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Relatos Ardientes

Los mensajes que no debería haber leído esa noche

Valeria se derrumbó en el sofá con las rodillas dobladas contra el pecho. Llevaba una hora así, o quizás más, sin fuerzas para moverse ni para hacer nada útil con el dolor. El pecho le apretaba como si alguien le hubiera puesto un ladrillo encima. La copa de vino que había servido antes de que todo saltara por los aires seguía en la mesita, a medias, con la temperatura ya perdida. La cogió con dedos fríos y se la bebió de un trago. El vino era ácido y demasiado seco, pero lo necesitaba. Necesitaba cualquier cosa que ocupara el espacio que dejaba el silencio.

No sirvió de nada.

Fue entonces cuando se acordó del teléfono. El móvil del trabajo de Rodrigo, ese Nokia viejo que siempre dejaba olvidado en la mesilla de noche porque era solo para llamadas de empresa, decía. Lo había visto ahí tres días seguidos sin tocarlo ni mirarlo. Sin tener ninguna razón para hacerlo.

Las razones llegaron todas a la vez aquella noche.

Se levantó del sofá sin encender las luces. Caminó por el pasillo a oscuras, empujada por algo que no era exactamente curiosidad sino una necesidad más fea, más urgente. El dormitorio estaba en penumbra, con el brillo verde del cargador parpadeando en la mesilla de Rodrigo. El teléfono seguía enchufado, esperándola. Lo cogió. La pantalla pedía un PIN de cuatro cifras.

Tecleó la fecha de su aniversario. Incorrecto.

Tecleó el cumpleaños de Rodrigo. Incorrecto.

Tecleó la fecha de nacimiento de Mateo, su hijo mayor.

Desbloqueado al primer intento.

—Idiota —susurró con la voz deshecha—. El cumpleaños de tu propio hijo. Ni siquiera te molestaste en cambiarlo.

WhatsApp cargó en un segundo. El chat más reciente no tenía foto de perfil, solo un nombre de pila: «Sandra». Sin apellido. Sin apodo. Sin ningún intento de ocultación, como si ya no le importara que la encontrara.

Valeria abrió el último mensaje.

Era una fotografía.

Sandra estaba de pie junto a una ventana iluminada por luz de tarde. De perfil. El torso desnudo. Una mano cruzándole el pecho, tapando apenas los pezones. La otra mano, plana y suave, apoyada sobre una barriga redondeada que ya no era pequeña: cinco meses, tal vez seis. La piel le brillaba con crema o sudor. Sonreía directamente a la cámara. El texto debajo de la foto decía: ¿Ves qué hermosa me está poniendo tu hijo? Crece bien aquí dentro. ¿Cuándo vienes a verme, amor?

Valeria no cerró la pantalla.

Siguió bajando.

Sabía que no debía. Lo sabía de la misma manera en que se sabe que no hay que hurgar en una herida, pero el pulgar seguía moviéndose solo, con esa lógica absurda de quien necesita medir el tamaño del daño aunque el daño ya sea irreparable.

Fotos de playa. Sandra en biquini negro, el cuerpo mojado de mar, el escote profundo contra la tela húmeda. En una foto tenía los brazos levantados y los ojos cerrados hacia el sol. En otra miraba a cámara con esa sonrisa de quien sabe perfectamente lo que está haciendo. Rodrigo había respondido un día y medio después: Perdona el silencio. Aquí todo es un caos. Valeria y los niños, ya sabes. Ojalá pudiera desaparecer y aparecer ahí contigo en esa playa.

Valeria releyó esa línea dos veces. Ojalá pudiera desaparecer.

Se preguntó cuántas veces lo había escuchado decir que estaba agotado, que los fines de semana eran para descansar, que necesitaba silencio. Ella siempre había pensado que era el trabajo. Los niños. La rutina. Ahora sabía que era otra cosa. Que era ella.

Siguió bajando.

Había un vídeo corto, grabado en vertical, con poca luz. Sandra tumbada en una cama de sábanas blancas, el pelo extendido sobre la almohada, los ojos entrecerrados. Sus dedos se movían despacio entre sus piernas. Murmuraba un nombre.

El nombre de Rodrigo.

El vídeo duraba dieciséis segundos. Valeria llegó hasta los ocho y luego apagó la pantalla. Pero los sonidos ya se le habían grabado dentro con una nitidez que no iba a perder en mucho tiempo.

Se quedó de pie en el centro del dormitorio con el teléfono en la mano y los oídos zumbando. Los niños dormían al fondo del pasillo. La tele del piso de abajo murmuraba algo ininteligible. La calle estaba vacía.

No pensó. Solo actuó.

Se sentó en el borde de la cama, abrió el cajón de su mesilla y sacó el vibrador que llevaba meses sin tocar. Se quitó el pantalón de pijama y las bragas de un tirón y se tumbó boca arriba. Puso el teléfono de Rodrigo apoyado contra su almohada, con la pantalla encendida y la foto de Sandra visible desde donde estaba.

Encendió el vibrador.

—Embarazada —repitió en voz muy baja, casi para sí misma—. Qué conveniente para los dos.

La vibración contra el muslo le produjo un escalofrío que le subió por la espalda. Mantuvo los ojos abiertos, mirando la foto. Sandra tenía rasgos suaves, pelo oscuro, esa sonrisa de quien lleva la ventaja. La barriga ya era imposible de ignorar. Ya era real.

