La apuesta que Vera ganó sin ponerse nada
El portátil emitía su zumbido habitual sobre la mesa de la cocina, y Sonia llevaba casi tres horas con la misma página abierta. El olor a café y a vainilla del difusor de aromas se mezclaba con el silencio del piso, un silencio que Vera interrumpía cada cierto tiempo hojeando una revista sin leerla de verdad.
—¿Sigues con lo del trabajo de Literatura? —preguntó Vera, dejando caer la revista al suelo—. Ya casi es de noche.
—Casi termino —dijo Sonia sin levantar la vista—. El profesor quiere un análisis de tres autores antes del lunes. No me puedo permitir dejarlo.
—Tengo algo mejor que tres autores —dijo Vera, incorporándose en el sofá con una sonrisa que Sonia reconoció de inmediato. Esa sonrisa anunciaba problemas. O diversión. Casi siempre las dos cosas.
Vera alargó el brazo y le puso el móvil delante de la cara. En la pantalla, una invitación con fondo negro y letras de neón violeta: «LA FIESTA DE DISFRACES. SÁBADO 22H. MITOS Y FANTASÍAS. UBICACIÓN: SOLO PARA INICIADOS».
—¿De dónde ha salido esto? —preguntó Sonia, olvidándose del portátil al instante.
—Del grupo de gente rara de la facultad. Lo organiza Marcos, el de Diseño, el que tiene el tatuaje en el cuello. Dicen que es la fiesta del año.
Sonia cerró el portátil con un golpe satisfecho. —Mitos y fantasías. Me gusta. Hay que ir.
—Eso quería oír —dijo Vera—. Pero antes, hay que establecer las normas.
—¿Qué normas?
Vera se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si fueran a tramar algo. —Una apuesta. Quién de las dos lleva el disfraz más atrevido. Sin trampas, sin disfraces de fantasma con una sábana. Tiene que tener impacto real. Factor «dios mío».
Sonia soltó una carcajada. —¿Y qué gana la ganadora?
—El derecho a presumir durante un mes. Y a reírse de la otra el resto del semestre.
—Acepto —dijo Sonia, cruzando los brazos—. Pero prepárate, Vera, porque lo mío va a dejarte sin palabras.
—Veremos —respondió Vera, levantándose del sofá con esa calma suya que siempre escondía algo—. Sábado. Que gane la mejor.
***
Los días siguientes fueron un ejercicio de discreción mutua. Aparecieron cajas en el salón que ninguna quiso abrir delante de la otra. Sonia pasaba horas en su cuarto con música puesta y el sonido ocasional de unas tijeras. Vera hacía llamadas en voz baja desde el balcón y un jueves llegó a casa con un tubo de cartón largo que guardó directamente en el armario.
—¿Un mapa del tesoro? —le preguntó Sonia cuando la vio pasar.
—Componentes clave de mi victoria —respondió Vera sin detenerse.
La tensión creció durante toda la semana. Se lanzaban miradas durante el desayuno, se sonreían al cruzarse en el pasillo. El viernes por la noche, mientras veían una película sin prestarle atención, Vera le susurró:
—¿Nerviosa, perdedora?
—Mañana a esta hora vas a tener que tragarte tus palabras —respondió Sonia, lanzándole un cojín.
***
El sábado llegó con luz de tarde y esa sensación en el estómago que tienen los días importantes. Sonia se encerró en su cuarto con todo lo que había preparado y empezó a trabajar.
La idea era sencilla y efectiva: inocencia corrompida. Había encontrado una blusa blanca de seda fina, casi transparente, con cuello redondo y puños de encaje. Se la puso despacio, sintiendo la tela fría contra la piel. Luego vino la falda, que ella misma había transformado: tejido gris oscuro convertido en una minifalda escandalosamente corta, con una abertura lateral que subía casi hasta la cadera. Sus piernas quedaban completamente al descubierto.
Los detalles hacían el disfraz. Unas medias blancas largas, sujetas con una liguera de encaje negro que asomaba apenas bajo el dobladillo de la falda. Tacones de aguja de charol negro con hebilla plateada. El pelo recogido en dos coletas altas y perfectas a ambos lados de la cabeza. El maquillaje: delineador negro preciso, rímel de efecto dramático, un brillo de labios de fresa brillante y húmedo. Y el toque final: unas gafas de montura redonda sin cristales, solo el marco negro, que le daban ese aire académico y perverso al mismo tiempo.
Se miró en el espejo de cuerpo entero. El efecto era exactamente el que buscaba. El blanco inmaculado de la blusa contra la minifalda provocadora. La liguera asomando. Las coletas que la hacían parecer diez años más joven y diez veces más peligrosa. Una colegiala que ningún colegio querría entre sus muros.
