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Relatos Ardientes

Nadie iba a vernos en aquel claro del bosque

4.8(5)

Había sido idea suya desde el principio. No el viaje en sí, eso lo habíamos planeado entre los dos durante semanas, marcando rutas en el teléfono, discutiendo si dedicar más tiempo a los miradores o perdernos por los pueblos pequeños. Me refiero a la furgoneta. Darío llevaba meses hablando de camperizarla: tapizar las ventanas con una tela oscura y densa, instalar un colchón a medida sobre los asientos reclinados, añadir una nevera portátil en el hueco entre los respaldos. Yo lo escuché con cierto escepticismo durante todo ese tiempo, incluso cuando empezó a traer muestras de tela a casa y a hacer mediciones con una cinta métrica, y al final tuve que reconocer que el resultado era bastante más impresionante de lo que había imaginado.

Salimos un viernes por la tarde sin reservas, sin itinerario fijo, con solo la ruta aproximada dibujada en papel y la libertad de detenernos donde nos apeteciese. El primer día lo pasamos en una cascada que habíamos encontrado en un mapa antiguo que Darío guardaba en la guantera desde hacía quién sabe cuánto tiempo. La segunda tarde, después de recorrer tres miradores y pararnos en un mercadillo de carretera donde compramos queso curado y una botella de vino que todavía no habíamos abierto, llegamos a un descampado elevado que no aparecía en ninguna aplicación.

Era el lugar perfecto.

Un terreno de tierra seca rodeado de pinos, con una pendiente suave hacia el valle y el sol todavía suficientemente alto como para teñir las nubes de naranja sin haberse puesto del todo. Darío aparcó de espaldas a la ladera para que el maletero quedara orientado directamente hacia las vistas. Abrió el portón trasero, que se elevó con ese sonido mecánico suave que ya me resultaba familiar después de dos días, y los dos nos quedamos unos segundos mirando el paisaje sin decir nada.

—Esto es ridículamente bonito —dije por fin.

—Sí —respondió él, y sonaba distraído, como si estuviera pensando en otra cosa.

Me senté en el borde del maletero con las piernas colgando hacia afuera. Darío se puso a mi lado. La temperatura había bajado un par de grados con la llegada de la tarde y el aire olía a pino y a tierra seca. El valle se extendía debajo de nosotros en tonos ocres y verdes oscuros, con algún pueblo blanco visible en la distancia. Estuvimos así un rato, con los hombros pegados, viendo cómo la luz cambiaba despacio.

—Oye —dijo de repente.

—¿Qué?

—¿Echamos un polvo?

Me reí. No pude evitarlo. La pregunta había llegado con la misma naturalidad con que podría haber propuesto abrir la botella de vino o buscar una emisora de radio. Lo dijo mirando al frente, hacia el valle, sin dramatismo de ningún tipo.

—¿Y así me lo dices? —respondí.

—Venga. —Se giró hacia mí. Tenía esa expresión suya que no era exactamente una petición sino algo a medio camino entre la invitación y el desafío—. Tenemos todo tapado, estamos en medio de la nada. ¿Quién nos va a ver?

Su mano cayó sobre mi muslo y empezó a subir muy despacio, sin prisa, dándome tiempo a responder o a apartarla. Los dedos se me colaron por debajo del short, subieron por la cara interna del muslo hasta rozarme la ingle por encima de la tela del tanga, y ahí se quedaron, presionando con la yema del pulgar justo donde ya empezaba a notar el calor.

No la aparté.

Nadie nos va a ver, pensé. Y eso era exactamente el problema. O más bien, la razón por la que sentí que algo se encendía en la base del estómago y me bajaba, líquido y espeso, entre las piernas.

