Lo que vi desde mi ventana el primer día de clases
Tenía diecinueve años cuando empecé el primer año de ingeniería química en una universidad a unos noventa kilómetros de mi ciudad. Era la primera vez que me alejaba de casa durante meses, y esa mezcla de nervios y emoción me acompañó durante todo el trayecto en autobús.
El problema llegó en cuanto puse un pie en la oficina de alojamiento. La funcionaria, una mujer de mediana edad con gafas de montura gruesa y cara de haber dado la misma noticia demasiadas veces, me explicó que todas las plazas en la residencia universitaria estaban ocupadas desde julio.
—Debería haberse inscrito antes —dijo, sin demasiada compasión—. Ahora las opciones son dos: buscar en el tablón de anuncios por si algún estudiante busca compañero de piso, o considerar familias que alojan a universitarios a cambio de compañía.
Llamé a mis padres desde el pasillo. Mi madre tardó unos tres segundos en decirme que probara lo de las familias. «Si son buena gente y el lugar te convence, es mejor que un piso compartido con desconocidos que no conoces de nada», dijo. Mi padre estuvo de acuerdo. Les hice caso.
Volví a la ventanilla y le pedí a la funcionaria que mirase si había algo disponible. Buscó en su ordenador con parsimonia, tecleó un par de cosas y levantó la vista.
—Aquí tengo un matrimonio sin hijos que ofrece habitación y comidas a cambio de compañía. Son de confianza, llevan años en el programa. ¿Quiere que los llame?
—Sí, por favor.
Marcó el número. Los llamó Rodrigo y Elena. Estaban paseando por un parque cercano a la facultad y se ofrecieron a venir a buscarme en diez minutos. Así fue. Un coche plateado se detuvo frente a la oficina, y del asiento del conductor bajó un hombre de unos cincuenta y cinco años, alto, de hombros anchos y sonrisa fácil. Su mujer, Elena, era delgada, de pelo oscuro con algunas canas elegantes, y tenía esa forma de moverse que solo tienen las personas que llevan muchos años cómodas en su propia piel.
—Tú debes ser Marcos —dijo ella, tendiéndome la mano primero y dándome dos besos después, como si me conociera de toda la vida.
—El mismo —respondí, un poco cortado.
Rodrigo me abrió la puerta trasera del coche con un gesto amplio.
—¿Nos acompañas a ver el chalet? Comemos allí y así decides con más calma. Si no te convence, te llevamos a la estación sin problema.
Me pareció bien. Subí al coche.
***
El trayecto duró unos veinticinco minutos. Salimos del casco urbano por una carretera secundaria flanqueada de pinos y entramos en una urbanización tranquila en las afueras. El chalet de Rodrigo y Elena era el último de la calle: amplio, de dos plantas, con jardín delantero cuidado y una valla de setos altos que bloqueaba las vistas desde la calle.
Por dentro era más grande de lo que parecía desde fuera. Salón con cocina americana, techos altos, luz natural en todas las habitaciones. Al fondo del pasillo había dos dormitorios. El que sería el mío tenía cama de matrimonio, escritorio de madera oscura, armario empotrado y cuarto de baño privado. Por la ventana del dormitorio se veía directamente el jardín trasero.
Y la piscina.
—El autobús sale de la entrada de la urbanización cada quince minutos —dijo Elena, apoyada en el marco de la puerta—. Desde las siete de la mañana hasta medianoche. Llegarás a la facultad en veinte minutos.
Rodrigo cocinó una paella mientras los tres hablábamos en la cocina. Elena ponía la mesa y abría vino, y yo los miraba moverse entre los fogones como si llevaran toda la vida haciendo exactamente eso. Había algo cómodo en ellos. Nada forzado, nada que me pusiera en guardia.
Me preguntaron por la carrera, por mis padres, por si tenía hermanos. Yo respondía y los escuchaba y pensaba que aquello no era lo que me había imaginado cuando oí hablar de «familias de acogida». Llamé a mis padres desde la mesa. Mi padre habló con Rodrigo unos minutos, y cuando me devolvió el teléfono me dijo que le parecían «de fiar». Suficiente para mí.
Lo único que me pidieron, antes de que me marchara esa tarde, fue discreción.
—No queremos que nuestra vida privada sea tema de conversación fuera de aquí —dijo Rodrigo, con calma pero con claridad—. Lo que ocurre en esta casa se queda en esta casa. Confiamos en ti.
Asentí. En ese momento no le di demasiadas vueltas.
***
Volví a mediados de septiembre con dos maletas y una mochila. Me estaban esperando en la puerta. Entre los tres metimos las cosas en la habitación, y Elena me dijo que me tomara el tiempo que necesitara para organizarme.
—Nosotros nos damos un baño en la piscina mientras —añadió, con naturalidad—. Si quieres acompañarnos, estás invitado. Si prefieres quedarte, también.
—Primero ordeno mis cosas —respondí—. Luego ya veo.
Me puse a colocar los libros en el escritorio y la ropa en el armario. Era una tarde de septiembre todavía calurosa, sin una nube en el cielo, y por la ventana abierta llegaba el olor a hierba húmeda y a cloro. Oí cómo se cerraba la puerta trasera. Luego, un momento después, el sonido del agua.
No lo pensé. Me acerqué a la ventana.
***
Estaban los dos en la piscina, completamente desnudos.
Me quedé inmóvil.
