Nadie iba a vernos en aquel claro del bosque
Había sido idea suya desde el principio. No el viaje en sí, eso lo habíamos planeado entre los dos durante semanas, marcando rutas en el teléfono, discutiendo si dedicar más tiempo a los miradores o perdernos por los pueblos pequeños. Me refiero a la furgoneta. Darío llevaba meses hablando de camperizarla: tapizar las ventanas con una tela oscura y densa, instalar un colchón a medida sobre los asientos reclinados, añadir una nevera portátil en el hueco entre los respaldos. Yo lo escuché con cierto escepticismo durante todo ese tiempo, incluso cuando empezó a traer muestras de tela a casa y a hacer mediciones con una cinta métrica, y al final tuve que reconocer que el resultado era bastante más impresionante de lo que había imaginado.
Salimos un viernes por la tarde sin reservas, sin itinerario fijo, con solo la ruta aproximada dibujada en papel y la libertad de detenernos donde nos apeteciese. El primer día lo pasamos en una cascada que habíamos encontrado en un mapa antiguo que Darío guardaba en la guantera desde hacía quién sabe cuánto tiempo. La segunda tarde, después de recorrer tres miradores y pararnos en un mercadillo de carretera donde compramos queso curado y una botella de vino que todavía no habíamos abierto, llegamos a un descampado elevado que no aparecía en ninguna aplicación.
Era el lugar perfecto.
Un terreno de tierra seca rodeado de pinos, con una pendiente suave hacia el valle y el sol todavía suficientemente alto como para teñir las nubes de naranja sin haberse puesto del todo. Darío aparcó de espaldas a la ladera para que el maletero quedara orientado directamente hacia las vistas. Abrió el portón trasero, que se elevó con ese sonido mecánico suave que ya me resultaba familiar después de dos días, y los dos nos quedamos unos segundos mirando el paisaje sin decir nada.
—Esto es ridículamente bonito —dije por fin.
—Sí —respondió él, y sonaba distraído, como si estuviera pensando en otra cosa.
Me senté en el borde del maletero con las piernas colgando hacia afuera. Darío se puso a mi lado. La temperatura había bajado un par de grados con la llegada de la tarde y el aire olía a pino y a tierra seca. El valle se extendía debajo de nosotros en tonos ocres y verdes oscuros, con algún pueblo blanco visible en la distancia. Estuvimos así un rato, con los hombros pegados, viendo cómo la luz cambiaba despacio.
—Oye —dijo de repente.
—¿Qué?
—¿Echamos un polvo?
Me reí. No pude evitarlo. La pregunta había llegado con la misma naturalidad con que podría haber propuesto abrir la botella de vino o buscar una emisora de radio. Lo dijo mirando al frente, hacia el valle, sin dramatismo de ningún tipo.
—¿Y así me lo dices? —respondí.
—Venga. —Se giró hacia mí. Tenía esa expresión suya que no era exactamente una petición sino algo a medio camino entre la invitación y el desafío—. Tenemos todo tapado, estamos en medio de la nada. ¿Quién nos va a ver?
Su mano cayó sobre mi muslo y empezó a subir muy despacio, sin prisa, dándome tiempo a responder o a apartarla.
No la aparté.
Nadie nos va a ver, pensé. Y eso era exactamente el problema. O más bien, la razón por la que sentí que algo se encendía en la base del estómago.
***
Recuerdo haber pensado que la postura era incómoda, de rodillas sobre el colchón con la parte superior del cuerpo asomada por el maletero abierto. Pero esa incomodidad desapareció bastante rápido. Darío estaba sentado en el borde con las piernas colgando hacia afuera, igual que yo un momento antes, pero ahora con una expresión completamente diferente. Su mano en mi pelo no presionaba demasiado, solo marcaba una dirección, un ritmo que no era lento pero tampoco impaciente.
El sol seguía bajando.
A veces él cerraba los ojos. A veces me miraba desde arriba con esa concentración particular que solo aparecía en momentos así, cuando todo lo demás quedaba fuera del plano. Yo también lo miraba, de vez en cuando, y cada vez que nuestros ojos se encontraban sentía que algo se tensaba en el pecho. No de malestar. De otra cosa.
