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Relatos Ardientes

Me até al árbol para que el barro me devorara

Mariana descubrió el placer del bosque a los veintinueve años, después de un divorcio que la dejó incapaz de soportar paredes. Empezó saliendo en grupos, con senderistas que llevaban palos de aluminio y le explicaban la diferencia entre un haya y un castaño. Aprendió rápido, sonrió cuando tocaba y al cabo de pocos meses dejó de avisar a nadie.

Iba sola. Cogía el coche un sábado al amanecer y se perdía a propósito en la sierra que rodeaba el pueblo donde había crecido. Esa era la palabra exacta: perderse. Le gustaba sentirse pequeña frente a algo que no negociaba con ella.

—La naturaleza no es hipócrita —le dijo una vez a su hermana, que se inquietaba con sus excursiones cada vez más largas—. Si te quiere comer, te come. No finge cariño. La gente, en cambio, sí.

Al cabo de un año caminando, Mariana ya no se contentaba con orientarse por los senderos marcados. Buscaba el risco menos visitado, la vereda que se borraba bajo la maleza, el atajo que aparecía en los mapas viejos pero ya no en los nuevos. Llevaba en la mochila todo lo que una mujer prudente debía llevar: una manta térmica, dos cuerdas de escalada, un cuchillo, repelente, víveres, un kit de primeros auxilios, una bengala que rezaba por no usar y un spray de pimienta. Era mucho más probable encontrarse un jabalí que a un hombre con malas intenciones, pero ella nunca olvidaba el spray.

Llevaba además dos cosas que no eran estrictamente de supervivencia: un dildo de silicona del tamaño exacto que le gustaba y un succionador de clítoris envuelto en una bolsa de fieltro. Eran sus compañeros, así los llamaba. La recompensa de cada jornada. Cuando llevaba ya horas caminando y no se cruzaba con ningún rastro humano, se apoyaba en un tronco, se desabrochaba el pantalón y se permitía gemir en voz alta, gritar incluso, sin que nadie la oyera más que los pájaros. Aquellos orgasmos al aire libre la hacían sentir más viva que cualquier cosa que hubiese hecho dentro de una habitación.

***

Aquel sábado de mayo eligió una zona del bosque que no conocía. La había visto en un mapa antiguo del ayuntamiento, una mancha verde marcada con una palabra que le encendió la curiosidad: «marismas». Se vistió en consecuencia. Pantalón impermeable, botas de caña alta con suelas dentadas, ropa interior de fibra técnica. Se untó el repelente por todo el cuerpo, también bajo la ropa. Nunca se sabía.

Después de dos horas largas, el bosque empezó a cambiar. Los árboles crecían más altos, más juntos, y el sol llegaba al suelo en haces partidos como cuchillos. El aire se volvió denso, vegetal. Las botas empezaron a hundirse en una capa blanda que las cubría enteras a cada paso. Mariana sonrió. Le gustaba aquella sensación de territorio sin dueño.

Avanzaba despacio, eligiendo dónde pisaba, cuando dio un paso normal y la pierna derecha se hundió hasta la rodilla. No fue un tropezón ni una caída. Fue una succión. Como si el suelo hubiera cerrado los labios sobre su tobillo y empezara a tragar. Se quedó inmóvil un par de segundos, con la respiración cortada, y entonces sintió cómo la pierna seguía bajando, milímetro a milímetro, sin que ella hiciera nada.

—Joder —murmuró.

Tiró con fuerza. La bota salió con un ruido obsceno, como un beso húmedo y prolongado. Retrocedió hasta una piedra firme, se sentó, sacó el mapa. Arenas movedizas. Estaba justo en el borde de una franja de arenas movedizas reales. Había leído sobre ellas en un foro de senderismo, pero nunca había encontrado ninguna.

Mordió una barrita energética y se quedó mirando aquella charca aparentemente inocente. La superficie era marrón oscura, lisa, con algunas burbujas que aparecían y desaparecían como pensamientos. Olía a cosa viva. A descomposición lenta. A algo que respiraba.

Se le secó la boca y se le encharcó otra cosa.

No, ni se te ocurra, pensó.

Pero era demasiado tarde. La idea ya había aparecido entera, definida, exacta, y no se iba a marchar.

***

Sabía perfectamente que las arenas movedizas no engullen a una persona del todo. Lo había leído. La densidad del fango es mayor que la del cuerpo humano, así que tarde o temprano dejas de hundirte. Lo peligroso es no poder salir. Quedar atrapada y morir de sed, de hambre, de frío. No de asfixia.

