Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El día que mi esposa cumplió nuestra fantasía prohibida

Me llamo Andrés, tengo cuarenta y dos años, y durante casi una década le confesé a mi esposa la misma fantasía cada vez que el sexo entre nosotros alcanzaba cierta temperatura. Sandra tiene treinta y cinco, el pelo castaño oscuro, caderas anchas y una manera de moverse cuando no sabe que la miro que me ha resultado imposible describir con precisión. La fantasía era siempre la misma: verla con otro hombre. Verla de verdad, sin que fuera una imagen en mi cabeza sino algo que ocurriera delante de mí.

Ella siempre respondía igual: «Algún día, quizás». Nunca un no rotundo. Nunca un sí tampoco. Solo ese «algún día» que quedaba flotando entre los dos mientras yo terminaba dentro de ella pensando en ello, y después ninguno de los dos lo mencionaba hasta la próxima vez.

El viaje a Albarracín fue idea suya. Un fin de semana largo en uno de los pueblos medievales más antiguos de España, perdido entre las sierras de Teruel. Reservamos una casa rural de piedra con vigas de madera en el techo y una chimenea que olía a pino cuando la encendimos la primera noche. El sábado por la mañana desayunamos despacio, sin planes concretos, y salimos a caminar por las calles estrechas que huelen a humedad y a siglos acumulados.

Sandra llevaba un vestido de lino azul, sin mangas. El sol de la tarde golpeaba las murallas rojizas y ella caminaba ligeramente por delante de mí, señalando cosas: una ventana con geranios, un gato dormido sobre un adoquín, un arco de piedra que enmarcaba el valle que se abría debajo del pueblo. Yo la seguía y la observaba. Eso era lo que hacía siempre: observarla.

Fue ella quien se detuvo frente a la tienda.

Era un local pequeño, encajado entre dos casas de piedra oscura, con la puerta abierta de par en par y una pizarra en la entrada donde alguien había escrito a mano los productos del día: queso de oveja curado, embutido ibérico, miel de romero, conservas artesanas. Dentro olía a madera, a cuero de jamón y a algo ligeramente dulce que no supe identificar.

—Entremos —dijo Sandra, y ya había cruzado el umbral antes de que yo pudiera responder.

El hombre detrás del mostrador tendría unos treinta y cinco años. Alto, de hombros anchos, con las manos grandes de quien trabaja físicamente. Tenía una barba de varios días y una manera de apoyarse en el mostrador que transmitía una calma absoluta, la calma de alguien que sabe con exactitud qué lugar ocupa en el mundo y no tiene prisa por cambiar nada.

—Buenas tardes —dijo, y miró a Sandra de una manera que no era descortés pero tampoco era inocente.

Ella le devolvió una sonrisa. Esa sonrisa. La que yo había aprendido a reconocer años atrás, la que significaba que algo se había encendido en ella y que lo que viniera a continuación dependía de cuánto combustible encontrara.

Lo que siguió fue un juego que los dos fingieron que no era un juego. Él le fue ofreciendo cosas para probar: una cuña de queso curado con trufa, una loncha de jamón tan fina que se veía a través de ella cuando la sostenía a contraluz. Cada vez que Sandra se inclinaba sobre el mostrador para tomar algo, él se acercaba un poco más. Cada vez que ella levantaba la vista para agradecerlo, él ya la estaba mirando y no hacía ningún esfuerzo por disimularlo.

—¿De dónde venís? —preguntó en un momento dado, sin dejar de mirarla a ella.

—De Madrid —dijo Sandra—. Primera vez aquí. ¿Y todo esto lo elaboráis vosotros?

—Mi familia lleva cuatro generaciones en el pueblo. El queso lo hacemos nosotros. El jamón, de productores de la comarca.

—Se nota —dijo ella, y se llevó otra muestra a la boca con una lentitud que no tenía nada de accidental.

Yo estaba a dos metros de distancia, mirando un estante con botes de conservas, sin ver los botes de conservas.

Él le enseñó distintas variedades de queso, le explicó los tiempos de curación, le describió los pastos de verano donde pastaban las ovejas. Sandra lo escuchaba inclinando ligeramente la cabeza, con esa atención que ponía cuando quería que alguien siguiera hablando. Antes de salir, él le envolvió una pieza en papel de estraza. Cuando le entregó el paquete, sus dedos rozaron los de ella durante más tiempo del necesario. Sandra no retiró la mano.