Abrió la puerta con un gesto teatral.
—¡Vera, prepárate para rendirte! La reina del atrevimiento ha llegado...
La frase murió en su garganta.
***
Vera estaba de pie en el marco de su puerta. Y estaba completamente desnuda.
No había ni un centímetro de tela. Ningún accesorio estratégico, ningún recorte de piel o lentejuelas. Solo su cuerpo. Una piel dorada por el verano, lisa y sin marcas, que parecía generar su propia luz bajo las lámparas del salón. Su cabello castaño y oscuro caía en ondas salvajes sobre los hombros, el pecho y la espalda, una cascada natural que servía de única cobertura. Una onda le tapaba un pezón casualmente; el otro, de un rosa intenso, asomaba con una osadía que dejó a Sonia sin respiración.
El cuerpo de Vera era el de una escultura. Hombros delicados, cintura estrecha que se abría en caderas marcadas, vientre plano con un surco que descendía hacia el vello perfectamente depilado. Piernas largas y esbeltas, pies descalzos sobre el parqué.
Pero el detalle que lo convertía todo en algo más que desnudez eran los accesorios. A su espalda, un carcaj de cuero oscuro con grabados geométricos, sujeto por una correa que cruzaba su pecho entre los senos y rodeaba su torso. El contraste del cuero áspero contra la suavidad de su piel era eléctrico. Del carcaj sobresalían las plumas de varias flechas. En la mano derecha sostenía un arco largo de madera pulida, apoyado en el suelo como si fuera un cetro. Su rostro llevaba trazos dorados y ocres alrededor de los ojos, y su expresión era de una calma absoluta, casi arrogante.
Sonia tardó varios segundos en encontrar alguna palabra.
—Vera... esto no es un disfraz. Esto es arte.
—Arte y victoria —dijo Vera, dando un paso adelante y girando lentamente para mostrar el carcaj ajustado a su espalda—. La apuesta está decidida, ¿no?
Sonia soltó una risa, mitad admiración, mitad derrota total. —Decidida. Has ganado. Y de qué manera. Soy una colegiala traviesa al lado de una diosa griega.
—Eres espectacular —dijo Vera, acercándose para mirarla de arriba abajo—. Esa minifalda es una declaración de guerra. Y la liguera... letal. Somos el dúo perfecto. La provocación y la fuerza.
—Bueno, la «provocación» tendrá que conducir —dijo Sonia, sacando las llaves del bolso diminuto—. Porque la diosa de la caza no tiene bolsillos.
—Trato —rió Vera—. Date prisa, que la noche es joven.
***
Sentarse desnuda en el asiento de cuero del coche de Sonia fue una experiencia en sí misma para Vera. El frío de la tapicería contra su piel le erizó los vellos de inmediato. Se recostó con el arco apoyado en las rodillas y se rió mientras Sonia maniobraba por las calles de la ciudad.
—¿Y si nos para la policía? —preguntó Sonia, mirándola de reojo.
—Les digo que soy una manifestación de la naturaleza y que no tienen autoridad sobre mí —respondió Vera con la mayor seriedad posible, antes de reírse sola—. O los distraes tú con la falda y yo echo a correr.
La fiesta se celebraba en una antigua nave industrial en las afueras, con ladrillos rojos iluminados por focos de colores y música que se escuchaba desde la calle. Había cola en la entrada. Cuando Sonia aparcó y bajaron del coche, las conversaciones a su alrededor se detuvieron.
Vera caminó hacia la entrada sin bajar la mirada. La cabeza erguida, el arco en la mano, los pies descalzos sobre el asfalto frío. A su lado, Sonia avanzaba con sus tacones de aguja y su minifalda que revoloteaba con cada paso. Las dos juntas eran un espectáculo que nadie esperaba.
Una chica disfrazada de vampiresa dejó caer la copa. Un chico con capa negra se chocó contra su amigo al no poder apartar los ojos. Vera no aceleró el paso. No había vergüenza en su andar, solo la conciencia exacta de lo que estaba haciendo.
***
El interior de la nave era un caos de luces estroboscópicas, humo de máquina y disfraces extravagantes. Dioses egipcios, piratas espaciales, hadas con alas luminosas, esqueletos con traje. Pero incluso en esa multitud de fantasía, Vera seguía siendo el centro de gravedad de cualquier habitación a la que entraba.
Un chico pintado de azul de los pies a la cabeza, con un tridente de plástico en la mano, se acercó a ellas con una reverencia ligeramente tambaleante.