Le busqué la boca. Nos besamos con esa lentitud sucia de quien ya sabe cómo termina la cosa: lenguas metidas hasta el fondo, mordiscos en el labio, saliva. Le pasé la mano por encima del vaquero y ahí ya estaba, la polla dura marcándose contra la tela, gruesa bajo la palma. Le bajé la cremallera sin dejar de besarlo, metí la mano por dentro del calzoncillo y se la saqué al aire. Caliente, tirante, con la punta ya húmeda de un hilo espeso que se me quedó pegado al pulgar.

—Joder —murmuró él contra mi boca.

Le apreté la base con la mano, hice un par de pasadas lentas desde la raíz hasta el glande, retorciendo la muñeca en la punta como sabía que le volvía loco. Él me metió la mano por dentro del short, apartó el tanga a un lado y me pasó dos dedos por el coño de arriba abajo, abriéndolo con parsimonia.

—Estás empapada.

—Ya lo sé.

—¿De qué?

—De ti, imbécil.

Se rio bajo. Metió el corazón sin avisar, hasta el nudillo, y lo curvó buscando el punto de dentro. Me arqueé contra su mano y solté un jadeo que se perdió en el aire limpio del descampado. Metió el índice también. Los dos dedos entrando y saliendo con un ruido húmedo y obsceno que en cualquier otro sitio me habría dado vergüenza y que ahí, en medio de la nada, no me daba nada de nada.

***

Recuerdo haber pensado que la postura era incómoda, de rodillas sobre el colchón con la parte superior del cuerpo asomada por el maletero abierto. Pero esa incomodidad desapareció bastante rápido en cuanto le tuve la polla delante de la cara. Darío estaba sentado en el borde con las piernas colgando hacia afuera, igual que yo un momento antes, pero ahora con una expresión completamente diferente, con el vaquero bajado hasta las rodillas y la verga tiesa pegada al vientre.

Se la agarré por la base y la separé de él. Le pasé la lengua por debajo, de los huevos hasta la punta, en una sola lamida lenta y ancha. Volví a bajar, le chupé un testículo, luego el otro, tirando con los labios sin morder. Cuando llegué otra vez arriba le hice un círculo con la lengua alrededor del glande, jugando con el frenillo, y él soltó el aire de golpe.

—No juegues.

—Sí voy a jugar.

Le escupí en la punta y extendí la saliva con la mano, apretando y girando. Después abrí bien la boca y me la metí hasta que noté el fondo del paladar. Me la saqué con un sonido húmedo, la volví a meter, esta vez más profundo, forzando la garganta hasta que los ojos se me llenaron de agua. Su mano en mi pelo no presionaba demasiado, solo marcaba una dirección, un ritmo que no era lento pero tampoco impaciente. Me la clavó dos veces seguidas hasta el fondo y me la dejó ahí un segundo, sintiendo cómo la garganta se me cerraba a su alrededor.

El sol seguía bajando.

Me la sacó. Un hilo largo de saliva bajó desde el glande hasta mi barbilla. Le sonreí con la boca abierta, con la lengua fuera, dejándole ver el desastre, y él soltó un gruñido bajo que era casi una palabra.

—Así, guarra. Sigue.

Me la volví a meter. Empecé a mamársela en serio ahora, con ritmo, subiendo y bajando, ayudándome de la mano en la base para lo que no me entraba entero. Con la otra mano le agarré los huevos, tirando de ellos hacia abajo mientras chupaba, presionando con el pulgar la piel de detrás. A veces él cerraba los ojos. A veces me miraba desde arriba con esa concentración particular que solo aparecía en momentos así, cuando todo lo demás quedaba fuera del plano. Yo también lo miraba, de vez en cuando, y cada vez que nuestros ojos se encontraban sentía que algo se tensaba en el pecho. No de malestar. De otra cosa. De ganas de que se corriera en mi cara.

Su respiración fue cambiando poco a poco. Los hombros, que al principio estaban levemente tensos, se relajaron primero y luego volvieron a tensarse de otra manera. Yo ajusté el ritmo instintivamente, sin que nadie me lo pidiera, siguiendo lo que el cuerpo de él me iba diciendo. Le saqué las tetas del sujetador con la mano libre, se las apreté yo misma, me pellizqué el pezón mientras seguía chupando.

