Lo que hago cuando me quedo sola en casa
Soy Valeria. Tengo diecinueve años y esta tarde la casa es completamente mía.
El clic de la puerta cuando mi compañera de piso salió fue el sonido más satisfactorio que había escuchado en días. Me quedé quieta un momento en el pasillo, escuchando el silencio que llenó el apartamento de golpe, ese silencio particular que solo existe cuando estás completamente sola y sabes que vas a estarlo por horas.
Fui a la cocina, me serví un vaso de agua y lo bebí de pie frente a la ventana mirando sin ver la calle de abajo. El sol de la tarde pegaba oblicuo a través del cristal y me calentaba un lado de la cara. Dentro de mí, más abajo, otro tipo de calor llevaba acumulándose desde por la mañana, desde que me desperté con esa sensación difusa y persistente entre las piernas que acompaña ciertos días sin razón aparente.
Dejé el vaso en el fregadero y fui a mi cuarto.
Me senté en el borde de la cama y me quité los zapatos. Después los calcetines. Me quedé mirando mis pies en el suelo un momento, como si estuviera a punto de hacer algo importante. Que en cierta manera lo era. Luego me tumbé boca arriba, con las manos cruzadas sobre el vientre y los ojos en el techo.
El ventilador giraba despacio. Por la persiana a medio cerrar entraban rayas de luz que se desplazaban tan lentamente que solo lo notabas si los mirabas con atención. Todo lo demás estaba quieto.
Me pregunté si debería poner música. Decidí que no. Me gusta el silencio para esto.
Empecé a desabrocharme la camisa botón a botón, sin prisa, sin mirarme las manos. Un botón. El siguiente. El siguiente. Cuando la abrí, el aire del ventilador me llegó al vientre y cerré los ojos un momento solo para sentirlo. Luego me la quité y la tiré al suelo sin molestarse en doblarla.
El sujetador duró menos. Uno de esos ganchos traseros que mis dedos ya saben abrir sin pensar. Lo solté, lo dejé caer sobre la camisa, y me quedé tumbada con los pechos al aire, sintiendo el peso de ellos abrirse ligeramente hacia los lados mientras respiraba.
Esa sensación inicial, esa primera exposición al aire, siempre me parece casi erótica en sí misma.
Me los cubrí con las manos. Primero despacio, sintiendo el calor de la piel contra las palmas. Luego con más presión, apretando, dejando que los pezones quedaran entre el índice y el corazón. Cuando los rocé se tensaron al instante, esa reacción tan obediente que a veces me hace reír, y que hoy no me hacía reír sino soltar un sonido corto y suave que se quedó flotando en el cuarto.
Hay una línea directa entre los pezones y lo que hay más abajo. No sé si es anatomía o si es simplemente que el cerebro ha aprendido la asociación después de años de práctica. Da igual. El resultado es el mismo: cada pellizco manda una señal que llega antes de que la hayas pedido.
Me tomé mi tiempo ahí. No tenía prisa. Ese es el lujo de una tarde libre: que puedes hacer las cosas despacio, que no tienes que llegar a ningún sitio en ningún momento concreto.
Me acaricié los costados. Bajé las manos por las caderas, volví a subir, me entretuve en el vientre. En ese lugar justo debajo del ombligo donde la piel es más suave y más sensible de lo que la gente suele saber.
Cuando finalmente dejé que una mano bajara más allá de la cinturilla, el corazón me latía un poco más rápido.
Desabroché el pantalón. Lo bajé junto con la ropa interior, de una sola vez, y lo arrojé al montón de ropa que iba formándose junto a la cama. Me quedé completamente desnuda.
Abrí las piernas.
El aire del ventilador llegó hasta ahí y tuve que apretar los muslos un segundo, solo un segundo, antes de volver a abrirlos. Esa sensación de exposición, de apertura, es una de las cosas que más me gustan de estos ratos. No hay nadie mirando y sin embargo me siento completamente vista. Por mí misma, supongo. Por esa parte de una que observa sin juzgar.
Me pasé los dedos por el interior del muslo, despacio, siguiendo la línea de la piel que se va haciendo más sensible a medida que se acerca al centro. El calor que irradiaba desde ahí era perceptible incluso sin tocar. Una humedad que ya estaba ahí, acumulada, esperando.
Cuando llegué al clítoris fue con la yema del dedo medio, en un círculo pequeño y firme. Me arqueé de inmediato. El sonido que salió no fue silencioso.