Sacó las dos cuerdas de la mochila. Buscó el árbol más grueso que encontró, un alcornoque de tronco rugoso a unos seis metros del borde. Pasó una cuerda por detrás del tronco y dio cinco vueltas completas. Hizo lo mismo con la segunda. Anudó los extremos a sus muñecas con un nudo de cazador que su padre le había enseñado de pequeña, ese que se aprieta solo cuando tiras pero que se afloja con un giro seco si lo conoces.

Tiró con todo su peso, hacia atrás. Las cuerdas se tensaron. El tronco no se movió. Volvió a tirar. Aguantaba.

—Esto va a merecer la pena —se dijo en voz alta.

Se desnudó allí mismo. Dobló la ropa sobre la roca, junto a la mochila. Sacó el succionador y lo puso al lado del dildo. Después miró a sus dos compañeros con cierta pena.

—Hoy no, chicos. Lo siento. Si os sumerjo conmigo, no os vuelvo a ver.

Activó el cronómetro del móvil, lo dejó apoyado sobre la mochila apuntando hacia la charca y caminó hasta el borde. Las cuerdas la seguían como dos serpientes obedientes.

El primer paso le llegó hasta media pantorrilla. El segundo, hasta la rodilla. Al tercero, ya estaba enterrada hasta la mitad del muslo, y la sensación era como nada que hubiera sentido antes. No era frío, no era calor. Era una presión envolvente, viva, que apretaba cada centímetro de piel a la vez. Como si una boca enorme la estuviera chupando despacio.

Se le escapó un sonido ronco, a medio camino entre el miedo y la risa.

—Ay, madre.

Movió las caderas y el barro la engulló hasta el ombligo. Se quedó quieta. Respirando. Probando el límite. Las cuerdas estaban tensas pero no en exceso. Sus brazos descansaban a los lados, libres todavía. Cerró los ojos y sintió cómo el fango le subía por las costillas, alcanzaba la base de los pechos, los rodeaba.

Y siguió subiendo.

***

«Tarde o temprano se detendrá», pensó. Pero no se detenía. La marisma la tragaba con una lentitud humillante, deliberada, como un animal seguro de su presa. El barro le cubrió ya los pezones, le subió por el cuello, se acercó a la mandíbula. Mariana entendió entonces lo que su cabeza no había querido ver desde el principio: aquella charca no tenía fondo. No había un punto en el que dejara de hundirse. Tenía exactamente el tiempo que durase su capacidad de subir por las cuerdas.

Sintió un latido en el clítoris tan fuerte que se le escapó un quejido.

Cerró los puños sobre las cuerdas y empezó a tirar. Sus brazos eran fuertes, llevaban dos años cargando mochilas y trepando ladera arriba. La salida le costó esfuerzo, pero menos del que temía. En cinco minutos estaba boca abajo en la orilla, desnuda, jadeando, cubierta de barro de los talones a la coronilla. Una criatura de fango con dos ojos brillantes.

Miró el cronómetro. Veintiséis minutos y treinta y cuatro segundos.

Hizo el cálculo despacio, la cabeza todavía revolucionada. Si tardaba cinco minutos en salir, le quedaban veintiún minutos de margen ahí dentro antes de que el barro le llegara a los labios. Veintiún minutos eran muchísimo tiempo. Más que de sobra para correrse como nunca se había corrido.

Configuró una alarma para veinte minutos. Comprobó dos veces que el cronómetro funcionaba, que el móvil tenía batería, que las cuerdas seguían firmes. Tiró de las dos a la vez, con todo su cuerpo. Aguantaron. El alcornoque ni se inmutó.

Se metió otra vez.

***

El segundo descenso fue distinto. Esta vez sabía lo que iba a pasar. Esta vez se dejaba caer.

El barro le subió por las piernas y, antes de que le llegara al pubis, ella ya estaba con tres dedos dentro de sí misma, abriéndose, esperándolo. Cuando el fango cubrió sus labios mayores y se filtró entre ellos, soltó un gemido grave, animal, que no se parecía a ninguno que se hubiera oído nunca a sí misma. La marisma se metía en ella sin permiso, espesa, lenta, con una paciencia obscena.

—Joder, joder, joder —repitió, y movió las caderas, y el barro respondió con su propia ondulación.

Recogió fango con las dos manos y se lo embadurnó por los pechos. Por el cuello. Por la cara. Cerró los ojos para que no le entrara y notó cómo el peso de aquella sustancia caía de su pelo en hilos densos. Se sintió poseída. Se sintió ofrecida. Que me trague, que me devore, que me convierta en parte de él.