Elena tenía un cuerpo que no correspondía con lo que yo habría esperado de una mujer de su edad. Curvas generosas, la piel bronceada de forma uniforme, sin marcas de bañador. Rodrigo era musculoso, de espaldas anchas, con el pelo mojado pegado a la nuca. Se besaban en el agua con una facilidad que me resultó desconcertante: no había nada furtivo ni urgente en ellos, era la intimidad de dos personas que se conocen bien y no necesitan fingir.
Ella le pasó la mano por el pecho. Él la atrajo hacia sí por la cintura, y ella echó la cabeza hacia atrás con una risa baja. El sonido me llegó con claridad por la ventana abierta.
Me aparté unos centímetros del cristal. Tenía el corazón acelerado y la boca seca.
Debería volver al armario.
No volví al armario.
Me quedé donde estaba, sin moverme, observando. Elena se apoyó en el borde de la piscina con los brazos extendidos hacia atrás, y Rodrigo se colocó frente a ella. La tarde les caía encima con esa luz dorada y espesa de septiembre, y los dos parecían completamente ajenos a cualquier cosa que no fueran ellos mismos.
Cuando finalmente me separé de la ventana, me di cuenta de lo que el cuerpo ya sabía desde hacía varios minutos. Me tendí en la cama, encendí el ventilador de techo, y me quedé mirando cómo giraban las aspas mientras desde el jardín seguían llegando risas y el sonido intermitente del agua.
No tenía sentido resistirse.
Me quité el pantalón y la ropa interior despacio, y empecé a masturbarme sin prisa, dejando que la tensión subiera sola. El calor de la tarde y el silencio de la habitación hacían que todo fuera más intenso de lo habitual. Me concentré en la sensación, en el ritmo, en el sonido del agua que seguía llegando desde fuera. No me sentí culpable. Solo presente, más presente que en todo el día.
Mantuve el ritmo hasta que ya no pude contenerlo. Cuando terminé me quedé quieto unos segundos con la respiración agitada y los músculos relajados, como si me hubieran quitado peso de encima. Recogí la ropa del suelo, fui al baño y me duché con agua caliente hasta que el vapor cubrió el espejo por completo.
Salí de la habitación veinte minutos después, con el pelo mojado y una camisa limpia.
***
Rodrigo estaba en la cocina con un pantalón corto y una camisa de lino sin abrochar del todo. Elena llevaba un vestido de playa fino, la piel todavía brillante de agua. Ninguno de los dos parecía incómodo. Me preguntaron si quería algo de beber y yo pedí agua, y los tres nos sentamos en la terraza con la tarde enfriándose despacio alrededor.
La conversación fue fácil al principio: la facultad, el autobús, si había probado alguna vez el arroz con leche que hacía Elena. Pero en algún momento, entre un comentario y otro, Rodrigo dejó su vaso sobre la mesa y me miró con tranquilidad.
—¿Nos viste en la piscina antes?
No era una acusación. Lo preguntó con la misma naturalidad con que podría haber preguntado si quería más pan.
No respondí de inmediato. Rodrigo continuó sin esperar.
—Somos nudistas. Llevamos años así, los dos. Esta parte trasera de la casa no la ve nadie desde fuera: los setos son altos y somos la última parcela de la urbanización. Pero evidentemente, desde dentro de la casa las vistas son otras. —Hizo una pausa breve—. Te pedimos que respetes eso de la misma forma en que nosotros respetaremos tu espacio. Si en algún momento quieres unirte, estás en tu derecho. Si prefieres no hacerlo, también. Sin presiones en ningún sentido.
Elena me miraba sin decir nada, con esa expresión tranquila que, ya lo aprendería, era su posición por defecto ante casi todo.
—Os vi —admití, después de un momento—. No fue mi intención quedarme mirando, pero sí. Os vi.
—¿Y? —dijo ella.
Busqué la palabra correcta.
—Me pareció muy natural. No sé explicarlo mejor que eso.
Rodrigo sonrió levemente y llenó las tres copas de vino que quedaban a medias sobre la mesa.
—Bien —dijo simplemente.
Alzamos los tres las copas al mismo tiempo, sin que nadie dijera nada más. El sol terminaba de caer detrás de los pinos y el jardín empezaba a oscurecer. No hacía falta añadir nada.
***
Las semanas siguientes encontraron su propio ritmo. Desayunaba con ellos antes de coger el autobús. Comía con ellos al volver. A veces estudiaba en la terraza mientras ellos leían o hacían sus cosas. A veces, desde mi escritorio, los veía en el jardín trasero sin que aquello me pareciera ya fuera de lo ordinario.
Elena me enseñó a hacer una salsa de tomate que tardaba dos horas pero merecía la pena. Rodrigo me prestó libros que no tenían nada que ver con la química y que leí de todas formas. Me acostumbré a sus costumbres y ellos a las mías, y hubo algo extrañamente sencillo en ese equilibrio.
Nunca me uní a ellos en la piscina. Nunca me lo volvieron a proponer. Pero la tensión de ese primer día —esa mezcla de sorpresa y deseo y algo más difícil de nombrar que no era exactamente voyerismo ni exactamente otra cosa— se quedó como un zumbido de fondo, presente sin ser molesto, como el calor de septiembre que tardaba en marcharse.
No le conté nada a nadie. Ni en la facultad, ni en casa, ni a los amigos que fui haciendo con el tiempo.
Hay secretos que funcionan mejor guardados. Y hay años que uno recuerda con una nitidez que no se explica del todo, porque en ellos ocurrió algo pequeño que, sin que te dieras cuenta, te cambió algo por dentro.
Aquel primer año de carrera fue uno de esos.