intercambios con una mezcla de curiosidad y algo parecido a los celos, aunque eso sonara ridículo incluso dentro de mi propia cabeza.

Nunca interactué. Ni una sola vez en tres años.

***

La razón es simple: me daba vergüenza. No vergüenza de leerlo, eso lo hice desde el primer día sin ninguna culpa. Me daba vergüenza que supiera el efecto que tenía. Hay algo en admitir «tus palabras me encienden» que te deja completamente expuesta, y yo no estaba lista para eso con un desconocido que ni siquiera sabía mi nombre.

Además, no era solo el deseo lo que sentía cuando leía sus textos. Era algo más difuso, más difícil de nombrar. Una especie de reconocimiento. Como si alguien estuviera describiendo exactamente el tipo de cosa que yo había pensado durante años pero nunca había encontrado escrita en ningún lado. Esa tensión específica entre dos personas antes de que pase algo. Ese momento donde cualquier movimiento puede romperlo todo o empezarlo todo, y ninguno de los dos sabe todavía cuál va a ser.

Leí en algún sitio que la fantasía más poderosa no es la que implica un cuerpo concreto, sino la que deja espacio para imaginar. Que el erotismo verdadero vive en lo que no se termina de mostrar. Si eso es cierto, ese escritor era un experto absoluto.

***

Hubo una noche, en invierno, que publicó un relato más largo de lo habitual. Tres páginas. Una escena entre dos personas que no se conocen pero se reconocen, que están en el mismo lugar por accidente y que, sin mediar muchas palabras, terminan en una habitación vacía del edificio donde trabajan los dos. Él describía los detalles pequeños: la textura de la pared contra la que ella apoya la espalda, la forma en que él le aparta el pelo de la cara antes de hacer cualquier otra cosa, la temperatura de la habitación.

Era explícito pero no vulgar. Lo que describía no era solo el acto, sino la textura de lo que sentía cada uno: la duda de si el otro estaba pensando lo mismo, el momento en que la duda se convierte en certeza, el instante exacto en que alguien da el primer paso y el mundo cambia de forma irrevocable.

Lo leí dos veces. La segunda vez más despacio, párrafo a párrafo, como quien come algo muy bueno y no quiere que se acabe.

Después apagué el teléfono y me quedé un rato en la oscuridad, con el calor del edredón y la cabeza llena de imágenes que no eran de los personajes del relato, sino mías. Una versión mía. Y alguien cuya cara no podía ver con precisión pero cuya voz imaginaba grave y tranquila, como la forma en que ese escritor construía sus frases: sin prisa, sin ruido innecesario.

No voy a mentir sobre lo que hice a continuación. Lo que sí voy a decir es que me dormí tarde y que al día siguiente lo primero que hice al despertar fue abrir su perfil desde el navegador, sin iniciar sesión, para ver si había publicado algo nuevo.

No había nada. Solo el relato de la noche anterior, con catorce comentarios nuevos de mujeres que sentían lo mismo que yo y que, a diferencia de mí, se lo decían.

***

Tres años. Tres años siguiéndolo sin que él lo supiera.

En ese tiempo cambié de piso, dejé un trabajo que odiaba, empecé otro que me gusta más, tuve una relación que duró catorce meses y terminó sin drama ni rencor. Todo cambió, excepto ese ritual de los martes por la noche, o los jueves si había publicado algo nuevo en mitad de la semana, o las madrugadas de fin de semana cuando no podía dormir y necesitaba que algo me llevara la cabeza a otro lugar.

Abrir el perfil. Leer. Cerrar el teléfono. Quedarse con algo zumbando en el cuerpo que tardaba un rato largo en apagarse.

En algún momento me di cuenta de que era el tipo de experiencia más honesta que había tenido con alguien en mucho tiempo, y que la persona en cuestión no tenía ni idea de que yo existía. Eso me pareció triste y gracioso a la vez. Pero sobre todo me pareció completamente real.

***

El mes pasado publicó algo diferente. No era un relato. Era una pregunta, de esas que a veces lanzan para generar respuestas: «¿Hay alguien que te lea en silencio y nunca te lo haya dicho?»

Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos sin moverme.