Su respiración fue cambiando poco a poco. Los hombros, que al principio estaban levemente tensos, se relajaron primero y luego volvieron a tensarse de otra manera. Yo ajusté el ritmo instintivamente, sin que nadie me lo pidiera, siguiendo lo que el cuerpo de él me iba diciendo.
—Estoy a punto —dijo en voz baja.
No me detuve. Succioné la punta, usé la mano, ajusté la presión con cuidado. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber cuándo acelerar y cuándo simplemente mantener el ritmo y dejar que el momento hiciera el resto. Unos segundos después noté el latido y luego el sabor, me aparté a tiempo para que el resto cayera sobre mi pecho, justo por encima del borde del sujetador.
Él exhaló despacio, un sonido largo y controlado.
Levanté la vista y le saqué la lengua, dejándole ver lo que había recibido. Sus ojos se cerraron un instante.
—Creo que me manchaste un poco —dije.
—Hm. —Sonó satisfecho y casi somnoliento—. Lo siento mucho.
—No lo sientes.
—No. Para nada.
Me reí.
***
—Ven —dijo, y dio unas palmaditas suaves en su regazo, como si llamara a alguien.
Me limpié con una camiseta vieja que teníamos en el maletero para estas cosas y me incorporé. Me quité las zapatillas y las dejé en el portón. El colchón era más firme de lo que parecía desde afuera, y el interior de la furgoneta olía a café frío de la mañana y a la vela de cedro que habíamos encendido la noche anterior.
Darío seguía sentado en el borde, con los pies fuera y la espalda apoyada en el lateral del maletero, mirando cómo me movía dentro. Me coloqué de espaldas a él, orientada hacia el valle, hacia ese cielo que se había vuelto de un naranja oscuro casi rojo en los bordes. Aparté el tanga a un lado, lo suficiente, y tomé su mano para ayudarme a posicionarme.
Empecé despacio. Solo la punta primero, rozando, dejando que el contacto se construyera por sí solo sin precipitarlo. Sentí sus manos en mi cintura, luego subiendo por los costados hasta encontrar mis pechos. Los apretó con la presión justa, jugó con los pezones un momento, y luego me besó el cuello, primero suave, después con más insistencia.
Me enteré de que estaba completamente dentro cuando me escuché a mí misma exhalar.
Empecé a moverme. Círculos al principio, explorando, buscando el ángulo que mejor funcionaba. Luego un ritmo de arriba abajo que fui ajustando según lo que sentía. Puse las manos sobre mis propios muslos para tener apoyo y equilibrio. El maletero crujió un poco con el movimiento, pero aguantó bien.
—¿Te pone follar en medio del campo? —me preguntó en el oído.
Tardé un momento en responder porque estaba demasiado ocupada concentrándome en mantener el ritmo.
—Me pone follar contigo —dije al final—. El dónde es lo de menos.
Noté que él sonreía contra mi cuello.
El sol terminó de ponerse mientras seguíamos así. No me di cuenta del momento exacto en que desapareció, solo noté de pronto que la luz había cambiado completamente y que el cielo se había vuelto de ese azul oscuro que aparece en el espacio de diez minutos antes de la noche. Las primeras estrellas eran ya visibles sobre el horizonte del valle, puntos fijos y brillantes que emergían de uno en uno.
***
—¿Cambiamos? —pregunté cuando sentí que necesitaba un ángulo diferente.
—Ponte a cuatro —dijo, sin preguntarlo, sin adornos.
Me giré con cuidado y me coloqué a gatas en el borde del colchón, cerca de donde terminaba el maletero. El aire de fuera me llegaba ahora directo a la cara, fresco y limpio, con ese olor a tierra húmeda que se intensifica en cuanto baja la temperatura. Podía ver las estrellas desde ahí. No las tres o cuatro que se ven desde la ciudad: el cielo entero, denso de luz, la Vía Láctea como una mancha de polvo que alguien hubiera derramado de un extremo al otro.
—Estas sí que son buenas vistas —dijo Darío desde detrás de mí.
—Muy gracioso —respondí, aunque no sonó tan seco como pretendía.
Noté su mano en la cadera primero. Luego el contacto, rozando sin entrar, la punta apenas apoyada, retirándose, volviendo, avanzando un poco más, retirándose de nuevo. Jugando con la anticipación de manera muy deliberada, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo.
Aguanté más de lo que esperaba.
—Joder, métela —dije por fin.
—Pídelo bien. Me gusta oírte rogar.