—¿Puedo ofreceros algo? ¿Una copa para las diosas? —balbuceó.
—Dos gin-tonics —dijo Sonia, tomando el mando con naturalidad—. Con mucha lima.
Mientras él se alejaba hacia la barra, un círculo de espacio vacío se formó alrededor de Vera de manera espontánea. La gente miraba desde la distancia, susurrando. Vera los dejaba mirar. Se apoyó contra una columna de ladrillo y bebió su copa con la calma de alguien que está exactamente donde quiere estar. Las luces de neón se deslizaban sobre sus curvas, pintándola de fucsia, azul eléctrico y verde. El cuero del carcaj absorbía la luz. Su piel la devolvía.
—¿Lo ves? —le susurró Sonia al oído—. Has petrificado a todo el mundo.
—Es el precio de la fama —dijo Vera con una risa baja—. Pero no te preocupes: la mitad de las miradas son para ti. Esa liguera es un imán.
Y era verdad. Mientras Vera era el fenómeno, Sonia era la anécdota humana. Su disfraz era audaz, sí, pero también invitaba a la interacción. Un grupo de chicas disfrazadas de ninfas se acercó a preguntarle dónde había comprado las medias. Un chico con corona de laureles la retó a bailar. Sonia se movía por la fiesta como si fuera suya, siempre con una mirada puesta en Vera para asegurarse de que estaba bien en su pedestal.
***
Bebieron sus gin-tonics y luego otros. El alcohol relajó los últimos músculos tensos y las sumergió por completo en la atmósfera de la noche. Sonia acabó en el centro de la pista de baile, rodeada de gente, con las caderas moviéndose al ritmo de la música electrónica. La minifalda giraba a su alrededor, las coletas saltaban al compás, y sus ojos detrás de las gafas sin cristales chispeaban de diversión.
Vera la observaba desde un rincón apoyada en la pared, sorbiendo su copa. Una sonrisa genuina se dibujaba en sus labios. Le encantaba ver a Sonia así, libre y encendida. Era el alma de su amistad, la chispa que a ella le costaba encontrar sola. Mientras Vera era la estatua, Sonia era la vida que pululaba a su alrededor.
Entonces la música se detuvo.
Las luces estroboscópicas se apagaron. Un foco potente se encendió en el centro de la pista de baile. La voz de Marcos resonó por los altavoces:
—¡Atención, mortales, dioses y criaturas de la noche! Ha llegado el momento del concurso de disfraces. Esta noche hemos visto de todo. Pero entre todos los disfraces, uno ha eclipsado a los demás desde el momento en que entró por esa puerta.
La multitud vitoreó. Marcos hizo una pausa dramática.
—Un disfraz que no es un disfraz. Una declaración. Un acto de confianza pura. Una diosa que ha bajado al Olimpo de la fiesta para recordarnos lo que significa no tener miedo.
El foco barrió la sala lentamente y se detuvo.
Apuntaba directamente a Vera.
Por un instante nadie se movió. Vera seguía apoyada en la pared, con la copa en la mano, ligeramente sorprendida por la luz repentina. Luego una sonrisa lenta y segura se extendió por su cara. Sonia gritó desde la pista de baile, un grito de júbilo puro, y empezó a aplaudir con fuerza.
El aplauso se contagió de inmediato. Una ovación ensordecedora sacudió la nave. «¡Artemisa! ¡Artemisa! ¡Artemisa!», gritaba la gente, o al menos algo parecido. Las ninfas bailaban y aplaudían. El chico de la capa negra hizo una reverencia exagerada. El falso Neptuno levantó el tridente.
Vera se apartó de la pared y caminó hacia el escenario. Cada paso era un triunfo. La multitud se abría para dejarla pasar, un mar de rostros que la seguían. Subió al pequeño estrado, recibió la copa gigantesca de plástico con una sonrisa, y desde arriba buscó a Sonia con la mirada.
Cuando la encontró, levantó la copa en un brindis silencioso solo para ella.
***
La noche continuó en un torbellino de champán, risas y música. Ahora que el «secreto» de Vera había sido proclamado y celebrado, la gente se acercaba a ella ya no solo para mirar, sino para hablar. Le preguntaban por la idea, por su confianza, por la sensación de estar así en público.
—¿No tienes frío? —le preguntó una chica disfrazada de Medusa, con serpientes de goma en el pelo.
—La luna me mantiene caliente —respondió Vera con la mayor seriedad posible—. Es un beneficio de ser divina.
Sonia actuaba como su guardia personal y traductora. Si alguien se acercaba con demasiada insistencia, ella intervenía con una broma o un cambio de tema sin que pareciera una intervención. Su disfraz de colegiala resultó ser el complemento perfecto: era la interfaz humana para la diosa.