—¿A qué hora cierra? —preguntó ella, ya en la puerta, sin mirarme.

—A las ocho —dijo él.

Sandra asintió despacio, como calculando algo.

—Igual volvemos antes. Para llevarnos algo más.

Salimos. El sol ya estaba más bajo sobre las murallas.

***

De regreso a la casa rural caminamos en silencio durante un buen rato. Las calles estrechas amplificaban el sonido de nuestros pasos sobre los adoquines. Luego ella habló sin girarse hacia mí.

—¿Viste cómo me miraba?

—Vi todo —dije.

—¿Y?

Me detuve. Ella se giró. Tenía los ojos brillantes y una tensión en la mandíbula que reconocí de inmediato.

—Sandra. ¿Estás pensando lo que creo que estás pensando?

Se mordió el labio inferior. Luego asintió, despacio, sin apartar los ojos de mí.

—Es hoy o no es nunca —dijo—. Y tú llevas casi diez años pidiéndomelo.

Subimos a la habitación. Le alcé el vestido antes de que llegáramos a la cama. Lo que comprobé confirmó todo lo que ya imaginaba: estaba completamente empapada, la ropa interior adherida. Se lo dije.

—Lo sé —respondió ella, sin vergüenza—. Llevo así desde que salimos de la tienda.

No hicimos nada más. Ella quería guardar esa tensión para más tarde y lo sabía perfectamente. Se metió a duchar con una lentitud que tenía algo de ritual. Se recortó el vello del pubis con cuidado, se perfumó el cuello, los senos, la cara interna de los muslos. Eligió la ropa con deliberación: el mismo tipo de vestido, holgado, sin nada debajo. Me lo enseñó girando despacio, con una mirada que decía todo lo que no necesitaba decir en voz alta.

Yo la observaba desde el borde de la cama con la garganta seca. Tenía en el pecho algo que no sabría describir con precisión: deseo, orgullo extraño, una especie de miedo que se mezclaba con la excitación hasta volverse indistinguible de ella. Llevaba años imaginándolo y de repente estaba a menos de una hora de que ocurriera de verdad.

Sandra se sentó frente al espejo para arreglarse el pelo. Me miró a través del reflejo.

—¿Seguro que quieres esto? —preguntó.

—Sí —dije, y no mentía.

—Entonces no intervengas, pase lo que pase. Solo mira.

***

A las siete y cuarto llegamos a la tienda. Él nos vio entrar y no dijo nada. Cerró la puerta tras nosotros y bajó el cierre metálico con un movimiento tranquilo, sin apresurarse. La luz del local quedó reducida a lo que entraba por un ventanuco lateral, cálida y anaranjada por el sol que ya se acercaba al horizonte.

—Siéntese donde quiera —me dijo, señalando un taburete junto a la pared—. Yo me encargo de su señora.

Lo dijo con una naturalidad que me dejó sin palabras. Sandra ya estaba al otro lado del mostrador.

Me senté. No me moví de allí en los cuarenta minutos siguientes.

Lo que pasó entre ellos empezó despacio. Él le mostró cómo se cortaba correctamente el jamón, colocándose detrás de ella, guiando sus manos con las suyas. El contacto era deliberado. La barbilla de él rozaba la sien de ella cuando le hablaba al oído para explicarle el ángulo correcto. Ella no se apartó. Bajó los hombros, aflojó el cuerpo, se dejó conducir.

—Así —dijo él, con la voz baja—. Sin prisa.

Sandra soltó el cuchillo. Se giró hacia él. Lo miró de frente durante un segundo que pareció durar mucho más de lo que duró. Luego lo besó.

Él le tomó la cara entre las manos y le devolvió el beso con una intensidad que hizo que yo tuviera que apretar los puños sobre las rodillas. Después le bajó los tirantes del vestido lentamente, uno y luego el otro, y el tejido cayó al suelo sin que ninguno de los dos hiciera ningún ademán de recogerlo.

Sandra no llevaba nada debajo.

Él retrocedió un paso y la miró durante un momento sin tocarla. Solo mirando. Recorrió con los ojos lo que tenía delante de una manera pausada que me resultó más difícil de soportar que cualquier otra cosa de lo que vino después. Luego levantó brevemente la vista hacia mí, como para confirmar algo. Asentí sin saber muy bien qué estaba confirmando exactamente.