—Estoy a punto —dijo en voz baja.

No me detuve. Le succioné la punta con fuerza, hueco el carrillo, y usé la mano en la base con un ritmo rápido y apretado. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber cuándo acelerar y cuándo simplemente mantener el ritmo y dejar que el momento hiciera el resto. Unos segundos después noté el latido de la polla contra la lengua y luego el sabor espeso y salado del primer chorro contra el paladar; me aparté a tiempo para que el resto cayera en cuerdas gruesas sobre mi pecho, justo por encima del borde del sujetador, y otra sobre la clavícula, y una gota terca sobre el pezón derecho.

Él exhaló despacio, un sonido largo y controlado, y siguió corriéndose en pequeñas sacudidas mientras yo le exprimía la base con la mano, arrancándole hasta la última gota.

Levanté la vista y le saqué la lengua, dejándole ver lo que había recibido, un charco espeso y blanco sobre el rojo de la lengua. Sus ojos se cerraron un instante. Cerré la boca y me lo tragué de un golpe, exagerando el gesto de la garganta, y volví a sacar la lengua para enseñársela limpia.

—Creo que me manchaste un poco —dije, señalando las tetas embadurnadas.

—Hm. —Sonó satisfecho y casi somnoliento—. Lo siento mucho.

—No lo sientes.

—No. Para nada.

Me pasé el dedo por el escote, recogí una cuerda espesa de semen y me la llevé a la boca sin dejar de mirarlo. Me reí.

***

—Ven —dijo, y dio unas palmaditas suaves en su regazo, como si llamara a alguien.

Me limpié lo que quedaba con una camiseta vieja que teníamos en el maletero para estas cosas y me incorporé. Me quité las zapatillas y las dejé en el portón. Me bajé el short y el tanga de un tirón, los mandé a un rincón del colchón, y me quité la camiseta y el sujetador manchado por la cabeza. Me quedé desnuda del todo. El colchón era más firme de lo que parecía desde afuera, y el interior de la furgoneta olía a café frío de la mañana y a la vela de cedro que habíamos encendido la noche anterior, y ahora también a sexo.

Darío seguía sentado en el borde, con los pies fuera y la espalda apoyada en el lateral del maletero, mirando cómo me movía dentro. La polla, contra todo pronóstico, ya volvía a hincharse contra el vientre. Se la agarré, le di un par de pasadas para terminar de ponérsela dura, y me coloqué de espaldas a él, orientada hacia el valle, hacia ese cielo que se había vuelto de un naranja oscuro casi rojo en los bordes. Le apunté con la punta hacia mí, me abrí los labios del coño con dos dedos de la otra mano, y me fui bajando despacio.

Empecé despacio. Solo la punta primero, rozando, hundiéndola apenas, dejando que el contacto se construyera por sí solo sin precipitarlo. Subí, bajé un poco más, subí otra vez. El glande entraba y salía haciendo un ruido húmedo cada vez, chapoteando contra la humedad que se me había acumulado ahí. Sentí sus manos en mi cintura, luego subiendo por los costados hasta encontrar mis pechos. Los apretó con la presión justa, jugó con los pezones un momento, me los pellizcó hasta hacerme sisear entre dientes, y luego me besó el cuello, primero suave, después con más insistencia, chupando la piel hasta dejarme la marca.

Me dejé caer del todo con un solo movimiento. Me enteré de que estaba completamente dentro cuando me escuché a mí misma exhalar, un gemido bajo y roto que se me escapó de la garganta sin permiso.

—Joder —solté.

—Quieta. Quédate ahí un segundo.