Sí. Así.
Me concentré en eso: el círculo, la presión, el ritmo. Sin urgencia todavía, solo esa sensación que se va expandiendo hacia afuera desde un punto muy concreto. Los muslos temblaban ligeramente. La espalda baja se separó del colchón.
Llevo años aprendiendo mi propio cuerpo y todavía me sorprende la precisión de ello. Que dos milímetros a la izquierda sea completamente diferente de dos milímetros a la derecha. Que la presión exacta que necesito varía de un día para otro, de una hora para otra. Que hay que prestar atención, que hay que escuchar.
Me escuché.
Introduje un dedo. Despacio, completamente, notando cómo las paredes se cerraban alrededor de él con esa presión húmeda y cálida que lo abraza. Lo curvé ligeramente hacia adelante, buscando ese punto interior que cuando lo encuentro hace que todo cambie de escala. Lo encontré casi de inmediato, como si hubiera estado esperando, y solté el aire entre los dientes.
La mano derecha seguía en el clítoris. La izquierda dentro. Las dos cadencias sincronizándose poco a poco hasta encontrar el ritmo que pedía el cuerpo en ese momento específico. Las caderas empezaron a moverse solas, siguiendo, buscando más.
Me giré la cabeza y me vi en el espejo del armario.
A veces lo evito. Otras veces lo busco. Hoy lo busqué. Vi a una chica desnuda en una cama con las piernas abiertas y las manos trabajando entre ellas, la piel brillante de sudor en el pecho y el cuello, los labios entreabiertos. El pelo oscuro extendido sobre la almohada. Los ojos más oscuros que de costumbre, casi negros.
No aparté la mirada.
Hay algo en eso, en no apartar la mirada, que intensifica todo. Como si el hecho de reconocerlo, de no esconderlo ni siquiera de una misma, multiplicara la sensación. Seguí mirándome mientras las caderas subían y bajaban y el sonido húmedo de mis dedos se mezclaba con mi respiración acelerada y con el ruido sordo del ventilador.
El orgasmo empezó a subir despacio, como siempre, esa marea que se acumula sin que puedas precisar exactamente cuándo comenzó. Aumenté el ritmo de la mano derecha. El dedo dentro empujó más profundo. Metí un segundo junto al primero. El espejo devolvió mi propia imagen con los ojos ya cerrados, sin que me diera cuenta de cuándo los había cerrado.
Las piernas se tensaron. El interior de mi cuerpo se apretó alrededor de mis dedos en oleadas sucesivas, cada una más fuerte que la anterior. Solté un sonido que resonó demasiado alto en el silencio del cuarto y me importó exactamente nada porque nadie podía escucharme y aunque pudieran habría sido lo mismo.
La espalda completamente arqueada. Los dedos de los pies doblados solos. La almohada aplastada contra la nuca mientras la cabeza se echaba hacia atrás.
Duró lo que duran esas cosas: demasiado poco y al mismo tiempo suficiente como para que cuando terminó me sintiera vaciada y llena a la vez, que es la única manera que tengo de describirlo.
***
Me quedé quieta después. Los dedos todavía dentro, sintiendo las últimas contracciones apagarse como el eco de algo que ya se iba. La respiración volviendo a su sitio poco a poco. El techo del cuarto exactamente igual que antes de todo esto.
El sudor se enfriaba en el pecho. Los pezones seguían tensos. La piel de los muslos estaba sensible de una manera particular, esa hipersensibilidad del después que hace que incluso el roce de las sábanas tenga textura y temperatura.
Saqué los dedos despacio. Me limpié en las sábanas sin ningún remordimiento. Me estiré como un gato, todo el cuerpo a la vez, hasta que oí el crujido de las vértebras y se me escapó una carcajada boba y satisfecha que resonó en el cuarto vacío.
Todavía era temprano. Las cinco y media de la tarde. Mi compañera no volvería hasta las nueve.
Me quedé mirando el techo. El ventilador giraba. La luz de la tarde había cambiado de ángulo mientras yo estaba ocupada en otras cosas y ahora las rayas de la persiana caían en un lugar diferente de la pared. Ese pequeño detalle me pareció, por alguna razón, enormemente satisfactorio.
Pensé en levantarme. En una ducha fría. En comer algo. En hacer esas cosas razonables que se hacen a las cinco y media de un martes.
La mano se movió sola hacia abajo.
Una vez no es suficiente.
Abrí las piernas. La tarde seguía siendo completamente mía.