Había algo provocador en esa pregunta, como si supiera la respuesta. Como si estuviera hablando directamente a las que hacemos exactamente eso: leer en silencio, nunca decirlo, vivir en ese espacio cómodo y algo cobarde entre el deseo y la distancia. Entre querer que alguien te conozca y no estar dispuesta a pagar el precio de ser conocida.

Mis pulgares se quedaron suspendidos sobre el teclado.

Escribí: «Sí.»

Borré.

Escribí: «Tres años.»

Borré.

Escribí: «Estás describiendo exactamente lo que soy para ti. Una lectora fantasma. Y no lo cambiaría por nada.»

Borré todo. Cerré la aplicación.

***

Esa noche no dormí bien. No por tristeza, sino por esa especie de energía sin salida que genera el deseo contenido durante demasiado tiempo. Estaba en la cama con los ojos abiertos y pensaba en él, en su pregunta, en los comentarios que probablemente ya había recibido de personas más valientes que yo.

Me pregunté si alguna de las que respondieron era exactamente como yo: alguien que llevaba meses o años leyéndolo sin decir nada, que lo había imaginado sin tener una cara concreta donde apoyar la fantasía, que había usado sus palabras como material para algo más íntimo y completamente solitario. Me pregunté si él lo sabía. Si escribía pensando en eso: en todas las que estaban del otro lado de la pantalla, en la oscuridad de sus habitaciones, con el teléfono sobre el pecho.

Me pregunté qué pasaría si le mandara un mensaje. No una confesión, solo un «hola», solo un «te leo desde hace tiempo y no sé por qué no te lo había dicho antes». Me imaginé la respuesta. Me imaginé varias versiones de la respuesta, y en alguna de esas versiones la conversación no terminaba con un educado «gracias por leerme».

Y entonces dejé de imaginar lo que diría y empecé a imaginar lo que haría. Las manos. La voz. El peso de un cuerpo que no conozco pero que me he inventado con bastante detalle a lo largo de tres años de lecturas nocturnas. Me imaginé que llamaba a mi puerta un jueves por la tarde y que yo la abría sin sorprenderme demasiado, como si en algún nivel lo hubiera estado esperando todo ese tiempo.

Me imaginé sus manos sobre mi cara, igual que el personaje del relato de invierno. Me imaginé su voz grave diciéndome algo sin importancia, algo completamente banal, y que aun así sonara como las frases que escribe: sin prisa, sin nada sobrando.

Cerré los ojos.

No le mandé ningún mensaje.

Pero tampoco me arrepentí de nada.

***

Todavía lo sigo. Todavía leo sus textos los martes por la noche, o cuando publica algo nuevo, o las madrugadas en que no puedo dormir. Todavía entro a veces desde el navegador, sin cuenta, para que no quede registro de que estuve.

La diferencia es que ahora sé exactamente lo que es. No es una obsesión ni un enamoramiento. Es algo más pequeño y más preciso que todo eso: es el único sitio donde encuentro exactamente el tipo de cosa que necesito leer. Y hay algo en el hecho de que sea un desconocido, de que no sepa mi nombre ni mi cara ni lo que hago los martes por la noche, que hace que todo funcione de una manera que no funcionaría si lo conociera de verdad.

El erotismo de la distancia. La fantasía de alguien que te escribe sin saber que te escribe a ti.

Si algún día se entera de que existo, probablemente lo arruine todo. Así que por ahora prefiero quedarme aquí, del otro lado de la pantalla, siendo exactamente lo que soy.

Una lectora fantasma.

Y que siga escribiendo.

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Comentarios (7)

LectoraEnSombras

Me atrapo desde la primera linea. Esa sensacion de querer sin animarse a decirlo... demasiado real.

ValenRo92

excelente!!! quiero la segunda parte ya

Lua_MDP

Que buenisimo!! Me recordo mucho a algo que me paso hace un tiempo, esa angustia de mirar de lejos sin dar el paso. Tremendo relato.

DarioMza

Muy bien escrito. Le busco la vuelta a todo pero me parecio que hay algo autobiografico ahi jaja. Igual, hermoso.

Melisa_RD

Se hizo cortisimo, quede con ganas de mas :(

pepeCTBA

el final me mato, no me lo esperaba para nada

NorbertoM

Hay relatos que se te quedan dando vueltas despues de leerlos. Este es uno de esos. Muy bien.

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