Ella creía que estaba sola en el baño
Para mí, el verano siempre ha tenido esa cualidad particular de volver lenta la mente y acelerado el deseo. El calor pesa, se instala en cada rincón del apartamento como un inquilino sin nombre, y lo único que uno quiere es quitarse ropa y olvidarse de las obligaciones.
Llevábamos ya varios días así, Sofía y yo. Encerrados por el calor, a medio vestir, con las persianas bajadas y un ventilador girando en la esquina del dormitorio que apenas movía el aire. Nos habíamos vuelto perezosos, lentos, nocturnos. Las siestas duraban hasta las ocho. Las cenas eran fruta fría y silencio.
Pero hay algo que el calor activa en mí, además del letargo: la necesidad de mirar.
No sé si tiene nombre oficial lo que siento. Supongo que sí. Voyeur, dicen. Aunque la palabra me resulta fría para algo que llevo dentro desde siempre. No me interesa espiar a desconocidas. No me interesan las cámaras escondidas ni los trucos sucios. Lo que me mueve es algo más específico, más íntimo: observar a Sofía en los momentos en que se olvida de que existo.
Esos momentos son los más honestos. Cuando se pone crema frente al espejo del baño sin cerrar del todo la puerta. Cuando elige qué ponerse por las mañanas y se queda unos segundos de pie, desnuda, mirando el armario con la mente en otro sitio. Cuando se toca distraídamente el cuello mientras lee, sin saber que la estoy viendo desde el pasillo.
Hay una diferencia enorme entre mirar a alguien que sabe que la observan y mirar a alguien que no lo sabe. En el segundo caso todo es auténtico. Cada gesto, cada expresión, cada movimiento del cuerpo responde únicamente a lo que esa persona siente, sin filtros, sin actuación. Por eso me fascina. Por eso nunca he podido dejarlo.
Esa tarde, el calor era especialmente espeso. Sofía llevaba un camisón de tirantes que se le pegaba a la cintura, y yo fingía leer en el sofá mientras la seguía con la mirada cada vez que cruzaba el salón. Tenía la piel ligeramente húmeda de sudar. El pelo recogido en un moño flojo que dejaba libre la nuca. Caminaba descalza sobre el suelo de madera.
La vi detenerse frente a la ventana. El ventilador le movía el pelo. Respiró despacio, cerró los ojos un momento, y luego se dirigió al baño sin decir nada.
No lo pensé dos veces. Me levanté en silencio.
La puerta del baño no cerraba bien del todo desde que cambiamos el pomo, tres meses atrás. Siempre quedaba un hueco de dos dedos, no más. Sofía nunca lo había mencionado. Yo nunca lo había arreglado. Era una omisión que los dos habíamos aceptado sin hablar de ella, como tantas otras cosas.
Me quedé de pie en el pasillo, con la espalda contra la pared, mirando por ese hueco.
Ella estaba frente al espejo. De perfil. Las manos apoyadas en el borde del lavabo, el camisón ligeramente sudado pegado a su cuerpo. Se miraba despacio, como si hiciera inventario. Primero la cara, los ojos entrecerrados. Luego bajó la mirada hacia su propio cuello, su escote. Levantó un poco los tirantes del camisón y los dejó caer.
Tenía los pezones marcados bajo la tela fina. Lo vi claramente.
Se mordió el labio.
No sé si fue consciente del gesto, pero produjo en mí un efecto inmediato. Me quedé completamente quieto, sin respirar casi, como si cualquier movimiento mío pudiera romper algo frágil. El ventilador del dormitorio zumbaba al fondo. Afuera, un coche pasó despacio por la calle.
Ella se apartó del lavabo y abrió el grifo de la ducha.
***
Lo sospecho desde hace tiempo.
No lo sé con certeza, no tengo prueba ninguna, pero hay algo en cómo a veces el silencio del apartamento se vuelve más denso justo cuando yo estoy en el baño. Algo en ciertos ángulos de su posición en el sofá cuando paso hacia el dormitorio. Algo que no sé nombrar pero que reconozco, igual que se reconoce el olor de la lluvia antes de que empiece a llover.
Y la verdad, tan honesta que casi da vergüenza decirlo: me gusta.
Me gusta la idea de que me mire sin que yo lo sepa oficialmente. Me pone más que cualquier otra cosa que hayamos hecho juntos, y hemos hecho bastante. Hay algo en ser observada que convierte cada gesto mío en algo con peso, con significado. Como si mi cuerpo dejara de ser solo mío en ese momento y pasara a pertenecer también a sus ojos.
Esa tarde, cuando entré al baño, ya sentía el calor por dentro además del de afuera. Llevaba horas así, encendida sin motivo aparente, o quizás con el motivo de estar junto a él todo el día en ese apartamento pequeño y caliente, los dos a medio vestir, rozándonos sin rozarnos del todo.
Me puse frente al espejo y me miré.
Me gusta lo que veo cuando estoy excitada. Los ojos más oscuros, los labios algo hinchados, las mejillas con ese color cálido que no consigo disimular. Me miré el cuello, las clavículas, el escote que el camisón no terminaba de cubrir. Me levanté la tela un momento solo para verme, para verme como quizás me estaba viendo él al otro lado de ese hueco que ninguno de los dos ha mencionado jamás, y volví a dejarla caer.