Chasqueé la lengua.
—Métela, por favor.
Sonrió. El pequeño silencio que vino justo antes me lo confirmó. Y luego entró de golpe, con una fuerza que me arrancó un sonido que no había planeado hacer. El siguiente ya fue deliberado.
Su ritmo era diferente ahora. Más directo, menos contemplativo, con un propósito claro. Una mano en mi cadera, la otra moviéndose hacia delante, encontrando el punto exacto. Me dio una palmada en el culo, no demasiado fuerte pero sí suficiente para que el sonido se perdiera en el bosque, y a continuación dijo algo sobre lo que estaba viendo que en otras circunstancias me habría parecido ridículo pero en ese momento fue exactamente lo que necesitaba escuchar.
Afuera, las estrellas seguían apareciendo.
Adentro, dejé de pensar en las estrellas.
El sonido del bosque se mezclaba con el nuestro de una manera difícil de describir: el viento entre los pinos, algún pájaro nocturno invisible en algún árbol cercano, los crujidos del colchón y del metal de la furgoneta, y nosotros dos sobre todo eso. No había nadie a kilómetros. Esa certeza tenía algo que lo hacía todo más intenso, más libre, como si la distancia de los demás quitara el peso de las reglas y dejara solo lo que de verdad importaba en ese momento.
—Me voy a venir —avisé, y lo dije con esa mezcla de advertencia e incredulidad que me sale cuando me sorprende la fuerza con que llega algo.
—Hazlo —dijo, bajando la voz a ese registro particular—. Deja que note que solo yo soy capaz de hacerte venir así, a cuatro, en medio del bosque, con las estrellas encima.
No sé muy bien por qué esas palabras funcionaron tanto como lo hicieron. Quizás porque llevaban algo de verdad. Quizás porque las dijo en el momento exacto en que el cuerpo ya estaba al borde de todas maneras. El caso es que funcionaron, y el orgasmo llegó con más fuerza de la que había anticipado, una contracción larga que me hizo apretar los dedos contra el colchón y cerrar los ojos aunque hubiera preferido seguir mirando el cielo.
Escuché a Darío unos segundos después, apretando mis caderas contra él con las dos manos, completamente quieto excepto por ese sonido largo y bajo que se le escapa cuando ya no puede controlarlo.
Nos quedamos así un momento. El bosque siguió con lo suyo.
***
Después nos tumbamos en el colchón con el portón todavía abierto, mirando el cielo. La temperatura había bajado lo suficiente como para meterse dentro de los sacos de dormir, pero ninguno de los dos hizo el movimiento por un rato.
—Ha sido buena idea lo de la furgoneta —dije al final.
—Te lo dije.
—No tan seguido.
—Bastante seguido.
—Mmm.
Me giré de lado y apoyé la cabeza en su hombro. El cielo desde esa posición era completamente negro salvo por la banda densa de estrellas que cruzaba de un extremo al otro. Sin luz de la ciudad, sin nada interponiéndose. La Vía Láctea visible como pocas veces en la vida, una mancha de polvo luminoso que a esa hora parecía casi al alcance de la mano.
—¿Comemos algo? —preguntó él al cabo de un rato.
—Todavía no.
—¿Cuándo?
—Cuando me mueva.
—¿Y cuándo va a ser eso?
—Cuando me apetezca.
Darío se rio en voz baja, ese sonido suyo que aparece cuando no quiere hacer ruido pero tampoco puede contenerse del todo. Lo conocía de memoria, igual que conocía la manera en que su respiración se regulaba después del sexo hasta volverse lenta y uniforme, como si el cuerpo encontrara por fin el ritmo que le correspondía.
Cerré los ojos y escuché el bosque. El viento entre los pinos. Algún animal moviéndose entre los arbustos en la oscuridad. La respiración de Darío, que ya empezaba a sonar a sueño ligero.
Tendría que haber comprado más queso en ese mercadillo, pensé de repente, sin saber muy bien por qué eso era lo que me vino a la cabeza en ese momento, y me reí sola, en voz muy baja.
—¿Qué? —murmuró él, ya a medio dormir.
—Nada. Duerme.
Y así nos quedamos, con el maletero abierto hacia el valle, las estrellas encima y el bosque alrededor, sin reservas, sin itinerario, sin ningún plan concreto para el día siguiente. Exactamente como habíamos planeado.