Se imaginó a Rodrigo conduciendo hasta el piso de Sandra esa misma noche, tocando el timbre, subiendo las escaleras sin prisa. La imaginó abriendo la puerta con esa barriga, con esa sonrisa. Imaginó la mano de él posándose sobre esa curva nueva con una ternura que a Valeria no le daba desde hacía demasiado tiempo. Imaginó la voz que él usaría. La misma voz.

El placer llegaba sin permiso, mezclado con una rabia que no sabía si dirigir hacia afuera o hacia adentro. No podía separar uno de la otra.

—Si tú te lo llevas todo —jadeó—, yo también tomo lo que quiero.

Se imaginó la escena con una precisión que la sorprendía. Las manos de Rodrigo sobre Sandra. La voz que él usaría, esa misma voz que empleaba para decirle buenas noches a ella, ahora susurrando otro nombre en otra habitación. La barriga entre los dos como prueba física de todo lo que había ocurrido sin que Valeria se enterara. Meses enteros de mentiras construidas sobre el mismo tono tranquilo con que le preguntaba si quería cenar algo.

Los dedos de ella se clavaron en las sábanas.

El orgasmo llegó sin avisar, brusco y largo. Le arqueó la espalda y le apretó los muslos. No fue dulce. Fue exactamente lo que era: la mezcla de algo insoportable con algo que no podía parar.

Apagó el vibrador. Se quedó mirando el techo. El teléfono seguía iluminado en la almohada de Rodrigo. La foto, todavía visible.

No lo apagó.

Esperó a que la respiración se normalizara y volvió a deslizar el pulgar hacia arriba por el chat, buscando más. No porque necesitara más razones. Las razones ya eran suficientes desde hacía una hora. Lo hacía porque no podía parar, igual que uno sigue leyendo los mensajes del médico aunque el diagnóstico ya esté claro.

El mensaje que encontró tres semanas más abajo le quitó el aire de los pulmones de un golpe. Era de un sábado por la tarde: Rodrigo escribiéndole a Sandra que ese fin de semana Valeria se había ido fuera, a una boda, y que si quería podía venir a casa a quedarse.

Sandra había preguntado: ¿Con tus hijos ahí? ¿De verdad?

Rodrigo: Duermen pronto y sin despertarse. Ponemos el pestillo y ya está. No se enteran de nada.

Sandra: Pero es tu cama. La cama de los dos.

Rodrigo: Exactamente.

Una pausa de cuarenta minutos. Luego Sandra: De acuerdo. Pero quiero que vaya despacio. Sin prisa.

Rodrigo: Como quieras. Solo quiero que estés aquí.

Valeria cerró los ojos un instante.

Esa boda había sido el quince de marzo. Ella se había ido el viernes por la tarde con la maleta hecha. Había llamado a Rodrigo desde el hotel para decirle que había llegado bien, que el trayecto había ido sin problemas, que todo estaba bien. Él había respondido con la misma voz de siempre: los niños ya dormían, todo estaba tranquilo, que se divirtiera y no se preocupara.

Había traído a Sandra a su casa. A su cama. Con los niños dormidos al otro lado del pasillo. Había puesto el pestillo, había hecho lo que había hecho, y al día siguiente había deshecho la cama, había puesto la lavadora y no había dicho ni una palabra.

Valeria volvió a encender el vibrador.

Esta vez no miró la pantalla. Cerró los ojos y dejó que las imágenes llegaran solas. La habitación a oscuras. La puerta cerrada con pestillo. Sandra quitándose la camiseta despacio, con la barriga visible en la penumbra. Rodrigo mirándola con esa concentración que Valeria recordaba de antes, de cuando todavía se miraban así el uno al otro. El silencio deliberado para no despertar a los niños. El colchón cediendo bajo el peso de los dos. Las sábanas que Valeria había lavado el jueves anterior y doblado con cuidado el viernes por la mañana antes de hacer la maleta.

La rabia y el placer eran una sola cosa a estas alturas. Indistinguibles.

Se corrió con los dientes apretados, sin hacer ruido, aunque no hubiera nadie que pudiera escucharla.

***

Se quedó tumbada en la oscuridad con la respiración pesada y los ojos abiertos al techo. El cargador del teléfono de Rodrigo parpadeaba en verde en la mesilla de al lado. El suyo también, constante, sin parpadeos.

No sabía qué iba a hacer por la mañana. No sabía si iba a decir algo o a fingir que no había visto nada, si iba a llamar a un abogado o a su hermana o simplemente iba a esperar a que él llegara y mirarlo a la cara y descubrir qué sentía cuando lo viera entrar por esa puerta con su cara de siempre.

Pero esta noche había sido suya. Solo suya.

Aunque doliera hasta el último centímetro.

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Comentarios (7)

Fernando

increible, me enganche desde la primera linea. gracias por compartirlo!

NocheLibre88

Tiene una tension que no te suelta. Segunda parte por favor, no puede quedar asi!

Lectora_Mdp

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo... esa sensacion de descubrir algo que no debias y no poder borrarlo de la cabeza. Muy bien escrito.

carlitos_mdq

buenisimo!!!

ManuelOK

La descripcion inicial te atrapa sin remedio. Sigan publicando cosas asi.

Nati_cba

me gusto mucho como esta narrado :)

leofiuco

Lo lei de un saque esta noche y me quede pensando. Hay algo en esa situacion que te remueve por dentro, no se puede explicar bien. Muy bueno.

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