Le hice caso. Me quedé quieta con la polla entera metida hasta la raíz, sintiéndola palpitar dentro, apretándola con los músculos por dentro solo para oírle jurar contra mi hombro. Empecé a moverme. Círculos al principio, restregando la pelvis contra la suya, buscando el ángulo que mejor funcionaba y que me hacía frotar el clítoris contra la base de su polla. Luego un ritmo de arriba abajo que fui ajustando según lo que sentía, subiendo hasta dejar solo la punta dentro y bajando de golpe hasta el fondo. Puse las manos sobre mis propios muslos para tener apoyo y equilibrio y empecé a cabalgarlo en serio. El maletero crujió un poco con el movimiento, pero aguantó bien. Mis tetas botaban con cada bajada y él me las agarraba con las dos manos, apretando fuerte, tirándome de los pezones cada vez que me dejaba caer.

—¿Te pone follar en medio del campo? —me preguntó en el oído.

Tardé un momento en responder porque estaba demasiado ocupada concentrándome en mantener el ritmo, en no perder el ángulo, en no correrme demasiado pronto.

—Me pone follar contigo —dije al final, con la voz entrecortada—. El dónde es lo de menos.

—Mentirosa.

—Vale. Un poco sí.

—Un poco mucho. Se te nota.

Me metió la mano por delante, entre las piernas, y empezó a frotarme el clítoris con dos dedos en círculo mientras yo seguía subiendo y bajando encima de él. La otra mano la bajó por mi cadera, la pasó por el culo, y me metió el pulgar en la boca para que se lo chupara. Se lo chupé bien, llenándolo de saliva, y luego lo sacó y me lo llevó atrás. Sentí la presión mojada del pulgar apretando contra el otro agujero, entrando el nudillo apenas, quedándose ahí. Me arqueé y solté un gemido largo. Noté que él sonreía contra mi cuello.

El sol terminó de ponerse mientras seguíamos así, con su polla clavada por delante y su pulgar hundido por detrás, sus dedos en el clítoris marcándome el ritmo. No me di cuenta del momento exacto en que desapareció, solo noté de pronto que la luz había cambiado completamente y que el cielo se había vuelto de ese azul oscuro que aparece en el espacio de diez minutos antes de la noche. Las primeras estrellas eran ya visibles sobre el horizonte del valle, puntos fijos y brillantes que emergían de uno en uno.

***

—¿Cambiamos? —pregunté cuando sentí que necesitaba un ángulo diferente, que si seguía así iba a correrme demasiado pronto y quería alargarlo.

—Ponte a cuatro —dijo, sin preguntarlo, sin adornos.

Me levanté, sintiendo la polla saliendo de mí con un ruido húmedo, y me giré con cuidado. Me coloqué a gatas en el borde del colchón, cerca de donde terminaba el maletero, con el culo apuntando hacia él y la cara hacia el valle. Arqueé la espalda, separé las rodillas, le enseñé todo. El aire de fuera me llegaba ahora directo a la cara, fresco y limpio, con ese olor a tierra húmeda que se intensifica en cuanto baja la temperatura, y me daba también entre las piernas abiertas, frío contra la carne caliente y empapada. Podía ver las estrellas desde ahí. No las tres o cuatro que se ven desde la ciudad: el cielo entero, denso de luz, la Vía Láctea como una mancha de polvo que alguien hubiera derramado de un extremo al otro.

—Estas sí que son buenas vistas —dijo Darío desde detrás de mí.

—Muy gracioso —respondí, aunque no sonó tan seco como pretendía.

—No, en serio. Vaya coño más bonito tienes desde aquí. Todo abierto, todo brillante.

Sentí sus manos separándome las nalgas, y luego su cara metida ahí, la lengua pasando de arriba abajo, del clítoris al otro agujero y vuelta, sin dejarse nada. Me chupó el coño entero, metió la lengua dentro, la sacó, subió y me pasó la punta por el ojete apretándolo hasta hacerme jadear. Me follaba con la lengua sin ningún tipo de decoro, haciendo ruido a propósito, sorbiendo, tragando lo que le caía. Yo me apretaba la cara contra el colchón para no gritar demasiado alto y aun así se me escapaban ruidos que no reconocía.