La sentó sobre el mostrador de madera. Le abrió las piernas con las manos, con calma, y se arrodilló. Sandra cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás cuando él empezó. Lo que salía de su boca no eran palabras. Era algo más primitivo y más honesto que cualquier cosa que le hubiera escuchado en años.

Yo me había abierto el pantalón sin darme cuenta de cuándo.

Llegó la primera vez así, con la espalda arqueada y las manos aferradas al borde del mostrador, mordiéndose el puño para amortiguar el sonido. Él se limpió la boca con el dorso de la mano y se incorporó.

—Dile a tu marido lo que quieres —le dijo.

Sandra me buscó con los ojos. Tenía las mejillas encendidas y una expresión que no le había visto nunca, en ninguno de los años que llevábamos juntos.

—Sin condón —dijo, sin apartar los ojos de mí—. Quiero sentirlo sin nada.

No respondí. No hacía falta.

Él la penetró de pie, con ella todavía sentada en el mostrador y las piernas rodeándole la cintura. El sonido que hizo Sandra al recibirlo fue gutural y breve, y me atravesó el pecho como algo físico. Luego empezó a moverse y los sonidos se volvieron continuos y rítmicos, mezclados con el crujido de la madera bajo el peso de los dos y con el olor del local que de repente se había vuelto más denso.

—Mírame —le dijo él en un momento dado.

Ella lo miró.

—Ahora mira a tu marido.

Sandra giró la cabeza hacia mí. Me buscó directamente mientras otro hombre la tenía. Mantuve sus ojos durante varios segundos. Esa imagen fue lo que me hizo terminar, con la mano, sin moverme del taburete.

Cambiaron de posición. Sandra se giró sola, sin que él se lo pidiera, apoyó los antebrazos en el mostrador y él continuó desde atrás, con las manos en sus caderas y el ritmo acelerado hasta volverse insistente. Sandra ya no intentaba controlarse. Le daba instrucciones entrecortadas, le pedía más, le pedía que no se detuviera. Él cumplía sin decir demasiado, concentrado, eficaz.

Cuando terminó fue dentro de ella, con un sonido grave que no intentó suprimir. Sandra se quedó quieta unos segundos, apoyada en el mostrador con los antebrazos, respirando.

Luego se giró, lo besó una vez más, larga y sin prisa. Lo que pasó después entre ellos durante esos últimos minutos fue algo que no intenté interpretar. Me puse en pie, me abroché el pantalón y esperé junto a la puerta.

***

Salimos a la calle cuando el pueblo ya estaba casi en silencio. El cielo sobre las murallas era de un azul oscuro profundo y las primeras estrellas empezaban a aparecer sobre la sierra. El aire de la noche olía a piedra fría y a campo. Sandra caminaba a mi lado sin hablar, con un contoneo diferente al de la tarde, más reposado.

A mitad del camino de vuelta, metió la mano en la mía.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Más que bien —dije.

Ella asintió. Caminamos el resto sin soltarnos.

Esa noche, en la cama de la casa rural, con las vigas de madera sobre nosotros y el silencio completo del pueblo alrededor, ella se acurrucó contra mi costado y tardé un rato en dormirme. No porque estuviera mal, ni porque estuviera procesando nada complicado. Sino porque quería quedarme despierto unos minutos más con todo aquello todavía presente: la imagen de Sandra mirándome desde el mostrador, la manera en que me había buscado con los ojos exactamente cuando más lo necesitaba, el hecho de que después de casi diez años el «algún día» había llegado por fin y era exactamente como lo había imaginado.

Quizás un poco mejor.

Valora este relato

Comentarios (7)

Toulouse

Tremendo relato. Esas fantasias que parecen imposibles y de repente... pasan. Bien narrado.

NachoCba

Por favor que haya segunda parte!!! quede con ganas de saber como termino la noche despues de todo eso

Oscura_lectora

Me encanto la manera en que lo contas, se siente el nerviosismo desde el principio. Sigue subiendo cosas asi!

PatricioBA

Esa sensacion de darle permiso y despues tener que bancarsela... uff. Bien capturado. Esperando mas de tu parte.

GaboNocturno

jajaja lo de la sonrisa de ella al salir se nota que ella sabia perfectamente lo que iba a pasar esa noche

LecturaDeNoche

Que bien escrito, nada sobrante. Se agradece cuando el autor sabe donde cortar y donde dejar que la imaginacion haga el resto.

CarlosET

excelente!!! uno de los mejores que lei en este sitio

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.