El barro le llegó a los pezones y se quedó ahí un instante, como saboreándolos. Mariana frenó la mano. No quería correrse aún. Quería el orgasmo en el momento exacto, cuando ya no quedara nada de ella sobre la superficie. Solo entonces.

El nivel siguió subiendo. Le rodeó el cuello. Sentía las cuerdas tirantes, anudadas a sus muñecas que ya estaban sumergidas. Sus brazos tenían que abrirse paso a través del fango como si nadara en miel. La presión sobre el pecho dificultaba la respiración. Pero seguía respirando, y seguía masturbándose, y seguía bajando.

Cuando el barro le tocó la barbilla, gritó:

—¡Ya, ya, ya!

Y justo antes de dejarse ir, sus manos hicieron lo que llevaban toda la vida haciendo en momentos así: tirar de las cuerdas para asegurarse. Una vez. Dos veces. Un tirón limpio para sentir la respuesta del tronco al otro lado.

No hubo respuesta.

***

Las cuerdas no se tensaron. No ofrecieron resistencia. Vinieron hacia ella, blandas, sin peso, como dos cintas muertas.

Mariana se quedó muy quieta dentro del barro. La cabeza le funcionó muy despacio, como si la orden de pensar tuviera que abrirse paso a través del fango también. Giró el cuello con un esfuerzo enorme — el barro ya le rozaba el labio inferior — y miró hacia el alcornoque.

Los dos cabos de cuerda yacían en el suelo, junto al tronco. En el tronco quedaban todavía los lazos que ella había dado, intactos. Las cuerdas no se habían soltado. Tampoco se habían roto por el roce, ni roído por ningún animal. Estaban cortadas. Cortadas en seco, con un filo limpio. Hacha. O machete. O un cuchillo bien afilado.

Tardó un segundo entero en entender lo que veía. En ese segundo, el fango le subió hasta cubrirle los labios.

Intentó gritar. Abrió la boca y el barro entró, espeso, agrio, con un sabor a hierba podrida. Cerró los labios y empezó a respirar por la nariz, despacio, despacio. Los ojos se le llenaron de lágrimas que ni siquiera sabía si eran de pánico o de algo peor. Buscó una sombra entre los árboles, cualquier indicio del que hubiera cortado sus cuerdas. No vio a nadie. Pero alguien, en algún momento de los últimos diez minutos, había estado ahí, había sacado un filo y había decidido por ella.

Sonó la alarma del móvil.

El sonido le llegó como desde otro mundo, agudo y limpio entre los árboles, y le produjo un efecto que no esperaba: una calma absoluta. Una rendición. Hora de correrte, Mariana.

El barro le subió por la nariz y se quedó a un dedo de los ojos. Ya no podía gritar, ya no podía pedir auxilio, y aunque pudiera, solo escucharía la voz de quien le había cortado la salvación. Tal vez esa persona estaba mirando ahora mismo, oculta entre los troncos, esperando exactamente este momento.

Cerró los ojos.

Sus manos, sumergidas, encontraron de nuevo su sexo. Se metió tres dedos. Apretó. El barro empujaba contra su clítoris desde fuera, sus dedos lo trabajaban desde dentro, y la presión combinada era tan absoluta que dejó de distinguir qué venía de dónde. Era todo una boca. Una sola boca enorme, oscura, paciente, que se la estaba comiendo.

El nivel le cubrió la frente. El pelo se quedó flotando un instante, después se hundió también. Mariana desapareció por completo bajo la superficie.

Mariana se corrió.

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Comentarios (8)

NocheSur

Quien corto las cuerdas??? Me quede pensando en eso todo el dia jajaja, necesito la continuacion

Luciana_Riv

Me enganche desde la primera linea y no pude parar. Que tension tan bien lograda, por favor seguila!!

Facu_Cba

tremendo!!!

LectorNocturno99

Lo lei de noche con la luz apagada, error total jajaja. Muy bueno.

Marcos_99

Se hizo cortisimo, quiero saber que paso despues. Uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

MirtaRelatos

Me recordo a una sensacion que tuve hace anos, esa mezcla de no poder escapar y no querer hacerlo tampoco. Muy bien descrito todo.

DieguiSalta

sigue asi!! se necesitan mas relatos con este nivel

maricel_22

Que manera de escribir, te lleva adentro de la historia sin que te des cuenta. Relato genail de principio a fin

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