Abrí el grifo. El agua tardó un poco en ponerse tibia. Me quedé de pie bajo el chorro, cerrando los ojos, dejando que me recorriera de arriba abajo. El calor acumulado en la piel fue cediendo poco a poco.
Empecé por el cuello. Siempre empiezo por ahí, con las manos abiertas, subiendo desde los hombros. Me enjaboné despacio, sin prisa, pensando en él. Pensando en que quizás estaba al otro lado de esa puerta que nunca cierra del todo, inmóvil en el pasillo, conteniendo la respiración igual que yo contenía la mía.
La idea me produjo un cosquilleo inmediato, bajo el ombligo.
Me pasé las manos por los pechos. Los sostuve un momento, solo para sentir su peso, para recordarme a mí misma cómo se sienten cuando alguien los toca con atención. Me apreté los pezones entre los dedos hasta que me dolieron un poco, ese dolor preciso que es casi mejor que el placer, y dejé escapar el aire por la boca muy despacio.
Me imaginé su cara al otro lado del hueco. Me imaginé sus ojos fijos en mí. Eso fue suficiente para que me temblaran las rodillas un instante.
Bajé las manos por el vientre, por las caderas. Me di la vuelta para que, si me estaba mirando, viera mi espalda, mi cintura, la curva del culo que sé que le gusta porque siempre busca excusas para tocarlo. Apoyé las palmas en los azulejos fríos y el contraste con el agua caliente me sacudió entera.
Separé los pies.
La mano derecha viajó despacio hacia donde más me urgía. No me precipité. Quería que durara. Quería que él, si estaba ahí, viera exactamente cómo me tocaba, cómo lo hacía yo cuando estaba sola, el ritmo y la presión que me conocía de memoria.
Empecé rozando apenas, solo para confirmar lo que ya sabía: que estaba completamente mojada, y no era del agua.
Me mordí el labio para no hacer ruido. Luego pensé que no, que no quería contenerme, que si me estaba mirando también quería que me oyera. Y cuando el siguiente gemido llegó, lo dejé salir sin frenarlo.
Moví los dedos en círculo, despacio al principio, aumentando el ritmo de manera gradual. La presión del agua caliente en la espalda era como otro cuerpo contra el mío. Cerré los ojos y me dejé ir hacia adentro.
—Sí —murmuré—. Así.
No me dirigía a nadie en particular. O quizás sí.
Me giré de nuevo de cara a la mampara y apoyé la frente en el cristal empañado, jadeando. Con una mano seguía tocándome y con la otra me sujeté el pecho, buscando esa presión que me ayuda a mantener el hilo del placer sin perderlo. Los pies apenas me sostenían.
Empujé los dedos hacia adentro.
El sonido que hice en ese momento no fue exactamente un gemido. Fue algo más bajo, más desde el vientre. Algo que no habría salido si hubiera creído de verdad que estaba sola.
Pensé en sus manos. En cómo sabe dónde tocarme y cuándo no tocarme, que a veces es más difícil todavía. Pensé en la mirada que me echó esa mañana cuando me levanté para ir a la cocina y él llevaba ya un rato despierto, tumbado de lado, observándome sin decir nada. Una mirada que lo decía todo sin palabras.
Los dedos dentro, el pulgar fuera, el ritmo ya sin control.
—Por favor —susurré, sin saber bien qué estaba pidiendo exactamente.
El orgasmo llegó sin aviso, como llegan los buenos: de golpe, en oleadas, haciendo que me agarrara al grifo con la otra mano para no caerme. No lo contuve. Lo dejé salir entero, largo, desde el principio hasta el final, sin vergüenza y sin silencio.
Me quedé quieta debajo del agua mientras el cuerpo volvía a ser mío.
Tardé varios minutos en cerrar el grifo.
***
Lo vi todo.
La puerta del baño dejaba ese hueco de siempre, y yo estaba ahí, inmóvil, con la espalda contra la pared del pasillo y la respiración completamente desbocada. No me había movido en ningún momento. No habría podido aunque hubiera querido.
Cuando el ruido del agua cesó, volví al sofá en silencio. Abrí el libro en la misma página en que lo había dejado. Intenté que la cara no me delatara, aunque sabía que era una batalla perdida: tenía el pulso acelerado y la piel caliente de una manera que no tenía nada que ver con el calor del verano.
Sofía tardó un poco más en salir. Cuando lo hizo, se había puesto otro camisón, tenía el pelo húmedo suelto sobre los hombros y una expresión tranquila, casi serena, que yo conocía bien. La expresión de después.
Se sentó a mi lado en el sofá sin decir nada. Cogió el mando y puso algo en la televisión, cualquier cosa que encontró al pasar los canales.
—¿Sigues con el mismo capítulo? —preguntó sin mirarme.
—Estoy releyendo —mentí.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, de lado, que no era para mí ni para la pantalla sino para ella misma.
Pero antes de que la pantalla se encendiera del todo, me miró un segundo. Solo un segundo. Una mirada que no era inocente en absoluto, que contenía algo que no supe descifrar del todo pero que reconocí.
Y yo me pregunté, por primera vez en mucho tiempo, quién llevaba realmente la ventaja en este juego que ninguno de los dos había propuesto ni aceptado oficialmente, pero que los dos jugábamos desde hacía meses.
La puerta del baño seguía sin arreglarse.
Tampoco esa noche lo haría.