Cuando por fin se incorporó, noté su mano en la cadera primero. Luego el contacto, la polla rozando arriba y abajo por toda la raja, sin entrar, la punta apenas apoyada en la entrada del coño, retirándose, volviendo, avanzando un poco más, retirándose de nuevo. Jugando con la anticipación de manera muy deliberada, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo. Me la restregó por el clítoris, me la pasó otra vez de arriba abajo, me golpeó los labios con ella un par de veces.

Aguanté más de lo que esperaba.

—Joder, métela —dije por fin.

—Pídelo bien. Me gusta oírte rogar.

Chasqueé la lengua.

—Métela, por favor. Fóllame, por favor. Métemela hasta el fondo.

—Así se pide.

Sonrió. El pequeño silencio que vino justo antes me lo confirmó. Y luego entró de golpe, hasta la raíz, con una fuerza que me arrancó un sonido que no había planeado hacer, un gemido gutural que rebotó en los pinos. El siguiente ya fue deliberado. Y el siguiente. Y el siguiente.

Su ritmo era diferente ahora. Más directo, menos contemplativo, con un propósito claro. Me clavaba la polla entera hasta que las caderas le chocaban contra el culo, y luego se retiraba casi del todo antes de volver a clavarla. Una mano en mi cadera, tirando de mí hacia atrás para hacer que le saliera al encuentro, la otra moviéndose hacia delante, encontrando el punto exacto sobre el clítoris. Me dio una palmada en el culo, no demasiado fuerte pero sí suficiente para que el sonido se perdiera en el bosque, y después otra en el mismo sitio, más fuerte, dejándome la mano marcada. Me agarró de la coleta y tiró hacia atrás, arqueándome, sin dejar de embestir.

—Mira lo que estás haciendo —me dijo pegado al oído—. Mira cómo te la traga. Mira qué guarra estás.

Bajé la vista y lo vi: la polla entrando y saliendo cubierta de mi propio flujo, brillante, mis labios agarrándose a ella cada vez que se retiraba como si no quisieran soltarla. En otras circunstancias me habría parecido ridículo pero en ese momento fue exactamente lo que necesitaba ver.

Afuera, las estrellas seguían apareciendo.

Adentro, dejé de pensar en las estrellas.

El sonido del bosque se mezclaba con el nuestro de una manera difícil de describir: el viento entre los pinos, algún pájaro nocturno invisible en algún árbol cercano, los crujidos del colchón y del metal de la furgoneta, el chapoteo de la polla entrando y saliendo del coño empapado, el golpe seco de sus caderas contra mis nalgas, y nosotros dos jadeando encima de todo eso. No había nadie a kilómetros. Esa certeza tenía algo que lo hacía todo más intenso, más libre, como si la distancia de los demás quitara el peso de las reglas y dejara solo lo que de verdad importaba en ese momento: dos cuerpos follando en el borde de un maletero, sin filtro y sin freno.

—Me voy a venir —avisé, y lo dije con esa mezcla de advertencia e incredulidad que me sale cuando me sorprende la fuerza con que llega algo.

—Hazlo —dijo, bajando la voz a ese registro particular—. Córrete en mi polla. Deja que note que solo yo soy capaz de hacerte venir así, a cuatro, en medio del bosque, con las estrellas encima y mi verga hasta el fondo.

No sé muy bien por qué esas palabras funcionaron tanto como lo hicieron. Quizás porque llevaban algo de verdad. Quizás porque las dijo en el momento exacto en que el cuerpo ya estaba al borde de todas maneras. El caso es que funcionaron, y el orgasmo llegó con más fuerza de la que había anticipado, una contracción larga que me hizo apretar los dedos contra el colchón y cerrar los ojos aunque hubiera preferido seguir mirando el cielo. Sentí el coño cerrándose en espasmos alrededor de su polla, exprimiéndola, y él soltó un juramento sordo y siguió embistiendo mientras yo me corría, aprovechando cada temblor.