Marcos se acercó con una botella de champán y dos copas.
—Has hecho de esta noche algo que nadie va a olvidar —le dijo a Vera, descorchando la botella con un estallido que salpicó a los de al lado—. Y tú —dijo, mirando a Sonia—, eres el contrapunto perfecto. El ángel rebelde al lado de la diosa. Sois el dúo de la noche.
Sonia sonrió, pero tenía los ojos puestos en Vera. La veía irradiar una felicidad tranquila y genuina, de esa que no se puede fingir. La victoria no era la copa ni los aplausos. Era esa luz en los ojos de su amiga.
—Vamos a bailar —dijo Sonia, tomando a Vera de la mano.
La llevó a la pista de baile, y esta vez Vera se unió a ella sin dudarlo. Al principio sus movimientos fueron más contenidos, no acostumbrada a moverse así en público. Pero con el ritmo vibrando en el suelo y Sonia frente a ella, se soltó. Sus cuerpos se movieron en una sincronización que solo da la amistad de años: Sonia con sus tacones y su energía explosiva, Vera con una gracia fluida y sin prisa. Fuego y agua. Provocación y calma. La gente a su alrededor les fue dando espacio, formando un círculo de admiración sin que nadie lo organizara.
***
Las horas se desvanecieron en música, risas y champán. Bailaron hasta que los pies de Sonia protestaron y los músculos de Vera ardían. Hablaron con un Drácula de acento exagerado, con un grupo de hadas fluorescentes, con una Cleopatra que no paraba de tomarse fotos con Vera. A cada rato, se miraban las dos con ese «¿lo estamos viviendo de verdad?» que no necesitaba palabras.
Hacia las cuatro de la mañana, cuando la fiesta empezaba a perder su ímpetu inicial y los primeros grupos se marchaban, Sonia le susurró al oído:
—¿Qué te parece si escapamos de nuestro Olimpo y volvemos al mundo de los mortales?
Vera asintió, agradecida. —Llévame a casa, carruaje de fuego.
Despedirse fue un evento en sí mismo. La gente las detuvo para agradecerles, para pedirles una foto, para abrazarlas. Vera posó con paciencia, siempre con el arco en la mano, como si fuera un atributo real y no un accesorio de disfraz.
***
El camino de vuelta fue silencioso. La ciudad dormía. Las calles estaban vacías bajo una luz naranja y solitaria. Dentro del coche, el estruendo de la nave fue reemplazado por un zumbido suave en los oídos. Vera se recostó en el asiento, desnuda sobre el cuero frío, con el agotamiento agradable de una noche que valió cada segundo.
—Estoy orgullosa de ti, ya lo sabes —dijo Sonia, rompiendo el silencio—. No solo por ganar. Por todo. Por ser tú.
—Yo estoy orgullosa de nosotras —respondió Vera, mirando las luces que pasaban por la ventana—. Sin ti, solo habría sido una chica tonta y desnuda en una fiesta. Tú me convertiste en una diosa.
—Eres una cursi —dijo Sonia. Pero su voz se quebró ligeramente al decirlo.
Llegaron al piso. Subieron las escaleras en silencio, los tacones de Sonia resonando y los pies descalzos de Vera sin hacer ruido. Una vez dentro, con la puerta cerrada, el mundo de afuera desapareció. Se quitaron los zapatos, los accesorios. Vera dejó el arco y el carcaj apoyados contra la pared como un guerrero que deja las armas después de la batalla. Sonia se quitó las gafas y se soltó las coletas, sacudiéndose el pelo.
Se miraron en el salón bajo la luz suave de la lámpara que habían olvidado apagar. Sonia con la blusa de seda arrugada y la minifalda ladeada. Vera con las marcas del cuero todavía visibles en su piel y el pelo enredado. Ya no eran la colegiala ni la diosa. Eran solo Sonia y Vera, cansadas, felices y más cerca la una de la otra que nunca.
—¿Sabes cuál es la mejor parte de ganar la apuesta? —preguntó Vera, acercándose y rodeando a Sonia por la cintura.
—¿Que yo tenga que fregar los platos durante un mes?
—No —dijo Vera, riendo—. La mejor parte es que no importa quién gane. Siempre ganamos las dos.
Se quedaron abrazadas en el centro del salón, en el silencio de su casa, con el eco lejano de una noche que se había convertido en algo difícil de explicar. La apuesta había sido el catalizador, pero la verdadera victoria era esa: dos amigas que se habían atrevido juntas a algo que solas nunca habrían hecho.