—Voy yo —soltó de pronto—. ¿Dónde?

—Dentro. Córrete dentro.

—Joder.

Escuché a Darío unos segundos después, apretando mis caderas contra él con las dos manos, hundiéndose una última vez hasta que no cabía más, completamente quieto excepto por ese sonido largo y bajo que se le escapa cuando ya no puede controlarlo. Noté los latidos gruesos de la polla dentro de mí, uno, dos, tres, vaciándose, y el calor extendiéndose por dentro.

Nos quedamos así un momento, encajados, con él todavía dentro y yo con la cara apoyada en el colchón, respirando fuerte. Cuando por fin se retiró, sentí el hilo espeso resbalándome por la cara interna del muslo hasta la rodilla. El bosque siguió con lo suyo.

***

Después nos tumbamos en el colchón con el portón todavía abierto, mirando el cielo. La temperatura había bajado lo suficiente como para meterse dentro de los sacos de dormir, pero ninguno de los dos hizo el movimiento por un rato. Me pasé la camiseta vieja por entre las piernas, sin muchas ganas de limpiarme del todo.

—Ha sido buena idea lo de la furgoneta —dije al final.

—Te lo dije.

—No tan seguido.

—Bastante seguido.

—Mmm.

Me giré de lado y apoyé la cabeza en su hombro. El cielo desde esa posición era completamente negro salvo por la banda densa de estrellas que cruzaba de un extremo al otro. Sin luz de la ciudad, sin nada interponiéndose. La Vía Láctea visible como pocas veces en la vida, una mancha de polvo luminoso que a esa hora parecía casi al alcance de la mano.

—¿Comemos algo? —preguntó él al cabo de un rato.

—Todavía no.

—¿Cuándo?

—Cuando me mueva.

—¿Y cuándo va a ser eso?

—Cuando me apetezca.

Darío se rio en voz baja, ese sonido suyo que aparece cuando no quiere hacer ruido pero tampoco puede contenerse del todo. Lo conocía de memoria, igual que conocía la manera en que su respiración se regulaba después del sexo hasta volverse lenta y uniforme, como si el cuerpo encontrara por fin el ritmo que le correspondía.

Cerré los ojos y escuché el bosque. El viento entre los pinos. Algún animal moviéndose entre los arbustos en la oscuridad. La respiración de Darío, que ya empezaba a sonar a sueño ligero.

Tendría que haber comprado más queso en ese mercadillo, pensé de repente, sin saber muy bien por qué eso era lo que me vino a la cabeza en ese momento, y me reí sola, en voz muy baja.

—¿Qué? —murmuró él, ya a medio dormir.

—Nada. Duerme.

Y así nos quedamos, con el maletero abierto hacia el valle, las estrellas encima y el bosque alrededor, sin reservas, sin itinerario, sin ningún plan concreto para el día siguiente. Exactamente como habíamos planeado.

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4.8(5)

Comentarios(9)

Tatianita97

Que buenisimo!! me encanto de principio a fin, sigan subiendo cosas asi!!

Jordi

Hay continuacion? porque asi no se puede quedar jaja. Excelente relato.

LectorBA77

Se hizo cortisimo, quede con ganas de mas. Tremendo como lo contaste, muy natural todo.

EnriqueQBA

Me recordo a una vez en la ruta, esas situaciones espontaneas son las mejores. Gracias por compartirlo!

Goloso

increible!!! de lo mejor que lei ultimamente

Vidente79

Buena pluma, se nota que saben escribir. El ambiente lo describieron muy bien, casi podia visualizarlo. Esperando mas relatos.

SoledadR22

Jajaja la situacion del principio me mato. Que momento tan unico, ojala todos tuvieramos esa suerte alguna vez. Muy buen relato de verdad.

matiasok

sigue asi!! tremendo

Fede_lee

Me gusto mucho, la ambientacion le da un toque muy especial al relato. Ojalá tenga segunda parte!

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